La última vez que Susanna Griso habló con José Luis Rodríguez Zapatero fue para preguntarle por el asunto de las joyas. Y hasta ahí. Se acabaron las conversaciones. No el cariño, no el aprecio, no la relación de tantos años, pero sí las conversaciones. O, al menos, eso fue lo que contó anoche la presentadora de Espejo Público en El Hormiguero. Y mira que Pablo Motos consiguió que su invitada hablara de su boda, de los 25 que llegaron a dormir en su casa, de cómo se desmayó en pleno informativo, de la campaña electoral y hasta de lo imposible que es encontrar un piso de alquiler en Barcelona. Pero cuando apareció el nombre de Zapatero, la entrevista dejó de ser una conversación entre compañeros de cadena para convertirse en algo más.
La presentadora de Espejo Público se sincera en El Hormiguero sobre su relación con el expresidente, cuestiona la convocatoria de la huelga general y descubre su cara más desconocida en una noche de confesiones, política y situaciones disparatadas
La última vez que Susanna Griso habló con José Luis Rodríguez Zapatero fue para preguntarle por el asunto de las joyas. Y hasta ahí. Se acabaron las conversaciones. No el cariño, no el aprecio, no la relación de tantos años, pero sí las conversaciones. O, al menos, eso fue lo que contó anoche la presentadora de Espejo Público en El Hormiguero. Y mira que Pablo Motos consiguió que su invitada hablara de su boda, de los 25 que llegaron a dormir en su casa, de cómo se desmayó en pleno informativo, de la campaña electoral y hasta de lo imposible que es encontrar un piso de alquiler en Barcelona. Pero cuando apareció el nombre de Zapatero, la entrevista dejó de ser una conversación entre compañeros de cadena para convertirse en algo más.
Porque una cosa es sentarse cada mañana delante de las cámaras y analizar, preguntar, cuestionar, criticar o escuchar las explicaciones de los políticos, y otra muy distinta es reconocer públicamente que alguien a quien has defendido durante años tiene que dar unas explicaciones que todavía no ha dado. Y Susanna Griso lo hizo. Sin grandes aspavientos, sin necesidad de levantar la voz, sin renunciar al cariño. Quizá por eso resultó todavía más contundente.
«Le tengo mucho aprecio, en presente», comenzó aclarando cuando Pablo Motos le preguntó por su relación con el expresidente y por los asuntos de las joyas y el rescate de Plus Ultra. La precisión del tiempo verbal no era casual. No hablaba de una amistad enterrada ni de un afecto que hubiera desaparecido. Pero inmediatamente después llegó lo importante: «Con las joyas le pregunté y fue la última vez que hablamos».
Griso reconoció que, cuando comenzaron a aparecer las informaciones, su primera reacción fue pensar que se trataba de una campaña de desprestigio sin fundamento. «Le he defendido mucho, pero esa parte merece una explicación que todavía no nos han dado», admitió. Y añadió que también había sido muy crítica con el rescate de Plus Ultra porque consideraba que había cuestiones que no se estaban contando. «Ahora ya hemos atado cabos», aseguró.
No es poca cosa escuchar a una periodista reconocer que su confianza personal no puede sustituir las respuestas que exige su profesión. Y mucho menos cuando lo hace en un programa de entretenimiento en el que, unos minutos antes, estaba contando que se había quedado encerrada en un cuarto de baño a 30 segundos de presentar un informativo.
Esa fue precisamente una de las virtudes de la visita de Susanna Griso a El Hormiguero: la facilidad con la que Pablo Motos fue saltando de la política a la vida privada, de las anécdotas televisivas a los asuntos más incómodos y de la seriedad al disparate. Y, sobre todo, cómo la invitada entró en todos los terrenos sin demasiados problemas.
Porque Griso lleva 21 años levantándose cuando buena parte de España todavía está durmiendo para ponerse al frente de Espejo Público. 21 años que dan para mucho. Para madrugar, para entrevistar a presidentes, para soportar campañas electorales, para asistir a polémicas imposibles y para perderse una buena parte de la vida nocturna. Lo confesó con una sinceridad deliciosa: debería acostarse a las 10, pero muchos días se le hacen las 11 porque le da rabia irse a dormir. Siente que se pierde la vida. Los estrenos, las cenas, el teatro, el cine… Todo eso que ocurre cuando ella ya debería estar pensando en el despertador del día siguiente.
Por suerte, los sábados se desquita. El anterior, sin ir más lejos, acabó en un karaoke. Quién iba a decir que detrás de la periodista que cada mañana pone contra las cuerdas a políticos y tertulianos se escondía alguien que se resiste a acostarse porque no quiere perderse la fiesta.
Aunque las mejores anécdotas llegaron cuando Motos le preguntó por los imprevistos de su carrera. Resulta que Susanna Griso se desmayó una vez en pleno informativo y los espectadores ni se enteraron. Estaba embarazada, no había comido, tenía la tensión baja y consiguió aguantar hasta dar paso a la siguiente sección. Entonces se desplomó sobre la mesa. Sus compañeros tuvieron que sacarla en volandas antes de que las cámaras volvieran a mostrarla. «Fue un desmayo como muy cinematográfico», recordó.
Y si aquello parece una escena de película, lo de quedarse encerrada en el baño treinta segundos antes de empezar un informativo podría haber sido perfectamente una secuencia de Camera Café. Griso aporreando la puerta, nadie escuchándola, el reloj corriendo y el informativo a punto de comenzar sin presentadora. Consiguieron sacarla por los pelos y salió a presentar con taquicardia. La televisión en directo tiene estas cosas: por fuera, todo bajo control; por dentro, el apocalipsis.
Pero Pablo Motos no había invitado a una de las periodistas más conocidas de España únicamente para recordar sus peripecias. Con unas elecciones generales en el horizonte, la conversación terminó inevitablemente en la política.
«Creo que vamos a ver cosas que no hemos visto nunca», advirtió Griso sobre una campaña que considera cada vez más emocional y menos racional. Habló de las encuestas, de los posibles escenarios posteriores a las elecciones y de cómo los gestos, las imágenes y las emociones pueden acabar pesando tanto como los argumentos. También señaló que Pedro Sánchez podría estar pensando ya en el día después de los comicios y en su eventual papel en la oposición.
Y entonces llegó otro de los momentos de la noche: su crítica a la huelga general convocada para el 11 de noviembre. Griso no cuestionó el derecho de los sindicatos a convocarla ni los motivos de descontento de los trabajadores. Todo lo contrario. Reconoció que los salarios son bajos y que existen razones para protestar. Lo que puso en cuestión fue el momento elegido.
«Es indudable que aquí hay oportunismo político», afirmó, recordando que la convocatoria se produce a las puertas de la campaña electoral. Y remató su argumento con una frase bastante gráfica: «Lo sorprendente es que lo hagan en el último minuto del partido».
Su valoración sobre el calendario sindical fue tajante, aunque las razones que explican una convocatoria de huelga no tienen por qué agotarse en su proximidad a unas elecciones. En cualquier caso, Griso dejó clara su posición. Y Motos, que tampoco suele esconder sus opiniones cuando se habla de política, encontró ahí uno de los terrenos más propicios de la entrevista.
Más sorprendente fue escuchar a la presentadora contar que lleva tiempo intentando alquilar una vivienda en Barcelona y que todavía no lo ha conseguido. Ni siquiera ella, con una nómina estable y una situación económica que difícilmente puede compararse con la de la mayoría de los ciudadanos, ha logrado encontrar el piso que busca.
«Es como un casting», explicó. O conoces a alguien que te coloque el primero de la lista o conseguir una vivienda se convierte en una misión casi imposible. Y tuvo la lucidez de poner su propia experiencia en perspectiva: si ella encuentra tantas dificultades, qué no tendrá que sufrir una persona sin nómina o un inmigrante. Una reflexión bastante más reveladora que muchas de las discusiones interminables que se producen cada mañana en las tertulias.
También hubo tiempo para recordar su tenso enfrentamiento televisivo con Montse Mínguez, portavoz del PSOE, cuando salió a la luz la información sobre las propiedades inmobiliarias de la pareja de la política. Griso criticó las explicaciones que recibió y la distinción que, según su relato, hizo la dirigente entre unos grandes tenedores y otros. La entrevista terminó abruptamente, con Mínguez desconectándose. Una de esas situaciones en las que la televisión en directo vuelve a demostrar que ningún guion puede competir con la realidad.
Y todavía quedaba la otra Susanna Griso. La recién casada. La que tuvo que explicar por qué su marido, Luis, apareció en la boda con una guayabera coral que terminó robándole parte del protagonismo a la novia. La que organizó una celebración con un código de vestimenta playero, bohemio y relajado que, lejos de facilitar las cosas, acabó provocando un aluvión de llamadas de invitados que no sabían cómo demonios había que vestirse. La que este verano reunió a hijos, parejas y amigos hasta sumar 25 personas durmiendo en casa, repartidas entre habitaciones y sofás.
Y la que acabó participando en una de las ocurrencias de Esperansa Grasia, que la convirtió en actriz de una representación improvisada con un abrebocas de dentista que impedía juntar los labios. Una escena absolutamente disparatada, con carcajadas y dificultades para articular palabra, que terminó por dinamitar cualquier resto de solemnidad.
Eso también es El Hormiguero. Conseguir que alguien acostumbrado a controlar cada mañana una mesa llena de tertulianos termine haciendo el ridículo voluntariamente y, además, pasándoselo bien.
Sin embargo, de todo lo que contó Susanna Griso anoche, de los desmayos a las guayaberas, de los pisos imposibles a las campañas electorales, hubo una frase que se quedó flotando por encima de las demás: «Le he defendido mucho, pero esa parte merece una explicación que todavía no nos han dado».
Porque después de 21 años de mañanas, entrevistas, políticos, polémicas y miles de horas de televisión, lo más interesante que puede hacer una periodista no es demostrar cuánto sabe de alguien, sino reconocer que todavía hay preguntas para las que no tiene respuesta.
Y anoche Susanna Griso dejó una de ellas encima de la mesa de Pablo Motos. Sin necesidad de desmayarse esta vez.
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