Dejó China por EEUU y dejó la ciencia por la literatura. Ganadora del premio Pulitzer, es una de las narradoras actuales más brillantes por su estilo preciso y austero, con el que explora a fondo la condición humana. Llegan a españa dos novelas que abordan el duelo tras el suicidio de sus dos hijos Leer
Dejó China por EEUU y dejó la ciencia por la literatura. Ganadora del premio Pulitzer, es una de las narradoras actuales más brillantes por su estilo preciso y austero, con el que explora a fondo la condición humana. Llegan a españa dos novelas que abordan el duelo tras el suicidio de sus dos hijos Leer
«Madre querida». Dos palabras encontradas al azar en una vieja novela inglesa hicieron que la voz de su hijo volviera a Yiyun Li. «Habían pasado dos meses desde la muerte de Vincent [que se suicidó a los 16 años en 2017], que solía llamarme ‘madre querida’, una expresión algo anticuada, más propia del inglés británico que del estadounidense, cuando quería llamar mi atención», rememora. Li estaba leyendo y aquellas dos palabras hicieron algo que ningún recuerdo deliberadamente convocado habría conseguido. «Encontrarme con esa expresión hizo que la voz de Vincent volviera a mí», explica.. Escribió entonces un texto que empezaba con «Mother dear» y que acabaría convirtiéndose en el primer capítulo de Más allá de las razones, una conversación imposible entre una madre y su hijo muerto, publicado originalmente en 2019 y que acaba de llegar a España de la mano de Chai Editora. «Una vez que tuve ese capítulo supe qué estructura adoptaría la obra; creo que fue esa estructura la que hizo posible escribir el libro», explica.. Es una escena que contiene buena parte de la literatura de la escritora: el azar de una palabra, la memoria que se activa a través del lenguaje, la necesidad de aproximarse a alguien que permanece fuera de nuestro alcance. En Más allá de las razones la madre no investiga el suicidio de Nikolai ni intenta encontrar una explicación que pueda cerrar la historia. Habla con él, recuerda, discute, construye un territorio que no es un sueño ni un territorio de dioses o de espíritus, sino «un mundo hecho de palabras y nada más que palabras».. Para Li, esa podría ser también una definición de la literatura: «Es precisamente lo que me atrae de ella, tanto de leerla como de escribirla. La literatura es un mundo hecho de palabras, pero esas palabras, cuando son las palabras adecuadas, nos proporcionan la textura de la vida, de la memoria, del tiempo y de todo aquello que tal vez pasamos por alto debido al ajetreo de la vida cotidiana».. Quizá esa idea tenga algo que ver con la formación científica de la escritora. Nacida en Pekín en 1972, Li estudió Biología Celular en la Universidad de Pekín y llegó a Estados Unidos en 1996 para estudiar Inmunología en Iowa. Allí comenzó a escribir en inglés por su cuenta y terminó abandonando la carrera científica que había imaginado, pero no considera que haya abandonado aquella forma de mirar el mundo. «Mi formación científica es esencial para mi escritura. En cierto sentido, nunca he dejado atrás mi mente científica, simplemente la he puesto al servicio de otro tipo de exploración», explica. Observar, distinguir, desconfiar de las conclusiones prematuras: su literatura parece haber cambiado de objeto sin abandonar del todo el método.. El momento decisivo en el que Li abrazó la literatura llegó en realidad de una manera mucho menos solemne. «Llevaba quizá un año en Estados Unidos cuando entré en una librería, abrí un libro y encontré una escena protagonizada por tres mujeres jóvenes, compañeras de piso, que se afeitaban las piernas en el cuarto de baño mientras hablaban de maquillaje y de hombres», recuerda. «Era un diálogo vivo, pero me pareció que tenía poco contenido, parecía salido directamente de Sexo en Nueva York». Su reacción fue casi insolente: «Pensé: ‘Seguro que yo podría hacerlo mejor que ese autor publicado’. Y entonces supe que quería dedicarme a escribir», asegura entre risas.. El inglés ocupa en su trayectoria un lugar mucho más complejo que el de una simple herramienta; Li lo describe como una experiencia de libertad. «Cambiar de lengua fue como llegar por fin a un lugar en el que todas las decisiones de mi vida podían ser tomadas por mí, en lugar de por otras personas en mi nombre», comparte. No obstante, la palabra «identidad» no le sirve para explicar ese desplazamiento. «Es una palabra que nunca he utilizado en mi escritura ni en mi pensamiento, mal utilizada siempre y de la que se abusa».. «La literatura es el lugar donde lo inexplicable halla su espacio». En este sentido, jamás se define como escritora chino-estadounidense, pese a que esa fue durante años una de las categorías con las que se leyó su obra. «Esas son etiquetas que ponen los demás, yo nunca me he considerado una escritora chino-estadounidense, ni una escritora mujer, ni ningún tipo de escritora que necesite una palabra descriptiva delante. Posiblemente la mejor manera de decirlo sea que me resulta completamente irrelevante», sentencia. No se siente extranjera, pero tampoco necesariamente de su hogar actual, prefiere ocupar una posición ajena a las clasificaciones. «Me siento una persona de fuera, una excepción, una outlier, ese es el lugar que prefiero ocupar. Cuando uno está en esa posición puede observar sin distracciones».. Desde ahí ha construido una obra ampliamente celebrada en el mundo anglosajón que comenzó con el foco puesto en China, como su aclamado debut de 2005 A Thousand Years of Good Prayers -libro de relatos, ganador del prestigioso, aunque efímero, Frank O’Connor Award, cuya versión cinematográfica, Mil años de oración, ganó la Concha de Oro en San Sebastián en 2007- o la novela Las puertas del paraíso, y se ha ido alejando progresivamente de cualquier identidad nacional o genérica demasiado cómoda. Libros como The Vagrants, Muchacho de oro, muchacha esmeralda, Querida amiga, desde mi vida te escribo a tu vida -donde narra su depresión y su propio intento de suicidio-, The Book of Goose -que el New York Times calificó como «una fábula existencial que ilumina la maraña de motivos que subyacen a nuestra escritura de historias»- o Wednesday’s Child, que han cosechado premios como el PEN y el O. Henry y le han valido reconocimientos como la membresía en la American Academy of Arts and Letters, en la que ingresó en 2022 o la elección en 2023 como escritora internacional de la Royal Society of Literature británica.. En España, sin embargo, su recorrido editorial ha sido mucho más irregular. Los buenos deseos llegó a Lumen en 2006 y Muchacho de oro, muchacha esmeralda, a Galaxia Gutenberg en 2013, pero después su presencia en las librerías fue desapareciendo. La apuesta por su obra más reciente de parte de Chai Editora, que ha publicado Querida amiga, desde mi vida te escribo a tu vida, En la naturaleza las cosas crecen y ahora, Más allá de las razones, ha coincidido con una nueva atención crítica que ha atraído a varios miles de lectores.. Christopher Lane. También con su mayor reconocimiento internacional, pues, como decíamos, En la naturaleza las cosas crecen acaba de ganar el Pulitzer de Memorias, después de que Wednesday’s Child fuera finalista del Pulitzer de Ficción en 2024. Fue en febrero de ese año cuando James, su segundo hijo, de 19 años, se arrojó a un tren en Princeton, en cuya universidad Li dirige desde 2022 el Programa de Escritura Creativa. Este nuevo libro parte de la muerte de sus dos hijos, Vincent y James, pero su tema no es únicamente el duelo. Li aborda asimismo el tiempo, la memoria, los hechos y la posibilidad de continuar viviendo cuando la realidad no admite corrección. En este punto el segundo libro establece un movimiento inverso al de Más allá de las razones: si entonces el tiempo debía detenerse para que la conversación pudiera existir, ahora la naturaleza continúa creciendo, las estaciones pasan y el mundo sigue adelante.. «Mi relación con el tiempo ha sido diferente con cada una de las dos pérdidas», explica la escritora en tono contenido pero natural. «Cuando murió Vincent sentí que el tiempo se había detenido, y el libro fue escrito en un espacio en el que el tiempo permanecía inmóvil, que no avanzaba. Supongo que la segunda vez estaba menos aturdida por el impacto, observaba más y podía percibir de muchas otras maneras que el tiempo avanzaba y nos llevaba consigo, como es su naturaleza». La diferencia cabe en una frase de una precisión devastadora: «La primera vez, mi mente se detuvo en el mismo lugar que el tiempo; la segunda, mi mente sencillamente no se negó a avanzar con él, todo fluyó».. Tildada de fría, contraria al sentimentalismo o al consuelo fácil, Li plasma en sus novelas una necesidad de preservar algo que el relato convencional del duelo tiende a borrar: la diferencia entre quienes han muerto. «Vincent y James eran distintos y cada muerte me dejó en un lugar diferente. La amenaza de banalizarlos no procede tanto de mi propio dolor como de la facilidad con que los demás pueden convertir dos vidas en una única narración. Son los demás, los desconocidos y los trols de internet, quienes han convertido los suicidios de mis hijos en una sola historia. Yo los quería, y todavía los quiero, pero más importante que quererlos es entenderlos y respetarlos y eso incluye, más que ninguna otra cosa, entender y respetar la elección de terminar con sus vidas», sostiene la escritora, cuyo empeño es «mantenerlos cerca en lugar de permitir que se conviertan en algo genérico y, finalmente, en estadísticas».. «Los desconocidos y los trols de internet han convertido los suicidios de mis dos hijos en una sola historia». Es quizá ahí donde se entiende mejor la dureza deliberadamente antisentimental de su prosa, que no busca apartar la emoción sino evitar el lenguaje que la convierte en una fórmula reconocible y, por tanto, menos verdadera. «¿Qué es el duelo más que una palabra, un atajo, una simplificación de algo mucho más grande que esa palabra? El lenguaje convencional no expresa con eficacia los sentimientos auténticos. Esas palabras me agotan y me irritan», confiesa la escritora, que recuerda un consejo de su editora en The New Yorker, Cressida Leyshon. «Me dijo: ‘Editar un texto se parece a una intervención médica: como si el contenido de un ensayo o de un relato estuviera bajo anestesia mientras nosotros elegimos las palabras’. Siempre recuerdo sus palabras al escribir. Si uno opta por protegerse, no puede diseccionar ni acercarse al núcleo de sus traumas».. La misma exigencia aplica a su manera de enseñar. Li lleva años formando escritores en Princeton, pero ahora enseña más a leer que a escribir. «Enseñar a leer es enseñar a prestar atención, a desconfiar de la primera mirada, a volver sobre aquello que parecía ya comprendido. El núcleo de mi enfoque consiste siempre en decirles: ‘Vuelve a mirar; comprueba si te equivocas o si se te ha pasado algo por alto la primera vez’». Es, en el fondo, el mismo principio que gobierna sus libros: no dar por terminado aquello que todavía puede contener algo que no hemos visto.. Y es que en toda su producción literaria, Li, como explica, ha perseguido las palabras precisas sin llegar a creer nunca que puedan existir. Hay en su escritura una extraordinaria atención a las diferencias mínimas, a aquello que cambia cuando un verbo adopta otro tiempo, cuando una palabra significa algo ligeramente distinto, cuando mirar deja de ser lo mismo que ver. Pero la precisión no nace de la confianza en que el lenguaje pueda explicarlo todo, sino de la conciencia de que hay cosas que se resisten a cualquier explicación. «Las leyes de la Física o los estudios botánicos pueden beneficiarse de que se expliquen las cosas, pero las mentes, los destinos y las experiencias humanas son casi siempre inexplicables», dice. «Explicar significa simplificar, y eso es precisamente a lo que la literatura debería resistirse. La literatura es el lugar donde lo inexplicable halla su espacio».. Yiyun Li (delante, a la izquierda) con sus padres y su hermana durante una visita ala plaza de Tiananmén en 1977.ARCHIVO DE LA UNIVERSIDAD DE PRINCETON. Por eso la búsqueda de la palabra exacta es también una forma de llegar hasta el límite. «A veces las palabras, sencillamente, no son suficientemente buenas, suficientemente precisas, y se quedan cortas. Ese es el límite de un escritor, pero creo que hay que empujar hasta llegar a ese límite», opina. «Lo que importa es llegar tan lejos como humanamente sea posible antes de admitir que las palabras siguen sin poder hacer aquello que uno quiere que hagan». Después de ese límite no hay una solución superior, ni una iluminación. «¿Y después, qué? Nada. Ocurre constantemente». Lo dice sin dramatismo, como quien describe una condición normal del oficio: «Escribir consiste también en descubrir una y otra vez aquello que no puede decirse».. Esa desconfianza hacia las explicaciones se extiende a las historias que construimos para ordenar la vida. En En la naturaleza las cosas crecen, su libro más reciente y, también, el más galardonado, Li escribe que las intuiciones son narraciones y que las narraciones pueden salvar vidas, pero también arruinarlas. La paradoja es inevitable: ¿cómo desconfiar tanto de la herramienta que constituye su propio oficio? «Creo que cualquiera que no desconfíe de las palabras, de la frontera entre realidad y ficción, corre el riesgo de dejarse engañar por su propio ego», sostiene. La literatura que le interesa, la que busca como lectora, es «aquella que no confirma nuestras certezas, sino que las desestabiliza. Que hace que vea a través del mundo y también mis puntos ciegos».. Volviendo a su etapa de éxito, el Pulitzer le importa, Li no tiene interés en fingir lo contrario. «Sería una hipócrita si dijera que los premios tienen poca importancia, significan muchísimo, pero lo que más me conmueve del reconocimiento es que haya llegado a un libro escrito desde esa fidelidad radical a mi manera de mirar. Escribí un libro de la única manera que sabía hacerlo, y ese reconocimiento validó que, en efecto, era la única forma en que podía escribirlo y que era un libro que sólo yo podía haber escrito».. «El lenguaje convencional no expresa con eficacia los sentimientos. Palabras como duelo me agotan y me irritan». Su marido bromea, confiesa, con que algunas personas podrían padecer un «síndrome del Pulitzer prolongado», como quien tiene un covid persistente. «¡Yo no tengo ese síndrome!», asegura entre risas. Porque ni siquiera el premio altera la pregunta fundamental que atraviesa los dos libros: ¿qué puede hacer la literatura cuando no puede cambiar los hechos? No puede devolver a los muertos, detener el tiempo ni ofrecer una explicación racional a la pérdida. Pero para Li puede hacer algo más pequeño y quizá más difícil, crear un lugar de encuentro. «La literatura es el ámbito donde la esencia de una persona puede encontrarse con la de otra», sostiene. «Tal encuentro en la vida real es poco frecuente. En la literatura, es posible sentirse cerca de otro ser humano de una manera que trasciende el tiempo y el espacio». Entonces llega la última frase, sencilla después de lo que ha tenido que atravesar para decirla: «Y eso es lo único que me importa».
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