“No hace falta que hagamos la gran revolución, simplemente que cada uno de nosotros fuerce la cosa en un sentido distinto al que estamos viendo”, explica Lucrecia Martel. La directora argentina, una de las voces más personales del cine latinoamericano, reivindica pequeñas formas de resistencia frente a “la impotencia como invención de este momento”. El desahucio de Maricarmen, ejecutado pese a una carta de Naciones Unidas y a la movilización de numerosas personas para impedirlo, es para ella un ejemplo de disciplinamiento colectivo, el de hacer creer que, aunque se luche, nada puede cambiar.. Seguir leyendo
La directora argentina recorre Madrid, Barcelona y Valencia para hablar de ‘Un destino común’, su primer libro, y de ‘Nuestra tierra’, su última película.
“No hace falta que hagamos la gran revolución, simplemente que cada uno de nosotros fuerce la cosa en un sentido distinto al que estamos viendo”, explica Lucrecia Martel. La directora argentina, una de las voces más personales del cine latinoamericano, reivindica pequeñas formas de resistencia frente a “la impotencia como invención de este momento”. El desahucio de Maricarmen, ejecutado pese a una carta de Naciones Unidas y a la movilización de numerosas personas para impedirlo, es para ella un ejemplo de disciplinamiento colectivo, el de hacer creer que, aunque se luche, nada puede cambiar.. Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 59 años) es combativa pero también divertida y con retranca, se toma tan poco en serio que, paradójicamente, revela hasta qué punto se toma en serio todo lo que dice y narra. El jueves 24 de septiembre subió con dificultad al escenario del patio de La Casa Encendida, en Madrid, apoyada en su bastón por las secuelas del cáncer que le diagnosticaron durante el rodaje de Zama, en 2017. “Para mí, subir esto es como el Cirque du Soleil”, bromeó. La directora charló con Rolf Abderhalden, director del Festival IDEM, dentro del programa Ecotopías, que se pregunta por los desafíos de habitar una nueva era marcada por el impacto de la huella humana sobre el planeta. La cineasta comenzó aquí una gira de conferencias y encuentros por varias ciudades de España para conversar sobre su primer libro, Un destino Común (Caja Negra, 2025), y su última película, el documental Nuestra tierra (2025).. “Tenemos que encontrar de forma urgente esas otras formas de hacer cine porque la industria también se ocupa de generar cuellos de botella”. Martel apunta a que el cine está recuperando una función similar a la que surgió después de la Segunda Guerra Mundial, la de convertirse en un espacio de reflexión colectiva. “Que no sea un cine solo de entretenimiento y para resolver el insomnio, sino para conocernos, animarnos, darnos fuerzas e imaginar otras formas de futuro que no sea este abismo inexorable al que parece que caminamos”, sostiene.. Martel es una de las autoras más reconocidas del cine contemporáneo. Desde La ciénaga (2001), su primer largometraje, hasta Zama (2017) ha explorado las relaciones de poder, la clase y el territorio. Su trabajo se caracteriza por una especial atención al sonido, a la relación entre tiempo y clase social y a la representación de aquello que sucede fuera de campo, a lo que no se ve, lo que no es obvio, ni se cuenta.. En Nuestra tierra, la directora parte del asesinato, en 2009, de Javier Chocobar, líder de la comunidad indígena chuschagasta, para abordar un conflicto que trasciende el crimen y revela cómo el estado argentino ha ignorado y ocultado sistemáticamente la existencia de los pueblos originarios. El juicio por el asesinato de Chocobar es el escenario de la confrontación entre la justicia occidental, que considera la propiedad de la tierra como un derecho individual vinculado a su explotación económica; y la comunidad chuschagasta, para quienes el territorio es colectivo y su pertenencia se da por sabida, aunque no haya nombres ni papeles que lo acrediten.. La violencia colonial se extiende a través del lenguaje en el momento en el que el tribunal obliga a la comunidad a adaptar su forma de explicar y entender el mundo. “En el diálogo vamos a tener que ceder algo y eso es ceder parte de la tierra”, reconoce durante la película uno de los chuschagasta. Porque la disputa por la tierra es también la disputa por las palabras, por la historia y, por tanto, por el relato.. “El tema de los lenguajes es que los sistemas de referencias de las palabras dependen de consensos que a veces son muy generales”, explica Martel. Para la directora, esos consensos no son universales, sino que están atravesados por la clase, el contexto y el lugar desde el que se habla. Esa fue también una de las cuestiones que intentó explorar en Nuestra tierrra, junto a su equipo, la de cómo construir un lenguaje cinematográfico capaz de mostrar el desentendimiento sin necesidad de explicarlo. El resultado, dice, fue una forma particular de combinar imágenes y sonidos para hacer visible la tensión y el desencuentro entre el poder y el pueblo. “Inventar un lenguaje es una micro-solución. Es encontrarnos”, resume.. El documental se abre como una reflexión sobre la representación y la verdad donde la recreación del asesinato para el juicio adquiere una dimensión cinematográfica (los acusados dan indicaciones a los cámaras, hay un hombre que sujeta un micrófono y que se mueve con agilidad, otro acusado explica “la técnica de retroceso de barrido con una pierna para no tropezar”), mientras la película se convierte, a su vez, en un aparente registro de pruebas judiciales.. Martel juega con lo que se reconstruye y lo ya documentado al contraponer la historia de un pueblo que llegaron a dar por desaparecido en 1807 con el gran archivo fotográfico y audiovisual que conserva la propia comunidad chuschagasta. El documental se convierte en ese dron que sobrevuela las tierras de Tucumán recogiendo y defendiendo así el derecho de los chuschagasta a narrarse a sí mismos.. “Tenemos que encontrar una forma de que las acciones comunitarias sean más efectivas”, plantea Martel. La directora cuenta que, antes de hacer esta película, acudía a fiestas y encuentros en barrios populares donde nadie la conocía porque nadie había visto su cine. “Yo tuve que cambiar para que pasara algo”, apunta. Nuestra tierra ha terminado por convertirse, precisamente, en una de esas herramientas de cambio. “La está usando un montón de gente para organizarse, para pensar acciones, reclamar tierras, para pensar cómo encontrarse”, añade.. La capacidad oratoria de Martel, su pasión por la conversación y su facilidad para convertir cualquier idea en una digresión han hecho que su pensamiento trascienda su cine. Sus conferencias se trocean en vídeos que se distribuyen en redes sociales y donde los jóvenes, que quizá no hayan visto ninguna de sus películas, interactúan y comparten su discurso. “De repente estoy en TikTok, viendo carpintería japonesa y tractores y todas esas cosas que me interesan y me encuentro conmigo misma diciendo las mismas pavadas de siempre”, cuenta, divertida. En la conversación con Rolf Abderhalden, Martel siente que vuelve una y otra vez sobre las mismas ideas: “Lo siento, me repito”, “esto lo he dicho millones de veces”, “quisiera hablar de otra cosa”.. Un destino común es el libro que recoge algunas de estas charlas y conferencias. En él, Lucrecia Martel señala la dificultad de percibir el mundo cuando nuestra mirada ya está moldeada por agentes externos: “La educación genera una complicidad de clase que permite soportar no ver el mundo”. Frente a esa mirada domesticada, reivindica la curiosidad, la conversación y la disposición a dejarse sorprender, volviendo a mirar sin dar por sabido aquello que tenemos delante.. Para Martel, hacer cine es una forma de intervenir en la realidad. “Creo enormemente que existe una forma de felicidad que no hemos probado y que no se basa en el consumo suntuoso y los lugares exclusivos”, dice. “Yo estoy con un bastón, así que no se me ocurre ninguna revolución por la fuerza física, pero sí creo en la clandestinidad. Vamos a tener que ocultarnos. Ocultar nuestros datos de las empresas, mentir, generar confusión”, añade.. Su desconfianza hacia la tecnología no se limita a la vigilancia o al uso de los datos, Martel cuestiona también la relación que los humanos hemos construido con nuestras propias creaciones. “Como especie, logramos una invención extraordinaria que es el lenguaje y en su consecuencia, la escritura. Eso nos permitió organizar la memoria del pasado, registrarla, documentarla, inventar el pasado. Imagínate. Es igual que la ciencia ficción. Pero nos dio un terrible problema que es la locura. Somos una especie enloquecida. Yo no veo que los pájaros hayan inventado una forma de comer que ponga en peligro a los pájaros, sin embargo nosotros hemos inventado una tecnología que nos pone en peligro” explica.. Dentro de su gira por España, Martel estuvo el pasado sábado en la Fundació Miró de Barcelona, donde participó junto a la directora Alex Reynolds en una sesión de cine al aire libre y conversación enmarcada en Por el camino del sonido, un programa que cruza ecología, colonialidad y sonido. Este lunes, la periodista de EL PAÍS Noelia Ramírez conversó con ella en CaixaForum Barcelona sobre los límites de la creación audiovisual, aquello que queda fuera de campo y los archivos como espacios de memoria, reinterpretación e imaginación. El encuentro se replicará este martes en CaixaForum Valencia y el miércoles 30 en CaixaForum Madrid, donde la directora pondrá fin a su recorrido por el país.
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