En Eisen, una novela bufa (Acantilado), Yájina hace uso del montaje al ir y venir en el tiempo, cambiar de punto de vista y mezclar géneros y registros Leer
En Eisen, una novela bufa (Acantilado), Yájina hace uso del montaje al ir y venir en el tiempo, cambiar de punto de vista y mezclar géneros y registros Leer
Un león de piedra que se despereza hasta ponerse en pie y rugir. Mientras los cosacos disparan a la multitud, un cochecito de niño desciende sin control por una escalera interminable. El perfil de un zar en primer plano y, al fondo, una procesión de gente perdida en la nieve… Secuencias icónicas del cine, todas salidas de la cabeza de Serguéi Eisenstein («Eisen», para su círculo íntimo), creador de una nueva sintaxis en la sala de montaje: la colisión de dos planos crea un tercer sentido en la mente del espectador. Al misterio que ha rodeado su figura -favorito y sospechoso a un tiempo para un poder al que sirvió y al que nunca dejó de temer-, Guzel Yájina (Kazán, 1977), graduada en escritura de guiones en la Escuela de cine de Moscú, dedica su última novela, subtitulada «bufa» más como reflejo de la idiosincrasia del personaje que por la imaginería o la voz narrativa del texto.. Eisen se organiza en ocho capítulos extensos, uno por cada una de las películas o proyectos principales de su vida, más un noveno (La matriz) que funciona como monólogo, lírico y filosófico, dirigido a la figura de cualquier tirano u opresor, tal vez la película que Eisenstein habría querido rodar o bosquejó en sus noches en vela. En este andamiaje cronológico, Yájina hace uso del montaje al ir y venir en el tiempo, cambiar de punto de vista y mezclar géneros y registros (drama psicológico, ensayo cultural, reconstrucción de los inicios del cine soviético, crónica documental, ficción histórica o reflexión sobre el arte en general, y el lenguaje audiovisual en particular, la tragedia y la comedia circense), y la propia autora, en una nota final, lo describe como el «constante vaivén de un columpio». Yájina, que de nuevo vuelve la mirada a la primera mitad del siglo pasado, consigue que en ese vaivén no se pierda nunca de vista la imagen de conjunto, esto es, que no se desenfoquen el momento histórico, las tensiones sociales y el contexto político en el que se movió Eisenstein. Traducción de Jorge Ferrer. Acantilado. 612 páginas. 34 €. Por eso, la tesis de la autora según la cual es en los catorce meses en México donde el director consigue abrazar esa verdad artística que siempre persiguió -inspirada en el cine de Dziga Vértov, cuya sinceridad, lirismo y capacidad de asombro por la vida cotidiana él, demasiado cerebral, sentía que no poseía- cobra pleno sentido; y lo cobra aún más cuando la novela repite el esquema en la evacuación de Alma-Atá, donde nace Iván el Terrible: la verdad artística solo aparece donde el poder no alcanza, y eso ocurre dos veces. Antes y después, Yájina recrea con pulso unos rodajes mastodónticos y las soluciones que su genio le dictaba casi como si de una posesión se tratara, ejecutadas con la ayuda de singulares colaboradores, como los operadores Eduard Tissé y Andréi Moskvin. Laten también la ambigüedad sexual, la grotesca relación con su madre o los equilibrios para no acabar ejecutado como su amigo escritor, Isaak Bábel, o su idolatrado maestro, Meyerhold.. A pesar del material del que se habla, un cine experimental y vanguardista, Yájina se asienta, para enfrentarse al personaje, en una fórmula bastante conservadora, la de la biografía novelada que explica al adulto por la infancia y por la madre, en clave freudiana; con la particularidad de que son las mismas herramientas -Freud, Zalkind, el diario en alemán- con las que Eisen se explicaba a sí mismo.. Eisenstein era un ser más bien impenetrable porque -herencia de la madre, la mejor actriz que conoció- tenía todo un catálogo de máscaras detrás de las cuales seducía, desconcertaba, sorprendía. Atormentado, extremadamente vulnerable en la intimidad, histriónico en sociedad, perfeccionista rayano en la neurosis, expansivo, erudito y fascinado por la crueldad y la mutilación, el director de El acorazado Potemkin se nos aparece aquí como un precursor, y no solo en lo estético: es él quien demostró que la Historia, en la pantalla, es «editable»-como esa madre que «recorta de la memoria los momentos incómodos, como una montadora recorta los fotogramas fallidos»- y puede convertirse en religión de Estado, algo que el gobierno soviético utilizaría como arma propagandística.. Pero también fue el primero en concebir el séptimo arte como un lenguaje universal que «le hablará directamente a la conciencia del espectador, superando a las lenguas maternas». Fue un visionario que pudo gozar del favor oficial con presupuestos y medios extraordinarios, aunque también descubrió de primera mano que el celuloide arde más rápido que el papel.
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