Hay una virtud que Cristina Pedroche tiene por encima de cualquier otra y que explica buena parte de su éxito televisivo: no tiene vergüenza. Pero ni una poquita. Ni siquiera de esa que todos guardamos en algún rincón para evitar hacer el ridículo delante de los demás. Cristina Pedroche no. Si hay que hacer el ridículo, se hace; si hay que contar intimidades que otros no contarían ni bajo tortura, se cuentan; y si hay que limpiarse los mocos delante de millones de espectadores, se sacan los cacharros y que sea lo que Dios quiera. Así es la Pedroche. Y así fue la noche de este miércoles en El Hormiguero. Una absoluta locura.
La presentadora y su cónyuge asistieron al programa de Pablo Motos para discutir su primera experiencia como DJ, pero en su lugar, se convirtieron en el centro de una entrevista inolvidable y extraña llena de revelaciones apocalípticas, lactancia materna y un ritual de limpieza nasal en vivo. En Pedroche, uno puede decir que el ridículo no tiene importancia.
Hay una virtud que Cristina Pedroche tiene por encima de cualquier otra y que explica buena parte de su éxito televisivo: no tiene vergüenza. Pero ni una poquita. Ni siquiera de esa que todos guardamos en algún rincón para evitar hacer el ridículo delante de los demás. Cristina Pedroche no. Si hay que hacer el ridículo, se hace; si hay que contar intimidades que otros no contarían ni bajo tortura, se cuentan; y si hay que limpiarse los mocos delante de millones de espectadores, se sacan los cacharros y que sea lo que Dios quiera. Así es la Pedroche. Y así fue la noche de este miércoles en El Hormiguero. Una absoluta locura.
Cristina Pedroche y Dabiz Muñoz acudieron al programa de Pablo Motos para hablar del sorprendente debut de la presentadora como DJ en StreetXO Ibiza. Lo que nadie podía imaginar es que terminarían protagonizando una de esas entrevistas que sólo pueden suceder en El Hormiguero, donde lo mismo se habla de alta cocina que de comerse una caca de perro, de producir tanta leche materna que hasta se echa en el café o de cómo sacar los mocos por una fosa nasal después de haber introducido agua por la otra. Todo muy normal. Todo muy de Cristina Pedroche. Tal vez es que la normalidad sea precisamente convertir en normal lo que no nos lo parece.
Porque la presentadora podrá gustar más o menos, podrá provocar más o menos rechazo, pero tiene algo que no se aprende en ninguna escuela de televisión: una capacidad casi sobrenatural para entregarse al espectáculo sin pensar ni un segundo en lo que dirán. Y eso, en un medio en el que muchos se pasan la vida calculando qué imagen ofrecen, es oro puro.
La noche empezó fuerte. Cristina Pedroche entró en el plató convertida en una suerte de mezcla entre David Guetta y DJ Nano, dispuesta a demostrar que su nueva pasión por los platos y las mezclas no era un capricho pasajero. La presentadora ha descubierto la música electrónica y la ha descubierto a lo grande. Tanto que lleva dos meses encerrándose en una habitación de su casa para practicar con su mesa de mezclas mientras sus dos hijos y su marido continúan con sus vidas al otro lado de la puerta.
«Ya sabemos cómo es Cristina», vino a resumir Dabiz Muñoz. Y, efectivamente, lo sabemos. Cuando a Pedroche se le mete algo entre ceja y ceja, no hay quien la pare. La culpa, al parecer, la tuvo una noche en Ibiza en la que su marido la despertó a la una y media de la madrugada para ir a ver a David Guetta. La experiencia fue casi mística. «Sentí una conexión con la música que no había experimentado nunca», confesó. Habló de tribus, de almas moviéndose al mismo tiempo, de cuerpos que se dejaban llevar. Una revelación. Y de ahí a debutar como DJ en la fiesta de cierre de temporada de StreetXO Ibiza, con unas 300 personas delante y Sebastián Gamboa ayudándola en esta nueva aventura.
Su marido, que llevaba unos 20 años sin bailar en una discoteca, terminó rejuvenecido. Tanto que anunció que Pedroche volverá a pinchar el próximo 29 de octubre en StreetXO Madrid. Y, por supuesto, ya han aparecido los que consideran que Cristina Pedroche no debería ponerse delante de una mesa de mezclas porque no tiene el correspondiente carné de DJ. «Yo no sé quién reparte los carnets de DJ», respondió Muñoz, defendiendo que nadie debería decidir quién puede o no probar una nueva profesión. Una defensa bastante razonable, aunque conociendo a Pedroche es probable que las críticas le sirvan de combustible para su siguiente aventura.
Y, por supuesto, Pablo Motos no iba a dejar escapar la oportunidad de hacerle la pregunta del millón. Con nocturnidad, alevosía y esa cara de quien sabe perfectamente dónde está metiendo el dedo, el presentador quiso saber si Cristina Pedroche volverá a presentar las Campanadas de Antena 3 este año. Ay, Pablo, qué cosas preguntas. Pedroche dudó, miró para otro lado, intentó hacerse la despistada, se hizo un poco la interesante… Pero sí. ¡Claro que sí! ¿Alguien se imagina ya unas Campanadas sin Cristina Pedroche? ¿Alguien cree que después de tantos años convirtiendo su vestido, sus secretos y sus apariciones en un acontecimiento nacional iba a dejar escapar la oportunidad?
La Pedroche volverá a despedir el año en Antena 3. Y volverán las especulaciones, las pistas, los misterios, el vestido y todo ese espectáculo que ha conseguido que, para muchos, lo de menos sea comerse las uvas. Si es que, al final, lo de pinchar música era casi lo más normal que iba a contar aquella noche. Porque lo verdaderamente extraordinario estaba por llegar.
Todo comenzó cuando la conversación derivó hacia la hija pequeña de la pareja y el miedo de Cristina Pedroche a que se coma una caca de perro. Sí, una caca de perro. El temor no es gratuito. Resulta que Dabiz Muñoz se comió una cuando era pequeño, según le contó su madre a Pedroche, y la presentadora teme que la niña haya heredado semejante inclinación exploradora.
El chef, lejos de escandalizarse, decidió ampliar el catálogo de sus experiencias gastronómicas. «Hay pocas cosas en el mundo que no me haya comido. La carne humana y poco más», soltó. Y se quedó tan ancho. Estamos hablando de uno de los cocineros más reconocidos del mundo, de un hombre capaz de convertir cualquier ingrediente en alta gastronomía, explicando en horario de máxima audiencia que su historial alimenticio incluye una deposición canina. Cosas de la televisión.
Tampoco faltó la leche materna. Pedroche explicó que es donante, que produce tanta que incluso aprovecha una pequeña cantidad para echársela al café y que las pocas escapadas románticas que ha hecho con su marido han terminado con ella en el baño extrayéndose leche. Muñoz reconoció, por supuesto, haberla probado. Después de lo de la caca de perro, tampoco iba a sorprendernos demasiado.
Y entonces llegó el momento cumbre. El instante en el que El Hormiguero dejó de ser una entrevista y se convirtió en una demostración colectiva de higiene nasal. O, dicho de otra manera, en un festival de mocos en pleno prime time.
«Cristina, siempre haces cosas extrañas. Recuerdo cuando contaste que usaas un sistema para separarte los dedos de los pies, pero es que ahora he visto que te limpias la nariz con un botijo», le dijo Pablo Motos. «A ver, es un neti pot», corrigió la presentadora. «Como un botijo», insistió él. «Sí, como un botijo, pero es muy guay porque entra el agua y sale», explicó ella.
Y ahí debería haber terminado todo. En cualquier otro programa habría terminado ahí. Pero esto es El Hormiguero y Cristina Pedroche estaba sentada en la silla.
«¿Lo has hecho alguna vez?», preguntó Dabiz Muñoz. «No, pero lo vamos a hacer ahora», anunció Pablo Motos.
Y aparecieron tres recipientes para realizar lavados nasales, tres cuencos y tres cajas de pañuelos. Uno para cada protagonista. El plató de El Hormiguero, ese lugar por el que han pasado estrellas internacionales de Hollywood, se preparaba para contemplar cómo tres adultos se limpiaban las fosas nasales en directo.
«Aprovechando que hay millones de personas viéndonos, vamos a hacerlo. ¿Puede salir regalo?», preguntó Motos. «Claro, pueden salir mocos», respondió Pedroche con la naturalidad de quien está explicando cómo se prepara una tostada. La presentadora contó que utiliza este sistema porque durante la lactancia tiene limitaciones con algunos medicamentos. «¿Esta agua está preparada con sal?», quiso asegurarse antes de comenzar.
«Esto es una buena guarrada», advirtió Dabiz Muñoz. Y probablemente era el único de los tres que, por un instante, pareció darse cuenta de lo que estaba sucediendo.
Pero Cristina Pedroche ya estaba lanzada. Se colocó el recipiente, inclinó la cabeza y comenzó la demostración. Agua por una fosa nasal, agua por la otra. Y sí, mocos. Porque para eso sirve el invento.
Después le tocó el turno a su marido, que no terminaba de entender el mecanismo. «¿Pero esto cómo lo hago?», preguntó. «¿Qué pasa, cariño, que no sabes meterla?», respondió Pedroche con una sorna que provocó las risas del plató.
«¿En serio queremos hacer esto?», se preguntó Dabiz Muñoz. Una pregunta que, a esas alturas, ya llegaba demasiado tarde.
Lo hicieron los tres. Pedroche, Muñoz y Pablo Motos. Tres personas adultas, tres recipientes y un buen puñado de mocos. En horario de máxima audiencia. En el programa más vistos de la televisión española. Y con la absoluta normalidad con la que El Hormiguero consigue que los disparates más monumentales parezcan parte de la rutina.
Y ahí está precisamente la gracia. Mientras uno contempla semejante escena, todo parece tener sentido. Es Cristina Pedroche, es Pablo Motos, es El Hormiguero. ¿Qué podría salir mal? Sólo cuando termina y uno repasa mentalmente lo que acaba de ver comprende el nivel de surrealismo al que ha asistido.
Porque Cristina Pedroche no fue a El Hormiguero únicamente a promocionar su nueva faceta de DJ. Fue a hacer lo que mejor sabe hacer: ser Cristina Pedroche. Sin filtros, sin miedo al ridículo, sin necesidad de aparentar una sofisticación que no le interesa y con esa confianza absoluta en sí misma que la ha convertido en un personaje televisivo tan reconocible como discutido.
Y Dabiz Muñoz, que lleva años compartiendo vida con ella, no sólo ha aprendido a convivir con esa personalidad arrolladora, sino que ha terminado incorporándose al espectáculo. Se presta a las bromas, cuenta sus intimidades, reconoce haberse comido lo incomible y acaba limpiándose los mocos delante de toda España. Eso sí que es amor.
Cristina Pedroche tiene algo que muchos profesionales de la televisión matarían por conseguir: que nunca sepas qué va a hacer a continuación. Que lo mismo aparece pinchando música electrónica, que cuenta cómo aprovecha su leche materna, que convierte un lavado nasal en uno de los momentos más delirantes de la noche.
«¿En serio queremos hacer esto?», fue la pregunta de Dabiz Muñoz. Pues sí, Dabiz. Y lo peor -o lo mejor- es que, viendo a Cristina Pedroche, otra cosa no hubiera sido lo normal.
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