Por desgracia, nos hemos acostumbrado a que todo se convierta en una guerra, en dos bandos cada uno a un lado de la orilla de un río que cada vez se hace menos navegable. El desahucio de Maricarmen y su muerte este miércoles no iba a ser diferente ni en la calle, ni en los medios, ni en la barra de un bar a la hora del café. ¡Qué lástima! ¡Qué tristeza! ¡Qué agotamiento!
La periodista que acompañó a Maricarmen hasta que la sacaron de su casa en camilla no pudo contener las lágrimas al conocer su muerte. Su despedida y las palabras de Wyoming obligan a preguntarse qué hemos hecho con la historia de una mujer que solo quería morir en su hogar
Por desgracia, nos hemos acostumbrado a que todo se convierta en una guerra, en dos bandos cada uno a un lado de la orilla de un río que cada vez se hace menos navegable. El desahucio de Maricarmen y su muerte este miércoles no iba a ser diferente ni en la calle, ni en los medios, ni en la barra de un bar a la hora del café. ¡Qué lástima! ¡Qué tristeza! ¡Qué agotamiento!. Anoche, Andrea Ropero no pudo contener la emoción. Tampoco tenía por qué hacerlo. Hay momentos en los que el periodismo deja de ser esa profesión a la que tantas veces se le exige distancia, frialdad, una objetividad casi quirúrgica, y se convierte en algo tan sencillo, tan difícil y tan necesario como ponerse delante de una cámara y contar lo que uno ha visto. Lo que uno ha vivido. Lo que uno no va a olvidar jamás.. Anoche, en El Intermedio, Andrea Ropero no era solamente la periodista que había conseguido entrar en la casa de Maricarmen para mostrar su desahucio. Era también la persona que había estado a su lado cuando le arrebataron el lugar en el que había vivido durante más de 70 años. La persona que había visto su sufrimiento. La persona que había escuchado su último deseo. Y la persona que acababa de enterarse de que ese deseo nunca se cumpliría.. Maricarmen ha muerto. Tenía 87 años. Llevaba dos semanas ingresada en el hospital Gregorio Marañón de Madrid después de que el pasado 23 de septiembre fuera desalojada de su vivienda. Aquella casa en la que había vivido prácticamente toda su vida. Aquella casa cuyas paredes estaban llenas de fotografías familiares, de recuerdos de sus padres, de sus hermanos, de una existencia entera. Aquella casa en la que quería morir, como había muerto su madre. No pudo ser. Maricarmen salió de allí en una camilla, rodeada de policías, y ya nunca regresó.. «Malditos desahucios», acertó a decir anoche Andrea Ropero. Dos palabras. No necesitaba más.. El Gran Wyoming había comenzado el programa con una solemnidad que pocas veces se ve en El Intermedio. «Hoy arrancamos con la peor noticia que podíamos imaginar», anunció. No había ironía. No había chiste. No había espacio para esa sátira que ha convertido al programa de laSexta en uno de los grandes referentes de la televisión política. Había tristeza. Y había indignación.. Wyoming recordó que Maricarmen se había convertido en el símbolo de la crueldad del mercado inmobiliario y dirigió una pregunta a quienes habían hecho tan difíciles sus últimos días: «¿De verdad creen que ha merecido la pena? ¿De verdad creen que tiene alguna lógica que más personas tengan que pasar por un infierno semejante?». No pidió una respuesta. Pidió que reflexionaran. Quizá porque hay preguntas cuya respuesta debería resultar insoportable.. Pero el momento más sobrecogedor llegó cuando el presentador dio paso a Andrea Ropero. La periodista relató cómo había recibido la noticia, cómo llevaba días intentando saber de Maricarmen y cómo el equipo de El Intermedio había mantenido un contacto permanente con su familia. Había hablado prácticamente a diario con su primo Vicente y con su sobrina Vanesa. Aquella mañana había intentado comunicarse con ellos sin conseguirlo. Después había vuelto a escribirles. El silencio empezó a hacerle temer lo peor.. A las ocho de la tarde, mientras estaba en maquillaje, recibió la llamada que nunca habría querido recibir. «Su ilusión era morir en esa casa porque su madre había muerto ahí y, malditos desahucios, ha acabado muriendo en un hospital, que era lo que ella no quería», sentenció una emocionada Andrea Ropero.. Y es imposible escuchar esas palabras sin recordar las imágenes que precisamente Andrea Ropero consiguió grabar. Porque conviene detenerse aquí. Conviene recordar qué ocurrió aquel 23 de septiembre. Y conviene hacerlo especialmente después de lo que se ha dicho durante estas dos semanas sobre Maricarmen, sobre su desahucio y sobre quienes estuvieron allí para contarlo.. Andrea Ropero fue la única periodista que pudo estar dentro de la vivienda cuando se produjo el desahucio. Mientras fuera se agolpaban cámaras, reporteros, vecinos, activistas y policías, ella estaba al lado de Maricarmen. Vio cómo entraban los antidisturbios, cómo la familia trataba de evitar lo inevitable, cómo aquella mujer, que apenas podía levantarse, tenía que abandonar su hogar. Grabó lo que sucedió antes de que los agentes obligaran a salir a quienes la acompañaban. Y sus cámaras recogieron también la imagen de Maricarmen abandonando la vivienda en una camilla.. La familia había pedido que fuera el Samur quien la trasladara. «Porque no es una delincuente», recordó anoche Ropero.. Aquellas imágenes fueron durísimas. Pero fueron periodismo. Del que incomoda, del que obliga a mirar lo que muchas veces preferimos no ver. Del que consigue que un problema que parece lejano, que tantas veces queda reducido a una estadística, tenga un nombre, un rostro, una historia y unas paredes llenas de recuerdos.. ¿Que era doloroso verlo? Por supuesto. ¿Que podía resultar incómodo? Muchísimo. Pero precisamente por eso había que contarlo. Y precisamente por eso cualquier periodista hubiera querido estar donde estuvo Andrea Ropero. No para conseguir un espectáculo, sino para mostrar lo que sucede cuando una orden de desahucio deja de ser un papel y se convierte en una tragedia humana. Un deshaucio que no es el único -diariamente en España hay cientos-, pero sí el desahucio que iba a servir para mostrar la realidad, pero también para lo que nunca debió servir.. Aquel reportaje acabó provocando una de las guerras televisivas más desagradables de las últimas semanas. Porque desde Horizonte, el programa de Iker Jiménez en Cuatro, varios de sus colaboradores pusieron en duda el tratamiento que El Intermedio había dado al desahucio. Fueron los colaboradores, y conviene precisarlo, quienes cuestionaron la presencia de las cámaras de Andrea Ropero en el interior de la vivienda, quienes deslizaron sospechas sobre el reportaje y quienes alimentaron la idea de que Maricarmen había sido utilizada mediáticamente. Horizonte es un programa en el que sus colaboradores disfrutan de una libertad prácticamente absoluta para expresar sus opiniones. Y esa libertad, legítima y defendible, no exime de responsabilidad sobre lo que se dice ante cientos de miles de espectadores.. Porque una cosa es permitir que un tertuliano opine libremente y otra que, al amparo de esa libertad, se ponga bajo sospecha el trabajo de una periodista que estaba donde todos los periodistas hubieran querido estar: dentro de aquella casa, acompañando a Maricarmen y mostrando una realidad que de otra manera habría quedado oculta. Se puede discutir el enfoque de un reportaje, incluso cuestionar si determinadas imágenes debieron emitirse. Lo que resulta mucho más difícil de justificar es convertir en sospechoso un trabajo periodístico.. No es una cuestión de estar de acuerdo con la línea editorial de El Intermedio. Ni siquiera de compartir la manera en que Wyoming aborda habitualmente la actualidad política. Se puede criticar un reportaje. Se debe poder discutir cualquier tratamiento informativo. Pero hay veces, cada vez más, que hay que saber cuándo contar hasta 10 para decir una cosa u otra.. La reacción fue inmediata. Andrea Ropero respondió reclamando «más empatía y menos bulos». Wyoming defendió públicamente el trabajo de su equipo. Y aquella polémica acabó desbordando los límites de los dos programas. Jordi Évole, Manu Sánchez, Iñaki López y otros rostros televisivos salieron en defensa de la periodista y cuestionaron las acusaciones difundidas desde Horizonte. Évole llegó a recurrir a una frase tan conocida como contundente: «Venceréis, pero no convenceréis».. Lo terrible es que, mientras unos y otros discutían sobre las cámaras, Maricarmen seguía ingresada en el hospital. Mientras se debatía si su desahucio era un montaje o quiénes son los malos, su salud empeoraba. Mientras se buscaban culpables mediáticos, ella continuaba sin poder regresar a la casa de la que nunca había querido salir.. Y anoche, cuando ya no había posibilidad de reparar ese desenlace, Andrea Ropero volvió a reivindicar el reportaje. Esta vez con una tristeza que hacía todavía más contundentes sus palabras.. Recordó que habían sido criticados y «vilipendiados», que se habían dicho «auténticas barbaridades» sobre Maricarmen y su familia -no solo en Horizonte-. Que se había llegado a insinuar que era una actriz o que había cobrado por aparecer en el programa. Y dejó una frase que debería resonar durante mucho tiempo en los medios, no sólo en la televisión: «Allá cada uno con su conciencia».. La periodista aseguró sentirse orgullosa del trabajo de su equipo y defendió que era necesario poner rostro a los desahucios. Wyoming, después de volver a emitir el reportaje, recordó que aquello había sido un testimonio importante y reivindicó la necesidad de dar visibilidad a estas historias.. Es una cuestión esencial. Porque una tragedia que no se cuenta corre el riesgo de no existir para quienes tienen capacidad de evitar que vuelva a suceder. Y porque el periodismo no consiste únicamente en escuchar declaraciones de políticos, enfrentar tertulianos o alimentar polémicas que duran lo que tarda en llegar la siguiente. También consiste en estar allí. En acompañar. En preguntar. En grabar. En enseñar. Incluso cuando lo que se enseña resulta insoportable.. Pero tampoco deberíamos convertir la muerte de Maricarmen en una coartada para dejar de ejercer el pensamiento crítico. La emoción no convierte automáticamente en impecable todo tratamiento periodístico. La presencia de una cámara ante el sufrimiento de una persona vulnerable siempre exige delicadeza, respeto, consentimiento y responsabilidad. Y esas exigencias deben aplicarse a todos los medios, incluidos aquellos cuya cobertura nos parece necesaria o admirable.. La diferencia está entre preguntarse si una imagen debía emitirse y acusar sin fundamento a quienes la grabaron de haber manipulado a su protagonista. Entre debatir sobre los límites del periodismo y convertir a una persona desahuciada en munición para una batalla ideológica.. Anoche, tras conocerse la muerte de Maricarmen, se multiplicaron los mensajes de indignación contra el tratamiento informativo de su caso. No solo contra Horizonte. También contra otros espacios, tertulianos y medios que durante estas semanas habían preferido cuestionar a la mujer, buscar supuestas contradicciones en su vida o discutir si merecía la solidaridad que había despertado.. La indignación por el tratamiento mediático de Maricarmen no se quedó en El Intermedio. Anoche, Xabier Fortes, desde La Noche en 24 Horas de RTVE, pronunció unas palabras que resumían con una crudeza difícil de superar lo sucedido durante las últimas semanas. «Ha habido una inhumanidad», denunció. Y recordó lo que todavía se había estado diciendo de Maricarmen apenas unas horas antes de su muerte: «Ayer mismo, a esta mujer que hoy ha fallecido, le han dicho que era una cuentista, una actriz, que la habían pillado en un casting para favorecer al Gobierno en una campaña electoral. Bueno, pues pocas horas después esta mujer moría».. Tampoco se sabe qué provocó la muerte de Maricarmen, ni siquiera si ella sabía todo lo que se ha publicado o dicho estos días atrás sobre ella. Lo único seguro es que una mujer de 87 años, con la salud muy delicada, fue desahuciada de su casa entre decenas de personas que coreaban su nombre, entre la Policía y entre una indignación social para la que igual Maricarmen no estaba preparada.. Pocas horas después. Esa es la parte que debería hacer reflexionar a más de uno. Porque no se trataba de una ficción televisiva, ni de una concursante de un reality, ni de una tertuliana que hubiera decidido participar en el espectáculo de la confrontación. Era una mujer de 87 años que había perdido su casa y cuya vida privada terminó sometida al escrutinio público. Se podía discutir su situación jurídica, las circunstancias del desahucio, las responsabilidades de las administraciones o el uso político que se estaba haciendo de su historia. Pero…. También en Horizonte, el programa desde el que algunos colaboradores habían puesto en duda el reportaje de Andrea Ropero, Beatriz Talegón quiso dejar una reflexión tras conocer la muerte de Maricarmen: «Que la memoria de Maricarmen sirva para tener límites. No todo vale, ni en las campañas políticas ni en las campañas electorales ni en los movimientos sociales, empezando por lo que aquí dijimos desde el primer día».. Sus palabras introducían un matiz importante. Porque el debate no debería reducirse a señalar a un programa o a una cadena como responsables de todo lo ocurrido. Ni a convertir una tragedia en una competición por ver quién demuestra mayor sensibilidad. Talegón reclamaba límites también para las campañas políticas y los movimientos sociales, poniendo el foco en el uso que unos y otros pueden hacer del sufrimiento ajeno. Una reflexión legítima que, sin embargo, no debería servir para diluir las responsabilidades individuales sobre las acusaciones concretas que se hayan pronunciado.. Fortes hablaba de inhumanidad. Talegón hablaba de límites. Andrea Ropero hablaba de conciencia. Tres palabras diferentes que terminan conduciendo a una misma pregunta: ¿hasta dónde puede llegar la televisión cuando el dolor de una persona se convierte en noticia?. Y aquí conviene recordar algo: una persona no tiene que ser perfecta para merecer un trato digno. No tiene que convertirse en una santa para que su sufrimiento importe. Ni tiene que superar un examen público de sus costumbres, sus gastos o sus decisiones personales para que su desahucio pueda ser contado con humanidad. La dignidad no debería depender de ganar una tertulia o una guerra mediática.. Y mientras El Intermedio recuperaba las imágenes de aquella casa, otras televisiones también se detenían en Maricarmen. RTVE decidió cancelar La Revuelta para prolongar el Telediario 2 con la cobertura de su muerte. Una decisión poco habitual que daba cuenta de hasta qué punto aquella mujer había dejado de ser una noticia de sucesos para convertirse en el símbolo de un problema que atraviesa a toda una sociedad.. La televisión dejó además una de esas coincidencias que parecen escritas por un guionista particularmente cruel. Marc Giró dedicó el monólogo de Cara al show a los desahucios y a la lucha de Maricarmen sin saber que ella había fallecido. El programa estaba grabado. Giró ironizó sobre las medidas de vivienda y protagonizó una escena en la que un policía irrumpía en el plató para desahuciarlo. Era sátira. Era una denuncia hecha desde el humor. Pero cuando se emitió, Maricarmen ya había muerto. El programa acabaría dedicándole aquel monólogo en sus redes sociales: «Va por ti, Mari Carmen». Un homenaje póstumo que, cuando se grabó, nadie sabía que lo sería.. Y volvemos a Andrea Ropero. A sus ojos emocionados. A sus palabras. A esa imagen de Maricarmen que compartió en sus redes sociales tras conocer la noticia. A su insistencia en recordar que aquella mujer quería que su historia se conociera, que el país viera lo que significaba un desahucio. No quería desaparecer en silencio. Quería que lo sucedido sirviera para algo.. Quizá por eso la frase más importante de la noche no fue la de Wyoming, ni siquiera la de Ropero. Fue una de Maricarmen que El Intermedio recuperó al despedirse de ella: «No he logrado defender mi casa, pero sí he luchado para que los demás aprendan a defender la suya».. Es imposible escucharla y no pensar en lo que hemos hecho con su historia. En las discusiones, las acusaciones, los titulares, los vídeos, las tertulias, las guerras entre programas, las miserias que se han vertido sobre una mujer que lo único que quería era permanecer en su casa.. Y quizá lo más doloroso es que, después de su desahucio, se había alcanzado un acuerdo para que pudiera regresar a su vivienda. La solución existió. Pero llegó demasiado tarde. Maricarmen murió sin poder volver a cruzar la puerta de su casa.. Andrea Ropero hizo lo que tenía que hacer: estar allí y contarlo. Wyoming hizo anoche lo que tenía que hacer: recordarlo. Y Maricarmen, incluso después de muerta, ha conseguido algo que ninguna tertulia debería arrebatarnos: obligarnos a mirar de frente una realidad que demasiadas veces preferimos ignorar.. La última imagen de Maricarmen saliendo de su casa en una camilla no debería convertirse en un trofeo periodístico, ni en una bandera partidista, ni en otro capítulo de la guerra televisiva. Debería ser una pregunta dirigida a todos. A los políticos, a los propietarios, a las administraciones, a los periodistas y también a los espectadores. Maricarmen nunca debió de convertirse en un arma para una guerra. Ni siquiera debió ser motivo de una guerra.. Porque Maricarmen no necesitaba que la televisión ganara una batalla por ella. Necesitaba volver a su casa.. Y eso ya no podrá suceder.
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