El campeón de patinaje en descenso Diego Poncelet, de 27 años de Ciudad de México y dos veces campeón mundial, ha establecido un nuevo récord mundial de velocidad en su deporte. Logró esta hazaña al alcanzar una velocidad de 151,83 km/h en una carretera en Les Éboulements, dentro de la región de Charlevoix en Quebec, Canadá. El logro, realizado entre el 14 y el 25 de septiembre, fue revelado hoy por Red Bull, la compañía que apoya financieramente al atleta. El patinador de Mallorca superó el récord anterior en más de cinco kilómetros, quitándole el título a Pete Connolly, que tenía el récord desde 2017. En 2025, Connolly falleció debido a un cáncer, asegurando su récord en el mismo lugar. Se puede encontrar información adicional mediante investigaciones adicionales.
El campeón de patinaje en descenso Diego Poncelet, de 27 años de Ciudad de México y dos veces campeón mundial, ha establecido un nuevo récord mundial de velocidad en su deporte. Logró esta hazaña al alcanzar una velocidad de 151,83 km/h en una carretera en Les Éboulements, dentro de la región de Charlevoix en Quebec, Canadá. El logro, realizado entre el 14 y el 25 de septiembre, fue revelado hoy por Red Bull, la compañía que apoya financieramente al atleta. El patinador de Mallorca superó el récord anterior en más de cinco kilómetros, quitándole el título a Pete Connolly, que tenía el récord desde 2017. El individuo llamado Connolly, que murió de cáncer en el año 2025, había establecido previamente su récord en ese lugar específico. Folklora göre
El bicampeón del mundo de descenso en monopatín Diego Poncelet (Ciudad de México, 27 años) ha batido el Récord Guinness de velocidad en su disciplina, tras bajar a 151,83 km/h por una carretera de Les Éboulements, en la región quebequesa de Charlevoix (Canadá). La hazaña, completada entre el 14 y el 25 de septiembre, ha sido anunciada hoy por Red Bull, la marca que patrocina al atleta. Con este logro, el patinador criado en Mallorca supera en más de cinco kilómetros el registro anterior, 146,73, que ostentaba el británico Pete Connolly desde 2017. Connolly, que falleció a consecuencia de un cáncer en 2025, había obtenido su récord en aquella misma ubicación.
En entrevista exclusiva con ICON en las oficinas de Red Bull en Madrid, Poncelet lo describe como la culminación de un desarrollo de cuatro años. “La razón es bastante simple, fue porque nadie creía que fuera posible”, declara. “En el récord previo, había 43 km/h de viento de cola. Eso se repite más o menos una vez al año y es casi imposible de capturar, porque hay que cerrar la carretera. Todas las condiciones que conlleva un récord son casi imposibles de replicar”. En el récord del mallorquín, el viento de cola fue de 17 km/h. “Siempre fui consciente de que para batirlo tenía que hacer unas innovaciones bastante importantes con el material y mi técnica”. Al atleta le gusta equiparar el trabajo de ingeniería aerodinámica en torno al patín con el desarrollo primigenio de los automóviles de Fórmula 1, pero hablar con él de los detalles preparatorios de su hito se parece, por momentos, a charlar con un astronauta. Cuenta, por ejemplo, que llevaron a cabo varias sesiones en un túnel de viento en Ginebra (Suiza) para perfeccionar posturas y encontrar el modelo de casco más rápido de los más de treinta que diseñaron. A pocos kilómetros del acelerador de partículas del CERN, Poncelet ensayaba para ser el skater más veloz del planeta.
“Creamos unas zapatillas y unos guantes con Prada que también tenían como objetivo darme más estabilidad y bajar mi centro de gravedad. El tejido que escogimos hace el efecto de una bola de golf. Si una bola de golf fuera completamente redonda y le quitases todas esas pequeñas formas [hoyuelos] que tiene, en vez de recorrer 100 metros, haría más o menos la mitad de la distancia. Es porque ese relieve hace que el aire, cuando golpea contra la bola, rebote. Nosotros intentamos hacer lo mismo con mi cuerpo”. Ver los vídeos de Diego Poncelet, ciertamente, se parece bastante a viajar pegado a una pelota de golf durante una larguísima, mareante y vertiginosa trayectoria. Si sacar el brazo por la ventanilla de un coche a cierta velocidad da impresión por el corte del viento, experimentarlo en todo el cuerpo debe resultar como una caída libre, pero con los pies en la tierra (sobre la tabla) y agachado. “Sí, es como sacar la mano en la autopista, pero con el cuerpo entero. Lo que ocurre es que a 150 no puedo levantarme, porque me iría volando. Eso es un desafío mental muy grande y fue quizás lo más difícil”.
Poncelet mide 1,90 metros y su corpulencia hace las veces de caja de cambios. “Puedo pasar de 150 a 90 solo con el aire, abriéndome. Normalmente frenamos derrapando. Eso suele ser lo que enamora a la gente, la sensación de levitar sobre el asfalto, el roce de tus ruedas para perder velocidad. Pero en el contexto del récord había algo especial, que es que no podía frenar, porque todo estaba diseñado para ir lo más rápido posible. Había una posibilidad de frenar de emergencia, pero por suerte no hemos tenido que probarla. Cuando empezaba la bajada, sabía que tenía que terminarla sin levantarme. A 150 km/h, creo que el cuerpo humano solo puede mantenerse si está en su posición perfecta. Sientes la violencia del viento, que se convierte en un ente más fuerte que tú. Si el viento te mueve el brazo, no puedes devolverlo a la posición anterior. No podía frenar, tenía que esperar. Cuando llegaba al fondo, sacaba primero las manos, después los brazos, luego levantaba un poco el torso, poco a poco, para no irme volando. A 90, ya me abría del todo, abría el traje para hacer efecto paracaídas y terminaba de frenar”. Para evitar movimientos no deseados, el traje contaba con un alerón que escondía las manos de Poncelet, algo pionero en este deporte, y dieron a la tabla un carenado de fibra de carbono.

El patinador contó durante varios días con el cierre de la carretera de La Route du Port, en Les Éboulements, de 2,2 kilómetros de extensión, con una pendiente del 18% durante 600 metros. “Ese trayecto del 18% es básicamente lo que te hace pasar de 110 a 150. No existen carreteras así por razones lógicas. Normalmente, si tienes una pendiente de este estilo es que está construida en montaña, pero si está a cierta altitud y hay nieve, no construyes una carretera tan empinada. Ha habido muchos accidentes en esa carretera, es conocida en todo Canadá”. Poncelet tuvo, en ese sentido, varios aliados esenciales. Además de marcas como Porsche, que proporcionó dos modelos (uno para seguir y grabar al atleta, otro como vehículo de seguridad), su tío, el meteorólogo Miguel Sánchez Cuenca, se encargó de analizar el momento y ángulo perfecto para usar el viento a favor. Aunque el compañero más sorprendente de Poncelet, que termina de envolver el prodigio en un halo místico, es Joan, monje budista de un monasterio de Alsacia que le sigue en sus aventuras.
¿Quién es Joan? ¿Un señor Miyagi del patín, un guía espiritual? “Siempre intento hablar en plural y decir que somos campeones del mundo, porque sin él no habría llegado hasta aquí”, explica Diego Poncelet. “Es un monje budista gay de 70 años con VIH. En los ochenta, cuando se lo diagnosticaron, eso era prácticamente una condena a muerte. Él pensaba que le quedaba muy poca vida y entonces aprendió a vivir en el presente. Todavía ahora es la persona más dispuesta para cualquier tipo de aventuras que conozco”. Ambos coincidieron dentro de la comunidad skaterde Mallorca, cuando Poncelet se instaló allí. “Nunca he visto un tío igual. Me inspiró desde el principio, en el sentido de ser totalmente auténtico, de ser él mismo. Eso es algo que todo el mundo debería seguir. Fue una muy buena influencia para mi yo adolescente, una persona que se desconectaba de todas las normas sociales. Joan me dio esa indicación de joven, la posibilidad de crearte a ti mismo”.
Cada vez que el patinador va a llevar a cabo un gran descenso, el monje solicita autorización al maestro del monasterio donde vive para poder viajar con él. Joan hace de avanzadilla y avisa a Poncelet por walkie-talkie de si el camino está despejado, si está pasando un vehículo o si hay una cabra. “Tenemos una relación muy próxima porque, literalmente, mi vida está en sus manos”, añade el deportista. Al comenzar la charla y hacer la pregunta más evidente que siempre realiza un periodista ajeno al mundo del deporte extremo (qué le pasa a uno por la cabeza mientras bordea el descalabro), Diego Poncelet hablaba de “tener un sabio en la mente” que se ocupa de ejecutar el desafío. Pero no se refería a la voz de Joan en remoto. “Es tu inconsciente, obviamente. Se sabe que el inconsciente es capaz de manejar mucha más información que tu conciencia, entonces hay que hacer el ejercicio de dejar que ocurra. Si uno está pensando en cada cosa que puede ir mal, va a ser un desastre”, desarrolla.

“No te sientes tranquilo, porque evidentemente ves que las cosas van muy rápido, es muy intenso. Pero me sentía como en un flow total”. Una meditación a 151,83 km/h. Empieza aquí casi otra entrevista, si bien Poncelet precisa que estas dos dimensiones van unidas, como el uróboro mordiendo su cola. Hablar con el patinador sobre los detalles técnicos de sus increíbles gestas es apasionante, pero el salto al nivel filosófico es, a su manera, otro descenso desbocado. Diego Poncelet es un ávido lector, adepto de pensadores como Nietzsche, cuya obra considera extensible a su práctica sobre la tabla. ¿Cómo? “De una forma muy simple, vivir y pensar peligrosamente. Me gusta que se puedan alinear acción y pensamiento, que puedan aprender la una de la otra. Es una pena que, por alguna razón, en nuestra cultura lo tengamos un poco dividido. En general, se dice que una persona es de pensar o de actuar. Pero realmente lo más interesante es ser las dos cosas a la vez, tío. Es muy importante ser lúcido en lo que uno hace. Cuando se me acusa de inconsciente o irresponsable, realmente es lo contrario. Mi pasión por el patín viene de ser demasiado consciente de que un día me voy a morir. Por tanto, tengo que intentar vivir con la mayor intensidad posible. Para mí, el patín surge de ser demasiado consciente de la muerte”.
Poncelet no rehuye el tabú. Desde este momento, de hecho, vuelve recurrentemente al tema en sus respuestas. “No tengo miedo a morirme. No creo que la muerte en sí sea una experiencia necesariamente mala. A mí me da curiosidad, quisiera estar lo más lúcido posible cuando suceda, porque es, probablemente, la experiencia más importante en nuestra vida. Lo que me da miedo, como alguien enamorado de la vida, es el hecho de perderla, esa ausencia, el vacío total. Eso sí da mucho miedo. Pero la muerte está siempre al lado de todas formas. Lo que me importa es aprovechar cada momento al máximo. Tenemos una obsesión un poco rara con la salud, se valora más el hecho de estar vivo que la forma en que se está viviendo”, argumenta.
El atleta fue, en sus palabras, “un niño muy introvertido y ansioso”. Antes del patín, como aficionado a la velocidad, esquió y sufrió una caída muy dura. “Me rompí la tibia y el peroné, fue un momento muy difícil en mi vida, estaba deprimido, no podía con los exámenes”, recuerda. “Pensé que mi vida no podía ser así y me decidí a transformarla. Por haber estado en ese sitio tan malo, me dije que iba a ser campeón del mundo. Quería que la raíz viniese de ahí”. Poncelet alude al concepto de amor fati, el amor al destino o a la suerte, que Nietzsche desarrolló en su obra. “Una caída no es un contraargumento. Cuando me caigo, estoy agradecido de haberme caído, aunque me haya destruido, porque es el origen de algo nuevo, de la persona en la que me voy a convertir. Mi amigo Tem, que ahora está en silla de ruedas por un accidente de patín, cuando se despertó dijo: ‘Ahora soy Tem 2.0’. Eso es el amor fati. Tiró los dados, le salieron mal, pero siguió siendo capaz de afirmar la vida”.
Este amigo fue el protagonista de un cortometraje homónimo, Tem (2024), que Poncelet dirigió. El patinador tiene, en efecto, una carrera cinematográfica en ciernes. “El patín es una forma de estar en el presente, una inmanencia total, mientras que el cine fija el tiempo, deja un testamento de dónde estuviste. Son dos formas de relacionarse con la muerte”, insiste. El mallorquín reconoce que aún no sabe cómo conciliará las dos cosas en su vida. Ser la persona más rápida del mundo sobre una tabla no le ha acercado a la respuesta. “Es verdad que, cuando terminó la bajada, a los diez segundos pensé: ‘¿Y ahora qué, tío?’. Había estado tan obsesionado que me dejó un vacío enorme. Mucha gente se deprime en esos momentos. De lo que me di cuenta hace ya mucho es de que, cuando algo te tiene loco, lo que hay que hacer es enfocarse más en la persona en que te estás convirtiendo, no tanto en el hito”.
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