Cuando Salvados anunció que abriría su nueva temporada con un programa dedicado a Rita Barberá, se armó la mundial. Que cómo era posible que Gonzo y el equipo de Salvados no hubieran elegido la crisis de Ceuta. Que cómo podían mirar hacia otro lado ante la mayor crisis migratoria que había vivido España. Que qué vergüenza. Que qué periodismo. Que si esto, que si lo otro. Las redes sociales hicieron lo que mejor saben hacer: dictar sentencia antes de que hubiera juicio. Y, por supuesto, sin esperar a escuchar a los acusados.
Después de recibir críticas por no tratar la crisis migratoria en el comienzo de la temporada, Salvados llevó a Ángel Víctor Torres anoche a cuatro residentes de Ceuta para discutir el tema. There were no screams nor spectacle, but uncomfortable questions, reproaches, and a demand that the minister could not meet: knowing when their lives will recover
Cuando Salvados anunció que abriría su nueva temporada con un programa dedicado a Rita Barberá, se armó la mundial. Que cómo era posible que Gonzo y el equipo de Salvados no hubieran elegido la crisis de Ceuta. Que cómo podían mirar hacia otro lado ante la mayor crisis migratoria que había vivido España. Que qué vergüenza. Que qué periodismo. Que si esto, que si lo otro. Las redes sociales hicieron lo que mejor saben hacer: dictar sentencia antes de que hubiera juicio. Y, por supuesto, sin esperar a escuchar a los acusados.
Pues bien, este domingo llegó Ceuta a Salvados. Y llegó como es Salvados. Sin carreras por ser los primeros, sin competir por la imagen más desgarradora, sin buscar el titular más escandaloso. Llegó con su manera de hacer periodismo. Con el periodismo que convirtió a Salvados en lo que es. Y con algo que, aunque parezca mentira, cada vez resulta más difícil encontrar en televisión: personas que preguntan, personas que responden y personas que escuchan.
Jordi Évole, productor del formato, lo había advertido horas antes de la emisión. «Pues llegó el día que algunos tanto nos reclamaron», escribió en X. Y explicó por qué habían esperado: porque querían una propuesta diferente, porque habían conseguido sentar al Gobierno de España frente a quienes habían sufrido la crisis en primera persona y porque no querían caer en el populismo. «Casi nunca somos los primeros en llegar, pero cuando lo hacemos, no nos conformamos con cualquier contenido».
Y vaya si cumplieron. El Salvados de anoche sobre Ceuta fue una demostración de que no siempre el mejor periodismo es el que llega primero, sino el que sabe para qué llega.
Porque, después de casi tres meses de imágenes terribles, enfrentamientos políticos, reproches, acusaciones y una tragedia que dejó 140 muertos, Salvados hizo algo tan sencillo como extraordinario: sentar al ministro de Política Territorial y mando único de la crisis, Ángel Víctor Torres, frente a cuatro vecinos de Ceuta. Cuatro ciudadanos que no necesitaban discursos, ni promesas grandilocuentes, ni lecciones de política. Necesitaban respuestas. Y las pidieron. Por supuesto que las pidieron.
Gonzo, que condujo el encuentro, no necesitó convertirse en protagonista ni elevar la voz para provocar el enfrentamiento. Bastaba con dejar hablar. Bastaba con que el ministro escuchara a Chaima Mohamed Amachraa, Mercedes Gallego, Anselmo Cruces y Nabil Mohamed El Kouissi. Bastaba con poner frente a frente dos realidades que demasiadas veces parecen vivir en universos distintos: la de quien gestiona una crisis desde las instituciones y la de quien la sufre al salir de su casa.
El propio Gonzo reveló hasta qué punto estaba tenso el ambiente en Ceuta. Al equipo le había costado encontrar un establecimiento dispuesto a acoger la grabación en cuanto se enteraban de que iba a participar el ministro. Había bares que directamente se habían negado. No era un detalle menor. Era el retrato de una ciudad en la que la indignación ha llegado a hacer casi imposible hasta sentarse a hablar. Y precisamente por eso era tan necesario hacerlo.
Uno de los momentos más reveladores llegó cuando Anselmo Cruces cuestionó la respuesta del Gobierno ante los avisos previos a la entrada masiva de 80.000 personas los días 30 y 31 de julio. ¿Cómo podía haberse reforzado la frontera con una dotación que, según le habían trasladado guardias civiles conocidos suyos, apenas sumaba siete efectivos? ¿Cómo era posible que, con el precedente de 2021, no se hubiera actuado con mayor contundencia?
Torres defendió que se habían adoptado medidas, que se había reforzado la vigilancia y que nadie podía prever semejante avalancha. «Fue una marea imposible de contener», explicó. También reconoció que hubo errores y fallos que debían esclarecerse. Pero una cosa era escuchar las explicaciones del ministro y otra muy distinta que aquellas explicaciones pudieran borrar lo ocurrido.
Porque esa fue una de las grandes virtudes del programa: no permitir que la explicación política sustituyera al dolor de quienes seguían esperando soluciones.
Mercedes Gallego puso sobre la mesa el miedo, la inseguridad y la relación con Marruecos. Para ella, lo sucedido no podía entenderse sin mirar al país vecino, al que acusó de estar detrás de una «invasión indirecta». Torres discrepó de ese señalamiento. Pero Mercedes no estaba allí para aceptar sin más la interpretación del Gobierno. Estaba allí para explicar lo que significa vivir durante generaciones con la sensación de que la frontera puede convertirse, de un día para otro, en el epicentro de una tragedia.
También tuvo palabras para las imágenes de violencia ultra que habían recorrido las televisiones. Le avergonzaban, sí, pero rechazaba que esos episodios sirvieran para identificar a toda Ceuta. Otra de las realidades que Salvados supo colocar sobre la mesa: la de una ciudad que se siente abandonada y, al mismo tiempo, incomprendida.
Y entonces llegó Chaima Mohamed Amachraa, vecina de El Tarajal. Y con ella llegó probablemente la explicación más demoledora de lo que significa una crisis cuando las cámaras se marchan.
Chaima contó que frente a su portal seguía habiendo un asentamiento de migrantes. Que llevaba semanas sin poder recuperar su vida. Que la normalidad, para ella, no era una palabra que pudiera pronunciarse en una rueda de prensa. Era poder dormir. Era salir de casa sin encontrarse cada día con una situación humanitaria dramática. Era no acostarse pensando qué podía ocurrir aquella noche.
«No dormimos hasta las cuatro de la mañana», explicó. Y pidió algo que parecía sencillísimo: una fecha. Una fecha para saber cuándo acabaría aquella incertidumbre. Torres no pudo dársela.
Y ahí estaba el verdadero choque de la noche. El ministro hablaba de medidas, de competencias, de actuaciones, de recursos y de la dificultad de gestionar una crisis sin precedentes. Los vecinos hablaban de dormir, de caminar por sus calles, de recuperar sus parques, de volver a vivir. El Gobierno hablaba de recuperar la normalidad. Los vecinos le estaban explicando qué significaba realmente esa normalidad.
Nabil Mohamed El Kouissi lo resumió con una imagen que valía más que cualquier discurso: desde julio no había vuelto a ir al parque con su hijo. Al parque. Nada más. Qué poca cosa parece cuando se dice y qué barbaridad significa cuando deja de poder hacerse.
El encuentro tampoco esquivó uno de los asuntos más delicados: los menores migrantes. Nabil defendió que su traslado a otras comunidades podía provocar un efecto llamada. Torres respondió con cifras, recordó que miles de menores habían sido reubicados anteriormente y defendió la obligación de protegerlos. Incluso recurrió a la historia de un niño de nueve años que había cruzado la frontera para recordar algo que debería estar por encima de cualquier discusión política: «Un niño no es un invasor».
Y ahí estuvo otra de las claves del programa. Salvados permitió que convivieran el miedo legítimo de los vecinos, la responsabilidad del Gobierno y la tragedia de quienes habían arriesgado su vida para cruzar la frontera. Sin convertir automáticamente a unos en villanos y a otros en héroes. Sin negar que puede haber sufrimiento a ambos lados de una misma frontera.
No todo fueron aciertos del ministro, ni mucho menos. Hubo respuestas que sonaron más a argumentario político que a soluciones. Especialmente cuando el debate sobre el reparto de menores derivó hacia lo que ocurriría si gobernara la derecha. El recurso a la confrontación partidista resultaba casi inevitable en plena precampaña electoral, pero también desentonaba con lo que aquellos vecinos habían ido a reclamar. No querían saber qué harían otros dentro de unos meses. Querían saber qué iba a hacer el Gobierno ahora.
Y esa es precisamente la grandeza de un formato como Salvados cuando acierta: que ni siquiera un ministro dispuesto a dar explicaciones puede controlar por completo el relato. Que los ciudadanos no son figurantes colocados para asentir. Que una pregunta sencilla puede resultar mucho más incómoda que el más feroz de los interrogatorios.
Ceuta no necesitaba otro programa que repitiera lo que llevamos viendo desde el 30 de julio. Necesitaba que alguien se sentara a escuchar qué había pasado después. Qué ocurre cuando termina el directo, cuando desaparecen las cámaras, cuando los políticos regresan a sus despachos y cuando quienes se quedan tienen que seguir viviendo allí.
El programa no resolvió la crisis. Tampoco podía. No ofreció todas las respuestas ni convirtió las explicaciones de Torres en verdades indiscutibles. Pero consiguió algo que en la televisión actual debería ser mucho más habitual: abrir un espacio en el que el desacuerdo no terminara necesariamente en un grito, en una descalificación o en un corte de vídeo destinado a incendiar las redes sociales.
Por eso, cuando hace unas semanas tantos se echaron las manos a la cabeza porque Salvados había elegido a Rita Barberá en lugar de Ceuta, quizá olvidaron una cosa. Que el periodismo no debería funcionar al ritmo de las exigencias de X. Que no todo consiste en llegar, plantar una cámara y marcharse con cuatro declaraciones. Que a veces hace falta tiempo para encontrar una historia distinta y, sobre todo, una manera diferente de contarla.
Porque anoche no vimos solamente a un ministro dando explicaciones ante cuatro vecinos. Vimos a cuatro vecinos recordándole a un ministro que detrás de cada decisión política hay vidas que no pueden esperar eternamente. Y eso, señores, también es televisión.
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