Para entender lo que ocurrió anoche en Supervivientes All Stars: En Tierra de Nadie hay que tener claras dos cosas. La primera, que el hambre es muy mala. La segunda, que el hambre televisada es maravillosa. No porque a los espectadores nos guste ver sufrir a nadie, que también tenemos nuestro corazoncito, sino porque el sufrimiento en Supervivientes tiene algo de comedia del absurdo, de circo romano pasado por el filtro de la televisión moderna, de disparate que empieza con una inocente prueba y termina con Jorge Javier Vázquez anunciando a los cuatro vientos que acaba de ver «un coño en directo». Sí, un coño. Así, sin anestesia. Y no uno cualquiera, el de Yola Berrocal. Señoras y señores, la televisión ha vuelto a superarse.
Una piscina de barro, el hambre de los concursantes y una recompensa en forma de hamburguesa desataron una de las pruebas más delirantes del reality. Yola Berrocal terminó completamente desnuda, las cámaras tuvieron que apartarse y Jorge Javier Vázquez acabó confesando lo que nadie esperaba escuchar en directo
Para entender lo que ocurrió anoche en Supervivientes All Stars: En Tierra de Nadie hay que tener claras dos cosas. La primera, que el hambre es muy mala. La segunda, que el hambre televisada es maravillosa. No porque a los espectadores nos guste ver sufrir a nadie, que también tenemos nuestro corazoncito, sino porque el sufrimiento en Supervivientes tiene algo de comedia del absurdo, de circo romano pasado por el filtro de la televisión moderna, de disparate que empieza con una inocente prueba y termina con Jorge Javier Vázquez anunciando a los cuatro vientos que acaba de ver «un coño en directo». Sí, un coño. Así, sin anestesia. Y no uno cualquiera, el de Yola Berrocal. Señoras y señores, la televisión ha vuelto a superarse.. Lo que anoche se vivió en Supervivientes All Stars debería guardarse en una de esas cápsulas del tiempo que se entierran para que las generaciones futuras sepan de dónde venimos (y a dónde vamos). Porque si algún día alguien quiere explicar qué es este reality, bastará con mostrarle las imágenes de una piscina de barro, un grupo de famosos muertos de hambre, una hamburguesa y Yola Berrocal como Dios la trajo al mundo. Bueno, como Dios la trajo al mundo, pero embadurnada de barro hasta las cejas. Una Venus de Milo versión Honduras. Una escultura viviente del hambre. Una oda al disparate.. La cosa empezó como empiezan las grandes tragedias griegas: con una promesa. Una hamburguesa. No un millón de euros, no un viaje a las Maldivas, no un apartamento en primera línea de playa. Una hamburguesa. Que para cualquiera de nosotros sería una cena de martes, pero para un superviviente que lleva semanas alimentándose de lo que buenamente puede es algo parecido a encontrarse el Santo Grial.. La mecánica de la prueba no podía ser más sencilla. Una piscina llena de barro, un balde para cada concursante y una misión: trasladar la mayor cantidad posible de barro hasta el recipiente correspondiente. Quien más kilos consiguiera, se llevaba la hamburguesa. Fácil, ¿verdad? Pues no. Porque cuando juntas barro, hambre, desesperación y concursantes de Supervivientes, lo que obtienes no es una prueba de recompensa. Es una bacanal. Y qué bacanal.. De repente, las cámaras empezaron a recoger una sucesión de imágenes que ni el mismísimo Jorge Javier Vázquez, curtido en mil batallas televisivas, parecía capaz de procesar. Chiqui, Rosa Benito, Ivana Icardi, Damián… Todas y todos entregados a una misión en la que el pudor se había quedado abandonado en la orilla de la playa. Los cuerpos se deslizaban por el barro, la ropa se movía de donde tenía que estar, los pechos aparecían y desaparecían y aquello empezó a parecerse más a una fiesta universitaria que a una prueba de supervivencia.. «Nunca había visto tantas tetas», soltó Jorge Javier en un momento de la prueba. Y mira que Jorge Javier ha visto cosas. Muchas cosas. Cosas que probablemente ninguno de nosotros querríamos haber visto jamás. Pero lo de anoche superaba cualquier expectativa. Porque si alguien pensaba que aquello había tocado techo, es que no había contado con Yola Berrocal.. Yola, que conoce perfectamente los mecanismos del espectáculo y que nunca ha sido precisamente una mujer acomplejada, decidió que entre una hamburguesa y la vergüenza había que elegir. Y eligió la hamburguesa. Con todas sus consecuencias. Absolutamente todas.. Primero fueron los pechos. Después, lo que quedaba de ropa. Y finalmente, el parrús. Sí, el parrús. Porque hay momentos en los que los eufemismos sobran y las cosas hay que llamarlas por su nombre, aunque sea por uno de esos nombres que parecen sacados del diccionario popular de las abuelas.. Yola terminó completamente desnuda, cubierta únicamente por una capa de barro que hacía las veces de vestuario improvisado. Ni un diseñador de alta costura habría imaginado semejante modelito. El barro era su vestido, su sujetador, sus bragas y, sobre todo, su billete hacia la gloria gastronómica.. Lo extraordinario de la escena no fue solamente que Yola se quedara desnuda. Fue que le importó exactamente un pepino. No había cálculo televisivo aparente, ni un posado preparado, ni una escena ensayada para convertirse en viral. Había una mujer con hambre, una hamburguesa en juego y una determinación digna de quien se está jugando el destino de la humanidad.. Y entonces llegó el verdadero espectáculo. Porque una cosa es que a Yola Berrocal le importe un comino enseñar hasta el último rincón de su anatomía y otra muy distinta es que a Telecinco le dé igual emitirlo.. Supervivientes All Stars es un programa en directo. Bendito directo. Ese invento maravilloso que ha regalado a la televisión algunos de sus momentos más gloriosos y también algunos de sus mayores sustos. No hay una sala de montaje esperando para decidir qué se enseña y qué no. No hay posibilidad de colocar tranquilamente un pixelado después de revisar las imágenes. Cuando algo sucede, sucede. Y cuando Yola Berrocal se queda en pelotas, pues Yola Berrocal se ha quedado en pelotas.. Así que, en cuanto Jorge Javier advirtió lo que estaba ocurriendo y alertó a María Lamela, las cámaras hicieron lo que cualquier persona sensata habría hecho ante semejante panorama: salir por piernas. Un giro de 180 grados a la velocidad de la luz. Un sálvese quien pueda audiovisual. Una maniobra de evasión que debería estudiarse en las facultades de Comunicación.. Porque el barro, que durante buena parte de la prueba había servido de improvisado censor, dejó de ser garantía suficiente. Y mientras Yola seguía a lo suyo, ajena a los problemas de realización que estaba provocando, el equipo del programa tenía que encontrar la manera de continuar retransmitiendo aquello sin que el desnudo integral se convirtiera en el protagonista absoluto de la emisión. Aunque, a esas alturas, ya era demasiado tarde. Yola había ganado. En todos los sentidos.. Ganó la prueba con nada menos que 22,6 kilos de barro trasladados. Veintidós kilos y seiscientos gramos. Que se dice pronto. Lo que pesa una maleta de vacaciones de esas que obligan a pagar suplemento en el aeropuerto. Pero en barro. Y movido por una mujer prácticamente desnuda cuyo único horizonte era hincarle el diente a una hamburguesa. Si esto no es espíritu de supervivencia, que baje Dios y lo explique.. Lo mejor de todo es que la escena resume como pocas el secreto de Supervivientes. Un programa que lleva años consiguiendo que millones de personas se sienten frente al televisor para contemplar cómo un grupo de famosos se enfrenta a situaciones que, vistas desde la comodidad del sofá, resultan absolutamente delirantes. Y nosotros, que probablemente no aguantaríamos ni tres días sin una ducha caliente, disfrutamos como niños viendo cómo pierden los nervios por un trozo de comida.. Porque el sufrimiento que engancha en Supervivientes no es el dolor por el dolor. Es ese punto en el que las necesidades más elementales se imponen a todo lo demás. A la vanidad, a la imagen pública, a las cámaras, a la pose y hasta a las bragas. Sobre todo a las bragas.. En ese momento desaparece el famoso, desaparece el personaje y aparece el ser humano más primitivo. El que tiene hambre y quiere comer. El que está dispuesto a arrastrarse por el barro, a perder la compostura y a olvidarse de que hay espectadores al otro lado de la pantalla. Es la esencia del formato elevada a la enésima potencia. Aunque anoche la potencia acabara siendo directamente pornográfica para los nervios del equipo de realización.. Y, por supuesto, faltaba Jorge Javier Vázquez. Porque una escena así necesita un narrador a su altura. Y si alguien sabe convertir un accidente televisivo en un acontecimiento es él.. Yola Berrocal, durante la prueba del barro en Supervivientes All Stars.MEDIASET. Jorge Javier no intentó revestir aquello de solemnidad, ni disimular lo que acababa de ocurrir, ni refugiarse en un discurso sobre los límites de la televisión. Hizo lo que mejor sabe hacer: reaccionar como si estuviera en el salón de su casa, compartiendo con los espectadores el estupor, la carcajada y el desconcierto.. Y María Lamela, desde Honduras, tuvo que asistir a ese momento en el que una prueba de barro y una recompensa alimenticia terminaban convirtiéndose en una especie de emergencia nacional de vestuario.. La televisión en directo tiene esa grandeza. Puedes preparar una escaleta perfecta, calcular los tiempos, diseñar las pruebas, colocar las cámaras y prever prácticamente cualquier situación. Pero siempre habrá alguien capaz de mandarlo todo al garete por una hamburguesa. Y anoche ese alguien se llamaba Yola Berrocal.. La imagen de Yola cubierta de barro, con los brazos en jarras, los pechos al aire y absolutamente ajena al revuelo que había organizado, es ya una de esas estampas que explican mejor que cualquier campaña promocional por qué Supervivientes sigue siendo una máquina de fabricar momentos televisivos. No será la televisión más elevada del mundo, ni pretende serlo. Pero qué quieren que les diga, pocas cosas hay más difíciles que conseguir que una prueba que consiste en mover barro termine siendo inolvidable.. Y si alguien tenía alguna duda de que aquello había entrado directamente en la historia más disparatada del programa, llegó Jorge Javier para ponerle el broche. Un broche de oro. O de barro. O de lo que ustedes prefieran.. «María, no me voy a recuperar del susto. A ver, María, no te lo quería decir, pero, pero hemos visto un co… María, no te lo quería decir, pero hemos visto un coño en directo».. Y ahí estaba todo. La sorpresa, la incredulidad, el humor, el directo y el desmadre. La televisión sin red. La televisión que no necesita guion porque la realidad se empeña en escribir uno mucho mejor.. Yola Berrocal se llevó su hamburguesa. Jorge Javier, un susto del que dice que no se recuperará. Telecinco, un momento para la posteridad. Y los espectadores, una de esas noches que explican por qué seguimos viendo Supervivientes.. Moraleja: por una hamburguesa se puede perder la cabeza, la vergüenza y hasta las bragas. Pero jamás, jamás, el espectáculo.
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