Experta en poner palabras a emociones esquivas como dolor, duelo y culpa, la escritora canadiense publica ‘Tregua, que no paz’, una emotiva exploración sobre el suicidio de su hermana y el pacto entre ficción, escritura y memoria. «Escribir un sentimiento es corromperlo» Leer
Experta en poner palabras a emociones esquivas como dolor, duelo y culpa, la escritora canadiense publica ‘Tregua, que no paz’, una emotiva exploración sobre el suicidio de su hermana y el pacto entre ficción, escritura y memoria. «Escribir un sentimiento es corromperlo» Leer
Hay preguntas que no buscan una respuesta, sino un lugar donde quedarse y anidar. En Tregua, que no paz (Sexto Piso), la escritora Miriam Toews (Steinbach, Canadá, 1964) convierte una pregunta, «¿Por qué escribo?», en el eje de un libro que avanza, más que por afirmaciones, por tanteos, retrocesos y zonas de incertidumbre. Lo que comienza como el encargo aparentemente inocente de responder a una cuestión literaria termina convirtiéndose en una exploración más incómoda y más honesta, la de una escritora que sospecha que toda respuesta es, en el fondo, insuficiente.. «Este libro nace de una pregunta que para mí es en esencia irrespondible y es simplemente una serie de intentos, erráticos, sinceros, reflexivos y curiosos, por responderla», explica desde su casa de Toronto. En esa formulación, a un tiempo espontánea y programática, se cifra buena parte del corazón de este texto, que busca no tanto aclarar como sostener una inquietud, no tanto resolver como habitar el conflicto.. Traducción de Julia Osuma. Sexto Piso. 168 páginas. 19,90 € Ebook: 11,99 €. Toews es autora de novelas como Ellas hablan, en la que ficcionaba su crianza en una restrictiva y truculenta comunidad menonita, o Pequeñas desgracias sin importancia, en la que narraba con una mezcla entrañable de crudeza y humor la relación con su hermana mayor después de que ésta se suicidara por una enfermedad mental. Ahora ha construido una obra atravesada por la experiencia personal, las diversas caras del duelo y una forma muy particular de humor que no atenúa el dolor, pero sí lo vuelve habitable.. En Tregua, que no paz, sin embargo, da un paso más allá al prescindir casi por completo de la ficción como escudo. Lo que aparece es una escritura más expuesta, aunque no más transparente, porque incluso en la no ficción, recuerda, «hay siempre una forma de artificio».. «Aunque los lectores piensen ‘Oh, es una autobiografía, vamos a encontrar los hechos’… nunca es del todo así. El libro es verdad; todo lo que pasa, pasó, pero los escritores podemos y debemos organizar las cosas de forma que haya ritmo, impulso», defiende la autora. «No es una autobiografía convencional, son sólo recuerdos. Y como sabemos, no todos tenemos el mismo recuerdo de los mismos eventos». La distinción entre ficción y no ficción, sugiere Toews, se vuelve así menos relevante de lo que parece, porque en ambos casos lo que está en juego es una forma de aproximación a algo que siempre se escapa inevitablemente.. Ese deslizamiento hacia lo inasible recorre todo el libro, también cuando se detiene en una idea que la acompaña desde el inicio de su carrera: la escritura como fracaso. Fracaso no en un sentido paralizante, sino como una condición de posibilidad. «Escribir siempre es un fracaso en cierto sentido. Y, sin embargo, el esfuerzo lo es todo. Empiezas sabiendo que al final vas a fracasar, pero lo haces igualmente. Es algo hermoso», dice sonriente, casi como quien describe una ley física inamovible.. En una época poco dada a aceptar ese tipo de límites, donde el fracaso se percibe como una anomalía más que como un horizonte inevitable, la reivindicación de esa faceta de la escritura, compartida por muchos compañeros de oficio, resulta no obstante incómoda. Pero para Toews, ese espacio de incertidumbre no es un defecto, sino el núcleo mismo de la escritura: «Si no hay una pregunta, un grado profundo de incertidumbre en el corazón de lo que escribes, siento que la escritura sufre. Es un examen, una discusión con uno mismo, un intento. No hay una meta final».. Quizá por eso el libro arranca con un tropiezo, con la imposibilidad de dar una respuesta «correcta» a esa pregunta literaria. Lejos de ser un obstáculo, ese fracaso inicial se convierte en una vía de acceso a algo más honesto. «Cuanto mayor me hago, más me doy cuenta de que no tengo respuestas. Ninguna. Mi comprensión del mundo se ha vuelto cada vez más tenue. El desafío es aceptar eso y vivir de esa manera, sabiendo que hay preguntas sin solución», afirma, como si la renuncia a la certeza fuese también una forma de conocimiento.. «Cuanto mayor me hago, más me doy cuenta de que no tengo respuestas. Ninguna. El desafío es aceptar eso y vivir sabiendo que hay preguntas sin solución». En Tregua, que no paz esa aceptación se entrelaza con otra tensión más íntima, la que existe entre la escritura y el silencio. Las historias de su padre y su hermana, marcadas por episodios de mutismo y con el trágico final del suicidio, atraviesan el libro como una pregunta incómoda, si callar puede ser, en ocasiones, la forma más pura de decir. «Sentí que estaban diciendo mucho más a través de esa retención… Creo que el silencio los protegía y decía mucho de una manera más pura y honesta que con ciertas palabras», recuerda.. Frente a ese silencio cargado de sentido, la escritura aparece, reflexiona Toews, como un intento necesariamente imperfecto. «En cuanto empezamos a hablar o a escribir, ya hemos corrompido los sentimientos que tenemos», admite. «Y, sin embargo, es un gesto inevitable una forma de acercarse a ese territorio intermedio donde todavía es posible encontrarse con quienes ya no están».. Porque, de nuevo, en el centro de este libro late la pérdida de su hermana, cuya muerte ha marcado profundamente su obra y, lógicamente, su vida. Escribir, en ese contexto, adopta una dimensión casi física, como si el lenguaje pudiera retener algo que la vida se ha llevado. «Es una forma de asir a la persona, de mantenerla como rehén, de contenerla en esta forma… sabiendo que es imposible. Es casi ingenuo pensar que podemos mantener a alguien vivo en un libro, y sin embargo, de alguna manera, funciona, de alguna manera cura», confiesa Toews.. La imagen que utiliza para describir ese proceso es reveladora: «Es como construir un muro y derribarlo al mismo tiempo». Un gesto contradictorio que, llevado al extremo, podría resultar insoportable si no fuera porque el propio libro asume esa oscilación como método. No hay cierre, ni redención, ni siquiera consuelo en sentido estricto. Hay, más bien, una caída libre sostenida en el lenguaje.. «En cuanto empezamos a hablar o a escribir, ya hemos corrompido los sentimientos que tenemos». En ese movimiento, el humor, un elemento normalmente ajeno a la literatura sobre el duelo, el suicidio o la enfermedad, ocupa un lugar decisivo en la literatura de la canadiense. Lejos de ser un adorno o un alivio superficial, funciona, afirma, como una forma de resistencia. «Es una especie de armadura… no elimina la oscuridad, pero es otra manera de entrar en ella y preservarse al mismo tiempo», explica. En su caso, además, es una herencia familiar, una manera de enfrentarse a la realidad sin negarla, pero también sin quedar completamente expuesto a su violencia.. El duelo, en este sentido, aparece como un proceso menos lineal de lo que a menudo se representa. No hay etapas claras ni un final reconocible, sino una transformación gradual del dolor. «Llega un momento en que el dolor ya no es tan afilado, no es tan letal. Y entonces se siente como una traición no experimentarlo igual. Pero tenemos que aprender a aceptar eso y ver que, en cierto modo, hemos sanado», señala la escritora.. La escritora Miriam Toews en su casa de Tornoto, Canada, el pasado agosto.Andres Francis Wallace. Esa ambivalencia, entre la fidelidad al recuerdo y la necesidad de seguir viviendo, atraviesa este libro con una intensidad particular. Recordar sin quedar atrapado en el recuerdo, mantener la presencia sin impedir el movimiento, una tensión que no se resuelve, pero que se vuelve habitable en la escritura.. También en la forma. Tregua, que no paz está construido a partir de fragmentos, listas, cartas, escenas que no buscan encajar en una estructura lineal. Más que una elección estética, parece responder a una necesidad de representación. «La fragmentación me parece la forma más representativa de nuestras vidas, de nuestra forma de pensar… Una historia coherente de A a B puede ser reconfortante, pero no refleja del todo lo que significa estar vivo ahora mismo», apunta.. En ese mundo fragmentado, donde la experiencia se dispersa y se acelera, la literatura aparece como un espacio cada vez más frágil. Toews no oculta cierta inquietud al respecto: «Siento que este pequeño mundo de los libros es como una especie amenazada». Y, sin embargo, su propia vida parece desmentir cualquier tentación de inutilidad: «Los libros, escribir, leer… eso es lo que me salva. Me mantiene literalmente viva».. «Llega un momento en que el dolor ya no es tan afilado y se siente como una traición no experimentarlo igual. Pero debemos aceptar que hemos sanado». La escritura, en ese sentido, no es solo una herramienta de expresión, sino también una forma de control, aunque sea parcial y provisional. «Lo único que podemos controlar es nuestra propia respuesta a las cosas. Y de eso se trata la escritura», dice, consciente de que ese control es también una ilusión, un velo necesario que no se sostiene del todo en el contacto con los lectores.. Porque ahí, en ese encuentro imprevisible, la escritura pierde cualquier pretensión de dominio. El lector, sugiere, ocupa un lugar ambiguo: «Es testigo, intruso y cómplice. Y ojalá cómplice sea el papel predominante». Es en esa complicidad donde la literatura encuentra quizá su sentido más profundo, no en la explicación, ni en la salvación, sino en «la posibilidad de compartir una experiencia que, de otro modo, quedaría aislada», apunta.. Al final, la pregunta inicial permanece intacta. «¿Por qué escribo?». No hay una respuesta definitiva, ni siquiera una aproximación concluyente. Pero sí una cierta forma de aceptación. «Después de escribir el libro, sigo sin tener ni idea. Pero me siento bien sin saberlo. Ya no lo necesito», concluye. En esa renuncia, que no es tanto un abandono como una forma de lucidez, se cifra la verdadera tregua del título: no es una paz alcanzada, sino un equilibrio inestable entre lo que se pierde y lo que, a través de la escritura, todavía se intenta retener.
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