Read
Read
En la esquiva calle del Codo, por donde la Plaza de la Villa se une a la del Conde de Miranda, queda el eco mínimo de un retrato de Quevedo gracioso, estupendo. Alguien pegó en el saliente del muro abombado de esta calle un póster con caricatura del poeta y así este tramo se llenó de gracia. Atravesar este pasaje de 70 metros, casi curvo, tan personal y hermoso, dispensa una sensación de pueblo o de capricho acogedor en la ciudad gigante. Por aquí tenía costumbre de ir Quevedo, de retirada ya tras la ronda de tabernas, y cuentan que hizo norma de detenerse a mear contra las paredes. Casi siempre en el mismo punto. Y después seguir camino. Cansado de las micciones endecasílabas, un vecino bajó cualquier mañana, pintó en ese mismo sitio una cruz y con el pincel dejó un mensaje: «No se mea donde hay una cruz». A Quevedo, sañudo, malicioso, le dio por responder: «No se coloca una cruz donde se mea». Cosas de Madrid. Y qué más da si ocurrió en verdad o si fue de esta manera.
Algunos días paseo por este palmo del centro y en el itinerario se impone (antes o después) la calle estrecha del Codo. Una de esas oscuras costanillas populosas en el Siglo de Oro, cuando Madrid era un poblachón; aunque un poblachón vibrátil, de los espacios más abundantes en literatura, envidia y mala leche de lo que algo después sería Europa. Qué poder el de algunas calles de cargarse de historia, de memoria, incluso de fantasía acumulada. Caminarlas tiene algo de ficción, de tiempo quieto o de tiempo atrás, como si sucediese con nosotros dentro aquello que sólo hemos leído.
Madrid tiene rincones donde esto sucede muchas veces mucho. O invita a que suceda si cualquiera se echa a fantasear, que de eso se trata también ir dando paseos. Decíamos que pasó Quevedo y allí meaba. Quizá otro día fuese Góngora quien pisase estas baldosas con el odio por Quevedo echado a la espalda. O Lope de Vega dispuesto a hacer nido en alcobas ajenas. O Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, a la fuga por un marido que ya sospecha de más, un jugador de naipes burlado, un prestamista imapaciente.
Tantos siglos después, cuando a casi nadie le importa casi nada, esta calzada enjuta mantiene el encanto por lo que fue. Le sucede al Madrid de los Austrias. Esta es zona de lances y duelos, de espadas nerviosas (espadas roperas), de huellas, de ecos.
Cuando todo se encabrona de más, salir por salir y andar por andar hace su buen efecto. Y ya de regreso, si pasas por donde Quevedo meaba, esta calle del Codo, pídele a la tarde que alguien regrese aquel retrato divertido y furtivo.
Literatura // elmundo
