Philip Hoare, autor del superventas ‘Leviatán o la ballena’, analiza en su nuevo ensayo la obra e influencias del polifacético artista de los siglos XVI y XVII: «Él y sus seguidores son como Bowie y el post punk» Leer
Philip Hoare, autor del superventas ‘Leviatán o la ballena’, analiza en su nuevo ensayo la obra e influencias del polifacético artista de los siglos XVI y XVII: «Él y sus seguidores son como Bowie y el post punk» Leer
A Philip Hoare, autor de exitosas obras totales de no ficción como Leviatán o la ballena (2009), no le importa lo más mínimo que, cuando llegue la hora de los obituarios, vaya a ser recordado como El hombre que amaba las ballenas. «Al revés, me sentiré orgulloso. No hay tanta gente en el mundo que haya pasado tiempo en el agua con tantas ballenas como yo», confiesa el prolífico escritor británico de 68 años, que el día de la entrevista se ha levantado a las 4.30 de la mañana para nadar en la Mar Bella, la playa barcelonesa –«una sopa», comparada con la de su natal Southampton– que queda justo enfrente de su hotel. En un par de horas, presenta en la ciudad su nuevo libro, William Blake y los monstruos marinos, como siempre al cuidado de la editorial Ático de los Libros.. Si le dieran a elegir, Hoare no sabría decidirse por una especie de cetáceo en concreto. «Los cachalotes son muy conscientes de tu presencia en el agua. Se nota por la forma en que reaccionan ante ti y cómo se comunican entre ellos, queda muy claro que te están examinando. Usan su sónar para determinar quién y qué eres. Son como los elefantes, tienen muy buena memoria. No es un cliché», responde cuando le preguntamos si cree que ya le tienen fichado. «Son una especie muy social, aunque siguen siendo muy misteriosos porque se sumergen a muchísima profundidad, y ahí pasan el 90% de su tiempo».. En algún momento de su último y caudaloso viaje, de más de 500 páginas, Hoare confiesa que, cuando era adolescente, ya le gustaba dibujar ballenas en sus libretas, y darles brillo utilizando el esmalte de uñas de su madre. Para él, también son un símbolo queer. «No distinguen por género. Los cetáceos, en general, no lo hacen: los delfines disfrutan del sexo recreativo sin distinción de géneros. En su cultura tampoco existe el concepto de pareja. Los cachalotes visitan a las hembras una vez al año: pasan la mayor parte del tiempo alejados, en grupos de machos jóvenes. Luego, a medida que se hacen mayores, prefieren juntarse con otro macho. Interprételo usted como quiera. Pero ninguna de nuestras ideas sobre la sexualidad tiene mucha relevancia en la cultura de las ballenas. Un cachalote macho usa su pene erecto como cualquier otra extremidad, para manipular objetos o interactuar con sus crías, independientemente de si las reconoce o no, ya que, como decía, sólo vuelve a casa una vez al año». ¡No cabe duda, somos distintos!. En aquella época de ballenas esmaltadas, Hoare ya era un fan total de David Bowie, monstruo marino que bucea por las páginas de sus libros y vuelve a sacar la cabeza en éste, donde aparece un fotograma de El hombre que cayó a la Tierra (1976), el turbador filme de Nicolas Roeg que puede verse como un biopic del cantante. «Así es. Lamentablemente no llegué a conocerlo, aunque le escribí muchas cartas de amor a través de mis libros, y creo que los leyó con interés. He de decir que yo también trabajé en la industria musical y podría haber movido hilos, pero creo que es mejor no conocer a tus auténticos héroes. Murió el mismo día que acabé este libro. Yo estaba en Provincetown, en Cape Cod, y me pasé una semana llorando».. En el clásico de culto de Roeg, Bowie canta Jerusalem, canción directamente inspirada en el polifacético artista que vivió a caballo de los siglos XVII y XVIII, William Blake, y que se distinguió como poeta, pintor y grabador. El entorno de Blake podría compararse a la escena indie en la que Hoare se movió después de pendulear por el Roxy de Covent Garden: además de tener su propio sello de exquisiteces pop (Operation Twilight, donde publicó singles de Howard Devoto o Isabelle Antena), llegó a ser mánager de una de las bandas más luminosas de los 80, The Pale Fountains. Que, como Blake, desapareció de la escena sin lograr el reconocimiento que se merecía. «Su error fue fichar para Virgin desde el principio. Todo el mundo se volvió loco con ellos, y Richard Branson pujó más que nadie, pero deberían haber seguido un tiempo en un sello independiente como Rough Trade para ganar credibilidad. Michael Head estuvo muy mal aconsejado. Por aquel entonces, salía con Patsy Kensit, aunque salir es mucho decir, ya que estuvo con todos los cantantes de la escena, incluso llegó a casarse con Liam Gallagher. El resultado fue que los Smiths ocuparon el lugar que correspondía a Pale Fountains».. La analogía entre Blake y la escena indie se puede llevar más lejos ya que, en su libro, Hoare empieza a interesarse por Blake a partir del momento en el que, ya cuarentón, se muda con su esposa y fiel colaboradora Catherine al costero pueblo de Felpham (West Sussex) «para ser completamente independiente», admite. «Por eso tenía su propia imprenta. De otra forma, hubiese sido censurado. Todo lo que escribía podía considerarse sedicioso. Él y Catherine eran auténticos bohemios, protohippies que tomaban el sol desnudos en el jardín. Lo que Blake llamaba libros iluminados eran como fanzines que combinaban imagen y texto en la misma página. Prefiguran la llegada de la novela gráfica».. Aunque fracasó en el intento, la obsesión de Blake por comercializar arte impreso para las masas también le coloca como precursor del Pop Art: «Fue como Warhol, Rauschenberg o Lichtenstein, un diseñador con aspiraciones comerciales. Tenía muy buen ojo para crear imágenes potentes. Aunque no ganó dinero. Incluso se hizo más y más pobre, al contrario que Warhol, que vendió copias impresas por millones de dólares. Blake y sus seguidores, como sus predecesores, son como Bowie, el punk y sobre todo la escena post punk. En conjunto, todo ello se caracteriza por un cultivo de la ambigüedad, que rehúye las etiquetas, y forma parte de una misma corriente».. Como los cachalotes, el hoy reconocidísimo Wiliam Blake ha pasado a la historia como un icono queer: «Aunque tuvo relaciones extramaritales, como un affaire con la pionera feminista Mary Wollstonecraft, no está demostrado que llegase a tener relaciones sexuales con otros hombres. Pero sus grabados evidencian que estos despertaban en él un interés erótico. Y, además, no hace falta ser gay para ser queer. Ser queer no es más que ser algo distinto a lo que se supone que se espera de ti. No es algo necesariamente sexual porque no nos define una sola cosa, sino muchas a la vez», sostiene el escritor para tranquilizar nuestra heteronormatividad fascinada por lo queer.. Entre los primeros fans declarados de Blake estuvo, sin embargo, Oscar Wilde y su corte de amigos, que se paseaban con un clavel verde en la solapa para indicar que no eran mujeres lo que andaban buscando. Entre ellos, Graham Robertson, que donó su colección de Blake a la Tate, asegurándole así la inmortalidad. Y así hasta llegar a Neil Tennant, la voz cantante de Pet Shop Boys, gran amigo de Hoare y fan de los decadentistas, que llegó a invocar a Wilde en una sesión de espiritismo. «En el libro no cito su apellido, pero usted ha hecho su trabajo de detective… De todos modos, el espíritu de Wilde tiene mucha historia. James Joyce odiaba a Edward Dowden por haberle negado un trabajo en la Biblioteca Nacional de Dublín, y se vengó ridiculizándolo en su Ulises. La hija de Dowden, una prominente médium, invocó el espíritu de Wilde para hacerle decir que el Ulises de Joyce era pura basura».. Una impostura más. El propio Hoare, bautizado al nacer como Patrick Moore, adoptó su nom de plume para ensalzar a los grupos de su propio sello en las páginas de revistas como New Musical Express. Un poco en la senda de Walt Whitman, que publicó reseñas laudatorias anónimas de su Hojas de hierba para tratar de subir las ventas. Hoare se ríe con la ocurrencia: Whitman es otro poeta queer, o asimilable como queer, que asoma la patita en un libro que convoca tanto a Blake como a los monstruos marinos que bebieron de su esencia. Un grupo de lo más variopinto del que forman parte, además de Wilde y sus clavelitos, Derek Jarman, Iris Murdoch, Patti Smith, Robert Mapplethorpe y Allen Ginsberg, entre otros personajes ya no tan presentes en la cultura pop como John Banting, artista surrealista al que Evelyn Waugh introdujo en su Brideshead, o Nancy Cunard, la rica heredera que causó escándalo al cruzar el Atlántico para vivir el renacimiento de Harlem en todo su esplendor.. El name dropping es exultante y embriagador, pero la vocación que esconde este mar de referencias no es la de un enciclopedista. Hay una frase en William Blake y los monstruos marinos, libro del año para The New Yorker y otra media docena de cabeceras, que define a la perfección el propio libro: «Un continuo queer atravesando el tiempo contracultural; tiempo, transmitido de mano en mano». Hace ya años que Hoare ha perfeccionado su estilo flâneur, con el que va saltando de un tema a otro por asociación de ideas. Es un paseo, un viaje, incluso un trip. «Empecé a escribir así a partir de Spike Island: The Memory of a Military Hospital (2000). Al principio era un poco más clásico, pero descubrí que seguir un orden cronológico no te permite saltarte las partes más aburridas. Me di cuenta de que no quería ser académico, sino pasearme por lugares. Mi editor me dijo: ‘Si te aburre poner comillas, citas y referencias, no las pongas; con que indiques de alguna manera que no son tus propias palabras, ya vale’». Así se ha forjado un estilo derivativo, plagado de digresiones y acompañado de pequeñas fotografías que se suele comparar con el de W. G. Sebald, con quien mantuvo «una agradable correspondencia». Palabras mayores.. Zambullirse en la obra de Hoare es un gozoso enriquecimiento que abre al lector infinidad de caminos. No pedimos perdón por las metáforas acuáticas porque el agua es realmente su elemento. Cada día, esté donde esté, va a nadar, y aunque el mar, como cuenta en el libro, ha estado a punto de tragárselo, no le tiene miedo: «Quiero morir en el mar», confiesa al término de una conversación que califica de agradable, por mucho que haya tomado un giro aparentemente fúnebre. A todos nos tentaría fallecer bañándonos en nuestras pasiones, y no en un maldito hospital.. Editorial Ático de los Libros. 528 páginas. 23,70 euros. Puede comprarlo aquí
Literatura // elmundo
