Tal vez, cuando anoche pusiste laSexta y viste a Joaquín Reyes te preguntaras, ¿qué hace Gonzo con Joaquín Reyes? ¿Qué hace Joaquín Reyes con Gonzo? Pues precisamente hace lo que convierte en Salvados en ese programa que mira más allá. ¿Quién se iba a imaginas que un Salvados con Joaquín Reyes iba a dar para tanto? Pues, efectivamente, Salvados.
Gonzo viajó con el humorista desde Albacete hasta Murcia y consiguió atravesar su mejor escudo, la comedia, para descubrir al hombre que echa de menos a sus padres, conserva la fe, recuerda las heridas de los Goya y teme que algún día desaparezca aquello que le ha acompañado siempre: las ideas
Tal vez, cuando anoche pusiste laSexta y viste a Joaquín Reyes te preguntaras, ¿qué hace Gonzo con Joaquín Reyes? ¿Qué hace Joaquín Reyes con Gonzo? Pues precisamente hace lo que convierte en Salvados en ese programa que mira más allá. ¿Quién se iba a imaginas que un Salvados con Joaquín Reyes iba a dar para tanto? Pues, efectivamente, Salvados.. Joaquín Reyes hace una vocecica. Se ríe. Suelta una chorrada. Hace otra vocecica. Vuelve a reírse. Gonzo espera. Joaquín vuelve a refugiarse en el humor. Gonzo vuelve a esperar. No le corta, no le obliga, no intenta arrancarle nada. Simplemente deja que el tiempo haga lo que tantas veces hace en Salvados. Y así, casi sin que el espectador se dé cuenta, el programa consigue lo más difícil con alguien que lleva media vida escondiéndose detrás de un personaje: que deje de ser Joaquín Reyes durante un rato. O, mejor dicho, que sea Joaquín Reyes de verdad.. Porque detrás del gañán, del chanante, de las imitaciones imposibles, del acento manchego convertido en lenguaje universal, del «mamarracho» -así llama él a ese universo de chorradas que le ha acompañado durante más de dos décadas- hay un hombre al que todavía le duele no poder hablar con sus padres, que es católico practicante, que tiene miedo de quedarse un día sin ideas, que reconoce que las amistades se deterioran y que hubo una mañana en la que las críticas fueron tan brutales que decidió que lo mejor era no levantarse de la cama.. Y entonces entiendes lo que sabe hacer Salvados cuando Salvados está fino: no quitarle la gracia al gracioso, sino descubrir qué hay cuando se acaba la gracia.. No es fácil. Menos aún con Joaquín Reyes. Hay entrevistados que se protegen con silencios, otros con respuestas aprendidas, otros con lugares comunes. Joaquín Reyes se protege haciendo reír. Es su arma y su parapeto. En cuanto algo amenaza con ponerse demasiado serio, aparece una voz, una palabra manchega, una exageración, una chorrada. El humor le ha servido durante toda su vida para que los demás lo quieran y también para impedir que los demás lleguen hasta determinados lugares. Lo acabó confesando él mismo: «La forma que yo tengo de que la gente me quiera es el humor». Pues vaya frase. Porque explica casi todo.. Gonzo se llevó este domingo a Joaquín Reyes de viaje. Desde Albacete hasta El Mojón, en Murcia. Un viaje físico y otro mucho más complicado: desde el personaje hasta la persona. Salvados lleva años utilizando el viaje como una especie de diván sin diván. El entrevistado mira hacia delante, conduce o contempla la carretera, no tiene siempre una cámara frontal reclamándole una respuesta solemne y, mientras aparentemente no ocurre nada, ocurren muchas cosas. Un paisaje lleva a un recuerdo; un recuerdo, a una persona; una persona, a una herida.. Antes de llegar hasta allí había que empezar por donde empieza Joaquín Reyes: por La Mancha.. Primero Los Invasores, el mercadillo de Albacete. Las camisas imposibles, las palabras manchegas, los vecinos que lo reconocen, lo paran y lo quieren. «He hecho mucho proselitismo de La Mancha», reconocía Reyes. Gambitero, churretoso, gañán, farfollas… Todo ese vocabulario que los chanantes convirtieron casi en patrimonio nacional no nació sólo de su infancia. Reyes contó que incluso había estudiado un diccionario de vocabulario manchego porque su identidad no era únicamente cuestión de nacimiento: también la había trabajado, investigado y convertido en materia prima.. Y eso es importante para entender lo que ocurrió después con La Hora Chanante. Joaquín Reyes no se limitó a llevar el acento manchego a la televisión. Construyó con él un universo. Durante años, España acabó utilizando expresiones que hasta entonces pertenecían a un territorio muy concreto. El humor hizo lo que tantas veces consigue hacer mejor que cualquier campaña institucional: convertir una identidad local en algo compartido.. Hasta tiene una teoría para explicar la socarronería manchega. Como La Mancha es llana, «vemos venir a la gente de lejos». No sucede como en un valle, donde te encuentras a alguien «de sopetón». En La Mancha tienes tiempo para verlo llegar, observarlo, analizarlo y preparar la retranca. Es Joaquín Reyes explicando antropología manchega como sólo Joaquín Reyes puede hacerlo: no sabes exactamente dónde termina la teoría y dónde empieza la chorrada. Y da igual.. Joaquín Reyes y Gonzo, en Salvados.ATRESMEDIA. Después llegó el coche. Y en los coches de Salvados suelen pasar cosas. «Mi casa está en Madrid, pero mi infancia y mi mocedad están en Albacete». Ahí empezó a desaparecer el mamarracho.. Jesús y Concha, sus padres. Los viajes familiares. Un Simca 1200 marrón que un día pintaron de blanco como si así estrenaran coche. Ana Belén cantando Agapimú en una cinta. El verano. Los hermanos. La infancia. Esos recuerdos aparentemente insignificantes que, cuando ya no están quienes los protagonizaron, dejan de ser insignificantes.. Hasta que Gonzo llegó a donde tenía que llegar y Joaquín Reyes dejó de hacer reír. «Esa sensación de desamparo nunca te la quitas». La frase cayó sin necesidad de subrayarla. Perder a los padres cuando ya eres adulto no impide, explicó, que permanezca esa sensación de haber perdido a quienes siempre estuvieron ahí. Lo que más echa de menos no es ninguna gran escena. Es algo infinitamente más pequeño y, precisamente por eso, más doloroso: hablar con ellos. Poder llamarles. Contarles. Escucharles. Tener todavía ese teléfono al otro lado.. Y Salvados hizo algo que la televisión cada vez hace menos: dejar respirar el momento. No necesitaba una música que dijera «emoción», ni un primerísimo primer plano que ordenara al espectador emocionarse, ni una frase grandilocuente. Bastaban un hombre hablando de sus padres y unos segundos en los que la chorrada no apareció para rescatarlo.. Ése fue uno de los grandes momentos del programa porque ahí se hizo visible uno de los trucos menos visibles de Salvados: dejar espacio. No intentar arrancar una lágrima, sino permitir que aparezca lo que normalmente queda escondido detrás del entrevistado. Y con Joaquín Reyes había una dificultad añadida: cada vez que el terreno se volvía demasiado íntimo, aparecía el humor. Él mismo terminó confesándolo.. Sentados en el desierto de Abanilla, Joaquín le dijo a Gonzo que seguramente no vería este Salvados. Puede verse durante años haciendo parodias, personajes e imitaciones, pero verse a sí mismo es otra cosa. «No me aguanto, me estomago una cosa bárbara». Cuando interpreta está behind the mask. Detrás de la máscara. Ahí estaba la clave de todo el programa.. Porque Joaquín Reyes lleva más de 20 años apareciendo en televisión y, sin embargo, probablemente pocas veces se había expuesto tanto como este domingo. Qué paradoja: un hombre que se ha disfrazado de Madonna, de Bono, de Puigdemont, de Isabel Pantoja, de innumerables famosos y personajes puede sentirse mucho más desnudo sentado en una silla siendo simplemente él mismo. La máscara protege.. «La forma que yo tengo de que la gente me quiera es el humor», reconoció. Sabe que se escuda en él, que hace «requiebros» para escapar de determinados lugares. Incluso cuando aseguró que había ido al programa a abrir su «corasón», tuvo que poner una voz. No pudo evitarlo. Y ahí estaba Joaquín Reyes entero. El hombre que utiliza la risa para acercarse a los demás y también para impedir que los demás se acerquen demasiado.. Por eso resultó especialmente sorprendente escucharlo hablar de religión. Reyes es católico. Y practicante. «Sí tengo fe. A lo mejor no tanta como Christian Gálvez», bromeó. Otra vez el mecanismo: confesión, exposición y chiste. Un paso hacia delante y medio hacia atrás.. Sus padres pertenecían a una comunidad cristiana y durante los veranos la familia acudía a campamentos en Alcocéber vinculados a movimientos de la Iglesia con compromiso social. Aquello formó parte de su infancia y la fe sigue formando parte de su vida adulta. Pero no desde una posición acrítica. Reyes reclama cambios en la Iglesia en cuestiones como el celibato o la aceptación de la homosexualidad y, al mismo tiempo, defiende con absoluta claridad la escuela laica.. La religión, sostiene, debe estar fuera de la escuela. Quien quiera que sus hijos reciban formación religiosa puede llevarlos a catequesis. Para él no existe contradicción.. Era probablemente uno de los Joaquines Reyes menos conocidos. Y Salvados lo encontró sin necesidad de ponerle delante un espejo solemne. Ésa es la diferencia. A veces basta una carretera, dos sillas en mitad de ninguna parte y tiempo.. Tiempo también para regresar a La Hora Chanante. A aquellos veinteañeros que empezaron sin saber que estaban cambiando una parte del humor español. Joaquín tenía 26 años y era el mayor. Ernesto Sevilla, Julián López, Raúl Cimas, Carlos Areces, Aníbal Gómez, Pablo Chiapella… «Éramos veinteañeros, hipsters y tontísimos».. No existía una estrategia. Ni un plan maestro. Ni probablemente eran conscientes de que aquello iba a crear escuela. Eran, según Reyes, «amigos que hacían un programa». Y quizá ésa sea una de las razones por las que funcionó.. Querían hacer el humor que les gustaba y la escasa audiencia les concedió algo que hoy parece casi un lujo televisivo: libertad para hacer cosas rarísimas porque nadie estaba demasiado pendiente de ellos. En un tiempo en el que cada estreno llega acompañado de estrategias, campañas, análisis de datos, algoritmos y la obligación de convertirse inmediatamente en fenómeno, La Hora Chanante nació casi en los márgenes. Y desde los márgenes terminó entrando en el centro. Internet hizo el resto.. Los chanantes acabaron modificando el lenguaje de una generación. Muchachada Nui amplificó el fenómeno. Sus imitaciones se convirtieron en pequeñas piezas de culto. Y Joaquín Reyes, licenciado en Bellas Artes y aspirante en otro tiempo a dibujante, acabó siendo uno de los tipos que más ha influido en el humor español contemporáneo haciendo precisamente aquello que nadie habría podido recomendarle en un despacho: el mamarracho. Pero Salvados tampoco compró la postal nostálgica.. Porque los amigos cambian. Los éxitos cambian. Las relaciones cambian. «Las amistades se deterioran, eso es inevitable», admitió Reyes.. La frase tiene mucho más peso cuando quien la pronuncia forma parte de un grupo que desde fuera se ha contemplado durante años como una cuadrilla indestructible. Los roles dentro de los chanantes fueron modificándose y aquel equilibrio original terminó rompiéndose. El final fue «sobrevenido», casi por hechos consumados. No hubo una gran explosión final. Hubo algo bastante más reconocible y, por eso, quizá más triste: la vida pasando.. La vida que transforma a los amigos con los que hacías un programa porque no tenías nada que perder en profesionales con carreras, familias, proyectos, éxitos, fracasos y caminos diferentes. A veces las cosas no terminan porque alguien las rompa. Terminan porque ya no pueden seguir siendo lo que fueron. Y después estaban los Goya.. Aquella gala de 2018 que presentó junto a Ernesto Sevilla y que recibió una tormenta de críticas. Reyes explicó también algo que suele quedar oculto cuando la televisión habla de la televisión: qué ocurre al otro lado de la crítica.. Al día siguiente, su mujer le contó que sus hermanos habían preguntado cómo estaba. Él todavía no entendía muy bien por qué. Miró el móvil: unos 300 mensajes. Comenzó a leer titulares. Encontró incluso una encuesta que preguntaba si había sido «la peor gala de la historia». Decidió quedarse en la cama. Su mujer consideró que era una buena idea. Ernesto Sevilla lo gestionó a su manera: «Madre mía cómo nos están poniendo». Y a reír. Otra vez la risa. Siempre la risa. Pero aquella vez no bastó del todo.. Reyes sacó de aquello una enseñanza que parece sencilla hasta que alguien vive de aceptar proyectos: aprender a decir no. Reconoció también las críticas por una gala en la que se esperaba determinado discurso y que estaba presentada por «dos tíos». Con los años puede analizar aquello con distancia. En aquel momento dolió. Porque una cosa es hacer el mamarracho y otra descubrir que el mamarracho también tiene piel.. Salvados fue recorriendo precisamente esa piel. No para convertir a Joaquín Reyes en un personaje dramático que no es, sino para recordar algo mucho más interesante: que quien lleva décadas haciendo reír también tiene sus inseguridades, sus pérdidas y sus lugares a los que no quiere mirar demasiado tiempo. Quizá por eso, a sus 52 años, su miedo no es exactamente hacerse mayor ni jubilarse. Su miedo es otro: «Tengo miedo a quedarme sin ideas». A sufrir una «crisis creativa definitiva».. Para alguien cuya vida profesional depende de inventar, ésa debe de ser una forma bastante precisa de imaginar el abismo. No tener la siguiente ocurrencia. No encontrar la siguiente voz. No descubrir el siguiente personaje. Que un día el mecanismo que siempre ha funcionado deje de hacerlo.. Sus hijos, Jesús y Esther, tampoco parecen demasiado interesados en custodiar el Santo Grial chanante. Cuando eran pequeños, su padre ni siquiera les enseñaba La Hora Chanante porque consideraba que aquel contenido no era para ellos. Ahora conocen parte del legado y no se avergüenzan de sus «mamarrachadas», aunque tampoco se han lanzado compulsivamente a rebuscar en el archivo de su padre. Y cuando encuentran algo que ha envejecido mal, se lo dicen. Joaquín lo acepta. Quiere pensar que están orgullosos de él.. Al final del viaje apareció Miguel Maldonado y regresó la chorrada. Como tenía que regresar. Porque despojar a Joaquín Reyes del humor por completo habría significado dejar de retratar a Joaquín Reyes.. Dos generaciones distintas unidas por algo que parece pequeño y no lo es: hacer humor desde el lugar del que uno viene sin convertirlo en caricatura. Y entonces llegó la frase que probablemente resumió todo el viaje: «La risa es lo más revolucionario».. Puede parecer otra boutade chanante. No lo es. Porque después de casi una hora hablando de sus padres, de Dios, de los amigos que se separan, del fracaso, de los hijos, de la exposición pública y del miedo a quedarse vacío, Joaquín Reyes seguía regresando al mismo lugar. A la risa.. Salvados consiguió este domingo algo muy difícil: entrevistar a un hombre que lleva media vida evitando, probablemente sin proponérselo, que lo entrevisten de verdad. Cada vez que Gonzo se acercaba demasiado, Joaquín Reyes levantaba una barricada hecha de vocecicas, chorradas, palabras manchegas y bromicas. Gonzo no intentó derribarla. Ahí estuvo el acierto.. Esperó. Dio una vuelta. Siguió conduciendo. Cambió de escenario. Preguntó otra cosa. Volvió después. Salvados no intentó arrancarle el mamarracho porque entendió que el mamarracho también es Joaquín Reyes. Simplemente buscó los pequeños huecos que dejaba.. Joaquín Reyes dijo que no verá este Salvados porque se «estomaga» cuando se ve siendo él mismo. Qué pena. Porque probablemente nunca se haya visto tanto Joaquín Reyes en televisión.
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