Seis años después de deslumbrar con ‘Las maravillas’ la escritora regresa a la novela con ‘Todos mis pecados y la mitad de mi dolor’, una novela metaliteraria y absorbente donde una pléyade de personajes complejos y contradictorios vehiculan profundas reflexiones sobre la clase, la familia y la ambición Leer
Seis años después de deslumbrar con ‘Las maravillas’ la escritora regresa a la novela con ‘Todos mis pecados y la mitad de mi dolor’, una novela metaliteraria y absorbente donde una pléyade de personajes complejos y contradictorios vehiculan profundas reflexiones sobre la clase, la familia y la ambición Leer
«Mírala, ahí está», dice sonriente la escritora Elena Medel (Córdoba, 1985) al descubrir entre los casi 200 retratos de figuras destacadas de nuestras Letras que cuelgan en la imponente Galería de Retratos del Ateneo de Madrid el de Rosa Chacel. No es una presencia cualquiera para ella: Medel dedicó varios meses al prólogo y las notas de la edición integral de los Diarios de Chacel, tarea que describe como «de lo más laborioso que he hecho en mi vida». Hay algo especialmente apropiado en encontrarnos aquí, rodeados de esa genealogía de nombres ilustres -hasta hace poco todos masculinos salvo por Emilia Pardo Bazán-, porque su nueva y esperada novela, Todos mis pecados y la mitad de mi dolor (Seix Barral), está también atravesada por las genealogías, por los nombres que pesan sobre quienes los heredan y por la forma en que una determinada idea de cultura puede convertirse en una forma de poder. En sus páginas aparecen «muchos hombres llamados Jesús Guzmán» y, en el centro de esa larga cadena familiar, un septuagenario catedrático de Literatura Inglesa que ha hecho de la universidad la prolongación natural de su apellido, de su casa y de sí mismo.. Han pasado seis años desde Las maravillas, pero Medel explica que ese intervalo no es excepcional en su trayectoria. Publicó muy pronto, y quizá por eso la distancia entre unos libros y otros parece mayor de lo que realmente es: el poemario Mi primer bikini apareció en 2002, después llegaron Tara (2006), Chatterton (2014) y ya en 2020, Las maravillas. Entre esta novela y aquella primera vuelven a mediar otros seis años. Y es que para Medel escribir empieza mucho antes de sentarse ante el ordenador. «Hay un momento previo de escritura que no es físico, en el que estoy pensando qué quiero escribir, cómo lo quiero contar, a qué molde, a qué género se va esa idea, porque puede ser que de repente la bola caiga del lado de la poesía, la novela o a un relato».. Después llega la documentación, el trabajo de estructura y personajes y, finalmente, la edición, un proceso para el que necesita «calma y tiempo. En esta ocasión hubo, además, un aprendizaje material: la primera versión rondaba las 131.000 palabras y la final se quedó en unas 74.000. Perdí casi la mitad de las páginas por el camino, pero es algo que he aprendido a hacer con gusto», reconoce.. La novela transcurre durante el curso 2003-2004 y tiene como centro un seminario sobre The Giaour, un oscuro y poco conocido poema de Lord Byron del que se extrae no sólo el título, sino una frase que marcará todo el libro: «Lo contrario de la muerte es el deseo». El deseo entendido como hambre, posesión, envidia, rencor; como aquello que empuja a los personajes hacia lo que quieren y, al mismo tiempo, hacia aquello que puede destruirlos. «El deseo de mi novela no es simplemente un deseo erótico, físico, es también ambición, el impulso de convertirse en otra cosa, de alcanzar una posición, de ser querido, reconocido o simplemente distinto de quien se es», explica Medel.. En el libro la literatura funciona como un sistema de espejos: los personajes leen a otros -por supuesto Byron, pero también Henry James, Proust, Blake, Auden, Baldwin…– para intentar entenderlos, pero también se leen a sí mismos en esas historias. Para Medel, esa posibilidad forma parte de algo que la acompañó durante toda la escritura, la idea de la imaginación no como evasión de la realidad, sino como una manera de acercarse a ella. La escritora Iris Murdoch, a la que releyó durante estos años, estaba detrás de esa intuición: la imaginación como «herramienta formal y moral» para enfrentarse a la realidad y tratar de captarla en toda su complejidad. «La literatura me interesa básicamente como una forma de explicarme el mundo, de pensar sobre cuestiones que me interesan y de reflexionar, especialmente, sobre todo aquello que no conozco», explica la autora.. Quizá por eso el personaje que decidió colocar en el centro es el que más lejos está de sus propias circunstancias: un hombre de 70 años, catedrático, acostumbrado al poder y a una determinada idea de excelencia. «Me apetecía este juego de buscar un personaje que se alejara lo máximo posible de mis circunstancias, intentar pensar como alguien que no tiene nada que ver conmigo». Situar la historia veinte años atrás le permitía, además, trabajar con una universidad que ya no es exactamente la de hoy: «Hay actitudes y conflictos, como el despotismo y los chanchullos, que hoy no se podrían dar. La novela necesitaba ese tiempo concreto para que las relaciones de poder y determinadas conversaciones entre profesores y alumnas pudieran suceder sin dejar de ser creíbles», defiende.. Jesús Guzmán Espinosa, un personaje bastante detestable, podría haber quedado atrapado en la caricatura del viejo catedrático autoritario, pero eso habría traicionado precisamente la idea de imaginación que Medel perseguía. «En la vida real hay villanos absolutos, pero por lo general casi todo el mundo tiene un punto de luz. No se trata de justificar sus actos, sino de comprender que incluso alguien capaz de ejercer la violencia y de utilizar su posición para imponer su voluntad puede tener momentos de vulnerabilidad, de duda, incluso de bondad». El humor, asegura, fue decisivo para conseguirlo. «Me sirvieron mucho la ironía y el patetismo, todo aquello que permitiera desactivar la antipatía hacia el catedrático y su hijo, Chus, un escritor fracasado que aborrece a su padre». La novela no los absuelve, les devuelve, simplemente, la condición humana que todos tenemos.. «El trabajo ha engullido nuestra identidad. Ha pasado de ser una parte más de la vida a definir qué y quién es una persona». La universidad, un espacio dedicado al conocimiento, pero también una estructura de jerarquías, favores, lealtades, clientelismos y pequeñas guerras de poder, ofrece a Medel el escenario perfecto para explorar muchas de la contradicciones humanas. «Dentro de la gran familia de Filología Inglesa que aparece en la novela se reproducen los mismos mecanismos que en cualquier otro lugar, sólo que aquí conviven con una idea particularmente elevada de la cultura. La imagen de prestigio, de conocimiento, está atravesada por la miseria que atraviesa cualquier otro sector», reflexiona la autora, que asegura entre risas que podría haber situado la novela «incluso en una carnicería», pero el ámbito docente le permitía añadir otra muesca más en su crítica, el papel de la educación.. «La universidad transmite conocimiento, sí, pero también códigos. Enseña cómo moverse dentro de una institución, quién conoce a quién, qué nombres pesan, qué puertas conviene tocar», apunta Medel, que en el otro lado de la balanza de esta historia coloca a Estefanía, una joven que llega desde un barrio obrero a estudiar Literatura Inglesa y descubre que sus compañeros parten con una ventaja que no aparece en ningún expediente: han tenido clases particulares, pasado veranos en Inglaterra y poseen unas herramientas culturales y sociales que ella no tiene. «Puede ser tan inteligente como ellos, esforzarse más, haber seguido todas las instrucciones que recibió desde niña, pero arrastra una mancha, que no figura en ningún currículum, el código postal de sus padres», sentencia la escritora, que incide así en uno de los grandes temas de su literatura, la pertenencia a una determinada clase social y cómo ello nos determina.. «Es curioso cómo es un tema que siempre sale en todo lo que escribo», confiesa Medel con una media sonrisa, «ya estaba en mi primer poemario, de hace más de 20 años2. A través de este personaje, también rico en matices y para nada arquetípico, la escritora construye una reflexión que alcanza al presente. «La novela termina, sí, pero nosotros conocemos el futuro de Estefanía. Pertenece a una generación que recibió una promesa que parecía casi una ley natural: estudia, fórmate, trabaja y todo irá bien. Pero luego llegó el 2008 y la crisis que todos conocemos. En España el ascensor social está roto desde entonces, y todavía no lo hemos sabido arreglar», sentencia rotunda.. «A partir de ahí vimos que quienes tenían un colchón familiar podían seguir esperando, formándose, incluso, pero quienes carecían de esa seguridad tenían que emigrar o aceptar trabajos mal remunerados. Y, desde luego, eso es una cuestión que tiene que ver con la generación y con la clase, no con la educación», dice Medel, que no niega que existan excepciones, pero considera cada vez más difícil que el esfuerzo permita por sí sólo ascender en la pirámide social. En 2020, cuando se publicó Las maravillas, recuerda, leyó un estudio según el cual una familia española podía necesitar cuatro generaciones para ascender socialmente.. Medel justo debajo del retrato de Clara Campoamor una de las mujeres recientemente añadidas a la galería del Ateneo.Jorge Ropero. Otro tema recurrente en la obra de Medel es la identidad, aunque aquí aparece bajo una forma especialmente contemporánea: la relación entre quiénes somos y aquello que hacemos para ganarnos la vida. «El trabajo ha engullido nuestra identidad», sostiene la escritora. «Guzmán Espinosa ha dedicado tantas décadas a ser catedrático que corre el riesgo de no saber quién es cuando deje de serlo, y creo que es algo que nos ocurre un poco a todos. El trabajo ha dejado de ser una parte más de la vida para convertirse en la definición de qué y quiénes somos», denuncia.. El personaje del hijo, otro Jesús Guzmán, conocido como Chus, permite a Medel llegar a una de las preguntas más íntimas de la novela: para qué y para quién escribir. Escritor frustrado cuya vida personal y profesional se deshace en pedazos, se pregunta qué sentido tiene dedicarse plenamente a algo que quizá leerán muy pocos, y encuentra una respuesta que casi se siente como un manifiesto de la autora: «Una sola persona lo justifica todo».. Medel, no obstante, no quiere convertir esa frase en una tesis propia. «Las opiniones de la novela no son vinculantes», advierte divertida, pero sí reconoce que su relación con la escritura se ha vuelto más libre con los años. «He aprendido a separar la escritura privada de la pública, el placer puro de escribir de la lógica del mercado editorial y de la maquinaria que empieza a rodar cuando un texto adquiere lo que yo llamo cara de libro», matiza. «Después, cuando una novela como esta ya está en la calle, una quiere que llegue a muchísima gente, pero esa expectativa no gobierna mi escritura».. «A los 20 años tenía ideas más radicales y cerradas de lo que debía ser la literatura. Hoy me dejo sorprender». En esa evolución ha sido importante, reflexiona su experiencia como editora al frente de La Bella Varsovia. Pasar veinte años, de 2004 a 2024, al otro lado de la mesa le enseñó mucho. «Cuando tenía veinte o treinta años tenía ideas mucho más radicales, más cerradas, de lo que debía ser la literatura y el trabajo literario, de qué era bueno y malo», reconoce. «Hoy, sin embargo, puedo leer libros que no me gustan nada y terminar preguntándome qué puedo aprender de ellos. He abandonado la necesidad de que la literatura me entregue, ni a mí ni al lector, una respuesta definitiva sobre nada».. En la comentada galería del Ateneo, Rosa Chacel comparte ahora espacio con otras escritoras incorporadas a esa genealogía de las Letras: Clara Campoamor, Carmen Laforet, María Zambrano, Carmen Martín Gaite, Almudena Grandes… En la novela de Medel, mientras tanto, los Guzmán llevan generaciones intentando que sus nombres sobrevivan, mientras otros personajes tratan de escapar de ellos, de hacerse un nombre propio o, simplemente, de encontrar un lugar desde el que poder vivir.. Ese contraste ofrece a la escritora una última reflexión: «La cultura puede ser una herencia, un privilegio o un mecanismo de poder. Puede servir para levantar muros y para decidir quién entra en una habitación o cuelga de un muro, pero también puede ser otra cosa, una cadena de transmisión mucho más frágil y mucho más democrática, la puerta a una nueva vida mejor», concluye.
Literatura // elmundo
