«Carlos Saiz, el director de Lionel, recuerda que la única señal que proporcionó fue decir adiós, lo que llevó a una de las escenas finales de la película donde los personajes discuten asuntos previamente incómodos o violentos». «Me sentí como liberado de una curación, y comencé a llorar hasta tal punto que tuve que alejarme porque me avergonzaba de que los demás del equipo me vieran en este estado. Sin embargo, casi todos derramaron lágrimas en ese momento», agrega. Lionel, que se lanzó el 11 de septiembre, narra la historia de Lionel Corral, de poco más de 50 años, y su hijo Lionel Corral, de aproximadamente 25 años. El dúo, distanciado durante muchos años, protagoniza como ellos mismos mientras se embarca en un viaje de Murcia a Francia y finalmente regresa a Murcia. El viaje se realizó en un Peugeot desgastado y fue filmado durante su expedición real. Para más información, consulte los recursos adicionales.
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“La única indicación que les había dado era que se despidieran, y entonces pasó eso”, recuerda Carlos Saiz, director de Lionel,sobre una de las escenas finales de su película, en la que los protagonistas son capaces de hablar de cuestiones que hasta el momento solo habían provocado incomodidad o violencia. “Fue como una catarsis terapéutica y me puse a llorar tanto que tuve que dar la vuelta a la manzana porque me daba vergüenza que el resto del equipo me viera así, pero casi todos lloramos en ese momento”, continúa. Lionel, estrenada el 11 de septiembre,narra la historia de Lionel Corral (algo más de 50 años) y Lionel Corral (unos 25), un padre y un hijo distanciados desde hace años que se interpretan a sí mismos mientras completan un viaje (de Murcia a Francia y de vuelta a Murcia en un Peugeot destartalado) que realmente hicieron durante el rodaje.
En El ser querido, la última película del director Rodrigo Sorogoyen y la guionista Isabel Peña, padre (Javier Bardem) e hija (Victoria Luengo) también viajan juntos, en este caso porque el primero, un reconocido director, la contrata a ella para que forme parte del reparto del drama histórico que está preparando. Aunque aquí todo es ficción, la trama es parecida: hace más de 13 años que no se ven y quien ha sido un padre ausente y disfuncional ahora quiere reconstruir la relación con su hija mientras ella, legítimamente, se resiste.
No es casualidad que estos dos títulos coincidan en las salas. Hace años los padres negligentes solían quedar fuera de plano en la ficción, acaso como una ausencia o como una elipsis que permitía explicar algún comportamiento de los personajes. Sin embargo, ahora aparecen, se les confronta y los focos iluminan el dolor que provocaron. Se trata de un tabú que también la literatura ha roto y, si libros como Las hijas horribles(2023), de Blanca Lacasa, siguen la estela de Vivian Gornick, cuestionando los vínculos con la madre, obras como Material de construcción(2023)de Eider Rodríguez o Mi padre alemán (2023) de Ricardo Dudda, hacen lo propio con la figura paterna. Parece que las fronteras de la ficción se han ampliado y por fin recogen experiencias –a veces una reconciliación, a veces un conflicto, siempre una búsqueda– que también son cada vez más habituales en la realidad.
De la elipsis a la confrontación
Si bien es imposible hallar algo en común en todos los padres que, en algún momento, se alejaron de sus hijos (“hay tantas historias como personas”), Isabel Peña cree que todos los hijos abandonados tienen algo en común: “El abandono en la infancia o adolescencia deja una herida, y estamos hablando de la etapa de la vida en la que construimos nuestra imagen del mundo y del lugar que ocupamos en él. Esa herida puede tener secuelas muy diversas, pero está ahí”, explica a ICON.
Cuando los hijos ya son adultos y deciden enfrentarse a esa herida, otro de los sentimientos que suele aflorar es el de cierta vergüenza o vergüenza ajena al observar comportamientos que hasta el momento la distancia había permitido ignorar u olvidar. En el caso de Lionel, el padre no respeta algunas normas cívicas y provoca altercados, mientras que en El ser querido es un jefe despótico que maltrata a sus subordinados. “Esa vergüenza ajena no se pierde, pero hay que confrontarla y asumirla”, explica Ricardo Dudda. “En mi caso, tenía un padre muy carismático y ahora mismo un padre anciano que tiene sus manías y uno tiene que asumir que no va a cambiarle. Tienes que aceptar que hay cosas que no puedes cambiar”, continúa el autor.
Quien más profundiza en ese sentimiento es Eider Rodríguez, que ya al inicio de Material de construcción anuncia que le da vergüenza escribir sobre su progenitor, pero enseguida cita a Karl Marx, quien consideraba que la vergüenza es rabia replegada sobre sí misma con mucho potencial revolucionario. “La rabia tiene muy mala prensa, pero es una herramienta muy poderosa porque se puede convertir en muchas cosas”, confirma a ICON la escritora. Rodríguez, que ahondó en el alcoholismo de su padre, también recuerda la escritura de su libro casi como un viaje, puesto que llegó a un lugar inesperado: “Yo pensaba que no quería a mi padre y luego, después de escribir el libro, me di cuenta de que sí, y no poco. Pero mi punto de partida era: yo a este hombre no le quiero y quiero que se muera. Poder sentir eso en libertad es muy sanador. Es un sentimiento que a veces se quedará ahí, a veces empeorará y a veces mejorará. Pero el contacto con la verdad, por dura que sea, o con la realidad, sin negarla y aunque solo sea un destello, es maravilloso”.
Lionel tiene forma de road movie, así que, en su caso, el recorrido de padre e hijo no es ninguna metáfora, sino que fue, además de un recurso narrativo, una estrategia de Saiz para precipitar los acontecimientos: “Aproveché que el coche es un espacio pequeño que te obliga a la conversación. Todo esto no hubiera sido igual si hubiéramos rodado en un sitio donde hubieran podido largarse cada vez que les apeteciera. En un coche en marcha o en una gasolinera francesa no les resultaba tan fácil”, explica el director, que durante todo el proceso asistió a emociones reales. “Con el proyecto, que ha durado casi ocho años, empiezan a volver a conectar, pero es cuando pasan seis semanas juntos y realmente conviven cuando aparece todo: vergüenza, rabia, odio en algunos casos… y también alegría y felicidad cuando el padre hace el tonto. Creo que fueron días muy importantes para que Lionel pudiera comenzar a entender a su padre”.
Un proceso doloroso ¿e injusto?
“Me da mucha rabia cuando veo relaciones paternofiliales en las que el padre ha sido cruel y ya en su lecho de muerte hace una llamada diciendo que le gustaría charlar”, comenta Rodríguez. Y es que todo el que ha pasado por un proceso así coincide: las heridas de infancia son demasiado profundas como para que puedan cerrarse del todo. “Es un debate irreconciliable”, confirma Dudda. “Siempre vas a tener una tensión entre el resentimiento y la culpa o entre la sensación de que te fallaron, pero al mismo tiempo tú tienes que estar para ellos”, continúa el autor de Mi padre alemán.
El ser querido termina con algo que no puede considerarse una reconciliación, sino que, en palabras de Peña, su guionista, sería “un paso previo o un balance entre dos adultos” porque “la niña abandonada se ha hecho mayor y ha tomado las riendas”. Con todo, este tipo de situaciones parten de una injusticia que no se puede soslayar: cuando es el padre el que decide acercarse su impulso suele ser más narcisista que reparador. “Si me pongo en la piel de una hija que está en esta circunstancia sí me parece injusto y si me pongo en la piel de un padre, ese poso egoísta sigue ahí, pero también puedo entenderlo sin justificarlo. El miedo a la soledad y a la intemperie, a la crueldad de la enfermedad…”, continúa Peña.

El feminismo, que señala el papel no remunerado ni reconocido de las mujeres en los cuidados, también de sus progenitores, ha tenido mucho que ver con toda esta conversación. Tal y como ha comprobado Peña, muchas mujeres se enfrentan de nuevo a los traumas que produjo un padre ausente cuando se ven abocadas a acompañarlo durante su vejez: “Hemos hecho muchos coloquios en salas y después de prácticamente todas las proyecciones se acercaba una espectadora, siempre mujer, y me decía cuánto la había atravesado la película porque ella había tenido un padre ausente”.
Entonces, ¿hay algo que se pueda hacer? ¿Existe alguna lección común que extraer de todas estas obras? No es ese el papel de la ficción, aunque pueda ayudarnos: “En la vida real, creo que lo máximo que uno puede hacer es enfrentarse a estas cuestiones, a lo que una siente hacia su padre sin resistencias. Más que aceptar, creo que podemos quitar todos los prejuicios que tenemos acerca de qué se puede o qué se debe sentir hacia un padre o una madre, eliminar barreras y dejar que afloren los sentimientos de verdad. La verdad ilumina, aunque muestre algo muy oscuro”, responde Rodríguez. Por otro lado, para lo que sí que están sirviendo estos libros y películas es para ensanchar los debates y para abrir conversaciones donde había silencios incómodos y dolorosos: “Es tal la presión por tener que querer a los padres y madres que casi nadie quería deconstruir eso. Y creo que apenas se ha hablado de estas relaciones cuando son muy tóxicas porque hay cosas que todavía no se pueden decir. La ficción siempre ayuda a ensanchar esos límites, retroalimentándose de la realidad. Mover los límites de lo que se puede decir es al final ampliar lo que se puede sentir”, concluye la escritora.
Es un lugar común: la narrativa española es, desde el Siglo de Oro, fundamentalmente realista en su estilo, pero apenas recoge historias reales. Esa resistencia a hablar de uno mismo o de personas que existen o existieron suele explicarse como un remilgo pudoroso que ha dificultado la publicación de memorias, diarios o biografías, pero parece que se está quebrando. En los últimos años, son muchos los libros y las películas que hablan de la relación del autor con su padre o con su madre. Y Cat Stevens, que lanzó en 1970 su sencillo Father & Son,tenía razón: es siempre la misma vieja historia, aunque con los años va evolucionando y aparecen nuevos ángulos desde los que afrontarla.
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