After several decades in the shadow of the Boom, in Peru emerges a generation of young writers (and some not so young) who no longer aspire to be the «official heirs» of the last Spanish Nobel laureate.
After several decades in the shadow of the Boom, in Peru emerges a generation of young writers (and some not so young) who no longer aspire to be the «official heirs» of the last Spanish Nobel laureate.
La sombra del mito Mario Vargas Llosa en el Perú comienza a ser menos abrumadora: tras más de una generación de escritores peruanos tratando de ganarse su favor o seguir su estela magistral e ineludible y, por tanto, asfixiante, las librerías empiezan a llenarse de nombres nuevos y no tan nuevos que escriben con una libertad y convicción que la mayoría de sus autoproclamados «discípulos» jamás ha alcanzado. Es la hora de una refrescante oleada de autores que pueden hacer llegar en mayor igualdad de condiciones unas voces tan ricas, coloridas y diversas como el Perú real.. Durante décadas, el acomodado distrito limeño de Miraflores era como el Universo Marvel de la literatura peruana: parecía que todos los autores de renombre residían o procedían de allí. Desde su inmortalización en las propias páginas de La ciudad y los perros, el bello barrio pudiente donde el Poeta sufriera su primer desengaño amoroso se diría convertido en la única fábrica de literatos que traspasaban fronteras. Hace veinte años, uno podía echar la mañana transitando las calles donde Julio Ramón Ribeyro paseó su infancia y juventud, meterse a «chelear» toda la tarde con el laureado poeta Antonio Cisneros y terminar la noche en el restaurante español La Eñe riéndole las gracias etílicas al gran escritor y copista Alfredo Bryce Echenique. Aparentemente, toda la literatura peruana anidaba en Miraflores.. Aparentemente, claro. Ello se debe a que su cultivo más visible y publicitado (como en el resto de las artes) era y, en menor medida, sigue siendo un privilegio de los «pitucos» (pijos) miraflorinos y de aledaños, marcados por su dinero, su piel clara y su progresismo de salón: lo normal allí es que las figuras más destacadas del cine, el arte o las letras compartan apellidos y terminen resultando ser hermanos o primos.. Contemporáneos de Vargas Llosa, otros literatos más marcadamente mestizos y de provincias no tenían tanta suerte en su proyección internacional: ahí están descomunales narradores como el arequipeño Oswaldo Reynoso (Los eunucos inmortales), el ancashino Óscar Colchado (Rosa Cuchillo), el celendino Alfredo Pita (El cazador ausente) o el apurimeño, hoy sí elevado a categoría de leyenda en su país, José María Arguedas (Los ríos profundos).. Tampoco las voces femeninas lograban de entrada ser admitidas en primera fila, como la osada y magnífica poeta/narradora limeña Carmen Ollé (Noches de adrenalina) o la visionaria juninense Laura Riesco (Ximena de dos caminos).. Aun hoy, casi todos los autores peruanos expuestos en la sección de novedades de librerías españolas proceden de Miraflores o están instalados cual cortesanos en este caro y bien comunicado distrito. Y, pese a la devoción unánime por el genio de Vargas Llosa, casi ninguno ha heredado su pasión por el riesgo formal o la transgresión moral. Al contrario, muchos parecen enquistados en un moralismo conveniente y una escritura domesticada, contestataria en apariencia pero profundamente blanda, pacata y maquilladora de su propia raigambre elitista.. El circuito tradicional también generó desde las últimas décadas del siglo XX varios nombres de valía que, pese a estar más que consolidados, todavía no han obtenido el reconocimiento debido allende sus fronteras: ahí están, nadando en sus propias aguas estilísticas, novelistas de fuste como la arequipeña Teresa Ruiz Rosas, un Premio Nacional de Literatura incontestable que no afloja rigor ni talento en sus apuestas (Estación Delirio, Coreografía para trenzas solas); y ya desde Lima, maestros de la novela corta como Fernando Ampuero (El enano); autores que trascienden la etiqueta de «juveniles» como Jorge Eslava (Navajas en el paladar); cuentistas con un universo intransferible y fascinante como Enrique Prochazka (Ochenta días); o vigorosos narradores veteranos como Guillermo Niño de Guzmán, quien ha hallado en el ensayo el vehículo idóneo para su excelsas bibliofilia y cinefagia (Mis vicios impunes y Hasta perder el aliento).. En esta década, gracias a un mayor tejido de ferias literarias que suplen la ausencia de librerías provinciales y al afianzamiento de editoriales independientes que permiten cierta descentralización del privilegio geográfico ((Hipatia Ediciones, Dendro, Animal de Invierno, Personaje Secundario, Trotamundos, Rocinante, Trazos Editores y más), empieza a aflorar casi por sistema una avalancha de autores de clase media y con mayor rango de singularidad, siguiendo los pasos de la cuzqueña Karina Pacheco Medrano (Premio Nacional de Literatura 2022 por El año del viento) o el huancavelicano Ulises Gutiérrez Llantoy (Nuestra luz en la noche). Así, el rescate de clásicos vivos como Mario Bellatín (Salón de belleza) cohabita con firmas descollantes como el huancaíno Stuart Flores (Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza) o reivindicadas como la chimbotana Patricia Colchado (La danza del narciso).. Quizá la diferencia reciente más sustancial en las dinámicas de la inercia oligárquica la marcó el inesperado éxito nacional de El espía del inca (2018), obra del escritor limeño de orígenes ayacuchano y quechuahablante Rafael Dummett. La novela, ambicioso y emocionante thriller histórico en torno a un hipotético intento de rescatar al inca Atahualpa durante su cautiverio por Francisco Pizarro, vendió miles de ejemplares en el circuito off-Lima merced a esas decenas de pequeñas ferias y la buena labor del sello Lluvia. De repente, la sensación literaria del año no pasaba por Miraflores ni acataba cortapisas biempensantes de moral burguesa, algo patente en su enfoque naturalista e impúdico del sexo y la violencia. La mayor amplitud de miras editoriales consiguiente ha hecho también posible un revulsivo jaranero como Papá Huayco (FCE Perú) de Alfredo Villar (Lima, 1971), reivindicación ficcional del emigrante andino en Lima a través de la figura del mítico cantante Chacalón, un Elvis de los cerros que murió a su misma edad.. Richard Parra (Lima, 1976), es un rarísimo caso de académico erudito y narrador visceral. Apadrinado por Antonio Muñoz Molina, en 2014 publicó en España su portentosa doble nouvelle La pasión de Enrique Lynch/Necrofucker (Demipage) y en 2021 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su libro de cuentos Resina, donde reafirma su interés y acierto en representar a las clases bajas, periféricas y desfavorecidas que apenas asoman en la literatura limeña. Este año acaba de lanzar en Perú Perros del diablo (Penguin), novela rabiosa que, con la iconoclastia de Sergio Leone, se apropia de una tradición tan norteamericana como la violencia psicopática de la sociedad estadounidense, asentada «en un estado de crisis política permanente y en traumas históricos como la Guerra Civil, la Guerra Fría y el 11-S y sus secuelas», según su autor.. Para Parra, «la literatura hegemónica limeña, aparte de imitar subalternamente a Vargas Llosa, estaba conformada por la autoficción neoliberal y la metaliteratura formalista que buscaba imitar a autores globales como Bolaño y Vila-Matas. En esos días, además, todavía resonaba el debate entre escritores criollos y andinos del año 2005 en Madrid, el cual, desde mi punto de vista, desmanteló la ideología conformista, el beletrismo comercial y el oportunismo del grupo criollo. Ahora las cosas han cambiado un poco, se ofrece una alternativa a las gastadas narrativas oficiales». Pese a ello, advierte que en España todavía predomina la venta de libros peruanos «edificantes, melodramáticos, con tonos de autoayuda y un mensaje humano; o simulacros trasnochados del Boom».. El propio Parra ha sufrido en primera persona la miopía del ombliguismo pituco: durante la presentación de uno de sus últimos libros, un escritor «caviar» (el equivalente limeño del pijoprogre) afirmó sin titubeos que todos los personajes de extracción popular del autor eran «huachafos»: algo así como «horteras» involuntarios. «Fue un comentario desafortunado, me hizo mucha gracia. Y, sí, responde a una desconexión deliberada y calculada de la realidad y a una mirada paternalista e instrumental de los personajes. Huachafo es, además, un adjetivo infeliz: contiene tintes clasistas y criollos (en el sentido literario), y sirve al que lo enuncia para posicionarse, por ejemplo, en el campo del buen gusto, de la distinción, del cosmopolitismo y la sofisticación, valores todos estos que rechazo».. Por su parte, el ensayo o autoficción relacionados con la identidad social y racial siguen en boga, como demuestra Las nerviosas (Yegua de Troya) de Rosa Chávez Yacila (Lima, 1988), quien construye desde lo familiar un poderoso discurso feminista de autoafirmación de las comunidades excluidas basado en una doble fractura: la marginación por el origen (lo «cholo» o mestizo como fuente de discriminación) y la precariedad del sistema público de salud, debido a una falta endémica de Estado: «Tratar tu salud mental en un hospital público puede ser otro motivo más para tener que tratar tu salud mental», confirma la autora, quien se siente muy a gusto en la no ficción: «Yo le voy al team de Annie Ernaux o más bien al team de María Moreno». Las nerviosas se suma así a una remesa de psicoanálisis contemporáneos del Perú vulnerable tan certeros y honestos como Los rendidos (2015) de José Carlos Agüero.. En lugar de caer en la pornomiseria (una deriva muy premiada en España) o estigmatizar el humor como procuran hacer algunos aspirantes no muy legítimos a constituirse en «voz del pueblo», la autora abraza la ironía en su vertiente más cruda, así como expone su propio sentido de inadecuación y constante autocuestionamiento: «Soy irónica y sarcástica», afirma, «y suelo sentirme un poco fuera de lugar en casi cualquier situación. Quería una narradora menos grave. Si me pongo delusional, podría decir que aspiraba a una voz narrativa con un poquito de Natalia Ginzburg, otro poquito de Hebe Uhart, un poco de Nora Ephron y una pizquita de Sharon Olds». Con un grado de control, para que no se le fuera de las manos: «Moderé mi sarcasmo, pero también mi cursilería». El resultado es uno de los libros peruanos del año.. Si bien es cierto que los institutos de secundaria peruanos suelen incluir en sus programas de lectura, muchas veces más por inconsciencia de su profesorado que por su espíritu progresista, clásicos cargados de erotismo explícito como la tórrida historia de amor interracial entre ama y esclavo de Matalaché (1928) de López Albújar o el despertar homosexual de Los inocentes (1961) de Oswaldo Reynoso, el sexo ha estado ausente en gran medida de la literatura local más exitosa durante los últimos veinte años.. De izquierda a derecha: Gianni Biffi, Karina Pacheco Medrano y Jhemy Tineo Mulatillo.. Una excepción la marca hoy el autor amazónico Jhemy Tineo Mulatillo (Moyobamba, 1986), Premio José Watanabe 2021 por el libro de cuentos Los sacrificios de la carne (Asociación Peruano Japonesa), cuya última novela, Los restos de la piel (Planeta) contiene alusiones continuas y sanamente desprejuiciadas que uno no asocia al -por lo general- puritano talante capitalino. Según él mismo, su filiación selvática «aporta autenticidad» y resulta «literariamente ventajosa». Sobre todo en su desparpajo narrativo, pues su origen le permite establecer «una marcada tensión entre la oralidad y la escritura. Si bien la migración a Lima y la formación académica enriquecieron mi mundo, la literatura me ha permitido volver a mi forma amazónica de decir las cosas». Considera que hay mucha literatura peruana por descubrir internacionalmente; entre la propia del Amazonas, destaca a Jorge Nájar, Siu Yun, Ana Varela, Germán Lequerica, Werner Bartra Padilla, Welmer Cárdenas, Walter Meza Varela, Percy Vilches y Róger Rumrrill.. Respecto a la supuesta libertad de costumbres del Perú amazónico, «la relación con el cuerpo puede ser más libre y menos condicionada por conceptos como la vergüenza, la malicia o el tabú», pero, en todo caso, «la sensualidad está más presente en los ojos que miran». La convivencia con lo fantástico sí es un hecho: «Una vez fui con mi padre a visitar a un brujo amigo suyo y lo que encontramos fue un chancho de monte muerto en el dormitorio. Recuerdo que lo velaron y a nadie le pareció extraño».. Otra excepción: Alessandra Pinasco (Lima, 1974) acaba de marcar un hito con Tan simple, tan puro (Penguin), relatos de prosa muy depurada donde un remedo de su propia identidad vive, goza y sufre experiencias sexuales que van de lo liberador a lo traumático. «Era consciente de cuánto me estaba exponiendo. En distintos momentos del proceso sentí terror. Pero nunca contemplé la posibilidad de no ir hasta el final». La recompensa no se ha hecho esperar: «El libro ha tocado fibra en muchas lectoras, que han reconocido su propia relación con su sexualidad, las transgresiones gozosas y culposas, el daño. Una amiga me contó que leer mi libro la condujo a atreverse a seguir su voluntad».. Como ella dice, «el hecho de que la literatura esté cada vez menos monopolizada por señoros no puede sino ser excelente».. El problema viene cuando el machismo del propio gremio literario considera frívola la expresión del hecho sexual por parte de una autora: «Precisamente lo que me ha permitido escribir este libro es lo que me impide asumir un papel de Escritora Seria. Cuando esa arista presenta una radiografía de nuestra sociedad enferma, de su profunda misoginia, de nuestra cárcel de espinas. Lo que pasa es que no lo explico con manzanitas, por respeto al lector».. Los sellos independientes empiezan a promover una literatura más desinhibida, en especial dentro del marco LGTBI: el año pasado, Juan Carlos Cortázar (Lima, 1964) tomó el deseo como bandera de libertad en sus delicados relatos sobre lo trans y lo queer de Lo que nos hace tan fuertes (FCE-Perú); ese mismo año, Yasser Zola (Chiclayo, 1982) dio a conocer con Cuerpos ajenos (Dendro) un efectivo catálogo de terrores, a veces sobrenaturales, a veces cotidianos, vivido desde lo gay. Y desde lo hetero, tampoco es manco Leonardo Aguirre (Lima, 1975) con su turbador y acrobático Elogio del asterisco (Peisa). Además, su adictivo ensayo Asociación ilícita (Animal de Invierno), minucioso recuento de las históricas puñaladas traperas entre sus colegas compatriotas, aporta un volumen delicioso e imprescindible para entender cualquier ecosistema literario.. En cuanto al desembarco de novedades peruanas en nuestro país, la ya fundamental Claudia Ulloa Donoso (Lima, 1979) publica este mes El miedo terrible de ser un animal (Páginas de Espuma), exquisito rosario de cuentos con todo tipo de fauna donde la calidez peruana y la gelidez noruega (su país de residencia) combinan de maravilla: «Creo que el entorno noruego influye mucho. La primera vez que vi un erizo fue en Noruega; y luego alces, ciervos, zorros… En Lima, los animales se presentan de otra manera: los que tienen suerte son mascotas con dueños, pero la mayoría son perros y gatos callejeros que sufren el abandono, no son animales silvestres, no crean una atmósfera de bosque encantado, sino todo lo contrario».. Desde su atalaya poética (el título mismo es un verso de César Vallejo), la autora desgrana una narrativa muy personal y diferenciada, marcada por lo fabuloso y lo festivo. «El humor y el atrevimiento en estas historias creo que reflejan ciertos aspectos de mi personalidad», reconoce.. Y en febrero del 2027 el sello madrileño Abril 26 nos traerá el deslumbrante Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura de Gianni Biffi (Callao, 1977), contundente autor revelación del 2025 en la difícil senda del cuento satírico. Capaz de hacernos imaginar cómo sería un duelo a muerte entre dos dioses del trueno (el nórdico Thor y el inca Illapa) o cómo declamaría César Vallejo metido a batallas improvisadas de rap, Biffi conjuga con virtuosismo la inseguridad paranoica de un Woody Allen con la capacidad fabuladora de un Esopo, a la busca de esa epifanía que logra la unión perfecta entre lo ingenioso y lo absurdo: «Cuando escribes sobre un tipo tan desesperado por tener novia que sale con la hermana de Cthulhu, sí, hay momentos en que piensas: esto es una estupidez. Y me deprimía. Pero entonces miraba alrededor y veía una literatura peruana seria y solemne, donde todos bailaban los mismos pasos. Y me daba ánimo a mí mismo pensando que mi libro iba a ser como un grupo de punk que aparece justo cuando la música disco empieza a aburrir».. Para Biffi, el humor es el arma definitiva contra las dictaduras: «Cualquier idea autoritaria vive de que nadie note lo absurda que es, porque basta que alguien se ría para que el hechizo se rompa. El humor es un atajo hacia ese absurdo». Eso sí, advierte que él solo sabe escribir humor: «Tengo un solo registro. Soy como una caja de cartón en un museo de arte moderno: la gente da vueltas a mi alrededor, convencida de que hay algo más, un significado, y al final descubre que no, que era solo una caja de cartón». Sin embargo, detrás de sus metáforas confeccionadas con cultura pop bullen reflexiones de peso sobre fenómenos como la xenofobia o el populismo.. En 2024, un thriller trepidante, La pólvora y los inocentes de Carlos Dávalos (Lima, 1979), ganaba el Premio Jaén contándonos la caída de la cúpula terrorista de Sendero Luminoso a ritmo de James Ellroy. Ese mismo año, otra excelente novela editada en Lima se inscribía al 100% en el terreno noir para retratar la corrupción de sus leguleyos: Nuestros venenos (Peisa) de Augusto Effio (Huancayo, 1977). Y, también en 2024, desde Trujillo llegaba una novela negra comme il faut que probablemente solo es un reflejo del entramado criminal de cada día en la conocida como «ciudad de la eterna primavera»: Los hombres que mataron la primavera de Omar Aliaga (Trujillo, 1978). El paradigma del realismo como único género prestigioso también está cambiando en las letras peruanas.. Ahora, Dany Salvatierra (Lima, 1980) aterriza en librerías españolas con una demoledora novela sci-fi donde la distopía catastrofista no atañe a Nueva York, sino a Lima: Criaturas virales (Random House) supone toda una bofetada al buenismo woke contada con la lúcida impiedad de un Robert A. Heinlein. Salvatierra huye de las etiquetas, «pero es cierto que, al ser un autor gay, tengo carta blanca para opinar o escribir sobre ciertos temas. A otros autores los quemarían en la hoguera de la cancelación. Agradezco que también soy mestizo y cholo: mi apellido materno es inca y de hecho me sugirieron que debería incluirlo en las portadas de mis libros porque así puedo ser más «inclusivo», lo cual a la vez es «tendencia»».. ¿Qué recepción espera del lector español? «Estoy inquieto al pensar que cuando abran el libro no puedan encontrar palabras en quechua o nombres de avenidas de distritos con casas de cartón piedra, donde nadie deporta a nadie, o que no me ponga a contar la historia de mi bisabuela aymara (que en gloria esté). Pese a ello, espero estar por allá muy pronto para presentar el libro y seguir farmeando aura con el tema de la cancelación», ironiza.. En paralelo, unos cuantos autores de mérito que cultivan géneros escapistas en valientes sellos alternativos sin distribución en librerías (Pandemonium, Speedwagon, Torre de Papel, Maquinaciones) aguardan a que las grandes compañías editoriales les permitan dar el salto internacional: en el terror (Daniel Collazos, Mariangela Ugarelli, Carlos Carrillo), la ciencia-ficción (Yelinna Pulliti, Daniel Salvo), la picaresca (David Flores Heredia) o la fantasía (Rocío Uchofen, Luis José Cassaro, Yeniva Fernández), asoma una fructífera cantera de escritores peruanos que ya hace rato vuelan solos.
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