Charlotte Gainsbourg acaricia a Daphné, su bull terrier, que dormita en el sofá del hotel, rendida por el calor. Afuera, Arlés arde bajo el sol del verano: la luz blanquea las piedras de las arenas romanas mientras reaparece en cada esquina la sombra de Van Gogh, exprimida con admirable eficacia pese a que el pintor solo pasara unos meses por estos lares (y acabara cortándose una oreja). La ciudad francesa acaba de inaugurar una nueva edición de su famoso festival de fotografía, que desde hace más de medio siglo ocupa iglesias, claustros, antiguos hospitales, talleres ferroviarios y cualquier rincón de pared que la historia haya dejado libre. Gainsbourg presenta allí su último proyecto: una extensa serie de imágenes fantasmales tomadas en la casa parisiense de su padre, Serge Gainsbourg, convertida desde su muerte en lugar de peregrinación para quienes siguen venerando su genio melódico y su ingenio lírico para los dobles sentidos. En su suite, el aire acondicionado concede una tregua. Daphné duerme mientras su dueña la acaricia sonriendo, hasta que la conversación se ensombrece sin previo aviso.. Seguir leyendo
Después de la muerte de Serge Gainsbourg, venerado como un rey en un país republicano, su casa en París se convirtió en un sitio de peregrinaciones de millones de fans. En 2023 a su hija Charlotte se le ocurrió que podría abrir las puertas de aquella vivienda. Hablamos con la musa de la maison Saint Laurent en Arlés, donde se confiesa una impostora.
Charlotte Gainsbourg acaricia a Daphné, su bull terrier, que dormita en el sofá del hotel, rendida por el calor. Afuera, Arlés arde bajo el sol del verano: la luz blanquea las piedras de las arenas romanas mientras reaparece en cada esquina la sombra de Van Gogh, exprimida con admirable eficacia pese a que el pintor solo pasara unos meses por estos lares (y acabara cortándose una oreja). La ciudad francesa acaba de inaugurar una nueva edición de su famoso festival de fotografía, que desde hace más de medio siglo ocupa iglesias, claustros, antiguos hospitales, talleres ferroviarios y cualquier rincón de pared que la historia haya dejado libre. Gainsbourg presenta allí su último proyecto: una extensa serie de imágenes fantasmales tomadas en la casa parisiense de su padre, Serge Gainsbourg, convertida desde su muerte en lugar de peregrinación para quienes siguen venerando su genio melódico y su ingenio lírico para los dobles sentidos. En su suite, el aire acondicionado concede una tregua. Daphné duerme mientras su dueña la acaricia sonriendo, hasta que la conversación se ensombrece sin previo aviso.. —Los bull terriers no suelen vivir mucho tiempo. Pero a ella más le vale vivir muchos muchos años…. Se ríe, aunque la frase solo tarda un segundo en dejar de sonar a broma. Gainsbourg lleva años acostumbrándose a perder a los suyos: a su padre en 1991, muerte prematura que dejó una herida nunca del todo cerrada; a su hermana, la fotógrafa Kate Barry, que se suicidó en 2013, y a su madre, Jane Birkin, actriz y cantante como ella, fallecida en 2023. “Siempre he tenido una relación particular con la muerte”, admitirá poco después. Viste una camiseta de tirantes verde oscuro, en la misma gama apagada que sus ojos, pantalones cortos de cuero y unas Nike Air grises que no parecen nuevas. Lleva la cara lavada. Su elegancia desarreglada, ese célebre chic sin esfuerzo que medio mundo intenta reproducir con resultados laboriosos, parece en ella una evidencia. Es algo que se tiene o no se tiene. Ella nació con él.. La actriz posa en una calle de Arlés, donde ha venido a presentar la exposición fotográfica de la casa de su padre.Gorka Postigo. Gainsbourg habla en voz baja y obliga a acercarse para escucharla. Lleva actuando y cantando desde pequeña, y toda una vida en la plaza pública por ser hija de sus padres, majestades culturales en un país sin realeza, pero conserva el aire de quien ha entrado por error en una fiesta a la que no estaba invitada. Se corrige a menudo. Cuando una frase le parece demasiado categórica, la recoloca en un lugar menos expuesto. Desconfía de las certezas, sobre todo cuando son propias. Su proyecto se titula 5 Bis, por el número de la calle de Verneuil donde se encuentra la antigua casa de Serge Gainsbourg, en Saint-Germain-des-Prés. En una de las primeras páginas del libro, que reproduce un texto manuscrito por Charlotte, escribe: “Déjenme abrirles la puerta. Vengan conmigo. En otro tiempo había que llamar al timbre. Después, mi padre instaló una cámara para poder filtrar, porque llamaba muchísima gente, solo para verlo. Porque era él, siempre él, quien abría la puerta”.. En los meses anteriores a la conversión de la casa en museo, Charlotte decidió entrar allí repetidamente. Sola, de día y de noche, cargada con el trípode, los objetivos y una Hasselblad de formato medio, su cámara favorita: cada carrete admite solo 12 tomas, una restricción que obliga a elegir y desalienta la metralleta fotográfica. Dice que parecía una ladrona. “Robo antes de que sea demasiado tarde. Robo antes de que entréis todos”, escribe en el libro. Cuando en 2023 se concretó la apertura de la casa museo, un proyecto al que estuvo a punto de renunciar por la dificultad de hacerlo realidad, comprendió que pronto perdería la libertad de entrar y salir como quisiera. “Quería no perderme nada, poder recordarlo todo”, dice. Fotografiar la casa fue su manera de fijarla en la memoria. En la suya y en la de todos.. “Quería no perderme nada, poder recordarlo todo”, confiesa Charlotte sobre la exposición.Gorka Postigo. La Maison Gainsbourg es una cueva tapizada de negro, como un yacimiento arqueológico de finales del siglo XX. Jane Birkin solía llamarla “Pompeya”. Siguen allí el piano, el órgano, los libros, los discos, los ceniceros llenos de colillas de Gitanes, las botellas vacías, las conservas de la cocina y su mítica colonia Van Cleef & Arpels. Tras su muerte, la vida quedó detenida en su interior. La fachada cubierta de grafitis en homenaje a uno de los mayores músicos de la historia francesa acabó formando parte del paisaje sentimental de París, pero el interior fue propiedad exclusiva de Charlotte durante 32 años. Hasta que, justo antes de la pandemia, encontró el dinero para abrirla al público.. —¿Fotografiarla por última vez fue también una manera de despedirse, de dar por terminado el duelo?. —Sí. Y, sin embargo, todo vuelve. Llevábamos meses pensando en el libro y en la muestra, pero, cuando colgamos las fotografías, regresó la ausencia. Siento un gran orgullo y, al mismo tiempo, es doloroso.. En la Maison Gainsbourg todo ha quedado intacto: los zapatos gastados, las latas de conserva en los armarios, el botiquín lleno.Gorka Postigo. El resultado no es un simple inventario de objetos. “Tuve ganas de expresar algo distinto. Intenté posicionarme. Elegí”. Cada encuadre se fija en un detalle y revela la mirada de quien está detrás de la cámara. Gainsbourg fotografía pilas de periódicos deformadas por los años, paquetes de dulces conservados intactos en el frigorífico, un botiquín lleno de medicamentos y frascos acumulados en los estantes. También zapatos blancos gastados de la marca Repetto, proveedor de bailarinas clásicas, una cerradura despintada, un lavabo bajo la luz amarillenta, una fotografía con su madre enmarcada junto a un disco de oro o el borde deshilachado de una butaca atravesada por un haz de luz que entra por la ventana.. Son objetos domésticos que han adquirido la gravedad de las reliquias. Gainsbourg alterna un blanco y negro que convierte la casa en un mausoleo, con tonos amarillos y marrones que parecen proceder de la escasa luz que entra por las habitaciones. No ordena el desorden ni trata de embellecerlo. Serge está en todas las fotografías, aunque nunca veamos su rostro. Como en el retrato que André Kertész hizo de Mondrian fotografiando solo sus gafas y su pipa, o en All the Clothes of a Woman, la semblanza que Hans-Peter Feldmann construyó mediante las prendas del armario de una mujer, los objetos componen una figura sin cuerpo y un semblante sin rostro. “Era lo único que me quedaba. Puesta a elegir, me habría gustado hacerle un retrato, pero solo tenía esto. De hecho, lo fotografié poco antes de que muriera. Son fotografías tristes, porque se ve que está enfermo. Estaba muy debilitado. Parece un anciano, aunque solo tenía 62 años”. En una de las imágenes de 5 Bis, Charlotte aparece reflejada en el espejo de su padre. Padre e hija, reunidos al fin.. Gorka Postigo. Las fotografías no llevan título: solo las identifica la hora exacta en que fueron tomadas. Gainsbourg siempre ha necesitado esas coordenadas. Llamó 5:55 a su primer disco como adulta y dice que suele reconstruir una infancia “bastante caótica” a través de fechas, cursos escolares y otros puntos de referencia objetivos, como si los números pudieran imponer un poco de orden sobre lo vivido. La fotografía siempre le gustó. Empezó a fotografiar a los 14 o 15 años, cuando ya trabajaba en el cine. Se compró una Nikon, retrató a sus hermanos e instaló un pequeño laboratorio en casa. Le fascinaba ver aparecer la imagen durante el revelado, aunque asegura que se le daba bastante mal. “Durante mucho tiempo me enfureció no dominar la técnica, encuadrar mal. Cometí muchísimos errores y todavía los cometo”, admite. Espera haber mejorado, pero sigue trabajando despacio y se siente incómoda al usar el color. De ahí su preferencia por las naturalezas muertas. “Me daría mucha vergüenza hacer perder el tiempo a alguien que posara para mí”. Los objetos, por suerte, no se impacientan.. Ahí es cuando surge uno de sus rasgos más distintivos: una extrema severidad consigo misma. Gainsbourg ha hablado a menudo de sí misma como “una actriz falsa” y “una cantante falsa”. La fotografía le ha proporcionado un tercer territorio en el que sentirse intrusa.. —¿De dónde sale ese sentimiento de ilegitimidad?. —Porque yo nunca aprendí. No estudié. Quizá me sentiría más legítima si hubiera ido a una escuela de teatro o de fotografía, si hubiera estudiado historia del arte o aprendido a colocar y analizar la luz. No lo hice, y eso me convierte en amateur. La gente piensa que lo digo por modestia, o incluso por falsa modestia, pero no es eso en absoluto. Me siento más cómoda al verme como alguien no profesional.. —Pero es implacable consigo misma. Ha llegado a decir que es mala actriz.. —Es que puedo serlo en ciertas escenas. En realidad, yo no controlo nada. Pero creo que el oficio también consiste en eso: en no dominar por completo lo que haces. Mi padre valoraba que una cantante no controlara su voz. Por eso hacía cantar a actrices. Le gustaban los accidentes, una voz que se quebrase, algo que no estuviera bajo control. En la interpretación también hay que saber abandonarse.. —Ese sentimiento de falsedad recuerda a una de sus canciones, un durísimo autorretrato titulado ‘I’m a Lie’. ¿De verdad se siente una impostora?. —Sí. Muchos actores y actrices conocen esa sensación. Lo que la gente no entiende es que yo me siento bastante cómoda con esa idea. Quizá me resulte conveniente, porque te da una excusa para fracasar, para no ser perfecta. Aunque a mí la perfección nunca me ha parecido demasiado interesante.. En un set televisivo junto a su padre, Serge Gainsbourg.jean pimentel (Sygma / Getty Images)La intérprete, en Nymphomaniac (2013), de Lars von Trier.Moviestore Collection Ltd / Alam (Alamy Stock Photo)Charlotte recién nacida con sus padres.Doreen Spooner (Getty Images)La actriz en Charlotte y Lulu (1985) con Julie Glenn.AlbumCharlotte Gainsbourg, en la película ‘Anticristo’ (2009) junto a Willem Dafoe.Pictorial Press Ltd / Alamy Stoc (Alamy / Cordon Press). La fotografía, el cine y la música han terminado por convertirse en formas de comunicación con los muertos. Primero llegó un libro de imágenes dedicado a su hermana Kate, concebido para acompañar Rest, quizá su disco más logrado. Después rodó Jane por Charlotte, magnífico documental sobre su madre: una conversación atravesada por el amor, el pudor, los reproches y las diferencias, y por ese intento, condenado de antemano, de comprender a la persona que nos engendró. En una de las escenas más duras, Birkin le dice: “Siempre hubo algo extraño entre nosotras”. Charlotte lo vivió con dolor, aunque la película le permitió comprender aquella distancia. “Probablemente estábamos más cómodas en nuestra relación profesional que en la familiar”, admite.. —¿El arte le permite seguir en contacto con quienes ya no están?. —Sí. Todos estos proyectos permiten que sigan existiendo, que podamos continuar hablando de ellos. Durante mucho tiempo fui un poco malsana, estuve muy orientada hacia la muerte, hasta que tuve hijos. No tenía ganas de salir de ahí. Hoy es diferente, pero sigo encontrando placer en el recuerdo. Va unido a la nostalgia.. —¿Se siente más sola después de las pérdidas de los últimos años?. —Me siento excesivamente sola. Desde que mi madre ya no está, todavía más…. Se interrumpe unos segundos, vencida por la emoción. Le proponemos cambiar de tema, pero prefiere seguir.. —Hay una idea, en una tradición del antiguo Egipto que no recuerdo con exactitud, según la cual hay que pronunciar el nombre de los muertos para que encuentren su lugar antes de pasar a otro mundo. Con mis padres es fácil: todo el mundo pronuncia sus nombres. Con mi hermana es distinto. El nombre de Kate se dice menos. Yo procuro pronunciarlo a menudo.. Otra dimensión importante es la moda. Saint Laurent y su diseñador, Anthony Vaccarello, han terminado por ocupar un lugar central en su trabajo, mucho más allá de los desfiles y las campañas. La casa produjo Lux Æterna, la película de Gaspar Noé que protagonizó Gainsbourg, y un corto de Jim Jarmusch. Saint Laurent también financió la reapertura de la Maison Gainsbourg y ahora respalda 5 Bis, cuyo libro ha sido concebido por Vaccarello y editado por Saint Laurent. Entre medias apareció ‘Blurry Moon’, su última canción, con videoclip dirigido por Vaccarello. “Gracias a Anthony puedo entrar en muchos terrenos distintos. Yo no sé gran cosa de moda. Compro ropa más urbana en otros sitios —ya ve que voy bastante informal—, pero me gusta ser fiel y no llamar a todas las puertas”, afirma. “Cada vez que llega con una idea es algo nuevo para mí. En todos los proyectos hay frescura y curiosidad”.. Le gustaría volver a dirigir, aunque todavía no sabe qué. “Un documental sería más sencillo porque tendría un marco definido”, dice. En Jane por Charlotte, el tema se imponía: su madre era “lo más valioso” que tenía y ella podía hablar de aquella relación “con la legitimidad de ser su hija”. Ahora no encuentra otro tema igual. La ficción la desorienta todavía más: no sabe escribir un guion ni de qué podría hablar para evitar que su relato “carezca por completo de sentido”. La confianza en sí misma permanece intacta.. Gorka Postigo. Su siguiente papel será el de Gisèle Halimi en L’Affaire Marie-Claire, que presentó en el último Festival de Cannes. La abogada y militante feminista defendió en 1972 a Marie-Claire Chevalier, una adolescente de 16 años procesada por abortar después de una violación, y convirtió ese juicio en un ataque decisivo contra la ley que criminalizaba el aborto en Francia.. —¿El feminismo de Halimi coincide con el suyo?. —De joven no me hice muchas preguntas porque crecí en una familia de mujeres muy fuertes. Mi abuela paterna era muy dominante. Mi abuelo murió cuando yo nací, así que conocí más bien un matriarcado. Mi padre ocupaba, evidentemente, un lugar muy importante en mi mundo, pero mi madre era muy feminista. En casa era casi como si no tuviéramos que luchar para poder hacer lo que quisiéramos.. Jane Birkin podía ocupar ante el público el papel de musa sumisa, pero tenía una opinión distinta sobre el reparto de fuerzas dentro de la pareja. “El débil era Gainsbourg”, confesó una vez. Su hija coincide: creció entre mujeres que no pedían permiso, aunque el mundo las considerara objetos sometidos a un genio. “En realidad, mi padre siempre veneró a las mujeres. Nunca sentí el feminismo como un combate personal, pero hoy me parece muy importante que exista. Ha cambiado muchísimas cosas en los últimos años. Simplemente, el papel de abanderada no va conmigo”.. Gorka Postigo. Esa reserva no le impidió firmar, junto a otras personalidades, una tribuna que pedía condicionar el reconocimiento de un Estado palestino a la liberación de los rehenes israelíes y al desmantelamiento de Hamás. Entre los firmantes figuraba también Yvan Attal, su pareja y padre de sus tres hijos, Ben, Alice y Jo. La petición provocó una polémica. Sucedió justo cuando Gainsbourg rodaba la película sobre Gisèle Halimi, defensora histórica de la causa palestina. Serge Halimi, hijo de la abogada, lamentó la elección y afirmó que su madre habría recibido aquella tribuna “con repugnancia”, mientras la familia pedía que la película dejara patente que la abogada, ya fallecida, nunca compartió la opinión de la actriz.. —¿Lamenta haber firmado aquella carta?. —No, no me arrepiento de nada. De nada. La gente se ensañó y yo dejé pasar la tormenta. No tengo nada más que decir al respecto.. —¿Cómo vive el clima político actual, con el avance de las derechas radicales en distintos países?. —Creo que estamos retrocediendo y eso da mucho miedo. Pero estoy mal situada para hablar de política, así que prefiero no expresarme más sobre el tema.. —Más allá de la política, ¿le angustia la época: la crisis climática, la sensación de una catástrofe inminente, la impresión de que estamos perdiendo la fe en el futuro?. —Es un mal momento para nuestros hijos. Me da pena por ellos. Mi generación, de algún modo, pasó entre las guerras. Claro que tuvimos nuestras luchas. Por ejemplo, estuvo el sida, que fue un enorme peso. Pero también vivimos una especie de pausa. Me encantaría que surgiera una voz de la juventud capaz de expresarse con sabiduría.. —¿Y qué espera de su propio futuro?. —Trabajar. Soy feliz cuando trabajo. Mi familia es lo más importante, pero no estoy bien si no trabajo. Ya lo he entendido: necesito hacerlo tanto como pueda. No sé disfrutar del tiempo libre ni qué hacer conmigo misma. Las vacaciones me producen más pánico que otra cosa. Me había cogido unos días de descanso, pero me sentó bien que me pidieran venir a hacer esta entrevista. En el fondo, mientras estoy ocupada, todo va bien.. En la última página manuscrita del libro, su voz devuelve al visitante a la calle: “Nos vamos. Bajen de nuevo la escalera. Vuelvan a pasar por el pasillo que bordea el salón. Los tengo que dejar. Hasta la vista”. Charlotte ha salido de la casa, aunque sabe que hay lugares de los que nadie consigue marcharse del todo.
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