Irónica, brillante y afilada, la escritora británica vuelve a dar lo mejor de sí en los eclécticos ensayos de ‘Muertos y vivos’, donde política y cultura van de la mano. «Ninguna versión de mi vida habría sido posible sin el socialismo democrático» Leer
Irónica, brillante y afilada, la escritora británica vuelve a dar lo mejor de sí en los eclécticos ensayos de ‘Muertos y vivos’, donde política y cultura van de la mano. «Ninguna versión de mi vida habría sido posible sin el socialismo democrático» Leer
«No tengo ninguna cualificación para hablar de nada de esto. Mi única cualificación (imaginaria) es que me interesan mucho los temas que elijo», asegura, con un punto irónico Zadie Smith (Londres, 1975), conocida por su afilada inteligencia y su agudeza a la hora de analizar la sociedad y la condición humana. En su nuevo volumen de ensayos, Muertos y vivos (Salamandra), la escritora británica desconfía de las consignas, de las identidades convertidas en esencias y de cualquier pensamiento que exija elegir entre blancos y negros cuando la realidad insiste en llenarse de grises. Todo ello mientras extrae todo el jugo a cuestiones sobre arte y música, colonialismo y poder, cine y política, democracia y desigualdad, redes sociales e inteligencia artificial, historia y literatura y, por supuesto, su experiencia personal.. De hecho, abre el libro con una sincera y divertida invitación al lector: «Todos sabemos lo que se siente al ser huésped de un anfitrión opresivo: ese tipo de persona que te pregunta constantemente qué te parece la comida y luego insiste en que subas cinco pisos para ver su ático reformado… Dios, espero no ser esa clase de persona. Realmente intento no serlo. Mi objetivo es darte la bienvenida a mi edificio y dejar la puerta abierta para que puedas marcharte en cualquier momento».. Quizá esa puerta abierta sea también la mejor definición de la literatura de Smith, un lugar en el que ninguna idea debería cerrarse demasiado pronto y donde sostener dos verdades contradictorias no constituye una debilidad, sino una forma de mirar de frente la complejidad humana. Y es que a sus 50 años, la escritora sigue reivindicando el privilegio de poder equivocarse, contradecirse y no tener que estar siempre en lo cierto. «¡Qué suerte tengo de ser novelista y no política!», dice en un determinado momento, «Así no tengo que seguir consignas».. En el ensayo Familia europea se pregunta quién es exótico para quién y muestra cómo una mirada aparentemente omnipotente puede ser, en realidad, profundamente ignorante. ¿La gran victoria de la descolonización sería cambiar quién mira o conseguir finalmente un mundo en el que nadie tenga el monopolio de decidir quién es «el otro»?. Para mí, una expresión más adecuada que «descolonización» sería el término inventado «demaniqueización». El pensamiento maniqueo es, por naturaleza, reaccionario; para el maniqueo, las cosas son siempre blancas o negras. Eso es lo que James Baldwin pretendía señalar al cuestionar el discurso racial en Estados Unidos. Allí, la blancura se construía explícitamente en oposición a un supuesto «problema negro». La figura del «negro» resultaba necesaria para forjar la identidad blanca estadounidense, del mismo modo que la figura del salvaje contribuyó a definir la idea de la Ilustración europea. Sin embargo, nadie se percibe a sí mismo como un «otro». Somos el centro de nuestras propias vidas y solo descubrimos que somos «otros» a través del proceso de socialización. Exposiciones bienintencionadas como aquella a la que asistí en París -donde vi la muestra Familia europea- pueden aspirar a «descolonizar», pero con demasiada frecuencia terminan recreando, casi de forma cómica, exactamente la misma dinámica de poder: Europa en el centro y todos los demás en los márgenes.. En el ensayo sobre Toyin Ojih Odutola plantea una cuestión todavía más incómoda: ¿qué ocurre si aquellos que han sufrido una estructura de dominación llegan al poder y reproducen su lógica? ¿Hasta qué punto la descolonización fracasa si se limita a invertir las posiciones dentro de la misma jerarquía?. Creo que es justo afirmar que a la historia no le faltan lecciones morales que ilustran precisamente este punto. Los primeros cristianos constituían una secta minúscula y oprimida, aterrorizada por los romanos. Golda Meir era socialista y estaba comprometida con el colectivismo agrario. Robert Mugabe fue un revolucionario marxista. El poder corrompe. No existe un ser humano perfecto en quien se pueda confiar para ejercer el poder con sabiduría o justicia. Y si uno espera que los oprimidos recuerden siempre su opresión y actúen en consecuencia, bueno, es muy probable que acabe decepcionado. Los principios éticos y las normativas consagrados legalmente perdurarán mucho más que los planes de los revolucionarios o -como en el ejemplo del sector tecnológico actual- que la promesa vacía de «no hacer el mal».. En este punto aparece su desconfianza hacia el maniqueísmo. ¿Por qué cree que nos resulta tan difícil sostener simultáneamente dos verdades contradictorias -que alguien pueda ser víctima de un sistema y participar a la vez en él, que pueda ser bueno y terrible- sin sentir que estamos traicionando una causa?. Es difícil, pero es necesario, porque es la verdad. Mi madre era trabajadora social y recuerdo que, cuando yo era muy joven, me explicó que una gran proporción de las personas con las que se cruzaba en su trabajo -que habían abusado sexualmente de niños- también habían sufrido abusos sexuales cuando eran pequeñas. Por supuesto, mentalmente resulta mucho más sencillo compartimentar el asunto del abuso infantil: por un lado, los malvados pederastas y, por otro, los niños inocentes que han sufrido abusos. Eso es cierto, desde luego. Pero lo que mi madre veía en su trabajo también es verdad. La verdad es compleja. Aun así, no creo que sea tan compleja como para resultar imposible de asimilar. Es simplemente algo profundamente incómodo. Afrontar una verdad así nos obligará a pensar de una manera radicalmente distinta sobre el trabajo social, el delito, el castigo, la rehabilitación, el trauma, la responsabilidad, etcétera. El ejemplo que acabo de poner es quizá la versión más extrema de los fenómenos de los que hablas.. ¿Es en este punto donde la política tiende a fracasar y la literatura puede triunfar?. En nuestra vida política, la situación no suele ser tan tensa. Podríamos darnos cuenta, por ejemplo, de que las mujeres -aunque en muchos casos constituyan una clase subyugada- también son capaces de ejercer opresión y dominación. Podríamos admitir que las revoluciones pueden ser traicionadas, que los ideales pueden corromperse o que una pureza ideológica inflexible puede resultar, en sí misma, opresiva. No es que la literatura triunfe donde la política fracasa, sino que goza de un tipo de libertad diferente. ¡Qué suerte tengo de ser novelista! No tengo que deformar lo que veo ante mí para que encaje con una postura que me niego a cambiar, sobre todo porque dicha postura simboliza mi pertenencia a un colectivo concreto. No tengo que fingir indiferencia ante la muerte de mis enemigos ni celebrar la crueldad simplemente porque sus objetivos a largo plazo coinciden con los míos desde el punto de vista ideológico. Puedo reaccionar como un ser humano ante problemas humanos: no soy política. No tengo que seguir consignas. No tengo que ser coherente a toda costa. Tampoco tengo un interés especial en tener razón. Puedo estar totalmente equivocada. O simplemente ser una idiota y no entender algo. La experiencia técnica tiene muy poco que ver con la literatura. Formar parte de una pandilla de personas afines no tiene nada que ver con la literatura. Uno puede estar totalmente aislado, ser objeto de vergüenza y escarnio, y aun así crear literatura. Se trata, pues, de un tipo de papel diferente.. La escritora británica Zadie Smith, en una fotografía promocionalAlex Cameron. Su escritura insiste mucho en la mirada: quién mira, quién es mirado, quién tiene derecho a interpretar a quién. Pero en el ensayo sobre Celia Paul hay un desplazamiento fascinante: la mujer que había sido objeto de la mirada de Freud se convierte ella misma en sujeto que mira. ¿Es posible que la verdadera revolución artística no consista tanto en cambiar quién aparece en el cuadro como en cambiar quién posee la mirada?. Yo pondría reparos a la palabra «poseer». Una vez más, se trata del lenguaje del capitalismo infiltrado en el de la estética, como si no hubiera diferencia entre ambos. La mirada masculina es voraz, sin duda, pero también lo es la femenina, aunque de formas distintas; simplemente sabemos mucho menos sobre ella. Cuanto mayor sea la diversidad de personas que crean arte y llegan al público, más aprenderemos todos sobre nosotros mismos.. En el ensayo sobre la película Tár detecta una fractura generacional profunda y dice que el tiempo se ha abierto entre quienes tienen 20 años y quienes tienen 50. Ahora que usted misma ha cumplido 50, ¿esa distancia le parece todavía una cuestión generacional o empieza a parecerle algo más radical: una diferencia en la manera misma de experimentar la realidad?. Las generaciones quedan marcadas por los cambios tecnológicos, y la velocidad de los avances actuales hace que esas diferencias resulten más acusadas. Y también más cómicas. Hace poco escuchaba un pódcast en el que unos milenials se quejaban de la Generación Z en estos términos: «¡Nosotros teníamos los torrents! ¡Teníamos Napster! Si querías robar una película, tenías que pasarte el día entero descargándola, teniendo paciencia… ¡aprendiendo de verdad lo que es la paciencia! En cambio, estos chicos… ¡solo tienen que pulsar un botón! ¡No tienen ni idea del valor de la paciencia!». ¡Aquello me hizo mucha gracia!. En Algunas notas sobre el tiempo mediado escribe que la televisión enseñó a su generación a vivir dentro de relatos, mientras que internet prometió liberarnos de ellos y terminó creando otros todavía más poderosos. ¿Qué cree que estamos aprendiendo hoy a considerar «normal» simplemente porque el medio en el que vivimos nos lo repite constantemente?. Nunca me parecerá normal caminar por la calle y ver a todas y cada una de las personas -ya sea caminando, sentadas en una cafetería o viajando en autobús- mirando una pantalla diminuta en lugar de contemplar el mundo milagroso. Sé que suena cursi, pero siempre me asombrará.. Escribe que la personalidad es una negociación entre cómo creemos que somos, cómo queremos que nos perciban y cómo nos perciben los demás. ¿No han convertido las redes sociales esa negociación en una ocupación a tiempo completo? ¿Qué le ocurre a una conciencia que tiene que observarse continuamente desde fuera?. Ni idea, dímelo tú. ¿Qué se siente? Al leer, ver y escuchar los libros, la música, el cine y el arte producidos desde 2008, percibo que la gente parece tener una sensación persistente de irrealidad. Como si lo real estuviera justo más allá de su alcance. Una cierta insensibilidad ante la experiencia. Pero también un deleite por encontrarse en un país de las maravillas, por caer por el túnel y sentirse inmersos. Creo que probablemente ambas cosas sean ciertas. La gente no lo haría constantemente si no obtuviera también placer de ello.. En el libro aparece repetidamente la sospecha hacia las frases «prefabricadas»: las consignas políticas, los clichés, las opiniones recicladas, incluso las frases literarias que sabemos de antemano que nuestro público aprobará. ¿Cuál es hoy la forma más peligrosa de censura: que alguien nos prohíba decir algo o que aprendamos nosotros mismos a no decirlo porque sabemos de antemano qué reacción provocará?. ¿Por qué no dejamos de lado lo «peligroso» y nos quedamos simplemente con lo «aburrido»? Resulta aburrido encontrarse siempre con lo que ya conoces. Gran parte de lo que se escribe y se piensa hoy en día es bastante aburrido. Pero lo maravilloso de esto es que, cuando escuchas una voz original, ¡sientes una gratitud inmensa! De vez en cuando doy con algún artista -como Rosalía, Knausgård, Édouard Louis, Sally Rooney o Teju Cole- y me abalanzo sobre su obra como una mujer sedienta en el desierto que acaba de hallar un oasis. Encontrar a alguien que diga la verdad en estos tiempos parece un milagro.. «La historia demuestra que el poder corrompe, que no existe un ser humano perfecto en quien confiar para ejercerlo con sabiduría y justicia». En 2021, cuando charlamos por Con total libertad, me dijo que estaba cansada de su propia voz y que quería volver a escuchar las voces de otros. Cinco años después, usted ha publicado un libro que parece hacer exactamente lo contrario: volver una y otra vez a su propia conciencia para pensar a través de Baldwin, Morrison, Celia Paul, Didion, Tár, Mantel o Fanon. ¿Ha descubierto que para salir de uno mismo a veces hay que entrar más profundamente en uno mismo?. Bueno, entretanto escribí una novela. Así son las cosas. La novela fue un ejercicio de contención del propio yo. Y luego regresa ese pequeño y horrible ego, y surgen los ensayos. Pero creo que los ensayos ayudan a clarificar mis ideas. Mi mayor ejemplo de esta práctica es George Orwell: sus ensayos y sus novelas se retroalimentaban. No hay escritor al que admire más. Valiente intelectual, espiritual y físicamente. Hace que todos mis esfuerzos -los esfuerzos de cualquiera- parezcan insignificantes.. En Black England y Black Manhattan aparece una cuestión muy contemporánea, la tentación de corregir el pasado desde las categorías morales del presente. Usted habla de «narcisismo del presente». ¿Cómo puede una sociedad juzgar moralmente su pasado sin convertirlo simplemente en un espejo de sí misma?. Se trata de sostener dos ideas simultáneamente (una vez más). Una de las grandes contradicciones de nuestra época actual es que estamos convencidos de que vivimos el peor de los tiempos y, sin embargo, al mirar atrás, damos por sentado que la gente del pasado era idiota y que nosotros hemos superado sus ideas absurdas. ¿Cómo resolver esta contradicción? Hay que reflexionar a fondo sobre ello; de lo contrario, nuestra postura política se volverá irracional. Por ejemplo: es mi experiencia personal y mi convicción -confirmada también por economistas como Thomas Piketty- que el periodo comprendido entre 1945 y 1976 en Europa Occidental fue el más equitativo de la historia de la humanidad. Aquello fue el socialismo democrático en acción. No existe ningún otro periodo en la historia ni lugar en el mundo donde la brecha entre ricos y pobres fuera menor. Fue también la época en la que, por primera vez en la historia, se consagró políticamente el principio de que la educación, la sanidad y una vivienda digna son derechos humanos fundamentales. La idea radical de que un niño nacido en la pobreza -como yo- y el hijo de un inmigrante debían tener acceso a estos derechos es algo que solo ocurrió en aquel momento.. ¡Pero! También fue una época en la que se legisló sistemáticamente contra las personas queer y se las persiguió; un periodo en el que se utilizó mano de obra barata procedente de antiguas colonias para generar y consolidar riqueza, y en el que políticas racistas limitaban precisamente el acceso de las personas no blancas a algunos de los derechos humanos antes mencionados. «Era el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos», escribió Charles Dickens. Siempre lo es. Pero la tarea de la izquierda consiste en aferrarse a lo que fue «mejor», recrearlo si es posible y hacerlo extensivo a quienes quedaron excluidos de sus beneficios originales. (Tal vez valga la pena estudiar a las comunidades indígenas en busca de claves para lograrlo, pues muchas de ellas consiguieron crear comunidades más equitativas -aunque a menor escala y antes de la existencia de los Estados-nación-). Eso no es posible si se considera todo el pasado anterior al propio nacimiento como «democracia burguesa» o «neoliberalismo».. El socialismo democrático exige creer, al menos mínimamente, en la democracia. «Uno de los pasatiempos más fáciles del mundo es desacreditar la democracia», escribió Orwell. Pero quienes más disfrutan desacreditándola son aquellos incapaces de imaginar lo que la revolución socialista democrática -que recorrió Europa entre las ruinas de la guerra- aportó a las vidas de millones y millones de personas que hasta entonces carecían de derechos. Ninguna versión de mi vida (ni de la vida de millones de personas más) habría sido posible en ningún otro momento de la historia de la humanidad. No habría recibido educación ni vivienda, ni habría tenido acceso a atención médica gratuita. Eso no es poca cosa. No lo es todo, pero no es poca cosa.. «Ninguna versión de mi vida habría sido posible sin el socialismo democrático. La tarea de la izquierda es recrear lo mejor del pasado y hacerlo extensivo a quienes quedaron excluidos en su momento». Hay una frase que parece condensar buena parte de este libro: «la conciencia es irreductiblemente ajena y particular». Si es así, ¿qué significa entonces hablar de identidad -negra, británica, femenina, generacional- sin convertir esa identidad en una cárcel que reduzca precisamente aquello que la literatura intenta preservar?. Sólo tienes que ser flexible. «La existencia precede a la esencia», decía Jean-Paul Sartre. Personalmente, creo que una pequeña dosis de existencialismo ayuda a lograr un equilibrio saludable entre las ideas esencialistas sobre quién eres y lo que tu existencia material real en el mundo hace de ti.. En el capítulos sobre el oficio de escribir contrapone la persona y la gente: la política necesita categorías colectivas, mientras que la novela se ocupa de la conciencia irreductible de cada individuo. Pero usted misma reconoce que sin esas categorías no podemos luchar contra el racismo, el capitalismo o la desigualdad. ¿Cómo se construye una política suficientemente colectiva para transformar el mundo sin terminar aplastando la singularidad de las personas que pretende liberar?. No creo que sea fácil. Pero considero que la privacidad desempeña un papel fundamental en ello. Un activista comprometido debería poder ser una persona en la plaza pública y en las barricadas, y otra distinta en la intimidad de su hogar, en sus relaciones, en su dormitorio y en su propia alma. Eso no es hipocresía; es comprender que el ser humano posee múltiples facetas que se manifiestan en momentos y situaciones diferentes.. Dice: «Un libro puede decirnos qué pensar, pero otros libros nos conceden espacio para pensar mientras los leemos». Usted también sostiene que la ficción puede modificar nuestra conciencia pero nunca controlarla del todo. ¿Diría que esa imposibilidad de controlar al lector es, precisamente, una de las últimas formas de libertad que conserva la literatura?. Tengo muchos defectos, pero el deseo de ejercer poder sobre otra persona no es uno de ellos. Mi peor pesadilla es ser la «jefa» de alguien. La ficción es un espacio donde los adultos pueden jugar como lo hacen los niños y recordar que esa faceta nuestra perdura, incluso después de ponernos traje y corbata y asumir autoridad sobre los demás. Yo, personalmente, no quiero nada de eso. «No quiero llegar al lecho de muerte y descubrir que he pasado un tercio de mi vida mirando una pantalla. Quiero la cosa en sí, no solo su representación». Hay un cambio personal que atraviesa Muertos y vivos: la muerte, el envejecimiento, el paso del tiempo, la pérdida de escritores que admira. En entrevistas recientes ha dicho que en sus 20 años estaba aterrorizada por la muerte y que ahora la relación es distinta. ¿Qué ha aprendido hoy la escritora y la mujer de cincuenta años que la de veinticinco todavía no podía saber?. Vaya, todavía tengo bastante miedo. Pero preferiría morir yo antes que uno de mis hijos. Eso es algo nuevo.. En 2021 hablamos también de internet como una fuerza que estaba transformando nuestra manera de pensar; hoy vivimos además con la inteligencia artificial, que ya puede producir textos, imágenes y voces indistinguibles para muchos lectores. Después de todo lo que ha cambiado desde aquella conversación, ¿de qué cree que tenemos que proteger hoy nuestra conciencia?. Como muchos ya han señalado, cuando le pides a la IA que escriba por ti, no sólo estás delegando una tarea técnica, sino el acto mismo de pensar. Eso no es nada nuevo. Yo soy incapaz de hacer cálculos matemáticos sin sufrir, así que hoy en día simplemente le pregunto a Nick: «¿Cuánto es 12 por 4?», porque es más rápido que él me lo diga a intentar hacerlo yo misma. A lo largo de mis 22 años de matrimonio, cualquier mínima habilidad matemática que pudiera haber tenido al principio se ha atrofiado por completo, ya que he utilizado a mi marido -mi IA particular- para hacer aquello que probablemente habría logrado resolver si me hubiera tomado un momento para intentarlo. Todos lo sabemos; es un trato que uno acepta. Pero hay muchas cosas prácticas que un robot sirviente puede hacer con rapidez y que resultan útiles, como decirte si tienes un resfriado o fiebre. Genial. Sin embargo, al final, toda esta preocupación sobre el lenguaje, la conciencia y la IA resulta más bien irrelevante. Es algo secundario. Los centros de datos que devastan el medio ambiente, la posibilidad de una guerra biológica o cualquier otro escenario de extinción provocado por la IA… creo que preocuparse por si la IA puede escribir ficción o cosas por el estilo es el aspecto más trivial y limitado de la conversación, algo en lo que nadie serio en el campo de la IA está pensando realmente.. Ha explicado que, ante una obra nueva, se pregunta esencialmente si la hace sentirse viva, si produce algún tipo de florecimiento interior. Después de un libro atravesado por la muerte, el envejecimiento, la pérdida, el tiempo y la conciencia, ¿es ésa, al final, su medida más profunda del arte: que nos devuelva algo de vida que no sabíamos que habíamos perdido?. Creo que sí. Quiero sentir algo real y conectar con la «realidad última» antes de morir. En realidad, no sé bien qué quiero decir con eso, pero lo percibo como una necesidad imperiosa. No soporto la idea -como dijo una vez Louis CK- de que mi vida y la de millones de personas se reduzcan a esto: «Te sientes más o menos satisfecho con tu dispositivo y luego mueres». Sé que la vida está mediada por la tecnología, por el capital y por los medios preestablecidos que el mundo te ofrece. Entiendo todo eso. ¡Pero quiero conocer algo más que eso en algún momento! Dicho de la forma más sencilla posible: no quiero llegar al lecho de muerte y darme cuenta de que he pasado un tercio de mi vida mirando imágenes en una pantalla. Quiero la cosa en sí, no solo su representación.. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Salamandra. 352 páginas. 23 € Ebook: 11,99 €
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