La autora zaragozana publica ‘Madonna en una nación sin Wisconsin’ (Galaxia Gutenberg), una novela de 200 páginas caracterizada por un enfoque crudo y delicado, que marca su primera aventura hasta ahora.
La autora zaragozana publica ‘Madonna en una nación sin Wisconsin’ (Galaxia Gutenberg), una novela de 200 páginas caracterizada por un enfoque crudo y delicado, que marca su primera aventura hasta ahora.
Una niña de once o doce años lo suficientemente fantasiosa (o lo bastante decepcionada) como para hacerse llamar Madonna y referirse a su pueblo como Wisconsin ha de enfrentarse durante un verano que resultará iniciático al desguace definitivo de su familia, marcada por las «rabiosas ganas de tomar vino» de un padre en el que ella, como si fuera la madre de su propio progenitor, no deja de pensar con cariño, comprensión y esperanza.Trasladada durante las vacaciones a «un pueblo que olía a lejía, melocotón y ropa tendida», observadora y enmudecida, convive allí con su abuela, su tía y su asalvajada prima, Lapili, quien, como las amazonas, sólo tiene un pecho y que será fundamental para que Madonna no nació en Wisconsin, primera novela de Natalia Moreno (Zaragoza, 1979), se convierta en una rasposa y feraz novela de educación, aunque la golpeada narradora la cuenta desde sus 46 años, cuando es una madre recién divorciada que anda haciendo un severo escrutinio de su propia vida y ajustando las cuentas con sus impulsos particulares. Su aventura interior es «como caminar dentro de un secreto».Escrita en un estilo y, sobre todo, desde una mirada muy bruta y muy tierna que recuerdan a la aplicada por Greta García en Sólo quería bailar, aquí asistimos a cierta vulgaridad inevitable (creo que la dupla «chocho-coño» es el sustantivo más utilizado en estas doscientas páginas), pero también, finalmente, a una poesía silvestre e irresistible, y también a una bondad que explota en determinados momentos, como cuando la protagonista ha de ayudar a un padre entristecido y analfabeto a escribir una carta a su hija Estrella.El hogareño aunque disparatado ambiente de la novela está hecho de cadieras, ajicos fritos, rasmia, chandríos, campos de olivos, canastas de cerezas o ciruelas, jotas zafias y botes de tomate cocinado al baño maría en «una cocina enorme, con todas las perolas y sartenes colgando de las paredes como medallas de natación». Pero está también el infinito aburrimiento, que produce monstruos, las comilonas colectivas, los cines de verano y ciertas amenazas, y sobre todo la amargura y la añoranza de la primerísima infancia, cuando todo parecía mejor y estaba más abrigado.Sucede además que los aragoneses, o por lo menos los zaragozanos, carecemos de una mitología poderosa y reconocible, y por eso es muy extraño, pero también toda una aportación, el capítulo 15, donde las en principio previsibles y tradicionales mujeres de la casa organizan un asombroso aquelarre nocturno en lo que parece un injerto gallego en medio del cierzo y de las olivas, muy lejos del Atlántico. Supongo que con esa especie de catarsis se quiere explicar algo del argumento o, mejor, del carácter de los personajes a través de ese «gen brujo» que habría heredado la protagonista, pero la naturaleza esencialmente grotesca de esa escena es como de pintura negra de Goya, que no en vano son aludidas en otro sitio (lo mismo que Luis Buñuel, Literatura // elmundo
