La escritora francomarroquí visita Madrid para participar en la residencia ‘Escribir en el Prado’ que conecta con la colección de la pinacoteca a grandes escritores internacionales. «El arte no tiene color. No quiero entrar en un museo pensando que es de blancos y que no me pertenece», afirma Leer
La escritora francomarroquí visita Madrid para participar en la residencia ‘Escribir en el Prado’ que conecta con la colección de la pinacoteca a grandes escritores internacionales. «El arte no tiene color. No quiero entrar en un museo pensando que es de blancos y que no me pertenece», afirma Leer
Hay una hora en el Museo del Prado en la que todo parece en suspenso. Antes de que entren los visitantes, cuando la luz todavía no ha terminado de asentarse sobre los cuadros y el silencio no es una ausencia de ruido sino una forma de presencia. Es en ese intervalo donde la escritora francomarroquí Leila Slimani (Rabat, 1981) ha decidido instalarse, al menos durante unas semanas, en una suerte de retirada voluntaria de la escritura. «Mi objetivo es no obsesionarme con escribir», dice con una media sonrisa que suena más a disciplina que a renuncia. «Quiero entrar sola al museo, hablar con los conservadores, escuchar, mirar. Ya escribiré después. Porque en un libro uno no está disponible para el presente, y aquí lo que intento es exactamente eso, estar predente», ha asegurado en un encuentro con periodistas en las entrañas de la pinacoteca.. Su visita forma parte del programa Escribir el Prado, que en los últimos años ha invitado a convivir con su colección a escritores como los Nobel J.M. Coetzee y Olga Tokarczuk, John Banville o Mathias Énard. «Soy muy consciente de estar viviendo algo excepcional», insiste la autora. «Vivir en Madrid en primavera, entrar cada mañana en un museo vacío, acompañada por alguien que ama profundamente su trabajo… Por ahora me conformo con vivir. Tomo notas, sí, pero sé que las ideas llegan después, días o semanas más tarde, cuando relees, cuando recuerdas. Hay que ser paciente y estar atenta».. Esa atención, en su caso, tiene que ver con una forma muy concreta de mirar. Slimani lleva años explorando en su literatura -desde Canción dulce, ganadora del Premio Goncourt, hasta su recién terminada trilogía El país de los otros- el cuerpo y el deseo femeninos, el peso del patriarcado y la libertad, las grietas de la identidad, y la mirada condescendiente de Occidente sobre el mundo descolonizado. No sorprende que su primera deriva en el museo haya sido hacia el Siglo de Oro español.. «Me interesan esos pintores porque representan un primer imperialismo, una primera globalización, un momento en el que Europa sale a descubrir y a conquistar otros mundos», explica. Y enseguida matiza que su mirada ha cambiado en los últimos años, desde que se instaló en Lisboa, donde vive desde hace un lustro. «Desde allí veo toda esta historia de otra manera. Tengo una conciencia más clara de esa historia ibérica, de ese momento en el que España y Portugal se lanzan al mundo».. Pero lo que de verdad le importa no es tanto el relato de la expansión como sus consecuencias visibles, o invisibles. «Me fijo mucho en los cuerpos, en cómo aparecen representados por primera vez cuerpos indígenas, negros, paganos. Y también en cómo se representan los moros y los moriscos, que fueron expulsados. También busco su ausencia, cómo desaparecen de una historia a la que, sin embargo, han contribuido».. «Mirar un cuadro, igual que leer un libro, exige algo de nosotros, principalmente esfuerzo para completar las ausencias». Slimani habla sin levantar la voz, enhebrando con sutileza ideas, como la conexión entre pintura y literatura. «Mirar un cuadro», sugiere, «no consiste sólo en reconocer lo que está pintado, sino que hay que aprender a mirar lo que no se ve, la ausencia. Igual que en los libros, en los que hay que fijarse en lo que no se dice. Y eso es algo que exige interés y, principalmente, esfuerzo». Ese esfuerzo, en su discurso, es casi una ética, una forma de resistencia frente a la simplificación contemporánea. También frente a cierta lectura identitaria del arte que, a su juicio, corre el riesgo de empobrecerlo.. «Yo no quiero entrar en un museo pensando que es un museo de blancos o que no me pertenece», defiende gesticulando. «Me considero ante todo un ser humano, y me interesan las mismas preguntas que atraviesan a todos: qué es el amor, por qué somos violentos, por qué destruimos, por qué somos capaces también de crear belleza. Todos los que han pensado eso antes que yo forman parte de mi familia humana». Es ahí donde introduce la idea de universalidad, una palabra que no siempre se pronuncia sin cautelas, pero que ella reivindica sin ambigüedad. «El Prado es un museo universal. Da igual de dónde vengas, todo lo que hay aquí acaba hablándote. Cuando miro un Tintoretto sé que mi cuerpo no está ahí, pero siento que me pertenece, que forma parte de mí. Esa belleza es un patrimonio común».. Slimani durante el encuentro con los periodistas.Maria Aguilella Pardo / EFE. Esa defensa del arte como espacio común convive con una mirada mucho más crítica hacia ciertas derivas contemporáneas, como ya criticó en su ensayo El perfume de las flores de noche. Slimani no esquiva la comparación, incluso a riesgo de sonar tajante. «No es lo mismo inflar un balón, congelarlo y decir que es una obra de arte que pasar años pintando un Velázquez. No existe la misma relación con el trabajo, con el tiempo, con el esfuerzo». No se trata, aclara, de negar el arte contemporáneo, sino de cuestionar una cierta banalización. «El arte exige algo de nosotros, igual que la literatura. Leer no es fácil y mirar tampoco debería serlo».. Ese vínculo entre arte y complejidad atraviesa buena parte de su intervención. Y conecta directamente con su lectura del presente. «Vivimos un momento terrible con el auge de la ultraderecha un poco en todas partes, pero lo que más me preocupa es la ausencia de verdad. Ya no distinguimos entre lo verdadero y lo falso, entre la complejidad y la simplificación», lamenta. En ese terreno, dice, es donde operan con mayor eficacia los discursos populistas.. «Aunque finja lo contrario, Europa no puede vivir sin inmigración. Todos lo saben y, sin embargo, se construye un discurso basado en el miedo al otro». «Es muy fácil manipular la identidad nacional mediante el miedo. De hecho, es ese miedo con lo que se construye hoy la identidad nacional de Occidente», resume. «No culpo a la gente que tiene miedo, porque es un sentimiento muy primario que yo misma he sufrido, ero precisamente por eso es tan fácil decirle a alguien que lo van a reemplazar y que su mundo va a desaparecer». La crítica de la escritora no se queda en el plano retórico, más bien apunta a una contradicción estructural. «Aunque finja lo contrario, Europa no puede vivir sin inmigración. Todos los políticos lo saben y, sin embargo, se construye un discurso basado en el miedo al otro».. «El fútbol actual muestra la historia del siglo XX mejor que cualquier discurso: migración, colonización, identidades mezcladas…». Slimani habla desde una experiencia personal que no necesita subrayar. «Yo crecí entre Marruecos y Occidente. Hablo francés, inglés, entiendo el español, he leído a Cervantes, a Dickens… Pero cuando he viajado por Europa muchas veces no he encontrado a alguien que conozca la cultura árabe, que haya leído nuestros libros. Hay una gran asimetría», denuncia. Una constatación que no formula con resentimiento, pero sí con una cierta urgencia. «Esa falta de curiosidad es peligrosa, porque alimenta el racismo y la violencia. El Sur global está cada vez más frustrado con este dominio tan condescendiente de Occidente, que va desde lo económico a los cultural».. Frente a esa asimetría, insiste en la evidencia de los vínculos. «Cuando paseas por España o por Portugal ves el mundo árabe en la arquitectura, en la lengua, en la comida. Queráis reconocerlo o no, sois un poco árabes. Somos primos». La frase, lanzada con humor, tiene algo de provocación suave, pero también de invitación. «Por eso me gustaría que el Mundial de 2030, que vamos a compartir [se celebra entre España, Portugal y Marruecos], sea una oportunidad para que los jóvenes se conozcan, se interesen, se den cuenta de que tienen una historia en común».. Leila Slimani ayer en el Prado.ÁNGEL NAVARRETE. El fútbol, del que Slimani se confiesa apasionada -su padre incluso presidió la federación marroquí-, aparece entonces no como anécdota, sino como una herramienta de lectura del presente. «Es un espacio de igualdad total, once jugadores contra once, las mismas reglas, el mismo campo. Da igual que seas una gran potencia o un país pequeño, todo puede pasar». Pero lo que más le interesa está en los cuerpos. «Si miras a los jugadores, ves toda la historia del siglo XX: migración, colonización, identidades mezcladas. Muchos tienen doble nacionalidad, han vivido en varios países. Eso cuenta una historia mucho más real que cualquier discurso».. La imagen le sirve también para hablar de Marruecos, un país que atraviesa su obra y al que ha dedicado, en los últimos años, una ambiciosa trilogía familiar. «La juventud marroquí ha cambiado radicalmente. Cuando yo tenía 15 o 18 años, nunca habría ido a una manifestación, porque nos educaron para callarnos», recuerda mientras insiste en la radical diferencia con la generación actual «Ellos no tienen miedo, se expresan, están conectados, quieren participar en la vida política, exigen educación, sanidad, justicia».. Ese cambio, añade, se percibe incluso en lo cotidiano. «Antes el espacio público no era nuestro. No ibas a un parque a sentarte, no hacías un picnic…. Ahora hay campos de fútbol, espacios iluminados por la noche, lugares donde los jóvenes pueden estar. Parece algo pequeño, pero cambia la relación con el Estado, con lo público. Y, sobre todo, dice, con el propio país. «Hoy hay un orgullo por ser marroquí, algo muy difícil de sentir en los 80, y eso es nuevo».. «La juventud marroquí ha cambiado radicalmente. Donde nosotros callábamos ellos exigen educación, sanidad, justicia». Sin embargo, no todo en su mirada es optimismo. Hacia el final del encuentro la escritora habla de Francisco de Goya, el pintor predilecto de su amigo Salman Rushdie, y lo hace en términos de decepción. «Me interesa cómo a lo largo de su vida pasa del entusiasmo por la Ilustración a la oscuridad absoluta. Cómo pasa de los cuadros luminosos de sus inicios a las Pinturas negras», explica. Esa transición le sirve como espejo del presente, añade, y recuerda entonces una escena familiar. Su padre, en 1989, viendo caer el Muro de Berlín y convencido de que el mundo se abriría, de que desaparecerían las fronteras. «Él pensaba, quizá de forma ingenua, que todo sería posible, que incluso Marruecos podría entrar en Europa, que habría un puente entre Tánger y Algeciras».. Treinta años después, dice, la realidad es otra. «Hay tres veces más muros que entonces, por eso hay que defender las lenguas, la literatura, la mezcla, porque las lenguas atraviesan las fronteras. Por mucho que Trump levante un muro con México, en Estados Unidos se hablará cada vez más español», pone como ejemplo.. Como broche, Slimani vuelve al fútbol: «Si Marruecos gana el Mundial escribiré una novela de quinientas páginas sobre el tema», dice entre risas. La broma funciona como cierre, pero también como declaración, porque en esa mezcla de juego, historia y relato hay algo que resume bien su manera de escribir y de mirar: entender que el mundo no se explica desde una sola perspectiva, sino desde el cruce de muchas.
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