No recuerdan las fechas exactas, pero se conocieron más o menos a finales de los 60 e inicios de los 70. Valeria Sarmiento y Angelina Vázquez, ambas de 78 años, y Marilú Mallet, de 81, fueron parte de la primera generación de cineastas chilenas mujeres. “¿Cómo se conocieron?”. La respuesta resulta en una larga cháchara y una nebulosa de anécdotas borrosas entre las tres, que se reencontraron hace poco, en el caluroso enero chileno, tras décadas separadas por el exilio. La charla se desarrolla en un pasillo del edificio Sabatini en el Museo Reina Sofía de Madrid, donde estos días se proyecta un ciclo dedicado a Mallet y las tres compartieron un coloquio la semana pasada, invitadas por el festival Documenta Madrid. Las tres mujeres, con sus pelos ya blancos y una complicidad innegable, reflexionan sobre sus historias y comparten risas.. Seguir leyendo
No recuerdan las fechas exactas, pero se conocieron más o menos a finales de los 60 e inicios de los 70. Valeria Sarmiento y Angelina Vázquez, ambas de 78 años, y Marilú Mallet, de 81, fueron parte de la primera generación de cineastas chilenas mujeres. “¿Cómo se conocieron?”. La respuesta resulta en una larga cháchara y una nebulosa de anécdotas borrosas entre las tres, que se reencontraron hace poco, en el caluroso enero chileno, tras décadas separadas por el exilio. La charla se desarrolla en un pasillo del edificio Sabatini en el Museo Reina Sofía de Madrid, donde estos días se proyecta un ciclo dedicado a Mallet y las tres compartieron un coloquio la semana pasada, invitadas por el festival Documenta Madrid. Las tres mujeres, con sus pelos ya blancos y una complicidad innegable, reflexionan sobre sus historias y comparten risas. Seguir leyendo
No recuerdan las fechas exactas, pero se conocieron más o menos a finales de los 60 e inicios de los 70. Valeria Sarmiento y Angelina Vázquez, ambas de 78 años, y Marilú Mallet, de 81, fueron parte de la primera generación de cineastas chilenas mujeres. “¿Cómo se conocieron?”. La respuesta resulta en una larga cháchara y una nebulosa de anécdotas borrosas entre las tres, que se reencontraron hace poco, en el caluroso enero chileno, tras décadas separadas por el exilio. La charla se desarrolla en un pasillo del edificio Sabatini en el Museo Reina Sofía de Madrid, donde estos días se proyecta un ciclo dedicado a Mallet y las tres compartieron un coloquio la semana pasada, invitadas por el festival Documenta Madrid. Las tres mujeres, con sus pelos ya blancos y una complicidad innegable, reflexionan sobre sus historias y comparten risas.. Más información. Aunque no hay consenso en las fechas en que llegaron a la vida de la otra, sí recuerdan que en medio del clima político que se vivía en Chile, con el Gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular, decidieron hacer una película en conjunto. “Las tres ya habíamos hecho nuestras primeras películas y había química”, recuerda Vázquez. Pero tenían una carrera demasiado reciente para abordar un largo, así que se atrevieron con tres mediometrajes con una temática en común. Cuando presentaron el proyecto a Chilefilms —una productora chilena que impulsa el cine local— les pidieron que sumaran una cineasta comunista. “Nosotras no pensábamos en términos de cuotas políticas, que fue la gran cosa que surgió. No teníamos nada en contra del Partido Comunista, pero…”, dice Vázquez, y se dirige a sus amigas: “Ustedes dos estaban vinculadas al Partido Socialista, se supone, y yo era una extremista de izquierda”. Entre risas, cuentan que ahí quedó el proyecto y, tiempo después, con el golpe de Pinochet, las tres armaron las maletas del exilio. Sarmiento se fue a Francia, Mallet a Canadá y Vázquez a Finlandia.. Las tres ya habían emprendido el camino de un cine comprometido con los procesos políticos y sociales de distintos lugares —tienen una filmografía muy variada en cuanto a países y comunidades— y una fuerte perspectiva femenina. Esto último lo aprendieron desde sus propias experiencias, porque no había muchas referencias de mujeres haciendo cine en Chile. “No había cineastas que mirar. Había escritoras, escultoras… Había de otras disciplinas, pero cineastas no”, asegura Mallet, y nombra a Nieves Yankovic como una de las excepciones del momento. En esos años, las jóvenes pioneras no tenían la menor idea de que ellas serían las referentes de las que vendrían después.. Marilú Mallet. Se podría decir que ha sido la invitada de honor de esta versión del Documenta Madrid, donde se proyectaron varias de sus películas. Vivió parte de su infancia en Francia e Italia, donde acompañó a su madre mientras estudiaba Bellas Artes. En su regreso a Chile, estudió Arquitectura en la Universidad de Chile —Vázquez y Sarmiento también estudiaron otras carreras antes— y obtuvo el certificado de Estudios Cinematográficos en la Oficina Católica del Cine. Durante la Unidad Popular trabajó en el Instituto de Cine Educativo del Ministerio de Educación y, tras el golpe militar, se exilió en Quebec. “Yo he hecho películas de mujeres porque me han pedido películas de mujeres”. En su exilio en Canadá, un país que impulsaba entonces una temprana política de género en el cine, era lo que le pedían. Mujeres en las fábricas, mujeres exiliadas, mujeres latinoamericanas que sufrieron de una u otra forma.. La cineasta Marilú Mallet en el Museo Reina Sofía, el viernes 29 de mayo de 2026.Álvaro García. Así filmó Diario inacabado (1982), donde cuenta su experiencia como exiliada en Canadá. Un relato muy íntimo donde se relaciona con otros chilenos en Canadá, reflexiona sobre el traspaso de su identidad a su pequeño hijo, cuenta los problemas de los asilados políticos y se enfrenta a su entonces marido, el cineasta australiano Michael Rubbo, sobre la forma en que ella hacía cine. “¿Por qué estás siempre tratando de darme lecciones de cine? Quiero hacerlo así, es mi verdad. Es mi manera de hacer cine», le reprochaba ella.. Después de esa película rodó Andahuaylillas (1988), donde una niña indígena cuenta la historia de su pueblo; Doble retrato (2000), sobre su madre; o La cueca sola (2002), sobre la performance chilena donde las madres de detenidos desaparecidos bailan solas el baile nacional como forma de denuncia. Siempre con mujeres como protagonistas.. Valeria Sarmiento. Tiene decenas de películas en su espalda, algunos documentales, otras de ficción, la última estrenada en 2023. Estudiaba Filosofía en la Universidad de Chile, en Valparaíso, cuando se creó la escuela de cine, así que hizo carreras paralelas. Su primer documental fue Un sueño como de colores (1972), sobre las mujeres que hacían striptease, en un momento en que las películas trataban sobre los procesos políticos en Chile y Latinoamérica.. A sus 34 años, ya en el exilio, Sarmiento decide hacer una película sobre el machismo. Su idea inicial fue México, pero ante la denegación de su visa, la terminó rodando en Costa Rica. “Ahí había pocas películas, entonces no tenían desconfianza de la cámara. Les dije que estaba haciendo una película sobre el romanticismo latinoamericano, lo que permitió que la gente hablara libremente”, recuerda. En El hombre cuando es hombre (1982), los entrevistados hablan con soltura frente a la cámara de sus técnicas de conquista. “Estaban contentos de ser románticos, lo veían de ese lado”.. La cineasta Valeria Sarmiento en el Museo Reina Sofía, el viernes 29 de mayo de 2026.Álvaro García. “Yo realmente siempre me interesé por el mundo de la mujer y todas mis ficciones han tenido que ver con esa figura”. Desde su primera película hasta Huellas (2023), la última, pasando por Dueña de casa (1975) —sobre las mujeres partidarias de Pinochet—, Las líneas de Wellington (2012) —sobre la invasión de Napoleón a Portugal desde una historia femenina— o Mi boda contigo (1984) —una adaptación de la novela de la escritora Corín Tellado—, la mujer siempre ha estado en primer plano. “Era la historia que yo podía contar”, explica.. Angelina Vázquez. La primera película de Vázquez no fue sobre una mujer, sino todo lo contrario: un proyecto grupal en las minas de salitre del norte chileno. Ese lugar donde se levantó el movimiento obrero del país y donde, cuando ella fue a grabar, ya solo quedaban los más viejos. Quizá para otra joven mujer habría sido difícil moverse en un espacio así de masculinizado, pero como había estudiado el bachillerato y la carrera con muchos hombres —las matemáticas e ingenierías eran cosas de varones— disfrutó del proceso. “Yo me sentía muy cómoda, no sentía ningún problema. Tenía súper claro que para ellos yo no era igual, que tenía que pelear por mis espacios y que dependía de mí que no se confundieran”, cuenta. Una de sus estrategias cuando viajaba con camioneros en autostop, confiesa, era no comentar que estudiaba cine, sino que se mantenía en ingeniería.. La cineasta Angelina Vázquez en el Museo Reina Sofía, el viernes 29 de mayo de 2026.Álvaro García. ¿Hace cine sobre mujeres como una decisión consciente o es algo que se le escapa de las manos? “Es una cuestión para mí inevitable y que sí que me gusta. El hecho de que soy mujer hace que ciertas cosas las procese de una determinada manera y que todo esté impregnado de esa cuestión”. Por ejemplo, en la animación Así nace un desaparecido (1977) retrata a las mujeres torturadas y abusadas en la dictadura, a las mujeres a quienes les mataron a sus compañeros y tuvieron que criar solas, y a todas esas madres que buscaron justicia por sus hijos desaparecidos. En Apuntes nicaragüenses (1982) cuenta la historia de Anita Mikkonen, una finlandesa que participó en la campaña de alfabetización de Nicaragua; en el corto de ficción Gracias a la vida (o la pequeña historia de una mujer maltratada) (1980), la protagonista es una mujer que se va al exilio embarazada producto de una violación en una sala de torturas; y en Fragmentos de un diario inacabado (1983) narra su propia historia, cuando ingresó de manera semi-clandestina a Chile para contar en primera persona la explosión social de los ochenta.. Siempre le molestó el cine de reportaje de los años 70, donde extranjeros viajaban a Chile a filmar la pobreza “desde su altura, con la cámara y en una especie de traveling permanente”. Ellos, dice Vázquez, miraban de afuera hacia adentro. “A los niños se les caían los mocos y se veían muy bien, porque el camarógrafo hacía un picado [plano desde arriba]”. En todo ello había un lenguaje que, asegura, manifiesta que hay hombres de por medio. Entonces se comenzó a preguntar qué podía hacer ella que no pudiera hacer un finlandés con ganas de viajar en América Latina. “Me invento una historia que no pueda filmar nadie más que yo”. Y así se hacía espacio con sus películas, en las que emergen mujeres una y otra vez. “Las veo, me llaman la atención, me apelan”.
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