Qué injusto, este ritmo: sin piedad contra el tiempo y el esfuerzo, contra los sacrificios. Si no funciona en el plazo de consumo, crece una pelusilla blanca en la cubierta, huele a rancio, se desecha Leer
Qué injusto, este ritmo: sin piedad contra el tiempo y el esfuerzo, contra los sacrificios. Si no funciona en el plazo de consumo, crece una pelusilla blanca en la cubierta, huele a rancio, se desecha Leer
Ahí, en una de las baldas centrales del frigorífico, donde internet recomienda conservar los embutidos y los lácteos, más cerca del estante para la carne y el pescado que del que se destina a las fiambreras con las sobras: desde ahí me contemplaba el tarro de kéfir de marca blanca que compré en el supermercado. Desde ahí me contemplaba, sucedía la atención del bote hacia el ser, contraria al sentido de la lógica, 500 gramos de sabor suave acechándome cada vez que abría la nevera para rellenar el vaso de agua; primero, el envase en el borde para tenerlo a mano, y luego, arrinconado conforme salían y entraban las barquetas de jamón, los paquetes de huevos.. El kéfir resistía, disponible para espolvorearle las semillas de chía y de lino molido que indicaban las recetas. Me habían convencido aquellas muchachas con sus vídeos de un minuto, la calma suficiente para hidratar su pelo lacio, larguísimo, también para disimular el sabor del kéfir con canela o mantequilla de cacahuete: me llenaría el intestino de bacterias, fortalecería mi sistema inmunológico y sanaría mi digestión.. Lo aseguraba una de ellas mientras apretaba el dispensador de miel, una capa fina de ámbar sobre la crema blanca, y luego la aplicación me sugirió un tutorial de otra, distinto pero igual, el micrófono de solapa como se utilizaría el de mano, cambio de plano a cada frase, subtitulado fluorescente: trocear plátano y kiwi, añadir pistachos, utilizar el kéfir para preparar tortitas -perdí la cuenta de los ingredientes- o unas gachas de avena que debían reposar toda la noche. Me ganó la pereza, la tradición ancestral de complicarse lo justo: antes de mí, antes que todos antes de mí y antes de sí mismos, un Homo antecessor en la punta de la raíz de mi árbol genealógico sintió gusa y mordió a uno que pasaba por ahí.. Por el día me atormenta el tarro en la nevera y, por la noche, las promesas de que medio bol de kéfir con arándanos y nueces y chocolate en polvo transformará mi vida. En la pestaña de sugerencias de la aplicación con la que me entretengo antes de dormir, las miniaturas se confunden con las de los vídeos en los que se recomiendan libros: similares la vehemencia y la escenografía, el mismo cuenco de IKEA en unos casos, la misma cubierta en otros. Los miro con curiosidad, para aprender, por si se me escapa alguna lectura interesante o por si alguien me convenciera de recuperar otra que hubiera descartado. Nunca se sabe.. El algoritmo -kéfir, libros, consejos de organización- me ayuda a fijarme en que un libro se repite durante 15 ó 20 días: se repiten también el saludo y la presentación, «como muchas compañeras», y a continuación, la sinopsis, algunas opiniones; con el final del plazo de consumo, ese libro se extingue y se renueva por otro, que se repite durante 15 ó 20 días, etcétera. «Llego tarde», se excusa otra lectora mostrando uno que se publicó la semana anterior; en mayo ya no existe lo de marzo. Ha caducado como caducan el bote de kéfir, las barquetas de jamón serrano o los paquetes de huevos, como caducan los libros en las mesas de novedades -si, con suerte, los seleccionan y no se coloca un ejemplar en la estantería-, en las páginas de suplementos como este, entre las prioridades del sello que los editó.. La comparación surge ya tarde, al borde del sueño: quizá de ahí el pesimismo. A la mañana siguiente -un vaso de leche y la fruta que recomendaban cortar, sin cortar- busco algo más sobre el libro que toca recomendar en esas semanas: ojeo las primeras páginas para hacerme una idea del lenguaje, una entrevista con la autora sobre lo que pretendía. Pienso que sí, que igual en otro momento, y lo dejo reposando entre varias recomendaciones sobre usos de la piedra blanca y el vinagre de limpieza, entre las tareas que me toca afrontar.. Mientras escribo me levanto un par de veces para picotear algo, para apagar la sed; el bote de kéfir me recuerda todos los augurios y todos los fantasmas. Al volver a la mesa de trabajo, en la pila de lecturas, me contempla el libro de cuatro o seis semanas atrás en todos los vídeos de antes de dormir, al que sustituyó otro, al que sustituyó el de ahora. Lo había comprado igual que compré el kéfir: en la librería encargué otro que necesitaba, un ensayo para afinar un proceso de documentación, y cuando pagaba la distinguí cerca de la caja, aquella cubierta que tanto me sonaba; recordé que un par de comentarios me habían despertado el interés, avisé a mi librero que ese también me lo llevaba, ya en casa lo dejé en el montón de los pendientes, varios encima, con suerte este verano le echaré un ojo, quizá no sea para tanto, igual -me consuelo- que unas cucharadas de kéfir no me solucionarán la macrobiota ni el déficit de calcio.. Qué injusto, este ritmo: sin piedad contra el tiempo y el esfuerzo, contra los sacrificios -todos los noes que sustentan un libro-, rendido al azar para escaparse de los albaranes de devolución; si no funciona, si no funciona en el plazo de consumo, crece una pelusilla blanca en la cubierta, huele a rancio, se desecha.
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