El escritor turco, ganador del Nobel de Literatura hace ya 20 años, reflexiona sobre la literatura como forma de comprender al otro, sobre Estambul y la memoria, y sobre su relación con la política y el poder: «Digo cosas que nadie más en mi país puede decir» Leer
El escritor turco, ganador del Nobel de Literatura hace ya 20 años, reflexiona sobre la literatura como forma de comprender al otro, sobre Estambul y la memoria, y sobre su relación con la política y el poder: «Digo cosas que nadie más en mi país puede decir» Leer
A sus 74 años, Orhan Pamuk (Estambul, 1952) sigue llevando consigo cuadernos adonde quiera que vaya. Muchos cuadernos. Los enseña a cámara durante la videollamada, abre alguno al azar y aparecen páginas llenas de anotaciones, dibujos, frases, detalles, ideas todavía sin forma. Uno de ellos contiene las notas de una novela que aún no ha empezado a escribir. El premio nobel turco, galardón del que se cumplen 20 años en unos días, habla de ellos como quien enseña los planos de una casa que aún no existe: «No creo en los raptos de inspiración, un escritor desarrolla la idea de una novela durante años». Para él, no nace cuando el autor se sienta a escribirla sino mucho antes, durante ese tiempo de acumulación en el que se van reuniendo las 10.000 hojas que algún día deberán formar el árbol entero.. Pamuk gesticula mucho, se ríe, lanza bromas constantemente y, cuando una pregunta le interesa especialmente, se entusiasma hasta perder por un momento el hilo de la respuesta. Está a punto de jubilarse de la Universidad de Columbia, donde ha enseñado escritura durante dos décadas, y dice que ahora quiere dedicar todo su tiempo a escribir. En su conversación aparecen la literatura, la política, los museos, la pintura, la memoria, la felicidad y, sobre todo, esa forma tan suya de mirar el mundo desde un lugar intermedio: entre Oriente y Occidente, entre las palabras y las imágenes, entre la tradición y la modernidad.. Han pasado, decíamos, 20 años desde aquel Nobel de 2006 que lo convirtió en una figura literaria mundial y, al mismo tiempo, en una personalidad demasiado pública en Turquía. Recuerda aquel momento con humor y también con la conciencia de todo lo que vino después: las polémicas, las amenazas, los guardaespaldas, las preguntas políticas que no buscó pero que acabaron formando parte de su vida. Sin embargo, cuando se le pregunta qué significa hoy la literatura para él, después de más de medio siglo escribiendo, su respuesta es sorprendentemente sencilla. Agarra de nuevo uno de sus cuadernos: «Si voy a cualquier lugar y olvido uno de estos, no soy yo mismo. Es parte de mi esencia, de lo que soy». Escribir, dice, sigue siendo para él «mirar, anotar, imaginar y seguir narrando».. Ha dicho muchas veces que la novela es una forma de pensar, pero también que el novelista debe ser capaz de perderse en aquello que está escribiendo. ¿En qué momento del proceso de una novela deja de saber exactamente qué está buscando y empieza a confiar en que la propia novela se lo revelará?. Un escritor desarrolla la idea de una novela durante muchos años. La gente a veces piensa que uno se sienta y empieza a escribir, y que en dos años termina una novela, pero no es así, la novela se va desarrollando en la mente durante muchos años. Yo tengo siempre cuadernos sobre el contenido, los detalles, las escenas. Aquí tengo, por ejemplo, los cuadernos de una novela que todavía no he empezado. Tomo notas sobre todo: alguien besando a alguien, alguien cogiendo una mano, un paisaje, el mar de Mármara que veo desde mi ventana, los árboles de este jardín… Hay manzanos, perales, higueras. ¿Qué me recuerdan? Quiero hablar de todas esas cosas, pero necesito algo que las conecte. Una novela es como un árbol con diez mil hojas. Uno toma notas sobre esas diez mil hojas y después necesita encontrar el tronco, la historia principal, las ramas que las conectan. Una novela es una organización enorme. Hay que pensar mucho y después ir mostrando primero una hoja, luego otra rama, y así construir la totalidad. Yo lo pienso un poco como un productor de cine que piensa en qué va a producir un determinado efecto en la mente del espectador. Y el gran secreto del placer de escribir una novela está precisamente en trabajar con tenacidad sobre algo cuyo significado todavía no tienes completamente claro.. En El novelista ingenuo y el sentimental (2010) hablaba de ese «centro secreto» hacia el que gravita toda novela, aunque el escritor no siempre sepa cuál es cuando empieza. Después de tantos libros, ¿sigue pensando que cada novela tiene un centro que descubrir?. Sí, pero ese centro no es una idea clara que tengas antes de empezar, es algo abstracto. En cierto sentido es una ilusión, pero también es un método humilde, porque yo no soy un teórico, soy un narrador. Cuando escribimos una novela tenemos muchas ideas, pero un buen novelista no sabe exactamente para qué está escribiendo esa novela hasta que empieza a escribirla. La alegría de escribir consiste en buscar ese significado mientras escribes. Y es algo que también ocurre cuando lees. Yo enseño escritura en la Universidad de Columbia y una de las cosas que intento explicar es la diferencia entre la intención del escritor y la intención del texto. El escritor puede tener una intención concreta, pero el texto puede acabar diciendo cosas que el escritor no sabía que estaba diciendo. Esa es una de las maravillas de la literatura y esa es quizá la parte más maravillosa de ser novelista, que descubres el significado mientras escribes.. Hay una paradoja muy interesante en su idea del novelista, cuanto más consciente es de que una novela es un artefacto, más necesita creer en ella como si fuera la realidad. ¿Cree que escribir consiste en aprender a sostener esas dos creencias contradictorias?. En mis novelas dejo claro que sé que se trata de una novela. A veces aparezco yo mismo, como Alfred Hitchcock en sus películas; hago citas, me refiero a mí mismo. Hace treinta años no me consideraba posmoderno y hoy tampoco diría exactamente que lo soy, pero no pasa nada, estoy reconciliado con la idea, pues el posmodernismo me abrió el camino para combinar cosas que antes parecían difíciles de combinar. Yo admiraba a Joyce, Faulkner, Woolf, Dostoievski, pero también tenía detrás toda la tradición otomana, turca y persa, el misticismo, los textos antiguos… ¿Cómo podía combinarlo? Las técnicas del collage, el dadaísmo, el surrealismo, me ayudaron a hacerlo. Y lo que le diría a los jóvenes es que sea lo que sea que te digan que no puedes combinar, debes concentrarte precisamente en eso. Esa es una fórmula para la originalidad, combinar cosas que aparentemente no deberían estar juntas. Aunque hace falta carácter y confianza en uno mismo, claro, per esa es la alegría de inventar algo.. «Ser novelista es poder entrar en la cabeza de alguien cuyas ideas rechazas. Como escritor tengo que comprenderlo; como ciudadano no tengo por qué aceptarlo». De niño quería ser pintor y ha terminado siendo una especie de «novelista visual». ¿Cree que toda su literatura nació de la frustración de no haber podido pintar?. No sé si frustración, pero dejé el pincel por el lápiz de forma natural. Incluso impartí durante años una clase en la que explico mi teoría. La clase se llamaba Verbs and Images y exploraba cómo pensamos con palabras y cómo pensamos con imágenes. A veces pensamos con palabras y a veces con imágenes. Si tienes mucha hambre, no quieres una imagen de una hamburguesa, quieres una hamburguesa real. Cuando pensamos en cosas religiosas o en conceptos abstractos, muchas veces pensamos más con palabras. Pero, como deices, yo me considero un novelista visual. Cuando describo una escena, primero aparece en mi mente como una imagen, y buena parte de mi trabajo consiste en convertir esa imagen mental en palabras. Alguien besa a una chica, alguien salta, alguien lucha con espadas, alguien trabaja en una industria melancólica… Yo convierto esa imagen en verbos. El lector lee los verbos y vuelve a construir en su imaginación la imagen que yo tenía en la cabeza. Eso es lo que ocurre cuando leemos una novela.. Siempre dice que la literatura es, en último término, un intento de comprender a alguien. Pero comprender profundamente a un personaje significa también comprender sus razones, incluso cuando hace algo moralmente terrible. ¿Dónde termina para usted la empatía del novelista y empieza su juicio?. Este tema me gusta mucho, porque, al final, escribir novelas consiste en inventar y definir personajes. Cuando nos identificamos con un personaje, empezamos a comprenderlo, y cuanto más comprendemos a un personaje, más problemático puede resultar para el escritor, porque quizá el personaje hace algo que nosotros consideramos malo. En Nieve (2002), por ejemplo, quería escribir sobre el ascenso del islam político en Turquía, y durante años hablé con personas de clase alta, seculares y occidentalizadas, pero también con personas religiosas. Yo no pensaba como ellos y políticamente no quería que llegaran al poder, pero también quería mostrar que eran seres humanos. Una novela no dice: «Este personaje tiene razón». Dice: «Intenta comprender por qué hace esto». Comprender no significa disculpar la crueldad o el terror. Tolstói tenía una regla muy sencilla: si tienes un personaje que parece demasiado bueno, añádele un poco de maldad; si parece demasiado malo, añádele algo de bondad. Esa es una de las grandes alegrías de la novela. Confundir la mente del personaje con las ideas del escritor es un error. El escritor tiene que ser capaz de identificarse con personajes muy diferentes y de ver una situación desde distintos puntos de vista.. En buena parte de su obra ha abordado la modernización de Turquía, que no mira simplemente como un conflicto entre Oriente y Occidente, sino como una experiencia íntima, familiar, incluso sentimental. ¿Con los años ha dejado de pensar en esa tensión como un problema político para verla más bien como una condición humana, como el deseo de cambiar sin dejar de ser quien eres?. Como digo, un escritor no tiene una sola línea de pensamiento, sino muchas ideas a lo largo de su vida. Yo soy turco, por lo que estoy entre Occidente y el resto del mundo, y me gusta aprovechar esa posición, porque la cuestión de la modernización no es simplemente un conflicto entre Oriente y Occidente. En los países no occidentales existe desde hace dos o tres siglos un enorme deseo de pertenecer a la modernidad, a la globalización, de ser considerados modernos, civilizados, ricos e inteligentes. Pero después aparece la culpa: «¿Estoy traicionando mi propia cultura?». Y eso no les sucede solamente a los nacionalistas o a los religiosos, también te sucede a ti como ciudadano corriente. Un día abrazas la modernización y otro día te enfadas contigo mismo por haberlo hecho. Yo también he pasado por eso. Por eso miro al pasado otomano, a los textos sufíes, a la tradición turca, y trato de mezclarlos de algún modo con las técnicas modernas y posmodernas de la novela occidental. Esa tensión forma parte de mi vida y de mi literatura.. «Yo no hago política, pero critico al Gobierno de Erdogan para defender mi dignidad. La situación de Turquía es tan mala que es fácil terminar en la cárcel, y alguien debe denunciarlo». Durante años ha rechazado que se le defina simplemente como un escritor político, aunque la política haya entrado una y otra vez en sus novelas. ¿Cree que una novela puede ser más política cuando deja de hablar de política y se concentra en comprender cómo vive, desea, teme o se engaña una persona?. Sí, eso es cierto. En realidad yo no quería ser un escritor político. La generación anterior a la mía, la de escritores tan brillantes como Yasar Kemal, esa corriente de los «campesinos instruidos», estaba formada por escritores muy políticos, que admiraban a Gorki y Steinbeck. Pero yo, venía de un barrio de clase media alta, todos mis amigos burgueses eran más maoístas que nadie, por lo que siempre fui escéptico respecto al ultraizquierdismo. Así que decidí que nada de política, quería ser Thomas Mann, Rousseau, Tolstói… Pero cuando empecé a ser famoso, en Turquía y fuera de Turquía, empezaron a hacerme preguntas políticas. Y si dices que no quieres hablar de política, enseguida te llaman cobarde, y yo no quería parecer un cobarde. Después vinieron los problemas, un juicio, amenazas de muerte, guardaespaldas durante muchos años. No me convertí en una persona política porque fuera un joven marxista; era más bien un joven lector de Marx a quien la situación de Turquía y el hecho de ser una de las pocas personas famosas disponibles le llevó a opinar de política.. Y también a un juicio por «insultar y debilitar la identidad turca». ¿Se arrepiente de algo de todo aquello tras vivir la persecución y todo el proceso?. No, jamás, volvería a hacerlo, aún lo hago. No es que no me importe la política. Admito mis críticas a Erdogan, las pasadas y las actuales. Durante un tiempo también quería que Turquía entrara en la Unión Europea y participé en esa discusión con mucha energía, especialmente cuando mis libros se estaban volviendo populares en Europa e internacionalmente. Pero aquello no funcionó y después perdí interés en la política. Ahora critico al Gobierno de Erdogan para defender mi dignidad. La situación política actual es tan mala que puedes terminar en la cárcel, y hay que ser cuidados, pero es algo que hay que denunciar.. Como dice, su fama le permite decir cosas que otras personas quizá no pueden decir. ¿Ha sentido alguna vez que el escritor público estaba interfiriendo con el escritor que necesitaba ser para poder escribir?. En ciertos momentos, era necesario ser público para poder escribir. Es un problema eterno, ningún escritor anterior a mí lo resolvió. Como decía, mi fama me llevó a conceder muchas entrevistas sobre asuntos políticos turcos e internacionales, y eso me convirtió en una persona políticamente conocida. ¿Me quejo de ello? En parte, porque una vez entras en esa diana puede parecer que tienes miedo o que no puedes soportar las consecuencias si te atacan, te maltratan y terminas en los tribunales. Viví con tres guardaespaldas, después con dos, después con uno, durante muchos años. Pero si empiezas a pensar demasiado en las consecuencias, puedes acabar rindiéndote, y eso no es digno. Es cobarde y nadie lo respetaría. Al final, mi criterio para ganarme el respeto de mis lectores se basa en decir la verdad, lo que requiere cierta dosis de valentía. Mis amigos me dijeron: «Debes hablar, porque puedes decir cosas que nadie más puede decir». Tienen razón, así que las digo. Pero es verdad ellos están mucho más entusiasmados que yo con esa idea.. Pamuk posando con su hija Ruya y la medalla Nobel en Estocolmo en 2006.AP. «Estoy entre Occidente y el resto del mundo, entre tradición y modernidad; esa tensión forma parte de mi literatura». Para Tolstói, uno de sus grandes maestros, la literatura era un medio de explorar las razones de la felicidad. ¿Es posible que, después de tantos años escribiendo sobre la tristeza, la pérdida, la obsesión y la melancolía, el verdadero tema de sus novelas haya sido siempre la felicidad?. Pues… sí, lo es. Creo que la pregunta literaria más profunda y significativa que puede responder una novela es: «¿cuáles son los valores de la vida?, ¿cómo juzgamos una vida?». La mayoría de las veces los grandes novelistas dan respuestas directas o indirectas a eso. Si lees a Tolstói, trata sobre la felicidad. Anna Karénina o Guerra y paz pueden hablar de la historia, pero también hablan de la felicidad y de cómo hallarla en aquella sociedad. Dostoievski no habla explícitamente de felicidad, pero todos sus personajes, más agitados que los de Tolstói, anhelan ser felices. Se trata de pasión, ideas, cambio, evolución, ser, identidad… Todo escritor está ocupado con algo específico, según su época, pero detrás de todas esas ideas acecha la búsqueda de la felicidad. Al final, todos buscamos la felicidad, aunque no seamos muy claros al respecto. Decimos: «Déjame contarte una historia». Sí, la historia está ahí, sirve para conectar los temas de los que queremos hablar. Pero, en definitiva, queremos hablar de nuestras experiencias y relacionarlas con la felicidad, con una visión más amplia de la vida. Y no, no tengo una visión clara de esa vida más amplia cuando empiezo una novela. La alegría de escribir consiste precisamente en buscar ese significado mientras se escribe.. En su discurso del Nobel dijo que llegó un momento en que la ciudad de Estambul que había construido en sus libros le parecía más real que la ciudad en la que vivía. ¿Sigue siendo así?. ¡Por supuesto! Una ciudad conserva no sólo los días, los objetos y los acontecimientos, sino también el lenguaje, las cosas que usamos, las cosas que pensamos y las cosas que tomamos en serio. Después de un tiempo descubres que una ciudad es una ciudad de preocupaciones. Yo llevo 74 años viviendo en Estambul. Cuando vives una vida tan larga en una ciudad, todo está lleno de capas de significado. En ese sentido, se comporta como un museo, conserva nuestra memoria. Puedes estar paseando por una ciudad, estar muy triste, ver una fuente y beber agua. La próxima vez que veas esa fuente, recordarás lo que viviste allí. Ese objeto, ese detalle arquitectónico, esa fuente, actúa como un índice que remite a tu memoria. Estambul pasó de unos 2,5 millones de habitantes en 1952 a unos 16 millones hoy, y yo he visto ese cambio durante una sola vida. Me digo a mí mismo que tengo una experiencia única que nadie más posee. Y además soy escritor, así que puedo contar lo que quiera sobre la ciudad y cualquiera puede leerlo. Lo curioso es que internacionalmente me conocen como el escritor de Estambul, pero cuando publiqué mis primeros libros en Turquía nadie me llamaba así, sino que me llamaban novelista burgués, y para mí Estambul era simplemente el lugar donde vivía.. El Museo de la Inocencia, ese edificio real basado en su novela homónima que inauguró en 2012, lleva a un extremo una idea presente en muchas de sus novelas, la convicción de que una cosa aparentemente insignificante puede contener una vida entera. ¿Por qué un cenicero, un billete, una fotografía o un vestido pueden conservar la memoria?. El museo es una combinación de arte conceptual y literatura. Como hablábamos, quise ser pintor hasta los 22 años y fracasé, pero cuando tuve éxito como escritor pensé: ¿por qué no puedo encontrar una manera de combinar mi deseo por el arte con la literatura? La solución fue crear un museo con objetos de la vida cotidiana de un hombre profundamente enamorado y publicar un catálogo cuyas entradas estuvieran ordenadas de tal manera que el texto pudiera leerse como una novela. Entonces encontré la historia: un hombre se enamora de una mujer, su amor no es completamente correspondido y empieza a coleccionar todo lo que ella toca, todo lo que le recuerda a ella y a su relación. Y esos objetos son objetos cotidianos de Estambul: entradas de cine, autobuses, trenes, comida callejera… son cincuenta años de vida urbana. Escribí la novela pensando en el museo y construí el museo pensando en la novela.. Hay algo casi revolucionario en colocar una cosa humilde en una vitrina y pedir al visitante que la mire como si fuera una obra de arte. ¿Es eso también lo que hace una novela, decirnos que una vida corriente merece ser mirada con la misma atención que una vida extraordinaria?. Desde luego, las buenas novelas muestran cosas ordinarias y las muestran de tal manera, mediante la composición, el collage, la estructura, que empezamos a ver la naturaleza extraordinaria de nuestra vida. Muestran cosas aburridas de una forma que las vuelve interesantes y, al mismo tiempo, hacen que nuestras vidas parezcan interesantes. Los museos son similares a las novelas porque preservan nuestra vida cotidiana, cómo hablamos, cómo comemos, qué ropa llevamos. Aunque es cierto que hoy los museos han cambiado, ya no son simplemente depósitos donde se conservan cosas antiguas. En los últimos veinte años se han convertido también en lugares donde se refleja la identidad de las personas que los rodean y de quienes los crearon. Ahora los grandes debates sobre qué exhibir, qué incluir y qué excluir son también debates sobre nuestra identidad, por eso muchos de los grandes debates políticos que antes ocupaban las portadas de los periódicos tienen lugar ahora en los museos. Y me parece algo estupendo.. Eso introduce una dimensión política interesante en su idea del museo. También usted ha vivido en primera persona esa discusión sobre quién cuenta una historia, desde dónde y con qué tradición. ¿Le interesa el museo precisamente porque permite mirar un mismo objeto desde perspectivas distintas?. Sí, me interesa estar en medio de esas perspectivas. En El Museo de la Inocencia, Kemal roba objetos de la casa de Füsun porque está obsesionado con ella. Y, al mismo tiempo, cuando piensas en los museos construidos por los colonialistas, descubres que también hay una historia de objetos robados, de cosas que fueron llevadas de un lugar a otro y después expuestas como patrimonio. Como habitante de un país que fue imperio y también colonia, me gusta, de nuevo, poder mirar las cosas desde los dos lados. No quiero que el museo tenga una sola interpretación y creo que todos estos debates poscolonialistas son muy enriquecedores e interesantes.. Orhan Pamuk posa en el Museo de la Inocencia que fundó en Estambul.Museo de la Inocencia. «El mundo de mi juventud, en el que las grandes novelas estaban en un pedestal, se ha hecho añicos. No obstante, la humanidad sigue leyendo». Este año se cumplen veinte años de su Premio Nobel. ¿Cómo recuerda hoy todo aquello y qué significa para usted, dos décadas después, haber recibido aquel reconocimiento?. Lo recuerdo con felicidad, claro. Aunque debo decir que, en cierto sentido, el Nobel no fue una sorpresa para mí. Me explico: durante años, desde que tenía cuarenta y algo, los periódicos turcos escribieron cosas como: «Pamuk no lo recibió» o «¿Lo recibirá por fin mañana?». Lo más grave era que quienes hacían esto eran mis enemigos políticos, los mismos que decían que yo era un vendido, que criticaba al Gobierno para ganar el Nobel, que estaba destrozando nuestro país y que ni siquiera me daban el premio. Y así durante mucho tiempo. Yo nunca respondía, nunca hablaba de esto, ni siquiera hablaba de ello con mi esposa en casa. Lo odiábamos, pues todo estaba organizado para dañar mi imagen. Cuando finalmente lo recibí, mi broma fue: «Bueno, gracias. Ahora nadie volverá a preguntarme si voy a ganar el Nobel». Pero, por supuesto, siguieron preguntándome por el galardón, claro. Es como una maldición, aunque bendita maldición.. Y a qué escritores o literaturas le gustaría lanzar esa ‘maldición’?. Por supuesto, no daré nombres. Bueno sí, uno. Javier Marías era un gran escritor al que respetaba muchísimo. Leí Corazón tan blanco dos veces, era maravilloso, y me habría gustado que recibiera el Nobel. Incluso di su nombre al jurado, porque teníamos derecho a proponer nombres. Ahora que ha muerto, lo siento mucho. En cuanto al presente, no me siento capacitado para dar ideas a la Academia Sueca, pero creo que la literatura asiática, la china y la japonesa, deben ser valoradas más a fondo en Occidente.. Tras más de cincuenta años escribiendo novelas, del Nobel, de construir su propio museo y de haber reflexionado tantas veces sobre qué es una novela, ¿qué misterio de la literatura sigue sin comprender? ¿Qué sigue esperando de ella? ¿Qué puede hacer todavía la literatura que ninguna otra cosa pueda hacer?. En primer lugar, la literatura es muy democrática en el sentido de que cualquiera puede plasmar su imaginación con un lapiz y un papel. Eso no ha cambiado y nunca lo hará. En mi juventud a la humanidad le importaban mucho las novelas, las mejores estaban en un pedestal. Y hoy ese mundo se ha hecho añico. No tengo miedo, pero no puedo ver todavía la forma de este nuevo mundo y eso me preocupa un poco. No obstante, la humanidad sigue leyendo. Quizá no esté leyendo en papel, quizá esté leyendo fragmentos cada vez más cortos, pero no quiero generalizar. Siempre decimos que nadie lee novelas largas, pero hay escritores que las escriben y la humanidad las lee. Así que he aprendido a ser optimista. Quizá la saturación de imágenes actual esté cambiando algunas cosas, pero no creo que la cultura y la literatura estén en peligro. En cuanto a mí, la literatura hoy ya no es un trabajo, sino que el puro placer de escribir es lo más importante de mi vida. Si voy a un lugar y olvido uno de estos cuadernos -coge una libreta al azar, llena de garabatos y notas-, entonces no soy yo mismo. No sé, simplemente disfruto del proceso como hace más de cincuenta años. Y espero que eso nunca me abandone.
Literatura // elmundo
