Es oficial de la Orden del Imperio Británico y tiene título de sir, lo cual, para alguien nacido en Hackney (un barrio de Londres hoy gentrificado, pero de fuerte sabor obrero hace medio siglo), supone el cumplimiento del sueño inglés. Encauzó una tempranísima carrera de actor gracias a una beca del Prince’s Trust, una organización patrocinada por el entonces príncipe de Gales y hoy rey para aupar el talento de jóvenes británicos sin recursos. Con ese dinerito de la Corona cursó estudios dramáticos que le permitieron ganar sus primeros papeles en televisión. Y de ahí, al estrellato.. Seguir leyendo
Es oficial de la Orden del Imperio Británico y tiene título de sir, lo cual, para alguien nacido en Hackney (un barrio de Londres hoy gentrificado, pero de fuerte sabor obrero hace medio siglo), supone el cumplimiento del sueño inglés. Encauzó una tempranísima carrera de actor gracias a una beca del Prince’s Trust, una organización patrocinada por el entonces príncipe de Gales y hoy rey para aupar el talento de jóvenes británicos sin recursos. Con ese dinerito de la Corona cursó estudios dramáticos que le permitieron ganar sus primeros papeles en televisión. Y de ahí, al estrellato. Seguir leyendo
Es oficial de la Orden del Imperio Británico y tiene título de sir, lo cual, para alguien nacido en Hackney (un barrio de Londres hoy gentrificado, pero de fuerte sabor obrero hace medio siglo), supone el cumplimiento del sueño inglés. Encauzó una tempranísima carrera de actor gracias a una beca del Prince’s Trust, una organización patrocinada por el entonces príncipe de Gales y hoy rey para aupar el talento de jóvenes británicos sin recursos. Con ese dinerito de la Corona cursó estudios dramáticos que le permitieron ganar sus primeros papeles en televisión. Y de ahí, al estrellato.. Idris Elba es hoy uno de los actores más queridos y mejor pagados de su país, por eso suena a veces como el nuevo James Bond, pero el interesado desmiente a las casas de apuestas. Hace poco dijo en una entrevista que no se veía en el papel porque una buena parte del público no aceptaría un agente 007 negro. Lo dijo sin acritud, sonriendo, como una verdad evidente en sí misma que no merece la pena discutir. Ni siquiera llamó garrulos a esos espectadores.. Pero yo me solivianté al leerlo. El director de casting que habita en mí ya no veía a otro James Bond que Idris Elba. Si el agente secreto representa la sublimación —no pocas veces, la caricatura— del gentleman inglés, no hay nadie que encarne ese ideal masculino con más hechuras que Elba. Nadie reúne más méritos, nadie ejemplifica mejor el tipo nacional británico de hoy que este hijo de inmigrantes africanos con nombre de malo de novela de Salgari.. No fue esa la revelación que me refrescó la cabeza, sino lo que vino después. Comprendí de golpe que los hijos de los inmigrantes representan mejor que nadie esos valores que los racistas suponen en peligro de extinción. Comprendí que Idris Elba no era el mejor Bond posible por sus atributos físicos, su sexualidad desatada, su elegancia gestual y su verbosidad caballerosa, sino porque ha elegido ser eso, pudiendo ser cualquier otra cosa. Lo británico no es en él algo determinado, sino un camino libremente recorrido.. Como creo que la nacionalidad es un accidente burocrático, las cuestiones identitarias y nacionales siempre me han parecido, en el mejor de los casos, chorradas, y en el peor, excusas para armar dictaduras y guerras, de las normales y de las híbridas, como la que sufren en Ceuta. No creo que la etnia o la lengua —no hablemos de la religión— puedan amalgamar una comunidad política libre y abierta, que debería constituirse mediante un sistema democrático que garantice la libertad de cada cual de sentirse y vivir como le dé la gana. Pero casos como el de Elba colocan a los racistas que sí creen en lo étnico ante una paradoja muy interesante, lo cual me obliga a replantearme algunas cosas y a defender, contra mi naturaleza, que hay individuos que encarnan mejor que otros el espíritu de una nación.. El mantra del racista contemporáneo reitera que los inmigrantes no se integran, es decir, no acatan las leyes, usos, costumbres, lengua y hábitos imperantes en la sociedad en la que eligen residir. Pero Idris Elba o, en España, el caso más reciente de Lamine Yamal, demuestran que el cuento de la integración es falso. No creo que haya muchos votantes del Brexit o seguidores histéricos de Nigel Farage que puedan presumir de mayores credenciales de britanicidad (sic) que Idris Elba. Tampoco creo que haya muchos votantes de Vox que hayan alcanzado la cota de españolidad de Lamine Yamal, que ocupa un puesto de vanguardia en la armada simbólica de la mitología nacional.. Medido con la vara de los nacionalistas xenófobos, según sus propias concepciones de lo que significa ser británico o español, Elba y Yamal deberían ser la crema de la nación, el grado más refinado, la proyección más perfecta de una verdad platónica que el resto de los ciudadanos solo poseen en porciones ínfimas. Y, sin embargo, muchos no soportarían al primero vestido de Bond, y ciertamente muchos no soportan al segundo vestido de rojo y marcando goles con el escudo de España.. Por tanto, la integración no es el problema. Pueden dejar de contarnos esa milonga. No importa cuánto se integre el hijo de un inmigrante. Ni siquiera alcanzando las más altas cumbres profesionales merecerá el reconocimiento de quienes decidieron rechazarlo por principio.. El hijo exitoso del inmigrante representa un caso particular e indiscutible de patriotismo. Cree en la patria en la que ha nacido más que cualquier chovinista que berrea himnos o coloca banderas en los balcones. No solo la engrandece con su talento y su fama —provocando el espejismo que toda celebridad conlleva: esa necesidad humanísima de sentir que el país que uno habita es mejor de lo que parece en sus groserías cotidianas—, sino que convence a quienes no lo estaban de que la condición de extranjero es transitoria y de que hay maneras de eludir los desprecios y las violencias de quienes se consideran a sí mismos, sin que nadie sepa muy bien por qué, los dueños legítimos del país.. Pero lo más bonito es que revela la impotencia del racista. No solo destruye su discurso sobre los integrados, convirtiéndolo en un simple apocalíptico, sino cualquier forma de supremacismo. La excelencia de los Elba y de los Yamal —y que el lector coloque aquí los nombres que se le ocurran: hay para elegir— borra la ilusión de que los blancos, los europeos o los españoles son mejores en nada. Cuando opera cierta igualdad de oportunidades, los llamados locales solo pueden imponerse haciendo trampas.. El eufemismo de la “prioridad nacional” no sería otra cosa que una corrupción de las reglas del juego para otorgar ventajas injustas. El nacionalista reconoce así, de hecho, su inferioridad: necesita marginar a los competidores para tener alguna posibilidad de triunfo. Y ni siquiera así lo consigue. La “prioridad nacional” deja en muy mal lugar las capacidades de los nacionales. Como dijo el denostado cómico Louis C. K.: si alguien recién llegado al país, sin hablar el idioma, sin papeles, sin recursos y sin contactos supone una amenaza para ti, a lo mejor el problema es que eres un pringado.. Pero no nos desviemos más del núcleo de esta aparente paradoja: el éxito de los inmigrantes y de sus hijos (más los segundos, pues los primeros suelen estar demasiado ocupados empezando de cero) debería ser un motivo de festejo para cualquier patriota, pues significa que los mitos del país siguen vivos y queda gente que se los cree hasta el punto de llegar a lo más alto por ellos. Por eso representan el espíritu nacional mucho mejor que el más vocinglero de los votantes ultras.. Sergio del Molino (Madrid, 1979) es escritor y periodista. Su último libro es La hija (Alfaguara 2026).
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