Se nos ha olvidado, por desgracia, lo que es escuchar, pero también lo que es hablar. Lo que es decir, importando lo que se dice, pero sobre todo cómo se dice. Lo que es preguntar por el simple hecho de querer saber, sin dar más valor a la reacción del que lo oiga que a lo que está diciendo a la persona a la que se está preguntando. La noche de Aimar nos ha devuelto a un lugar que habíamos dado por olvidado, que nos habían obligado a olvidar o que directamente nos interesaba olvidar.
No estamos acostumbrados a que un programa de televisión haga lo que hizo anoche La noche de Aimar. Cuando los silencios valen más que las palabras, cuando las palabras lo valen todo
Se nos ha olvidado, por desgracia, lo que es escuchar, pero también lo que es hablar. Lo que es decir, importando lo que se dice, pero sobre todo cómo se dice. Lo que es preguntar por el simple hecho de querer saber, sin dar más valor a la reacción del que lo oiga que a lo que está diciendo a la persona a la que se está preguntando. La noche de Aimar nos ha devuelto a un lugar que habíamos dado por olvidado, que nos habían obligado a olvidar o que directamente nos interesaba olvidar.. Una entrevista, de esas que antaño hacía Jesús Quintero, en la que se colocaba en el mismo lugar el silencio del que entrevistaba con las palabras del que contestaba, era un bien preciado de la televisión y del periodismo al que dimos su valor, especialmente, después de que ya no estuviera y que solo recordábamos cuando se hablaba de El Loco. Anoche, Aimar Bretos nos devolvió esos recuerdos dulces de sentarse frente al televisor y simplemente escuchar, sin juzgar, sin generar más emoción que la de la palabra. Curioso, porque la palabra es lo que más nos puede emocionar.. Tal vez, uno no esté de acuerdo con lo que diga el invitado o, tal vez, le parezca lo más necesario que se pueda decir y escuchar. Y es que no es el contenido, es el continente. Y es que no es el continente, sino el contenido.. El comienzo de la entrevista a Juan Diego Botto, después de escuchar a José Sacristán reclamar un epitafio que solo él podrá tener cuando no esté -«Yo soy el que hacía de reír en las películas antiguas»-, fue como un escalofrío inesperado, dulce y estremecedor a la vez: «Cuando se hundieron las formas puras, bajo el «cri cri» de las margaritas, comprendí que me habían asesinado. Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, abrieron los toneles y los armarios, destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. Ya no me encontraron. ¿No me encontraron? No. No me encontraron. Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba, y que el mar recordó ¡de pronto! los nombres de todos sus ahogados».. Fábula y rueda de tres amigos, Federico García Lorca, recitado entre sombras por un Juan Diego Botto que lo calificó como premonitorio, pero no solo por la muerte de Federico García Lorca o por lo bien que encaja con su historia, sino porque fue la premonición de una entrevista en la que entre pausas, miradas, la sonrisa de Aimar Bretos, sus silencios, sus preguntas y las respuestas del actor completaban un círculo perfecto que, seguramente, ninguno de los dos llegó a imaginar tan bien dibujado.. «Es muy difícil no ver hoy en día una suerte de premonición cuando Lorca habla de que fue asesinado y de que buscaron su cuerpo y no lo encontraron, y es cierto que se le buscó y no se le encontró (…) Es un poema que me emociona mucho (…) Lorca es uno de los muchos ahogados de este país».. Empezó entonces ese escalofrío, para todos, para bien, para mal, pero un escalofrío que solo rompía esa sonrisa de Aimar Bretos de estar disfrutando de la persona a la que tiene delante, de estar disfrutando de esas palabras, de la sinceridad, de la valentía, del recuerdo, de lo estremecedor, de la memoria, del olvido…. «En España no se han hecho los esfuerzos necesarios para explicar lo que fue la dictadura franquista, cómo se alzó con el poder y cómo fueron esos 40 años de represión», criticó Botto. La sonrisa de nuevo, las sombras del plató, la silueta del público, solo una silueta, como si La noche de Aimar fuera la continuación tantas décadas después de aquel poema, como si interrumpir para preguntar rompiera con el momento y con el espacio que se había creado, que habían creado Aimar Bretos y Juan Diego Botto. Un lugar de intimidad entre el invitado y el espectador. No había nada más. Escuchar y hablar, hablar y escuchar. ¡Y cuánta falta hace! ¡Cuánto nos falta por volver a aprenderlo, por volver a usarlo, por volver a conjugarlo!. Preguntas directas, pero perfectamente medidas. Colocadas en el lugar perfecto, en el momento perfecto. Con guion, por supuesto, pero sin problema a levantarlo, a romperlo, a estrujarlo en esos silencios. «¿Tienes miedo a las próximas elecciones generales?». «Mi hija, que tiene 17 años, imagina su futuro trabajando en algo que no ha estudiado y compartiendo piso porque no podría pagarse una casa para ella. Ella pinta un escenario realista, pero desolador, eso es lo que me preocupa de las próximas elecciones». Hechos concretos, realidades concretas, esas que hacen que uno pueda entender, aunque no entienda.. Como cuando Juan Diego Botto explicó lo que le cuentan en el Sindicato de Vivienda de Carabanchel, un lugar real, no un lugar común. Un sitio que el espectador puede buscar, identificar. No eran respuestas indeterminadas porque no hubo preguntas indeterminadas, aunque se hablase de ideologías, de sensaciones, de miedos, de preocupaciones: «Si lo que está pasando en la clase media es malo y lo podemos percibir, lo que está pasando en la gente más precaria es más doloroso aún».. «¿Que por qué no hay vivienda?, porque los inmigrantes se quedan con todas, ¿que por qué la Sanidad está mal?, porque los inmigrantes abusan…», y lo dice el niño argentino que llegó a España bien pequeñito y al que su hermana obligaba a quitarse el acento para no ser los raros del colegio.. «Hay una especie de poder que se le escapa de las manos al Gobierno porque no controla los resortes del poder, y no estoy exculpando nada», aseguró, antes de afirmar que «las políticas del Gobierno en el problema de la Vivienda han sido, si no inexistentes, directamente malas».. «Creo que aquellos que se llenan la boca hablando de España, algo que también ocurre en otros países como Argentina, después son los primeros en venderla, sobre todo esa gente es la primera en despreocuparse de aquellos que contiene la patria». Porque para Juan Diego Botto «la patria es la gente que habita en ella y cuidar de aquellos que conforman tu país es ser un patriota».. «Cuando se habla de migrantes hay una clasificación y una jerarquía. Para esta gente -hablaba de la «prioridad nacional»-, serían abajo del todo los árabes, luego los latinos y los mejores migrantes serían los europeos, pero la verdad es que este país está compuesto por gente que viene de cualquier lugar, que trabaja todos los días y que colabora en lo que este país es hoy». Ni un aspaviento, ni un intento de ideologizar, ni una voz más alta que otra, ni un «porque yo lo digo», ni «pero por qué lo dices».. Tal vez, la mejor explicación sean las palabras de Aimar Bretos antes de arrancar la entrevista a José Sacristán, antes de que arrancase La noche de Aimar: «Vivimos en una sociedad que nos obliga a reaccionar casi antes de interiorizar lo que hemos escuchado. Nuestra atención se diluye en conversaciones que son cada vez más frágiles y se interrumpen cuando llega el siguiente estímulo». No hace falta decirlo más alto, porque está más que claro.. ¿Y el epitafio de Juan Diego Botto? «Que cuando mi hija me recuerde piense: mi papá me quiso bien».
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