Children who started watching The Challenge House when it premiered in 2019 are no longer as young as they used to be. Algúne han transformado a adolescentes, otros están comenzando a asomarse a la vida adulta y más de uno, al encontrarse con David Moreno, le dice una frase que al presentador aún le cuesta entender: «Tío, eres mi infancia». And he laughs. Because, although it may seem unbelievable, eight seasons have passed since that Boing competition began turning him into one of the most recognizable faces on children’s television.
The host will debut the eighth season of La casa de los retos, the Boing children’s phenomenon, on Monday. This show has managed to bring parents and children together in front of the television. Between new projects, an unexpected connection with Shakira, and a generation that has grown up watching her, she has a clear priority: «I would like to do this show for the rest of my life.»
Los niños que comenzaron a ver La casa de los retos cuando se estrenó en 2019 ya no son tan niños. Algunos se han convertido en adolescentes, otros empiezan a asomarse a la vida adulta y más de uno, cuando se cruza con David Moreno, le suelta una frase que al presentador todavía le cuesta asimilar: «Tío, eres mi infancia». Y él se ríe. Porque, aunque parezca mentira, han pasado ocho temporadas desde que aquel concurso de Boing empezó a convertirle en uno de los rostros más reconocibles de la televisión infantil.
Este lunes, a las 20.40 horas, La casa de los retos regresa a Boing con su octava temporada y con un mérito que va mucho más allá de sus audiencias: haber conseguido que, en plena era de las pantallas individuales, los niños no sólo quieran sentarse frente al televisor, sino que arrastren a sus padres con ellos. Un pequeño milagro televisivo en tiempos en los que reunir a toda la familia ante una misma pantalla se ha convertido casi en una misión imposible.
Los números, desde luego, acompañan. El programa, reconocido con el Premio Iris al Mejor Programa Infantil por segundo año consecutivo, cerró su séptima temporada con un récord histórico del 24,6% de cuota de pantalla entre los espectadores de 4 a 12 años. «Llevamos cinco años consecutivos siendo el programa de televisión más visto por los niños. Las audiencias no mienten. Si ellos quieren que estemos ahí, vamos a estar», asegura Moreno, que reconoce sin ningún pudor que es «un friki de las audiencias».
Sin embargo, hay algo que le satisface todavía más que los porcentajes: «Lo que más me gusta es que cada vez tenemos mejores resultados en el consumo familiar. Los niños ponen el programa y los padres se quedan viéndolo con ellos. En un mundo tan fragmentado como el que vivimos, que una familia se siente a cenar mientras ve La casa de los retos es el mejor regalo que podemos recibir».
Quizá ahí resida buena parte del secreto de un formato que, ocho temporadas después, sigue funcionando: no pretende reinventar el entretenimiento infantil, sino recuperar algo tan sencillo como jugar en familia. Tres equipos formados por padres e hijos compiten cada semana en pruebas disparatadas en las que la habilidad importa, pero la complicidad entre generaciones puede resultar todavía más decisiva.
David Moreno lo resume con una idea que explica bastante bien el espíritu del concurso: no han inventado nada nuevo. «Son juegos de toda la vida, que cualquiera puede reproducir en casa, con amigos o durante las vacaciones. Nosotros los llevamos a una escala enorme. Todo es más grande y espectacular», afirma. Y, por supuesto, mucho más pringoso.
La nueva temporada recuperará pruebas que ya forman parte de la identidad del programa, como Huevo Splash, pero también incorporará nuevas cartas de bloqueo y desafíos como Mucha ducha, donde los concursantes tendrán que enfrentarse bajo duchas de pringue; Qué nivel, que pondrá a padres e hijos a trabajar como obreros de la construcción, o Turbochapas, una carrera que convierte las tradicionales chapas en un espectáculo de velocidad y precisión.
«Ves a los concursantes duchándose entre pringue y es como recuperar la mejor televisión de los noventa y principios de los dos mil. Para mí, que crecí viendo ese tipo de programas, es un sueño», reconoce Moreno.
No es una comparación casual.La casa de los retos tiene mucho de aquella televisión infantil que no necesitaba grandes artificios para hacer disfrutar a los espectadores, aunque ahora los decorados sean más espectaculares, las pruebas más elaboradas y los participantes lleguen con los deberes hechos. «Se nota que conocen perfectamente el formato. Vienen con unas ganas tremendas de participar, tanto los padres como los hijos».
Moreno asegura que esta octava temporada es la mejor de todas. Y se adelanta a la inevitable sospecha: «Sé que lo digo todos los años, pero es la verdad». El entusiasmo no parece impostado. De hecho, cuando se le pregunta por el futuro del concurso, su respuesta no deja demasiado margen a la duda: «Me gustaría hacer La casa de los retos toda la vida porque es un programa que me hace feliz».
Cuando comenzó esta aventura, en 2019, sabía que estaba ante una gran oportunidad profesional, pero difícilmente podía imaginar que terminaría convertido en una especie de ídolo infantil. Aunque eso de ser el rey de los niños no acaba de convencerle. «Prefiero ser el princeso de los niños o de las familias», corrige entre risas.
Ocho temporadas después, el presentador sigue conservando prácticamente intacta la energía con la que empezó. ¿Cómo se consigue semejante proeza? Moreno no tiene una fórmula mágica. Dormir ocho horas, cuidar la alimentación, hacer deporte cuando puede y caminar siempre que encuentra un hueco. «Hace poco fui al teatro y luego me volví andando desde Goya hasta Nuevos Ministerios. Son ratitos que uno dedica a su salud».
Aunque para él la verdadera clave está en otra parte. «Intento irme todos los días a la cama feliz. Saber que no he intentado hacer daño a nadie, que he tenido un día bonito y que estoy agradecido por la vida que tengo. Y también decir mucho ‘te quiero’. Hoy estamos aquí y mañana no sabemos dónde estaremos».
Esa manera de entender la vida también tiene mucho que ver con su relación con los espectadores. En una televisión donde la exposición pública suele venir acompañada de críticas, polémicas y ataques en las redes sociales, Moreno asegura vivir una realidad bastante diferente.
«Muchos compañeros me preguntan cómo llevo el hate o las críticas, pero la verdad es que yo no tengo eso. Lo que recibo son mensajes bonitos. Familias que me dan las gracias porque vuelven a reunirse viendo la tele o niños que se acercan emocionados».
Y no sólo niños. También aquellos adolescentes que le recuerdan que llevan prácticamente toda su infancia acompañándole. Una circunstancia que convierte al presentador en algo más que la cara visible de un concurso. Moreno forma parte de los recuerdos televisivos de una generación, del mismo modo que él conserva los de aquellos programas de juegos y pruebas imposibles con los que creció.
Pero su vida profesional no se limita a Boing. Acaba de terminar una nueva novela infantil, prepara música propia, estudia poner en marcha un espectáculo teatral y continúa desarrollando su faceta como DJ familiar. Una actividad en la que, una vez más, intenta tender puentes entre niños y adultos. «Me gusta mucho crear sesiones donde todo el mundo pueda disfrutar. Intento cuidar las canciones, los mensajes y los artistas que escuchan los más pequeños».
Y en medio de todos esos proyectos aparece un nombre que poco tiene que ver, al menos aparentemente, con los concursos infantiles: Shakira.
La relación profesional entre ambos se remonta a más de quince años, cuando Moreno participó en el videoclip de Rabiosa. Después llegaron otras colaboraciones y, recientemente, un nuevo encuentro en uno de los conciertos de la artista colombiana en Madrid, donde tuvo la oportunidad de desfilar junto a ella. «Que después de tanto tiempo siga reconociendo mi trabajo y acordándose de mí es algo muy bonito. Lo agradezco muchísimo».
Con una carrera que abarca la televisión, la literatura, la música y los escenarios, cualquiera podría pensar que Moreno tiene la mirada puesta en nuevos horizontes. Y los tiene, pero con una condición que no está dispuesto a negociar.
«Por supuesto que quiero seguir haciendo otras cosas, aprendiendo y creciendo profesionalmente. Pero si hay algo que puede interferir con La casa de los retos, no lo voy a hacer. Mi prioridad absoluta es el programa«.
No deja de resultar llamativo en una industria donde los presentadores suelen buscar el siguiente gran formato, el salto a una cadena generalista o una oportunidad que les permita llegar a un público más amplio. Moreno, en cambio, no parece tener ninguna prisa por abandonar el lugar que se ha ganado.
Quizá porque sabe que hay algo difícil de medir en los audímetros: convertirse en parte de la infancia de miles de espectadores. «Que los datos nos acompañen después de ocho temporadas es una auténtica pasada. Eso significa que seguimos haciendo felices a muchas familias. Y no hay premio más grande que ese».
Y mientras esos niños sigan encendiendo la televisión para verle, David Moreno no tiene intención de marcharse.
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