La compañía monegasca está de cumpleaños, y se ha propuesto celebrarlo a lo grande. Con epicentro en la gala internacional del pasado sábado 4, Los Ballets de Montecarlo llegan a una exultante madurez habiendo definido un estilo propio y con una plétora de actividades anuales, como un festival internacional, una entrega de premios a la excelencia y un panorama que se antoja ya imprescindible, de encargo de nuevas creaciones a jóvenes coreógrafos, que certifican que el pequeño principado de la Costa Azul ha recuperado con éxito, en la vida cultural contemporánea global, el rol que tuvo entre los últimos años veinte y los primeros años treinta del siglo XX. Seguir leyendo
La ciudad celebra 40 años de la creación de su compañía titular de ballet con la presencia de sus bailarines y coreógrafos históricos
La compañía monegasca está de cumpleaños, y se ha propuesto celebrarlo a lo grande. Con epicentro en la gala internacional del pasado sábado 4, Los Ballets de Montecarlo llegan a una exultante madurez habiendo definido un estilo propio y con una plétora de actividades anuales, como un festival internacional, una entrega de premios a la excelencia y un panorama que se antoja ya imprescindible, de encargo de nuevas creaciones a jóvenes coreógrafos, que certifican que el pequeño principado de la Costa Azul ha recuperado con éxito, en la vida cultural contemporánea global, el rol que tuvo entre los últimos años veinte y los primeros años treinta del siglo XX.Montecarlo fue, en muchos sentidos, la última sede real de los Ballets Russes de Serguei de Diaghilev (que murió en 1929 y significó la disgregación de parte de su equipo) que, sin renunciar a su principal característica de “compañía nómada”, encontró en el coqueto teatro del casino (diseñado con esmero y lujo por Garnier, el mismo arquitecto de la Ópera de París) una casa y un polo operacional, con una ubicación de privilegio. A Diaghilev le gustaba vivir a lo grande, y lo hacía enfrente del casino, el famoso y exclusivo Hotel de París. Desde sus salones anclados en una recargada decoración finisecular, el ruso diseñó sus últimas y visionarias grandes obras de la modernidad, como el Apollo Musageta de Balanchine y Stravinski; otros ballets se gestaban y ensayaban allí junto al mar, y luego se subía a estrenarlos en París: caso de El hijo pródigo (Prokofiev y Balanchine con los diseños de Rouault) a Las bodas (de Bronislava Nijinska con la renovadora y aún hoy sorprendente partitura de Stravinski). Romina Contreras y Jérôme Tisserand en ‘Jeunehomme’, de Uwe Scholz con los vestuarios originales de 1986 diseñados por Karl Lagerfeld.Alice BlangeroA partir de 1930, el nombre Ballets de Montecarlo empezó entonces una carrera mítica mundial que incluyó varias compañías a la vez en Montecarlo, en París y los Estados Unidos, disputándose la titularidad. Las más famosas: los Ballets de René Blum, los Ballets del Colonel de Basil, el Original Ballet Russe, el Ballet del Marqués de Cuevas y el itinerante Ballet Russe de Montecarlo, que a iniciativa de su nuevo coreógrafo titular en 1938, Leonidas Massine, trufó con la palabra Russe el título sellando en lo nominal, una relación que era ya histórica. Esta discusión sigue abierta entre los investigadores y la historiografía de la especialidad. A partir de la Segunda Guerra Mundial, las compañías de esta denominación se fueron extinguiendo.Parecía una tarea ímproba, pero había una idea clara, probablemente asentada cuando Grace Kelly, convertida ya en princesa, llevaba a sus hijas Carolina y Estefanía a las clases de una modesta y discreta academia de ballet en una casona ubicada en las crestas de la colina de Mónaco: el salón de Marika Besobrássova (Yalta, 1918 – Montecarlo, 2010). A s
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