«Acabo mal. Desfondado». Miguel Ríos acababa de poner patas arriba el Circo Price de Madrid. Tiene 82 años, lleva 64 subido a los escenarios y había vuelto al lugar donde empezó todo. Gonzo no podía ocultar la emoción. Acababa de presenciar algo que iba mucho más allá de un concierto. Era la vida de un hombre que había hecho del rock su forma de entender el mundo, de desafiarlo, de sobrevivir a él. Y, de pronto, el periodista le hizo una pregunta tan sencilla como demoledora: «¿Cómo acabas un concierto?». La respuesta de Miguel Ríos lo dijo todo. El rockero que nunca quiso rendirse empezaba a reconocer que el tiempo también pasa para él.
El músico regresó al Circo Price 64 años después y se sinceró como pocas veces sobre el paso del tiempo, las drogas, la cárcel, su decepción con Felipe González y Alfonso Guerra y la advertencia de su madre que nunca ha olvidado
«Acabo mal. Desfondado». Miguel Ríos acababa de poner patas arriba el Circo Price de Madrid. Tiene 82 años, lleva 64 subido a los escenarios y había vuelto al lugar donde empezó todo. Gonzo no podía ocultar la emoción. Acababa de presenciar algo que iba mucho más allá de un concierto. Era la vida de un hombre que había hecho del rock su forma de entender el mundo, de desafiarlo, de sobrevivir a él. Y, de pronto, el periodista le hizo una pregunta tan sencilla como demoledora: «¿Cómo acabas un concierto?». La respuesta de Miguel Ríos lo dijo todo. El rockero que nunca quiso rendirse empezaba a reconocer que el tiempo también pasa para él.. Fue uno de los momentos más emocionantes del Salvados que laSexta emitió anoche. Y también uno de los más duros. Porque Miguel Ríos, el hombre que convirtió el rock en una forma de libertad cuando España vivía encerrada en la grisura del franquismo, el que hizo cantar a todo un país aquello de «bienvenidos», el que ha recorrido carreteras, escenarios y generaciones, empieza a preguntarse cuánto tiempo más podrá seguir haciéndolo. Y lo extraordinario es que no parece tenerle miedo al final. Lo que le da miedo, probablemente, es no saber cuándo debe llegar.. Su madre, Antonia, se lo había advertido muchos años atrás después de ver actuar a Antonio Machín: «No te vayas a hacer viejo en un escenario». Y ahora, después de dejarse la piel en el Price, aquella frase regresaba como regresan las cosas que uno cree haber olvidado y que, de pronto, adquieren todo su significado. Miguel Ríos reconoció que no tenía demasiado sentido seguir haciendo giras interminables, conciertos de dos horas y viajes de madrugada. Quizá cuatro o cinco canciones. Quizá alguna actuación esporádica. Quizá seguir sintiendo el aplauso sin tener que pagar después el precio físico de toda una vida entregada a la música. Pero dejarlo del todo… Eso es otra historia.. Porque Miguel Ríos es de esos artistas a los que no se les entiende sin un escenario. Y anoche Salvados tuvo el acierto de no convertirlo en un monumento al pasado, en una estatua de sí mismo, en una de esas leyendas a las que se invita a televisión para recordar lo mucho que hicieron y lo poco que queda de aquello. No. Gonzo hizo algo mucho más difícil: dejar que Miguel Ríos contara su vida sin esconder las contradicciones, las miserias, los errores, las decepciones y, sobre todo, sin perder el humor.. Y hubo mucho de todo. Muchísimo.. Miguel Ríos y Gonzo, tras el concierto en el Price.ATRESMEDIA. Para entender al Miguel Ríos que anoche se emocionaba al recordar a su madre había que regresar al niño de Granada, al hijo de un trabajador de un aserradero que murió cuando él tenía 15 años, al muchacho que empezó a trabajar con 14 y que tuvo que aprender por su cuenta lo que no pudo aprender en las aulas. A aquella familia obrera en la que sus cinco hermanas no estudiaron porque, sencillamente, estudiar no era cosa de mujeres. «Mi madre me educó para ser un buen machista», confesó sin buscar justificaciones ni excusas. Y explicó que ni él ni su hermano podían llevar los platos a la cocina porque aquello correspondía a las mujeres. Qué manera tan sencilla, tan terrible y tan eficaz de explicar lo que era aquella España.. Lo mejor es que no intentó presentarse como un hombre que había nacido libre de los prejuicios de su tiempo. Al contrario. Reconoció que todavía quedan restos de aquella educación y que sigue luchando contra ellos. Tanto que en sus conciertos se presenta ante el público como si estuviera en una reunión de Alcohólicos Anónimos: «Soy Miguel Ríos, soy machista, pero lucho contra esta lacra». No estuvo mal escuchar semejante confesión en una televisión donde demasiadas veces se confunde la autocrítica con la debilidad.. Tampoco idealizó Granada. La amaba, por supuesto, pero necesitaba marcharse. «Era una ciudad a la que preferías añorar que padecer». Otra frase extraordinaria. Otra manera de resumir en unas pocas palabras la asfixia de una época. Su madre no le pidió que se quedara, aunque en aquella casa necesitaban su jornal. Le dio todo lo que tenía. Y él se marchó a Madrid buscando una vida que ni siquiera sabía si existía. Existía. Vaya si existía.. Primero fue Mike Ríos, aquel nombre artístico que le habían colocado y que él detestaba. Después llegaron las canciones, El río, Vuelvo a Granada y, finalmente, El himno a la alegría, el éxito internacional que le cambió la vida. Él lo definió como un accidente, casi como si le hubiera «tocado la lotería». Pero también reconoció que cuando se escuchó cantar aquella canción supo que había nacido para eso. Para cantar. Para subirse a un escenario. Para abrir, como recordó Gonzo, una grieta en la grisura del franquismo.. «Me daba pavor y morbo», confesó sobre aquella sensación de libertad que provocaba el rock en una España donde casi todo estaba prohibido. Y lo que vino después fue el sexo, las drogas y el rock and roll. Sin demasiados filtros. «Yo era un hippazo de la hostia», recordó entre carcajadas. Fumaba marihuana, hachís, se movía en ambientes que la Policía vigilaba y terminó adquiriendo fama de conflictivo. Pero estableció una frontera muy clara entre la fiesta y el trabajo: jamás fumaba antes de cantar. Y tampoco consumía cocaína antes de salir al escenario. «No me he metido una raya antes de cantar en mi puta vida», aseguró, explicando que la cocaína le cerraba la garganta.. Lo que no pudo evitar fue acabar en la cárcel. Veintisiete días en 1972. Y aquí volvió a aparecer ese Miguel Ríos capaz de desmontar cualquier intento de convertir su biografía en una epopeya. «Me hubiera gustado que fuera por preso político, pero fue por fumeque». Qué grande. Lo que no tuvo ninguna gracia fue escuchar su recuerdo de los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, donde oía cómo golpeaban a otros detenidos. La dictadura quería dar un escarmiento a los jóvenes que empezaban a desafiar sus normas. Y qué mejor que hacerlo con uno de los cantantes españoles más conocidos del momento. El rock era libertad. Pero la libertad tenía un precio.. Y precisamente de precios, de dinero y de política también habló Miguel Ríos. Porque una de las grandes virtudes de la entrevista de Gonzo fue mostrar que aquel muchacho que había salido de una familia humilde nunca terminó de abandonar sus orígenes, ni siquiera cuando empezó a ganar cantidades de dinero que jamás había imaginado. Lo primero que quiso hacer después del éxito de El himno a la alegría fue comprarle una casa a su madre donde pudiera reunir a toda la familia. Y lo hizo. No quería ser, como explicó, «el más rico del cementerio».. Por eso defendió sin complejos pagar impuestos. «Me parece que es justo que si yo gano un año un pastón me quiten el 52%, porque tiene que haber carreteras y hospitales». Una afirmación que seguramente provocaría más de un sarpullido entre quienes consideran que contribuir al sostenimiento de los servicios públicos es poco menos que una condena. Ríos no estaba haciendo un discurso económico. Estaba explicando de dónde viene y por qué, después de todo lo que ha ganado, no quiere olvidarlo.. Sin embargo, la política también le ha dejado heridas. Y algunas siguen abiertas.. La conversación con Maruja Torres y David Trueba fue uno de los momentos más interesantes del programa. Los tres recordaron aquella España que descubrió que podía bailar, salir a la calle, votar, protestar y vivir sin pedir permiso. El triunfo socialista de 1982, la ilusión de una generación que creyó que estaba cambiando el mundo y la estrecha relación entre la cultura y el PSOE. Miguel Ríos recordó incluso cómo Alfonso Guerra le pidió permiso para utilizar una de sus canciones en el entorno de las Juventudes Socialistas.. Él creía. Creía de verdad. Y precisamente por eso su decepción resulta mucho más amarga.. «Estoy superofendido porque creía en ellos», confesó sobre Felipe González y Alfonso Guerra. «Creía en ellos a pies juntillas porque yo estaba deseando que lo que estaban contando fuera verdad». No era el reproche de un adversario político. Era el desencanto de alguien que había depositado en aquellos dirigentes una parte importante de sus esperanzas. Y entonces Maruja Torres dejó una de las mejores reflexiones de la noche: «El error que cometemos es que votamos siempre por amor y hay que votar en legítima defensa».. La frase resumía buena parte de aquella conversación. El paso de la ilusión al desencanto. De votar por lo que se sueña a votar por lo que se teme perder. Miguel Ríos sigue preocupado por el auge de la extrema derecha y por las libertades que considera amenazadas. Y aunque los años le han quitado parte de la ingenuidad, no le han quitado las ganas de reivindicar. Tampoco de equivocarse, de reconocerlo y de seguir aprendiendo. Que no es poco.. Anoche Gonzo consiguió algo que no siempre logra la televisión cuando se sienta frente a una leyenda: que dejara de ser una leyenda durante un rato. Que fuera Miguel. El hijo de Antonia, el hermano de cinco mujeres que no pudieron estudiar, el muchacho que se marchó de Granada, el rockero que acabó en la cárcel por fumar porros, el millonario que defiende pagar impuestos, el socialista desencantado y el hombre que empieza a notar que las piernas ya no responden como antes.. Y ahí estaba, de nuevo, el Circo Price. 64 años después. Gonzo emocionado. Miguel Ríos agotado. Los dos conscientes, seguramente, de que acababan de vivir algo que no se repetiría demasiadas veces.. Cuando regresaban a casa, el periodista le preguntó si le gustaban aquellos viajes nocturnos después de los conciertos. «Este es mi hogar. Esta ha sido mi vida», respondió el cantante. Y no hacía falta mucho más. Porque de pronto todas aquellas carreteras, todos aquellos conciertos, todos aquellos años parecían caber en una furgoneta de madrugada.. Miguel Ríos sabe que algún día tendrá que bajarse del escenario. Lo que no parece dispuesto a hacer es dejar de ser quien es. Y quizá por eso resultó tan emocionante verle anoche. Porque a veces la mayor rebeldía no consiste en seguir gritando que el rock nunca morirá, sino en reconocer que uno está cansado y, aun así, seguir teniendo ganas de cantar.. Y porque, como le decía su madre, a Miguelín ya no hay quien le quite lo bailado.
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