Finalista del National Book Award por Centroeuropa, el escritor publica Nosotras, una obra que dinamita las convenciones del mundo literario y reivindica la ficción como espacio de imaginación y pensamiento. «Pedir verdad a una novela empobrece la sociedad» Leer
Finalista del National Book Award por Centroeuropa, el escritor publica Nosotras, una obra que dinamita las convenciones del mundo literario y reivindica la ficción como espacio de imaginación y pensamiento. «Pedir verdad a una novela empobrece la sociedad» Leer
Hace tres semanas Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) amaneció con la sorpresa de que uno de sus libros puede viajar mucho más lejos de lo que imaginaba. Centroeuropa, publicada originalmente en 2020, ha llegado a la lista corta de finalistas del National Book Award de Literatura Traducida, uno de los reconocimientos más importantes del panorama literario estadounidense, compartiendo candidatura con autores como el noruego Karl Ove Knausgård o el senegalés y Premio Goncourt Mohamed Mbougar Sarr. La noticia le produjo, cuenta, una ilusión que no disimula, aunque tampoco parece dispuesto a confundirla con un juicio definitivo sobre su obra. «Para mí lo importante es hacer buenos libros; luego los libros se harán su camino o no». Y añade una observación reveladora sobre las jerarquías literarias: «Lo que no entiendo es por qué no ha pasado con Circular 22, que a mi juicio es muchísimo mejor. Centroeuropa es una novela innovadora, pero un poco más reconocible; Circular 22 es un libro mucho más ambicioso, más redondo», sostiene.. La distancia con la lógica de los premios no significa indiferencia hacia los lectores, sino una manera de preservar la autonomía del escritor frente a las categorías que ordenan el mercado. Mora lleva años transitando entre la poesía, la narrativa, el ensayo y la crítica, interesado tanto por las posibilidades de la escritura como por los dispositivos que condicionan nuestra manera de leer. De hecho, mientras Centroeuropa sigue su recorrido, Mora lleva esa inclinación a un terreno especialmente divertido y corrosivo en su nuevo libro, Nosotras (Galaxia Gutenberg), una novela de libertad radical y humor ácido que retrata el ecosistema literario, sus vanidades, sus miserias y sus mecanismos de promoción. Pero sería un error reducirla a una sátira del mundillo editorial, pues bajo la superficie cómica, el libro despliega una reflexión sobre la manipulación, el poder de los relatos, el peso de la identidad y la capacidad de la ficción para desbaratar nuestras certezas.. En el centro está Coral P. Mengual, una joven escritora provocadora, incómoda y poco dispuesta a facilitarle las cosas a quienes la rodean que vive su primer Sant Jordi tras publicar una novela cáustica sobre la familia. A su alrededor aparecen editores, agentes, periodistas y otros habitantes de la industria cultural, un repertorio de personajes en el que resulta difícil encontrar a alguien completamente a salvo de la caricatura. Mora observa sus inseguridades, sus celos y su necesidad de reconocimiento, pero el retrato del sector no es el único propósito del libro. «Para mí es una costumbre considerar la novela como un espacio no sólo de libertad, sino de libertinaje estético, formal y semántico. Siempre me atrae defraudar las expectativas del lector, jugar con lo que espera de un libro y crear estructuras que desafíen esa facilidad con la que nos sometemos a los relatos ajenos».. La ficción, sostiene Mora, permite poner a prueba esa disposición a dejarse llevar. «Todos tenemos esa capacidad de ser manipulados, pero se acrecienta cuando el discurso ajeno viene envuelto por el celofán de la ficción. Bajamos las alarmas, desconectamos las alertas y nos dejamos envolver por la ficción ajena. Me gusta aprovechar la novela para mostrarle al lector hasta qué punto se deja manipular por los relatos. Considero que esa es una de las grandes posibilidades de la ficción, despertarnos un poco de ese sueño dogmático en el que vivimos y de esa facilidad para que nos engatusen las narraciones».. En Nosotras, condensada en unas frenéticas 24 horas, el mundo literario se deforma, exagera sus gestos y exhibe sus miserias, pero Mora prefiere que el lector entre en él antes que contemplarlo desde una distancia segura. Le interesa, sobre todo, que se vea arrastrado a ese mundo y termine reconociéndose en él. «La mirada ensayística suele ser una mirada en tercera persona, en la que uno queda a salvo de lo que está escribiendo. A veces la crítica acaba convertida en una especie de panfleto, y eso no me interesa demasiado», explica. «Lo que me permite la ficción es encarnarme en alguien y que los lectores se sientan parte de ese mundo representado en las novelas. En este caso, hacerte sentir escritora durante el tiempo de lectura».. La primera página de Nosotras advierte de que todo lo que sigue es ficción. La aclaración no es casual. «Vivimos en una sociedad atravesada por el fake, por las noticias falsas, por la imposibilidad de distinguir vídeos reales de vídeos hechos con inteligencia artificial. Vivimos en una especie de mentira absoluta y, sin embargo, llegamos a la novela, que era el territorio habitual de la ficción y de la mentira controlada, y ahí pedimos veracidad. Me parece una inversión de términos en la que todos hemos salido perdiendo». Mora quiere recuperar el derecho a imaginar sin que cada personaje o editorial se convierta en una adivinanza sobre personas reales. «La gente lee la novela intentando buscar parecidos: que si este escritor puede ser tal, que si esta editorial es esta otra; pero eso no es lo interesante, porque puede ser casi cualquiera. No se trata de estereotipos ni de personas concretas. Reivindico la libertad de la novela para poder hablar sin tener que buscar siempre la realidad detrás de cada palabra».. «La novela debe incomodar al lector, no complacerlo. La ficción debe despertarnos del sueño dogmático en el que vivimos». La resistencia al panfleto atraviesa su concepción de la literatura, porque si hay algo que el escritor rechaza es la novela concebida como ilustración de una posición ideológica. «Estamos rodeados de panfletos en los que todo el mundo lo tiene clarísimo y, desde un lado ideológico o desde el otro, nos dicen lo que tenemos que pensar y cómo tenemos que ver el mundo. La novela es justo lo contrario. Un personaje de novela dice: «No tengo ni idea de lo que me está ocurriendo; voy a intentar escapar de aquí y, con un poco de suerte, hacer sentido de esta experiencia». Eso es justo lo contrario de la realidad en la que vivimos, polarizada y donde los discursos son hegemónicos e infranqueables. El mundo es así y, si no piensas de este modo, te estás equivocando. Creo que la novela es un arma poderosísima para combatirlo».. Por eso tampoco busca que el lector se identifique cómodamente con los personajes. «Para mí lo esencial de la literatura es que te saque de lo actual, que te enfrente a un texto que te requiera algo, un poco complejo, denso, ante el que crezcas como persona y como lector. Si un texto te deja igual y lo lees con una sonrisa complaciente porque te sientes identificado con las ideas que aparecen… eso es lo contrario de lo que busco. Me interesa que tengas que removerte en el sillón y preguntarte: «Caramba, esta persona me está desafiando. ¿Por qué la aborrezco tanto? ¿Qué dice de mí ese aborrecimiento?»». La literatura, añade, «debería permitirnos ocupar posiciones incómodas y formular preguntas duras como, por ejemplo, si las malas personas tienen derecho a ser felices».. El humor de Nosotras forma parte de ese mecanismo. Mora lo utiliza para retener al lector antes de desplazarlo hacia cuestiones más ásperas. «El humor es una manera de manipular, consigo que el lector se quede en una relación de amor y odio con Coral. Una vez que está ahí, sé que no se va a ir, y entonces damos un giro de tuerca y profundizamos en lo que hemos ido apuntando al principio. La novela empieza a desestabilizar la experiencia del lector, que de pronto piensa: «Pero bueno, ¿qué he estado leyendo y qué voy a leer a partir de ahora?»». El humor, abunda, es «una manera de hacer que el lector permanezca y, cuando lo tienes donde quieres, ahondar en las cuestiones planteadas».. Vicente Luis Mora en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga.Martín Mesa. La sátira del mundo literario alcanza también a la figura pública del escritor. Mora observa cómo la promoción y la visibilidad han ido ocupando un lugar central, hasta el punto de que algunos autores parecen obligados a construir su propio personaje. «El problema es que eso se ha metido en la mente de algunos escritores, que consideran que tienen que crear su mito personal mediante una construcción autoficcional o autobiográfica, y crear una figura autorial vendible», denuncia. «Voy a intentar tener un perfil interesante, ponerme mono o mona en las fotos de Instagram, grabarme vídeos cuando viajo, cuidar mi imagen para que la gente me visite, y de la literatura ya hablamos luego. Para muchos, la literatura se vuelve esa molesta actividad de llenar doscientas páginas para poder seguir saliendo en las fotos y estar en el candelero», remacha.. Frente al escritor encantador, fotogénico y hábil socialmente, Mora reivindica otra figura, la del autor incómodo, difícil de encontrar, cuya presencia pública no se confunde con su obra. «Sé que esto es molesto de decir y que a algunos compañeros no les gusta escucharlo, pero a mí me interesa esa figura del escritor antiguo, incómodo, que a veces dice la verdad sin pararse a pensar en las consecuencias para su figura autorial. A mí no me interesa mi figura autorial, a mí lo que me interesa es mi literatura».. Tampoco la crítica, reconoce, está libre de responsabilidad en ese ecosistema. Después de años ejerciéndola, admite que quizá él mismo ha evitado algunas de las «saludables costumbres de la crítica negativa, razonada y razonable». Y añade: «Creo que la crítica está haciendo dejación de funciones con respecto a lo que se supone que es su finalidad, que es orientar sensatamente a los lectores. Hay muchos libros y poco tiempo para leer».. «Para muchos escritores, la literatura se vuelve esa molesta actividad de llenar 200 páginas para poder seguir en el candelero». La cuestión de la libertad de expresión aparece ligada a esa preocupación por el alcance real de la literatura crítica. Mora cree que cada vez existe más temor a expresar opiniones en público por el riesgo de ser clasificado o atacado, pero distingue entre la posibilidad de decir algo y la de conseguir que ese discurso llegue a alguien. «Claro que existe libertad de expresión. El problema no es que tú no puedas decir algo, sino quién va a llegar a leerlo. La cuestión es qué posibilidades tiene una literatura crítica de ser leída por las personas a las que critica, o por personas que no conocían ese mundo y que, por tanto, no eran sus lectores previsibles. Ahí reside en realidad la libertad. Tú puedes decir lo que quieras, pero si lo que dices no va a salir de tu mesa o de tu entorno de amistades que piensa como tú, en realidad no estás diciendo nada». Lo que le preocupa, dice, es la trascendencia de esos discursos: «¿A quiénes van a llegar? ¿A cuántos? ¿Qué efecto van a tener?».. En este sentido, la forma, más que el asunto, es el punto de partida de sus novelas, reconoce. Mora cuestiona lo que llama la «dictadura del tema» en la narrativa española, esa costumbre de preguntar de qué trata un libro sin atender a cómo está construido. «Yo no me propongo vivir de un tema cuando se me ocurre una novela, lo que veo es una idea, un momento, una imagen que aparece ya cristalizada en una determinada estructura, forma o estilo. A partir de ahí voy creando la historia, o mejor dicho, voy modificándola a raíz de lo que me dictan la forma y la estructura. Creo que es un error hablar solo de los temas y no de los personajes, la trama o el estilo. Con el mismo tema puedes hacer una película, un reportaje o un documental, lo que vuelve algo genuinamente novela es que hayas problematizado la forma para ese tema concreto».. Para describir su proceso creativo recurre a una idea del científico Anil Seth sobre la conciencia como «una alucinación controlada». «Me pareció perfectamente adecuada a mi manera de escribir. Hay una fuerza, una energía creativa que tienes dentro y que debes dejar fluir, pero también tienes que conducirla hacia una estructura, hacia el cauce que consideras mejor para cada caso. Si la dejas campar a sus anchas, puede convertirse en un disparate; lo importante es encontrar un cauce por el que ese torrente de lenguaje o de ideas fluya con más potencia».. También reivindica el aburrimiento ocasional durante la lectura, precisamente en una época que parece exigir estímulos constantes. «Aburrirte puntualmente, a ratos, leyendo una novela es algo muy bonito. Significa que no estás haciendo algo por un motivo instrumental, que no estás leyendo para algo. Estás leyendo tranquilamente y dejando pasar el tiempo hasta que llegue otro momento intenso. Es una visión contemplativa de la vida, hay ratos extraordinarios y otros ordinarios, normales, que también son estupendos porque permiten estar tranquilos y no ir siempre como una moto. La literatura debe tener espacio para el sosiego, para no estar todo el rato rindiendo y obteniendo beneficio».. «La narrativa española sigue demasiado lastrada por la tradición realista y galdosiana, en Latinoamérica son mucho más libres y corren más riesgos». Como lector, Mora busca precisamente los libros que interrumpen sus certezas. «Quiero dejar de leer libros que me reconocen, que de pronto desafíen mi idea de la novela, de mí mismo, de mi espacio y de mi conocimiento de la tradición. En unos encuentras reconocimiento y existe el peligro de que todo se convierta en una cadena de homenajes», reflexiona el escritor, para quien es imprescindible romper eso. «Como lector aspiro a recibir lo mismo que busco como escritor, libros que me saquen de mis casillas, que me enfaden, que me irriten y que tires contra la pared, pero luego no tengas más remedio que ir a recogerlos del suelo y seguir leyendo. Ese es para mí el libro ideal».. Su diagnóstico de la literatura española parte de una comparación con la latinoamericana. Mora considera que la primera ocupa en el panorama internacional el lugar que merece, y atribuye parte de la diferencia a la libertad con la que muchos autores latinoamericanos se relacionan con su tradición. «Creo que la narrativa española está demasiado lastrada por la tradición realista, decimonónica y galdosiana, por lo que se entiende que debe ser la literatura y, en particular, la novela. Los escritores latinoamericanos corren riesgos que nosotros no corremos, porque no están tan condicionados por esa tradición, incluso su acercamiento al Siglo de Oro es mucho más libre. Hay rigor, pero es un rigor de enamorado, no un rigor de filólogo. Esa libertad con la que afrontan la creación es lo que le falta, en términos generales, a la literatura española para llegar a resultados semejantes».. Ahora, el recorrido internacional de Centroeuropa le ofrece ahora una prueba de que los libros pueden encontrar lectores inesperados y recibir interpretaciones distintas en cada lengua. «Es un privilegio que por lo menos uno de tus libros haya llegado a países y a culturas que tú jamás sospechabas. Me da alegría que, allá donde va, encuentre el respaldo y el cariño de los lectores. Con eso ya estoy satisfecho». Y, ante la posibilidad de que sus libros se lean sin que la nacionalidad del autor sea lo primero que se tenga en cuenta, no duda: «Eso me parece hasta un piropo. Yo no voy por ahí de escritor español, o que me interesa no es la nacionalidad concreta de un texto, sino que me abra la mente, y eso espero que ocurra en Nueva York el 18 de noviembre».. Galaxia Gutenberg. 216 páginas. 19 € Ebook: 12,99 €. Puede comprarlo aquí
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