Rico, irreverente, provocador y caprichoso, Lord Byron fue la estrella rock del siglo XIX. His scandalous sexual life, in which he had all kinds of lovers (including Spanish women) and young Eastern boys, forced him to leave England.
Rico, irreverente, provocador y caprichoso, Lord Byron fue la estrella rock del siglo XIX. His scandalous sexual life, in which he had all kinds of lovers (including Spanish women) and young Eastern boys, forced him to leave England.
Para hacerse una idea cabal de lo que supuso en los albores del siglo XIX la aparición en el firmamento de la literatura y sobre todo de la moralista sociedad inglesa del astro de George Gordon Byron, más conocido como Lord Byron, habría que compararlo con una estrella del rock en un firmamento de crooners. Byron fue el Mick Jagger del siglo XIX: rico, irreverente, brillante, maleducado, provocador, extremadamente sensible, acomplejado por su pie deforme, cuajado de miedos y deseos, caprichoso con las cosas y las personas, incluidas mujeres y niños, a los que tuvo por amantes y que le costaron un exilio voluntario, no exento de placeres.
El sello El Desvelo acaba de publicar Vida de Lord Byron, la biografía canónica que en 1870 le dedicó el mayor inglesista alemán de finales del XIX, Karl Elze, y que recopiló todo lo que se sabía de él con el correr de las décadas y lo volcó sin caer en la hagiografía ni en el sensacionalismo.
La escandalosa vida de Byron lo fue principalmente por sus apetencias sexuales. Realmente fue un depredador de mujeres y muchachos, de cualquier nacionalidad o condición social. En el caso de las mujeres, su elevada alcurnia le hizo tener amoríos con condesas y aristócratas en general, que le causaron más quebraderos de cabeza que las mujeres sin título que lo amaron.
Caso especial es el de su esposa Annabella Milbanke, Lady Byron. Él se casó con ella por su dinero; ella con él para, ilusa, reformarlo. Obviamente, no consiguió domar al que consideró después un diablo y al que difamó extendiendo el bulo para unos, la certeza para otros, de su relación incestuosa, con hija incluida, con su hermanastra Augusta Leigh.
Por el camino fueron quedando grupis en toda regla como Lady Caroline Lamb, fuerzas de la naturaleza como La fornarina (tal vez el período más loco de su vida fue su paso por Venecia) o su gran amor, la condesa Teresa Guiccioli, de quien fue amante oficial, con el consentimiento del conde.
Acaba de amanecer el siglo XIX e Inglaterra, implicada en su eterna guerra con Francia, no estaba preparada para un jovenzuelo aristócrata que puso el pie en la península ibérica con 21 años. Mientras Wellington, sus casacas rojas y las tropas españolas se dirigían hacia el norte para expulsar a los franceses en 1809, Byron marchaba en dirección contraria al sur, sin importarle demasiado que sus congéneres se acuchillaran no muy lejos de allí.
En Sevilla, las mujeres fueron lo que más interesó a Byron, y sobre ellas se expresó con singular franqueza. Durante su estancia de tres días se alojó en casa de dos mujeres solteras, la mayor de las cuales, prometida con un oficial, ofreció compartir su habitación con Byron, oferta que «mi virtud me impulsó a rechazar». No se sabe hasta qué punto fue sincero, pues, al despedirse, ella le dio, a cambio de uno de los suyos, un mechón de cabello de casi un metro de largo, que él envió a su madre, y lo despidió con un tierno beso, diciendo: «Adieu, ¡guapo! Me has complacido mucho».
Que Byron prefiriera las españolas a sus compatriotas y quedara hechizado por sus encantos sensuales y su aura del sur, no es sorprendente. Pero el joven Lord no le hacía ascos a nada y tuvo ocasión, eso sí, lejos de la incómoda vigilancia de la sociedad inglesa, de practicar su afición por los jóvenes de cualquier sexo o edad.
Viajó sobre todo por el Levante (Albania, Grecia, Constantinopla), y lo hizo varias veces, también por Suiza e Italia. Viajó no solo por su sed insaciable por todo lo oriental, sino por el rechazo de la sociedad inglesa, a la que vapuleó y en contramedida le trató como a un apestado.
En sus viaje, tuvo una clara preferencia por jóvenes adolescentes masculinos, en una suerte de imitación de la pederastia clásica griega y las costumbres orientales, en donde el menorero es también mentor intelectual. Pero no solo en Levante. Destacan en la vida de Byron episodios como su vinculación pasional en Cambridge con el joven corista Eddlestone, y su afecto durante el viaje a Grecia por el joven Nicolo Giraud. Byron sintió por Giraud un interés intensamente afectivo e íntimo, hasta el punto de incluirlo en su testamento como heredero de una suma considerable.
En la biografía de Karl Elze, que no era sospechoso de sensacionalista, queda recogido cómo a Byron le fascinaba la ambigüedad y la belleza juvenil en sus viajes, rodeándose de muchachos, pajes y jóvenes albaneses, sin importarle demasiado la brutalidad de los pachás y sultanes del imperio Otomano.
Todo esto encajaba con su visión del Oriente, un lugar fantástico de pasiones extremas y ropajes exóticos, al margen de las convenciones británicas y en donde satisfacía su espíritu rebelde. Como afirma textualmente Elze al describir la turbulenta vida afectiva y pasional del poeta: «Que Byron heredó una naturaleza dotada de una fuerte pasión sensual es innegable: ‘Mi sangre —dijo en una ocasión— es toda meridional’; y la precoz satisfacción de esta tendencia nunca había sido refrenada, ni por él mismo ni por otros».
Mary Duff fue su primer amor a la edad de ocho años en Escocia. La intensidad de este sentimiento prematuro y casi obsesivo rozó lo patológico, provocándole a Byron insomnio y estados de profunda inquietud. A los 16 años, cuando su madre le comunicó de forma abrupta que Mary se había casado con un comerciante de vinos, la noticia le afectó de tal manera que sufrió violentas convulsiones que le obligaron a guardar reposo absoluto.
Margaret Parker, prima de Byron, de gran belleza que el propio poeta definió como si hubiese sido «hecha de un arcoíris». Su amor por ella a los 12 o 13 años fue la chispa que desencadenó sus primeros intentos poéticos. Tras sufrir una desafortunada caída que le lesionó la espina dorsal, la joven murió trágicamente de tuberculosis, dejando en Byron una marca indeleble.
Mary Ann Chaworth fue el amor adolescente más atormentado. La llamaba su «brillante estrella matutina de Annesley». La devoción del poeta se convirtió en amargura cuando escuchó accidentalmente cómo la joven decía a su criada: «¿Crees que podría importarme algo ese muchacho cojo?». La mención de su defecto de nacimiento le hirió profundamente, haciéndole huir despavorido de la casa en plena noche y marcando su poesía posterior con un sello de constante despecho y desolación.
Lady Caroline Lamb, auténtica grupi al más puro estilo rock’n’roll de los 70. Protagonizó una pasión escandalosa y destructiva que conmocionó a la alta sociedad londinense. Mujer de conducta impredecible, llegó a herirse intencionadamente con un cuchillo en mitad de un baile tras ser rechazada por Byron. Despechada, escribió la novela Glenarvon en que retrata a Byron como un ser diabólico y despiadado, mientras que de ella misma decía que había sido «hechizada» por su presencia «loca, mala y peligrosa».
Anne Isabella (Annabella) Milbanke , la esposa. De estricta moralidad, se casó con Byron en una ceremonia envuelta en presagios oscuros donde el novio «temblaba como una hoja y dio las respuestas equivocadas». La relación se desintegró en apenas un año entre ejecuciones judiciales, ruina económica e incursiones de alguaciles en su propio domicilio. Tras dar a luz a su hija Ada, abandonó al poeta, convencida de que padecía alienación mental o de que ocultaba un crimen aborrecible, en referencia soterrada al incesto con la hermanastra.
Lady Melbourne, suegra de Lady Caroline Lamb, tía de Lady Byron y una de las mujeres más influyentes en la vida de Lord Byron, entre confidente, y figura materna en la alta sociedad londinense. Era la madre de William Lamb, esposo de Lady Caroline Lamb. En su papel de Celestina, fue Lady Melbourne quien alentó y promovió el acercamiento entre Byron y su sobrina Annabella Milbanke, entre otras cosas para apartarle de Lady Caroline.
Augusta Leigh, la hermanastra. Cinco a ocho años mayor que Byron, fue muy querida por Byron en términos afectivos. El apego casi maternal que Byron sentía por ella se convirtió en el centro de los rumores más oscuros de la época. Tras la ruptura matrimonial, Augusta fue señalada como la cómplice de las perversiones del poeta, recibiendo sin embargo de su hermano dedicaciones poéticas de incondicional devoción desde el exilio.
Elizabeth Medora Leigh fue la cuarta hija de Augusta Leigh y la figura central de las acusaciones de incesto que persiguieron la memoria del poeta. Nació en abril de 1814 y la rumorología la señaló como la supuesta hija fruto de la relación entre Byron y su hermana. A los 14 años, mientras cuidaba a su hermana mayor Georgiana durante su embarazo, Medora fue seducida por su propio cuñado, Henry Trevanion. Quedó embarazada, huyó a Francia con la pareja y posteriormente vivió en la clandestinidad con Trevanion bajo identidades falsas. Para evitar que Medora le abandonara, Trevanion le aseguró que el coronel Leigh no era su verdadero padre. Años más tarde (en 1840), la propia Lady Byron (ya viuda) acogió a Medora en Francia y le reveló directamente que ella era hija de Lord Byron. Medora murió en la indigencia prematuramente.
Harriet Beecher Stowe, autora de La cabaña del tío Tom, desató un escándalo de proporciones internacionales en 1869 al publicar en el Macmillan’s Magazine sus Revelaciones. Afirmó que la propia Lady Byron le había confesado en su lecho de muerte el supuesto incesto del poeta. Su publicación fue calificada por los críticos de la época como una de las piezas de difamación más inmundas y melodramáticas de la historia literaria. Elze, en su biografía, tachó de calumnia infundada la acusación, defendió que la relación con la hermanastra fue la más pura de su vida y citó textualmente el sentir del propio Byron por la ola de difamación que le obligó a exiliarse: «Sentí que, si lo que se susurraba, murmuraba y musitaba era verdad, yo no era apto para Inglaterra; si era falso, Inglaterra no era apta para mí».
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