Una nueva edición crítica de Tierras solares reivindica la faceta periodística del poeta a partir de las crónicas de su viaje a España en 1903 Leer
Una nueva edición crítica de Tierras solares reivindica la faceta periodística del poeta a partir de las crónicas de su viaje a España en 1903 Leer
Hay un Rubén Darío que solemos olvidar detrás del gigante del modernismo, del autor de Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza. Es el Rubén Darío periodista. Y no un redactor ocasional o de circunstancias, sino un profesional de la crónica. Un corresponsal capaz de convertir el viaje, la actualidad, el paisaje y la observación de la vida cotidiana en literatura de primer orden. Tierras solares (Ediciones Evohé) permite reencontrarse con un cronista que mira el mundo con los ojos del reportero y lo cuenta con la cadencia del poeta en una nueva edición crítica abordada con rigor filológico por los editores Francisco Estévez y Juan Pascual Gay,. Darío viajó a España a finales de 1903. Venía de París y no atravesaba precisamente su mejor momento físico. Buscaba sol, descanso y salud. Pero encontró algo más: una España que se convirtió en materia literaria. «El libro entonces deja de ser una simple recopilación de crónicas viajeras -afirman los editores en una introducción en la que reflexionan sobre el sentido de abordar a un clásico- para convertirse en el documento de su crisis interior: agotamiento parisino, enfermedad (una neurastenia, tal como confiesa el propio autor a Juan Ramón Jiménez), melancolía finisecular, decepción ante ciertos ambientes literarios franceses y búsqueda de regeneración espiritual en Andalucía».. Las crónicas del escritor nicaragüense aparecieron originalmente en el periódico La Nación, de Buenos Aires, entre enero y mayo de 1904. Después se incorporaron las piezas correspondientes a De tierras solares a tierras de bruma, que incluye los textos de un viaje europeo posterior por Bélgica, Alemania, Austria y Hungría. Tal como se explica en el extraordinario aparato de notas culturales, históricas y literarias que acompaña a esta edición, en estas páginas emerge un Darío «documentado, capaz de dialogar con la tradición clásica, el orientalismo europeo, la política española posterior al 98 y los imaginarios culturales del Mediterráneo».. El poeta comienza el viaje por España en Barcelona, «tierra buena», más universalizada más que europeizada: «Salí en busca de sol y salud, y aquí, desde que he llegado, he visto la luz alegre y sana del sol español, un cielo sin las tristezas parisienses». Pero en la capital catalana no se limita a pasear por las Ramblas y el Paseo de Gracia. Flirtea con el comentario político y, después de regalar elogios a figuras de la Restauración como Cánovas del Castillo o Emilio Castelar, subraya la inclinación nacionalista de los catalanes. «Ni Barcelona ni Bilbao», escribió, «han mirado nunca con buen mirar a la cortesana cigarra de Castilla». Y se pregunta: «¿Existe el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho contra el resto de España? Yo no lo creo ni lo noto ahora».. El periplo por Andalucía ocupa un lugar central en su tránsito por el territorio español. Especialmente, Málaga, «la dulce, la Bella, de dónde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración». Consigna que la ciudad, toda ella, es de los marqueses de Larios: la propiedad, la influencia política, están en poder de ese apellido. Escribe: «Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los antiguos cartagineses, que deslumbró a los navegantes fenicios, que atrajo a los brumosos vándalos, que admiró a los romanos, pero que, sobre todo, fue la delicia de los africanos de ojos y sangre solares; él es más que todo el donador de gracia y amor en esta tierra».. Va buscando el tipismo, pero se encuentra con un turismo incipiente que ya empezaba a magrear el paisaje. «Los extranjeros que llegamos en la hora actual a España sufrimos ciertamente desengaños. Hemos llegado tarde. El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su nivelación no va dejando carácter local ni originalidad en ninguna parte».. De la capital malagueña pasa a Granada, viejo paraíso moro al que llega en ferrocarril tras atravesar «inmensas rocas tajadas». En la ciudad de Boabdil, solo en la Alhambra y el Generalife, además de complacerse en movimientos de «gitanas que bailaban maravillosamente» y otear «el soberbio paisaje que presenta Granada y si vega Deliciosa» (así, en mayúscula), se dispone a crear un «Carmen», que en Granada significa canción o verso, pero también casa rústica de altas tapias con huerto y jardín de origen nazarí.. En Sevilla, «espléndido campo de azur», no queda deslumbrado por el pintoresquismo de la Semana Santa y la feria sino por su alma, «que habla en la soledad silenciosa; así el alma triste de toda la vieja España». En la «ilustre y secular» Córdoba emerge, en la soledad y estrechez de sus callejas, un «ambiente de antigüedad» propio de una ciudad que fue goda y luego árabe, y que «los islamitas elevaron a su más alta potencia «.. «¿Existe el catalanismo? ¿Existe odio contra el resto de España? Yo no lo creo ni lo noto ahora». Rubén Darío, en. Tierras solares. Antes de recalar en Tánger, «ciudad blanca, muy blanca», confiesa que en Algeciras se siente «ya no completamente en España». En Gibraltar observa el Peñón como «el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la guerra», desafiante sobre España, pero también sobre África. Y ahora que se ha abierto la Verja es curioso volver a las palabras del poeta nicaragüense que ya hace más de un siglo consignó que «la soberanía española en aquella región es pura ficción». Se refería al Campo de Gibraltar y todo el territorio hasta Tarifa. «Allí no se hace nada sin anuencia de los ingleses». El viaje por el sur de Europa lo completa en Venecia («siempre estoy enamorado de ella, pero ahora haría un matrimonio de conveniencia») y, a orillas del Arno, acaba saturado de «italianidad y de florentinismo» en Florencia.. Italia delimita el paso de Rubén Darío de tierras solares a tierras brumas, al norte de Europa. Atraviesa la campiña verde de Waterloo, surca las aguas del Rin, se detiene en Fráncfort («ciudad seca, triste, honrada, judía»), Hamburgo («alegre y trabajadora») y, al fin, Berlín, donde queda embriagado por la huella medieval de Guillermo II y por la sucesión de cuarteles, museos, estatuas y cervecerías que encuentra en la capital germana. De ahí salta a Viena, «una hermana de París con los ojos más azules de tanto mirarse al Danubio» al ritmo de un vals de Strauss, y a Budapest, «dos ciudades gemelas unidas por los magníficos puentes».. La edición de Estévez y de Gay -ambos ya coordinaron, junto a Ricardo de la Fuente, la edición crítica de toda la poesía completa de Darío publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2018- demuestra, mediante cartas, referencias hemerográficas y contextualización histórica, que el viaje andaluz no fue un mero desplazamiento turístico, sino «una operación estética y espiritual». El escritor no actúa como un turista que observa desde un pedestal. Mira como un periodista. Anota, compara, pregunta, describe. Se fija en los edificios, los cafés, los hoteles, los ferrocarriles, las calles, los tipos humanos, las fiestas, las costumbres, las comidas, los paisajes y hasta en la circulación de los periódicos. El cronista recoge información y el poeta la transforma en memoria y reflexión, atravesadas por la sensibilidad de «una de las grandes prosas culturales de la modernidad hispánica».. Según los editores, Tierras solares no puede considerarse una obra «marginal» dentro del universo dariano, sino «uno de los libros fundamentales para comprender la transición del modernismo ornamental hacia una conciencia cultural, histórica y civilizatoria mucho más compleja de lo que suele admitir la caricatura escolar del poeta de cisnes y princesas». A caballo entre la crónica de viaje, el ensayo y la prosa poética, es una pieza esencial para comprender la madurez de su escritura. Rubén Darío demuestra en estas páginas, en las que mezcla la memoria con el paisaje, que el periodismo puede ser literatura sin dejar de ser periodismo.
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