Cuando un cachalote hundió su velero el océano puso a prueba algo más que su resistencia. En ‘Un matrimonio en alta mar’, la británica Sophie Elmhirst reconstruye una de las historias de supervivencia más extraordinarias del siglo XX Leer
Cuando un cachalote hundió su velero el océano puso a prueba algo más que su resistencia. En ‘Un matrimonio en alta mar’, la británica Sophie Elmhirst reconstruye una de las historias de supervivencia más extraordinarias del siglo XX Leer
El océano llevaba meses intentando acabar con ellos. Habían visto cómo el velero en el que habían depositado todos sus ahorros, todos sus sueños y buena parte de su identidad desaparecía bajo el agua. Habían aprendido a distinguir la forma de las nubes, el comportamiento de las corrientes y la llegada de las tormentas. También a capturar peces con las manos y a beber agua de lluvia, y habían visto tiburones deslizarse bajo una balsa de goma que se deshinchaba lentamente achicharrada por el ecuatorial y parecía imposible que pudiera sobrevivir una sola noche en mitad del Pacífico. Y, sin embargo, allí seguían.. Durante semanas habían visto aparecer barcos en el horizonte que desaparecían antes de que nadie pudiera verlos a ellos. Maurice y Maralyn Bailey llegaron a preguntarse si estaban alucinando. El sol llevaba meses quemándoles la piel, la sal les había abierto heridas en brazos y piernas y hacía tiempo que habían dejado de contar los días con precisión. En algún momento del verano de 1973, perdidos en una pequeña balsa neumática en mitad del Pacífico, comprendieron que quizá no volverían a ver tierra.. Cuando el pesquero surcoreano Weolmi 306 terminó encontrándolos después de 118 días a la deriva, los Bailey eran poco más que sombras de sí mismos, habían perdido decenas de kilos y estaban cubiertos de llagas, quemaduras y heridas infectadas. Hacía mucho que habían dejado de parecerse a la pareja inglesa que unos meses antes había abandonado su casa, vendido sus posesiones y zarpado en busca de una vida nueva al otro lado del mundo.. A su regreso, los periódicos de medio mundo se apresuraron a convertirlos en héroes. La historia parecía escrita para alimentar la imaginación de una época que todavía creía en las grandes aventuras. Un matrimonio británico abandona una vida convencional, vende sus posesiones, construye un velero y zarpa hacia Nueva Zelanda. En mitad del Pacífico, un cachalote embiste la embarcación y la hunde. Los dos náufragos sobreviven durante casi cuatro meses alimentándose de peces, tortugas y aves marinas antes de ser encontrados cuando ya rozan el límite de la resistencia humana.. Era una historia perfecta. Tan perfecta, de hecho, que durante décadas casi nadie pareció preguntarse qué había detrás de ella. Sin embargo, 50 años después, cuando la periodista británica Sophie Elmhirst empezó a reconstruir aquella aventura, descubrió que la verdadera historia no estaba en el océano. La periodista británica, que lleva años escribiendo grandes reportajes basados en historias reales donde la aventura sirve como puerta de entrada a algo más complejo para medios como The New Yorker, The Guardian o The New York Times, se topó con los Bailey como quien encuentra un viejo mito cubierto de polvo. Había libros, entrevistas, fotografías y un sinfín de artículos, una leyenda consolidada sobre una aventura clásica de supervivencia. Pero tras indagar, lo que acabó encontrando fue otra cosa.. «En un principio pensé que estaba escribiendo sobre supervivencia», cuenta con una sonrisa, «pero poco a poco comprendí que estaba escribiendo sobre un matrimonio». La diferencia es mucho más importante de lo que parece, explica, porque «el naufragio ocupa apenas unos meses en la vida de Maurice y Maralyn, pero el matrimonio ocupa décadas. Y cuanto más avanzaba en la investigación, más evidente me resultaba que el verdadero misterio no consistía en averiguar cómo habían logrado mantenerse vivos durante 118 días en mitad del océano, sino entender qué clase de vínculo les había permitido soportar algo así».. Esa es la clave del libro, porque Un matrimonio en alta mar (Salamandra), crónica épica y realista que traza vívidos perfiles de ambos personajes y se ha convertido en un éxito editorial en cada país donde ha atracado, comienza como una historia de supervivencia y termina pareciéndose a una investigación sobre el matrimonio, la dependencia humana y la imposibilidad de empezar de cero.. «Lo que hicieron fue muy radical. No por el hecho de marcharse a navegar por el mundo, sino por rechazar todas las convenciones sociales de la época». Antes de convertirse en náufragos, los Bailey eran dos ingleses corrientes empeñados en dejar de serlo. Se habían conocido en una Gran Bretaña todavía marcada por las convenciones sociales de la posguerra y habían construido una vida que, vista desde fuera, parecía razonablemente feliz. Tenían trabajo, una casa pagada y una estabilidad que muchos habrían considerado envidiable. Sin embargo, compartían una sensación de asfixia difícil de explicar. Desconfiaban de la rutina, no querían hijos, se sentían atrapados por las expectativas de la sociedad y les costaba aceptar que la vida consistiera únicamente en repetir los mismos gestos durante décadas.. «Lo que hicieron fue extraordinariamente radical para la época», explica Elmhirst. «No sólo porque decidieran marcharse a navegar, también porque rechazaban conscientemente una serie de convenciones muy arraigadas en la sociedad. Para Maralyn, por ejemplo, la decisión de no tener hijos y abandonar la vida doméstica tradicional era profundamente transgresora». Con el tiempo, aquella incomodidad se transformó en proyecto vital. Maurice construyó el barco con sus propias manos, ahorraron cuanto pudieron, soñaron con una existencia distinta y, finalmente, zarparon. Durante mucho tiempo, la aventura pareció confirmar sus intuiciones. Navegaban por el mundo libremente, vivían según sus propias reglas y habían conseguido escapar de la rutina que tanto temían.. Entonces apareció el cachalote. El episodio se convirtió en una de las escenas más célebres de la historia de la navegación moderna. El enorme animal surgió de las profundidades y embistió el velero con una violencia que Maurice apenas pudo comprender en aquel momento. El casco quedó gravemente dañado y el agua comenzó a entrar. La embarcación estaba condenada. Lo que siguió pertenece al territorio donde la aventura y la pesadilla se vuelven indistinguibles. Durante semanas sobrevivieron gracias a un ingenio que hoy resulta casi incomprensible. «Pescaban peces voladores y capturaban tortugas marinas -incluso una llego a ser su mascota un tiempo- cuya sangre les servía en ocasiones como fuente adicional de hidratación. Remendaban una y otra vez la balsa, vigilaban constantemente la aparición de tiburones y sufrían quemaduras, infecciones y una pérdida de peso brutal», explica la periodista. Había días en los que la lluvia se convertía en una bendición y otros en los que las tormentas amenazaban con acabar definitivamente con ellos.. Y, sin embargo, lo que más impresionó a Elmhirst no fue la dimensión física de la odisea, fue observar cómo la crisis alteraba el equilibrio íntimo de la pareja. «Maurice era el capitán, el experto, la persona que había diseñado el viaje. Pero cuando desaparece el barco, todas esas jerarquías empiezan a cambiar. Lo que emerge entonces es la extraordinaria fortaleza psicológica de Maralyn». La autora habla de ella con una admiración visible, aunque evita convertirla en una heroína de cartón piedra. Lo que le interesa no es construir una figura ejemplar sino comprender una dinámica. Mientras Maurice tendía a encerrarse en sí mismo y a analizar obsesivamente cada error, Maralyn pensaba en la próxima comida o la próxima lluvia. «Él fue siempre el primero en reconocerlo», explica. «Decía siempre que sin ella no habría sobrevivido».. El matrimonio en la balsa, tal y como lo encontraron los tripulantes del pesquero tras 118 días en el mar.. Y es aquí donde la historia empieza a transformarse de una crónica de supervivencia en el relato de dos personas que aprenden quiénes son realmente cuando todo lo demás desaparece. A medida que indagaba, Elmhirst empezó a sospechar que la historia que el mundo creía conocer estaba incompleta. «Como suele ocurrir con las grandes historias de supervivencia, el foco se había concentrado en la capacidad del ser humano para soportar el hambre, la sed y el miedo, pero lo que quedaba fuera era más difícil de resumir en un titular», asegura la autora, que basó el libro en el diario de Maurice, cartas, fotografías, cuadernos de navegación, los libros que escribieron los Bailey y las múltiples entrevistas que concedieron.. «Descubrí que frente al relato épico, la balsa no había sido un escenario de triunfo individual, sino un laboratorio emocional. Resulta difícil evaluar hasta qué punto el océano fue erosionando las certezas sobre las que ambos habían construido su identidad. Maurice había dedicado buena parte de su vida a demostrar que podía arreglárselas sólo, había algo casi ideológico y muy británico en su confianza en la autosuficiencia», opina Elmhirst, para quien el viaje no era únicamente una aventura, también era «una demostración de independencia, una manera de afirmar que existían otras formas de vivir, lejos de las obligaciones y las dependencias de la existencia moderna».. El mar se encargó de desmontar aquella ilusión con una eficacia despiadada y, aun así, la amenaza más peligrosa no siempre procedía del exterior. «El principal problema con el que tropieza Maurice es su propia psicología», dice la periodista. «Puedes preparar los planes más meticulosos, pero en una situación así es imposible predecir lo que va a ocurrir y, además, sigues teniendo que hacer frente a ti mismo. Él quería escapar del mundo, pero quizá no había pensado que no podía escapar de sí mismo».. Ese esfuerzo por comprender sin juzgar a los personajes constituye una de las virtudes más notables del libro, que muestra a dos personas complejas, llenas de contradicciones, que descubren aspectos inesperados de sí mismas cuando desaparecen las estructuras que sostenían su vida cotidiana. Y pocas estructuras son tan invisibles como las que sostienen un matrimonio. «En cierto modo, la balsa obliga a los Bailey a enfrentarse a una versión extrema de preguntas que acompañan a cualquier pareja durante años: ¿Quién sostiene a quién cuando llegan las dificultades? ¿Qué ocurre cuando la persona que parecía más fuerte deja de serlo? ¿Cómo se reorganiza una relación cuando eso ocurre? El océano amplifica esas preguntas hasta volverlas imposibles de ignorar», reflexiona Elmhirst.. Quizá por eso el libro termina resultando tan contemporáneo pese a narrar una historia de hace medio siglo, porque bajo la aventura marítima late una reflexión sobre cuestiones que siguen siendo reconocibles: la identidad, la libertad, el amor, la dificultad de convivir con otra persona durante décadas sin que ambos terminen transformándose en el proceso. «Pensamos que entramos en una relación y que los dos somos entidades fijas e inmutables, pero somos plásticos, cambiamos constantemente. Hay momentos en los que uno sostiene al otro y después, sucede lo contrario. Una relación de pareja es una especie de danza continua», sostiene Elmhirst.. La frase ayuda a entender también el extraordinario epílogo de la historia, porque el rescate no fue el final. Durante un tiempo el mundo quería escuchar la historia del matrimonio que había derrotado al Pacífico, pero la vida siguió adelante y ellos retomaron aquella rutina de la que habían huido. Fue muchos años después, cuando Maralyn murió, cuando la escritora encontró el desenlace que terminaba de dar sentido a todo. «Lo que ocurre en la balsa es lo que luego acaba ocurriendo en su vida», explica. «Tras su muerte llega para él una especie de segundo naufragio».. Quizá ahí resida la verdadera fuerza de esta historia. Maurice y Maralyn se embarcaron en aquel viaje buscando una forma radical de libertad, pero descubrieron que incluso, en mitad del océano, seguimos siendo criaturas profundamente vinculadas a los demás, que la autosuficiencia tiene límites y que las personas que amamos terminan formando parte de nosotros de maneras que sólo comprendemos cuando corremos el riesgo de perderlas. Por eso, medio siglo después, su historia sigue conservando intacta su capacidad de fascinación, porque en realidad habla de algo que nos resulta dolorosamente familiar.
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