La escritora noruega publica ¿Dónde están los adultos?, una feroz y lúcida disección de la fragilidad emocional contemporánea, la ruptura entre padres e hijos y el agotamiento moral del bienestar escandinavo: «Nuestra sociedad valora la juventud por encima de todo. Y así nos va» Leer
La escritora noruega publica ¿Dónde están los adultos?, una feroz y lúcida disección de la fragilidad emocional contemporánea, la ruptura entre padres e hijos y el agotamiento moral del bienestar escandinavo: «Nuestra sociedad valora la juventud por encima de todo. Y así nos va» Leer
La gran pregunta que atraviesa la literatura de la sarcástica, incómoda e irreverente Nina Lykke (Trondheim, 1965) no tiene que ver realmente con la familia, ni siquiera con el amor, aunque sus novelas estén llenas de matrimonios erosionados, madres agotadas, hijos resentidos y parejas que ya apenas saben cómo hablarse. La gran pregunta de la escritora noruega es otra, más incómoda y probablemente más contemporánea: ¿Qué ocurre cuando una sociedad logra casi todo aquello que llevaba décadas prometiéndose a sí misma -libertad individual, seguridad material, igualdad, autonomía- y descubre, de pronto, que quizá ha debilitado los vínculos que permitían soportar la vida?. En ese interrogante late el corazón de ¿Dónde están los adultos? (Gatopardo), la novela con la que Lykke vuelve a diseccionar esa clase media escandinava progresista, cultivada y emocionalmente exhausta que ya había recorrido en títulos tan hilarantes como No y mil veces no o No hemos venido aquí a divertirnos. En este caso su protagonista, Ida, psicóloga de parejas, dos veces divorciada y cerca ya de la vejez, vive instalada en una existencia suspendida entre el resentimiento y la melancolía cuando recibe un mensaje de su hijo, con el que lleva años sin hablar. «¿Tienes tiempo para charlar un rato?». Seis palabras que desatan un terremoto íntimo y moral.. Lo extraordinario de la novela no es solo el retrato del duelo o de la maternidad tardía, sino el modo en que Lykke convierte un conflicto familiar en una radiografía de época. Porque el gran tema del libro no es únicamente la ruptura entre padres e hijos de varias generaciones -Ida tuvo una tormentosa relación con su madre ecientemente fallecida-, sino la sospecha de que Occidente ha empezado a perder los conceptos de autoridad, continuidad y responsabilidad generacional.. «Llevo mucho tiempo pensando mucho en la disolución de los valores familiares», confiesa Lykke desde su casa de Oslo con una mezcla muy nórdica de ironía seca y lucidez brutal, como si desconfiara incluso de sus propias conclusiones. «Crecí en una familia radicalmentre de izquierdas en la que todo era sí al divorcio, sí al aborto, sí a la liberación. Y sigo creyendo, por supuesto, en todos esos derechos conquistados por las mujeres, pero ahora veo a multitud de ancianos caminando solos por la calle y me pregunto ¿dónde está su familia? ¿Dónde están sus hijos, sobrinos y nietos?».. En las caústicas y depiadadas novelas de la noruega siempre hay personajes que parecen haber heredado todas las libertades modernas y, sin embargo, han perdido la capacidad de habitar emocionalmente esas conquistas. Hombres y mujeres perfectamente funcionales, protegidos por sociedades estables, racionales y prósperas, pero incapaces de soportar el conflicto, la frustración o el desencuentro. «En Noruega los niños van a la guardería ya con un año, por lo que los vínculos familiares no se contruyen como antes», reflexiona. «Y a veces me pregunto si realmente queremos esto. No estoy diciendo que debamos volver atrás, claro que no. Sólo me pregunto cuál es el precio».. «Veo a multitud de ancianos caminando solos por la calle y me pregunto ¿dónde está su familia?». Lykke insiste en que no empezó esta novela con una tesis ideológica, sino que como ocurre en casi toda su obra, las preguntas llegaron después. Lo que inicialmente le intrigaba era otra cosa mucho más concreta y cercana: mujeres de su generación cuyos hijos adultos habían cortado completamente el contacto con ellas. Mujeres que no habían sido violentas ni alcohólicas ni especialmente negligentes. «Tengo amigas muy cercanas cuyos hijos simplemente han desaparecido de sus vidas. Y nadie entiende del todo por qué. Ella lo han hecho lo mejor que han podido como madres, pero parece que no ha sido suficiente».. En ¿Dónde están los adultos? esa fractura aparece filtrada por el lenguaje psicológico contemporáneo, otro de los grandes temas de la novela. Ida observa cómo su hijo interpreta retrospectivamente toda su infancia a través de categorías terapéuticas, reproches emocionales y exigencias afectivas imposibles de satisfacer. Y ahí Lykke entra en un terreno peligrosísimo, porque cuestiona uno de los grandes consensos morales de nuestro tiempo, la idea de que el bienestar psicológico individual está siempre por encima de cualquier otra obligación.. «La infancia y la juventud están totalmente sobrevaloradas. Vivimos en una cultura donde el niño siempre tiene razón», sostiene la escritora. «Y eso viene de una vulgarización de Freud, de Rousseau, de toda esa idea del niño puro y del noble salvaje. Como si los niños estuvieran conectados con algo auténtico que los adultos hemos perdido», apunta riéndose con sarcasmo. «Tengo seis nietos y son maravillosos… pero también son pequeños monstruos. Los niños tienen que aprender a convertirse en adultos civilizados».. Lo que interesa especialmente a Lykke de esto es la facilidad con la que hoy se legitima la ruptura afectiva. «Puedes ir al psicólogo con treinta años y decir: ‘Mi padre me hace sentir mal porque cree que estoy demasiado gordo o que soy demasiado alto’, y quizá el terapeuta te diga que deberías tomarte un descanso de tu familia. Pero casi nadie pregunta ya por qué esperamos que nuestros padres sean almas gemelas emocionales y no simplemente nuestros padres».. Esta idea atraviesa toda la novela. Ida fracasa precisamente en eso: en convertirse para su hijo en esa figura de comprensión absoluta, transparencia emocional y validación constante que las nuevas generaciones parecen exigir a sus padres. Y ahí aparece uno de los hallazgos más incómodos del libro. La protagonista comprende demasiado tarde que, aunque intentó ser mejor madre que la que tuvo, acabó reproduciendo otro tipo de distancia afectiva.. «Vivimos en una cultura donde el niño siempre tiene razón, pero no es así, los niños tienen que aprender a convertirse en adultos civilizados». «Ella llega al mismo lugar que su madre, pero por otra ruta», explica Lykke. «No quería parecerse a ella y, sin embargo, termina sintiendo el mismo rechazo físico, la misma incapacidad para el contacto emocional con su hijo». Lo fascinante es que la autora nunca convierte esa constatación en un juicio moral sencillo. Ida puede ser mezquina, ridícula, lúcida, egoísta o profundamente conmovedora en la misma página.. Como todos los personajes de Lykke, resulta insoportablemente humana. Quizá por eso sus novelas producen una identificación tan intensa, porque nunca ofrecen personajes ejemplares. «Todos somos moralmente imperfectos», recalca la escritora. «Todos manipulamos la imagen que damos de nosotros mismos. Siempre contamos las discusiones de manera que parezca que nosotros teníamos razón y ni siquiera nos damos cuenta de que lo hacemos».. La literatura aparece entonces como el único espacio donde esa imperfección puede mostrarse sin corrección moral inmediata. «Nunca he conocido a una persona normal», afirma. «En Noruega a la gente normal la llamamos A4 , como el tamaño del papel, pero todos somos raros. Todos tenemos historias familiares extrañas, pensamientos absurdos, emociones contradictorias». Durante la infancia, cuenta, los libros le ofrecieron precisamente ese consuelo. «Leía constantemente porque sentía una enorme soledad existencial. Y los libros me hacían pensar: ‘Ah, vale, hay más gente así’», bromea.. La escritora Nina Lykke en su casa del barrio de Bekkelaget, al sur de Oslo.ANDREA GJESTWANG. Esa mezcla de desamparo y comicidad es una de las marcas más singulares de su literatura. Sus novelas son muy divertidas, aunque rara vez buscan el chiste. El humor aparece como un efecto secundario de la irritación. «Cuando escribo estoy enfadada», reconoce. «Muy enfadada. Pienso en cosas que me parecen injustas, absurdas, hipócritas. Escribo desde esa rabia y sólo al día siguiente, cuando releo, descubro que lo que cuento es gracioso».. «En Occidente los adultos hemos renunciado a la responsabilidad social y al trono de la autoridad». Hay algo profundamente escandinavo en esa mezcla de incomodidad, sátira y melancolía. Lykke pertenece a una tradición que, de Ibsen a Dag Solstad, de Knausgård a Vigdis Hjorth, está obsesionada con el malestar que late bajo la normalidad social. Pero en su caso ese malestar aparece atravesado por una pregunta política más amplia: ¿qué sucede cuando las sociedades más avanzadas del planeta empiezan a producir individuos emocionalmente cada vez más frágiles?. «Nunca en la historia los niños han recibido tanto amor, tanta atención y tantas comodidades materiales como en las últimas generaciones», reflexiona la escritora, «y, sin embargo, nunca han estado tan enfermos mentalmente. ¿Por qué?». La pregunta le obsesiona. Tal vez, aventura, tenga que ver con la desaparición de cualquier forma de resistencia o autoridad. «Ahora los padres dicen: ‘Sólo quiero que seas feliz, puedes ser lo que quieras’. Y quizá eso no es lo que los hijos necesitan».. La conversación deriva entonces hacia algo todavía más incómodo: la abdicación contemporánea de la autoridad adulta. El propio título de la novela, ¿Dónde están los adultos?, funciona como una pregunta desesperada sobre una época donde nadie parece dispuesto a envejecer. «En todo Occidente los adultos hemos renunciado a la responsabilidad social y al trono de la autoridad en todos lo ámbitos», lamenta Lykke, que habla de profesores aterrorizados por sus alumnos, de padres que quieren caer bien a sus hijos, de adultos obsesionados con seguir siendo jóvenes, deseables y culturalmente relevantes. «La generación de los sesenta nunca quiso envejecer. Siguen intentando ser modernos, cool, interesantes, y creo que eso es una traición a los jóvenes. No queremos que nuestros hijos nos quieran, sino gustarles y eso es un problema».. En ese punto aparece la Nina Lykke más feroz y divertida. La escrtiora recuerda haber visto en Berlín un anuncio de un banco protagonizado por adultos de cuarenta años vestidos como adolescentes hipsters. «Pensé: si estos son los adultos, ¿qué se supone ahora que deben hacer los jóvenes? ¿Hacerse católicos? ¿Convertirse en amas de casa?», bromea.. «No queremos que nuestros hijos nos quieran, sino gustarles y eso es un problema». La ironía es importante, asegura, porque evita que sus novelas se conviertan en simples panfletos reaccionarios. Aunque critique ciertos excesos contemporáneos, Lykke nunca idealiza el pasado y sabe perfectamente que la familia también ha sido históricamente un lugar de violencia, jerarquía y dolor. «Llevamos más de un siglo contando historias sobre familias rotas», explica. «Desde Ibsen, la familia aparece como el epicentro de todas las tragedias». Lo que le interesa ahora es otra cosa: qué ocurre cuando esa sospecha permanente hacia la familia termina erosionando incluso los vínculos imperfectos pero funcionales.. «En Noruega casi hemos pasado al extremo contrario. Ahora parece que los padres tienen una deuda infinita con los hijos», critica. Y, sin embargo, tampoco le convence el modelo tradicional de obediencia absoluta. «Quizá la verdad esté en algún punto intermedio». Por eso ¿Dónde están los adultos? resulta tan perturbadora. Porque no ofrece soluciones ni culpables claros, sólo muestra a personas intentando quererse sin saber ya muy bien cómo hacerlo. Personas que hablan constantemente sobre emociones y, sin embargo, parecen cada vez más incapaces de soportar la complejidad emocional real.. En el fondo, la novela entera gira alrededor de una intuición dolorosa. Que quizá nunca dejamos de ser niños asustados buscando aprobación, afecto y sentido. «En cierto modo nunca somos adultos», admite Lykke. «Seguimos siendo pequeños niños que quieren cosas, que tienen miedo, que necesitan amor». E inmediatamente introduce el matiz decisivo. «Aunque sí existe una diferencia fundamental entre niños y adultos: la responsabilidad. Una responsabilidad a la que hemos renunciado los adultos en una sociedad que valora la juventud por encima de todo. Y así nos va», concluye con una sonrisa.. Traducción de Ana Flecha. Gatopardo. 216 páginas. 19,95 €
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