¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Tituló inquietantemente Carver uno de sus relatos. Yo lo he tenido claro varias veces a lo largo de mi existencia. Su nacimiento, su plenitud, su desgaste y su finitud. Y la certidumbre de volver a sentirte como una isla. Pero con el cine ese amor perdura siempre. En mi caso, con el eterno cuelgue que me provocó una señora maravillosa llamada Michelle Pfeiffer, aunque no te la pudieras comer ni beber. Era la suprema belleza, su mirada, su sonrisa, su gestualidad, su forma de moverse, de hablar y de escuchar. Era inteligencia y sensualidad, estilo genuino y permanente, alguien con capacidad para derretir incluso a un témpano.. Seguir leyendo
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Tituló inquietantemente Carver uno de sus relatos. Yo lo he tenido claro varias veces a lo largo de mi existencia. Su nacimiento, su plenitud, su desgaste y su finitud. Y la certidumbre de volver a sentirte como una isla. Pero con el cine ese amor perdura siempre. En mi caso, con el eterno cuelgue que me provocó una señora maravillosa llamada Michelle Pfeiffer, aunque no te la pudieras comer ni beber. Era la suprema belleza, su mirada, su sonrisa, su gestualidad, su forma de moverse, de hablar y de escuchar. Era inteligencia y sensualidad, estilo genuino y permanente, alguien con capacidad para derretir incluso a un témpano. Seguir leyendo
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