Durante año y medio María del Monte le mintió a su madre. Durante año y medio tuvo que fingir que no había pasado nada, que todo seguía igual, que su hijo estaba bien, que la vida continuaba como si la muerte no hubiese llamado a la puerta. Durante año y medio cargó con un secreto que no le pertenecía sólo a ella, con una decisión que todavía hoy se pregunta si tenía derecho a tomar. Su hermano había muerto y su madre, de 90 años, nunca llegó a saberlo. «Fue terrorífico». Hay dolores que no se superan, simplemente se aprende a vivir con ellos. Y hay secretos que, aunque se guarden por amor, terminan convirtiéndose en una condena. María del Monte conoce demasiado bien ambas cosas.
La cantante apareció en el programa de Pablo Motos para discutir su historia de vida, pero se convirtió en una discusión en profundidad sobre la pérdida de su hermano, un secreto que mantuvo de su madre, su miedo a la muerte y su orientación sexual. Ella dijo: «Nunca he experimentado represión en mi vida».
Durante año y medio María del Monte le mintió a su madre. Durante año y medio tuvo que fingir que no había pasado nada, que todo seguía igual, que su hijo estaba bien, que la vida continuaba como si la muerte no hubiese llamado a la puerta. Durante año y medio cargó con un secreto que no le pertenecía sólo a ella, con una decisión que todavía hoy se pregunta si tenía derecho a tomar. Su hermano había muerto y su madre, de 90 años, nunca llegó a saberlo. «Fue terrorífico». Hay dolores que no se superan, simplemente se aprende a vivir con ellos. Y hay secretos que, aunque se guarden por amor, terminan convirtiéndose en una condena. María del Monte conoce demasiado bien ambas cosas.
Anoche, en El Hormiguero, la cantante sevillana hizo algo que no suele hacer en televisión: abrirse en canal. Y no porque María del Monte sea una mujer que no hable de su vida, sino porque pocas veces se la ha visto hablar de ella con semejante desnudez emocional. Sin escudos, sin demasiados rodeos, sin esconder detrás de una broma aquello que todavía duele. Bueno, alguna broma sí hubo, porque María del Monte sería menos María del Monte si perdiera esa capacidad tan suya de convertir una tragedia en una frase que arranca una sonrisa. Pero anoche hubo mucho más que sonrisas.
Acudía al programa de Pablo Motos para presentar Si el corazón se equivoca, se le perdona, sus memorias, y acabó regalando una de esas entrevistas que recuerdan que, cuando El Hormiguero deja respirar al invitado, cuando no necesita convertir cada respuesta en un espectáculo, pueden suceder cosas extraordinariamente sencillas: que alguien hable y que los demás escuchen.
El momento más estremecedor llegó cuando Pablo Motos le preguntó por la muerte de su hermano. María del Monte recordó que recibió la noticia por teléfono de otro de sus hermanos. Su madre estaba sentada a su lado. Tenía 90 años. Y ella, en cuestión de segundos, tomó una decisión que la perseguiría durante los siguientes 18 meses: no contarle que su hijo había fallecido.
«Tuve que disimular para no contárselo y me pasé año y medio engañándola, diciéndole que mi hermano estaba bien cada vez que me preguntaba», recordó. No hubo lágrimas televisivas buscadas, ni necesidad de dramatizar una historia que ya era suficientemente dramática. Lo verdaderamente terrible no era sólo haber perdido a su hermano, sino tener que esconder su muerte a la persona con la que compartía el dolor de esa pérdida. «Dudaba si estaba haciendo bien o no, en no contárselo. Ese estado de ansiedad prolongada durante tanto tiempo, para mí fue terrorífico», confesó.
Y ahí estaba probablemente la confesión más desgarradora de la noche. Porque María del Monte no hablaba únicamente de la muerte, sino de la culpa. De esa culpa que nace incluso cuando uno cree estar haciendo lo correcto. ¿Tenía derecho a ocultarle a su madre que había perdido a un hijo? ¿Era protegerla o privarla de una verdad que también le pertenecía? Preguntas para las que no hay respuestas fáciles. Preguntas que, por mucho tiempo que pase, siguen sin encontrar acomodo.
La cantante fue todavía más lejos al explicar cómo había vivido la muerte de sus padres. Con su padre, al que perdió en 2005, no fue capaz de contemplar su cuerpo sin vida. Ni siquiera pudo mirarlo en el tanatorio, aunque permaneció junto a él aquella noche. Con su madre ocurrió todo lo contrario. Después de acompañarla durante su última etapa, marcada por una enorme fragilidad, fue ella misma quien le cerró los ojos cuando falleció. Dos despedidas completamente diferentes. Dos maneras de enfrentarse a lo inevitable.
Quizá porque la muerte ha sido siempre uno de los grandes fantasmas de María del Monte. Lo contó también anoche, recuperando una experiencia de cuando tenía apenas 10 años. Escuchó una conversación familiar sobre una persona que había sido enterrada y tomó conciencia, de golpe, de que ella también iba a morir algún día. Aquello le provocó tal terror que pasó «un año llorando», sin apenas comer, hasta el punto de que sus padres tuvieron que llevarla al médico.
«Yo al cementerio no voy nunca, iré una sola vez, cuando me lleven para no volver». La frase provocó una sonrisa, pero escondía una herida que lleva acompañándola prácticamente toda la vida. Qué curioso que alguien que ha convivido tanto con la pérdida siga conservando intacto aquel miedo infantil. O quizá no sea tan curioso. Quizá cuanto más cerca se conoce la muerte, más difícil resulta acostumbrarse a ella.
Y, sin embargo, María del Monte también habló de lo que siente que permanece después. Aseguró que ha percibido la presencia de su hermano fallecido en su propia casa. «He sentido perfectamente a mi hermano en mi casa, le he olido». Su madre, contó, también aseguraba ver a su marido y a su hijo muertos. «Les veo, pero no como a ti, les veo diferente», le decía. No se trataba de demostrar nada ni de convencer a nadie de la existencia de otra vida. Era una mujer contando cómo ha vivido y sentido la ausencia de las personas a las que más quería.
Pero María del Monte también dejó otra de las grandes frases de la noche: «Mi perdón tiene memoria».
La cantante explicó que el título de sus memorias no es una declaración de ingenuidad. Cree en el perdón, sí, pero no en el olvido obligatorio. «El corazón no suele equivocarse, pero si lo hace, se le perdona, porque siempre lo has hecho de corazón». Y añadió una reflexión que seguramente muchos podrían hacer suya: perdona porque guardar rencor le hace daño a ella misma, aunque hay heridas que cuesta mucho más cerrar. «Las cosas que me dañan el alma son las que más cuesta perdonar».
En una vida como la suya, sometida durante décadas a la exposición pública, a las especulaciones y a los juicios ajenos, la frase adquiere inevitablemente otro significado. No hizo falta que señalara a nadie. Tampoco que pusiera nombres y apellidos a esas heridas. A veces una declaración dice mucho más por lo que deja en el aire que por lo que explica.
Hubo también espacio para una cuestión que la ha acompañado durante buena parte de su carrera: su sexualidad. Pablo Motos le planteó directamente si había esperado al fallecimiento de su madre para hablar públicamente de que es lesbiana y si alguna vez se había sentido dentro de un armario. María del Monte respondió con esa mezcla de contundencia y sentido del humor que tan bien maneja: «Nunca, y tengo dos argumentos maravillosos: uno, que no quepo, y otro, que no he tenido la necesidad».
La broma era magnífica. Pero lo importante vino después. «Yo no he vivido una infancia ni una juventud reprimida, siempre he tenido mucha libertad en mi entorno. Mi madre ha sabido siempre cómo era su hija; ¿cómo no va a conocer una madre a sus hijos?».
No es una cuestión menor. Durante años se ha contado la historia de María del Monte como la de una mujer que finalmente salió del armario. Ella lleva tiempo reivindicando algo distinto: que una cosa es no hacer pública tu intimidad y otra muy diferente vivir escondida. Que nadie está obligado a dar explicaciones sobre a quién ama. Ni siquiera cuando lleva toda una vida delante de las cámaras.
De hecho, no es la primera vez que defiende esa diferencia. En 2025, después de la polémica que provocó un gesto con su esposa, Inmaculada Casal, durante una entrevista televisiva, tuvo que recordar públicamente que estar casada con una mujer no la obligaba a besarla delante de todo el mundo. «Tengo el derecho de darle un beso a mi mujer públicamente o no», reivindicó entonces. Anoche volvió, de alguna manera, sobre esa misma idea: la libertad también consiste en decidir qué parte de tu vida compartes con los demás.
Hasta hubo tiempo para hablar de política. Motos, recordando una predicción futbolística que le había salido bien, quiso saber quién ganaría las próximas elecciones. María del Monte esquivó cualquier pronóstico partidista, pero dejó una reflexión bastante más interesante: «Las elecciones creo que no las va a ganar ningún partido político, solo le pido a Dios que no perdamos nosotros«. Y recordó que la primera obligación de los políticos debería ser mirar por los ciudadanos y no por sus propios intereses.
Fue uno de esos momentos en los que una frase aparentemente sencilla termina siendo mucho más elocuente que un largo discurso. Y también sirvió para recuperar a la María del Monte de siempre, la que tiene respuesta para casi todo, la que no necesita levantar la voz para dejar clara su posición.
La entrevista tuvo precisamente esa virtud: no convirtió a la artista en un personaje distinto del que conocemos. Seguía estando la mujer divertida, la que recuerda los consejos de su padre para evitar las discusiones, la que asegura que los ojos son piscinas en las que a veces parece que el agua está limpia hasta que descubres que no lo está. Pero también estaba la hija, la hermana, la niña aterrorizada por la muerte y la mujer que ha aprendido que perdonar no significa borrar lo sucedido.
A María del Monte se la ha visto cantar, reír, presentar programas, responder a preguntas incómodas y afrontar algunos de los episodios más difíciles de su vida bajo el escrutinio público. Lo que no es tan frecuente es verla hablar de todo ello con la serenidad y la crudeza con las que lo hizo anoche.
El Hormiguero tuvo el acierto de no necesitar mucho más. Ni grandes artificios ni revelaciones fabricadas. Bastaba con dejar hablar a una mujer que lleva décadas contando historias a través de sus canciones y que ahora ha decidido contar la suya.
Porque quizá la gran confesión de María del Monte no fue que durante año y medio ocultara a su madre la muerte de su hermano. Ni que todavía tenga miedo de morir. Ni siquiera que su madre siempre supiera quién es su hija. Quizá lo verdaderamente importante fue descubrir que detrás de esa mujer que parece tener siempre una sonrisa y una respuesta hay heridas que siguen abiertas. Y que algunas, por mucho que se perdone, jamás se olvidan.
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