Lo mismo que una vacuna contra la enfermedad contagiosa de la falta de empatía, los libros ahuyentan a lo que nos pone en peligro. O sea, espantan la peor versión de nosotros mismos. Leer
Lo mismo que una vacuna contra la enfermedad contagiosa de la falta de empatía, los libros ahuyentan a lo que nos pone en peligro. O sea, espantan la peor versión de nosotros mismos. Leer
Audio generado con IA. Hay quien necesita una segunda residencia a la que ir de vez en cuando, un armario lleno de ansiolíticos, un jacuzzi en el que relajarse, un gimnasio de barrio con el que liberar dopamina, una bici de montaña con la que evadirse, una peña de un equipo de fútbol, todas las redes sociales habidas y por haber con las que vivir otras vidas. Y luego estamos los que tenemos suficiente con un libro.. Uno que acabas de elegir entre cientos en una estantería atestada de historias por conocer. Uno que te demanda soledad para que entiendas a muchos. Uno que te dice que no eres tan raro. Uno de esos buenos libros que funcionan como una navaja suiza: con su cuchillo para que sientas el sabor de la sangre, con su destornillador para que aprietes tus ardientes tornillos, con su tijerita para que estrenes disfraz, con su lima para que sean menos las asperezas, con su sacacorchos para que corra la felicidad.. Lo mismo que un crucifijo contra un vampiro, lo mismo que un repelente contra los mosquitos en la Amazonía, lo mismo que una señal de Stop en un cruce mortal, lo mismo que una vacuna contra la enfermedad contagiosa de la falta de empatía; los libros exorcizan todo eso que viene a hacernos daño y ahuyentan a lo que nos pone en peligro. O sea, espantan la peor versión de nosotros mismos.. Quien solemniza el yo, acaba envuelto en un chapapote enfermizo y masturbatorio. Quien solemniza el nosotros, se libera, comprende, respira y vuela, porque alto mira. Los libros -esas aspirinas infalibles contra el ombligo purulento- tienen que ver fundamentalmente con lo segundo.. Solo estás a salvo si tienes una pasión doméstica y al alcance de la mano, una que funciona como un extintor de andar por casa. Una pasión que puede ser tocar la guitarra, pintar cuadros, hacer recetas de cocina, ver cine del bueno, qué se yo, todo sin necesidad de cruzar la calle. Pues bien, los abajofirmantes tenemos la pasión irremediable y salvadora de los libros. Cuando sobreviene el incendio, cuando caen las bombas, cuando hay una pandemia en el mundo exterior, cuando todo es aire tóxico y ecosistema insidioso; entonces -decía-, nosotros nos metemos en una novela lo mismo que quien entra en un búnker acorazado. Y ya puede caer lluvia ácida ahí fuera, y ya pueden atronar los altavoces de la confusión en las aceras, y ya pueden venir los apologetas de la barbarie, que nosotros tenemos llenas las despensas de la esperanza y de la compasión.. Así que ya sabe.. Siga comprando en una librería como un acto de resistencia, siga entrando a una biblioteca como quien se asoma al mar por un faro, siga plantándose frente a su estantería como quien pasa revista a un ejército irreductible.. Tómese su tiempo después repasando las cicatrices de lomos, sintiendo el tam-tam que late dentro, honrando las marcas de las batallas que esas viejas novelas han librado con el paso del tiempo.. Sóplese el flequillo, cierre los puños, sonría.. Y atrévase a decir: aquí os esperamos, hijos de mala madre, armados hasta los dientes con un libro.
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