La vida de Yanko González Cangas (Santiago de Chile, 54 años) discurre por varios caminos. Antropólogo, poeta y editor, es profesor titular del Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Austral (UACh) y dirige el sello editorial de la misma institución, con sede en la ciudad sureña de Valdivia, capital de la región de Los Ríos, a 730 kilómetros de la capital.. Seguir leyendo
El chileno Yanko González publica ‘Cinema Pinochet. Los dictadores como espectadores’, un libro en el que cuenta con la ayuda del que fue un colaborador del dictador en materia cinéfila
La vida de Yanko González Cangas (Santiago de Chile, 54 años) discurre por varios caminos. Antropólogo, poeta y editor, es profesor titular del Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Austral (UACh) y dirige el sello editorial de la misma institución, con sede en la ciudad sureña de Valdivia, capital de la región de Los Ríos, a 730 kilómetros de la capital.. Con EL PAÍS, sin embargo, no habló desde la ciudad fluvial, sino desde la capital argentina. Había estado tres días en Bahía Blanca, ciudad portuaria de la provincia de Buenos Aires, donde dictó conferencias, hizo lecturas poéticas y estuvo viendo maneras de conseguir derechos de publicación para Ediciones UACh. “Es lo único que podemos hacer”, cuenta vía Zoom. “No tenemos plata, entonces hacemos intercambio: yo les doy un librito que hemos traducido nosotros y a ver qué nos dan ellos”.. Pero lo anterior no agotaba las razones del viaje del autor de Los más ordenaditos (sobre la juventud pinochetista de los setenta) y El agua verde del idiota (sobre la historia de las erratas, coescrito con Pedro Araya). Pese a que aún no está en los escaparates argentinos, cuenta que le preguntaron bastante por su más reciente libro, que en Chile ya viene dando de qué hablar.. Enjundioso, erudito y atrevido, Cinema Pinochet. Los dictadores como espectadores es uno de los lanzamientos llamativos del último año. Una obra que partió como un close up, enfocada en las prácticas cinéfilas de Augusto Pinochet a partir del relato de su proyeccionista particular, pero que se convirtió en un plano general después de la decisión autoral de ver qué pasó con otros autócratas del siglo XX y sus relaciones con el séptimo arte. Todo ello convirtió al proyecto de libro, al decir de González, en una tarea “desquiciante”, amén de “carísima”.. Así fue como comparecieron, también, Benito Mussolini, Adolf Hitler, Francisco Franco, Nicolae Ceaușescu, y Kim Jong-Il: cada uno en su tecla, desde la megalomanía totalitaria hasta la cinefagia inconfesable.. Yanko González y su libro ‘Cinema Pinochet’.Salomón Henríquez Cabrera. Dicho eso, en medios chilenos ya empezó a circular el contenido más previsible y jugoso de esta obra, como la predilección de Pinochet en sus años de gobierno (1973-1990) por la actriz italiana Ornella Muti o por las comedias eróticas protagonizadas por Alberto Olmedo y Jorge Porcel (A los cirujanos se les va la mano), afición esta última que le ganó al dictador alguna reprimenda de su esposa, Lucía Hiriart. Por eso mismo, al autor le importa ampliar la escala y, una vez en ello, hacer algunas aclaraciones.. Está, por ejemplo, el caso del mencionado proyeccionista, cuya verdadera identidad no es revelada en el libro: ya fallecido, el antropólogo lo conocía desde hacía muchos años y no quiso, afirma, usarlo “como escalera para llegar a Pinochet”. Lo que quiso, agrega, fue “colocarlo articuladamente en el propio análisis de la mirada” del dictador. Porque la idea fue, en el fondo, “ver a Pinochet a través de sus ojos”. Y por ahí las cosas pueden llegar lejos, como cuando descubrimos que Alfredo Arana -el seudónimo que González le inventó- fue un militante socialista que hasta sus últimos años habló de “mi general”.. Si en este punto a alguien se le ocurre emparentar el libro con La secreta vida literaria de Augusto Pinochet, el volumen periodístico que Juan Cristóbal Peña publicó en 2013, no está completamente desencaminado, aun si el de González está, en sus palabras, “más ligado a la historia cultural”: una obra de “antropología histórica, o etnografía del tiempo presente” donde la oralidad, la memoria, los documentos y los sujetos se van trenzando de maneras insospechadas.. Y si el cine, como expresa el autor, “sirve tanto para iluminar el mundo como para oscurecerlo”, habría que entenderlo “no solo en su dimensión propagandística, en su uso instrumental, con el que habitualmente se relaciona a las autocracias: su capacidad de diseminar el evangelio ideológico”. Esta relación, prosigue, “siempre se ha estudiado de manera muy mecánica. Pero también hay que considerar una estrategia que podríamos llamar de fascinación. La fascinación fue incluso más eficaz y, además, no era veneno en la taquilla y podía financiar las industrias que [los dictadores] montaron, además de permitir que se colara el mensaje más propagandístico.. A Mussolini le costó darse cuenta de eso. Fueron sus asesores ideológicos que le dijeron ‘no lo hagamos como Alemania, ocupemos la estrategia hollywoodiense’. Y en Alemania también se dieron cuenta de eso”.. ¿Y qué pasa cuando el dictador se nos revela, ya no como un sicópata malvado con gustos sicopáticos y malignos, sino como espectador a secas (eso sí, dotado de un poder omnímodo, décadas antes de las plataformas y las descargas digitales)?. Pasa que el asunto se complejiza. Que, en paralelo a las múltiples infamias que protagonizaron, estos personajes lloraron y rieron con lo mismo que cualquier individuo de a pie: que Kim Jong-il no se perdía una película de James Bond (prohibidas por defecto en Corea del Norte) y que Adolf Hitler atesoraba los 12 episodios de las aventuras de Mickey Mouse que le regaló su propagandista número uno, Joseph Goebbels.. Yanko González en su jardín, en Valdivia (Chile).Salomón Henríquez Cabrera. De lo anterior se sigue el uso de un verbo complejo, humanizar, o bien la renuncia a emplearlo si así se considera. A este respecto, Yanko González tiene algo que decir: “Está la idea de que adentrarse en la filias y fobias del espacio íntimo de esta gente monstruosa implica inmediatamente humanizarla. Pero ahí se entiende humanizar como perdonarlos de antemano, o algo así. Lo que yo hago, en realidad, es enfatizar la palabra humanizar para que aparezca el hecho de que sí, era un ser humano, y justamente ese es el problema. Porque convertir a los dictadores en una suerte de monstruos puede ser tranquilizador moralmente, pero históricamente es muy poco útil”.. Humano, entonces, que ríe y llora ante la pantalla, pero no un espectador común. “Lo que pasa es que aquí cambia el estatuto del espectador. Ellos tenían un estatuto de espectador distinto. A ti te gusta una película o no te gusta, te vas del cine y te vas pelándola [hablando mal de ella]. Pero si a uno de estos dictadores no le gustaba la película, mandaba encarcelar al director, o a quemar la película, como Ceauşescu, que la hacía desaparecer la película y te podía perseguir a ti”.. Lo que nos trae de vuelta, por último, al ítem de la fascinación, caro a este antropólogo: “Muchos de ellos fueron unos peritos en la manipulación de la conciencia a través de las imágenes, o por lo menos tenían un alto grado de conocimiento de la sofisticación del cine como espectáculo de masas para ejecutar una pedagogía emocional. Pero la paradoja es que también ellos, que sabían muy bien cómo gobernar las imágenes, terminaron gobernados por las propias imágenes que producían y, además, veían”.. Quizá eso ayude a explicar otra afirmación del autor: “De Hitler a Pinochet, los dictadores han sentido una debilidad por la comedia erótica”.
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