En solo medio año, Hirokazu Kore-eda ha formado parte de la sección oficial en los prestigiosos festivales europeos de Cannes y Venecia. A few weeks ago, Look Back, a beautiful ode to manga and the friendship of two girls, received applause at the exhibition. However, Kakeru didn’t have the same luck a few months ago in Cannes, where it was received much more coldly. Might not be one of their best movies (the main problem with this story about grief and artificial intelligence is its excessive coldness), but its posthumanist utopia has interesting virtues and, as is often the case with the Japanese’s work, it proposes new paths for the concept of the chosen family. Continue reading
Even though it’s cold, the new work by the Japanese filmmaker opens up an interesting posthumanist utopia from paternal filial grief.
Hirokazu Kore-eda ha participado en apenas medio año en la sección oficial de los dos festivales europeos más importantes, Cannes y Venecia. Si hace unas semanas, Look Back —su bonita oda al manga y a la amistad de dos niñas— logró el aplauso en la Mostra, Kakeru no tuvo la misma suerte unos meses antes en Cannes, donde fue recibida de manera mucho más tibia. Quizá no se trate de una de sus mejores películas (el mayor problema de esta fábula sobre el duelo y la inteligencia artificial es su excesiva frialdad), pero su utopía poshumanista posee interesantes virtudes y, como suele ser habitual en la obra del japonés, propone nuevos caminos a la idea de la familia elegida.
La comparación inevitable es con el oscuro, doloroso y magistral melodrama de Steven Spielberg A. I. Inteligencia Artificial (2001), en el que un niño robot sueña con el amor incondicional de la madre que lo adopta para mitigar la ausencia de su hijo enfermo. Kore-eda parte de un lugar similar, salvo porque aquí el hijo ha muerto en un accidente, y porque nos presenta a un niño robot con ideas de futuro algo distintas al sentimental David de A. I.

Kore-eda propone un drama en cuya puesta en escena son claves la profesión de la madre, arquitecta, y la del padre, jefe de un sofisticado taller de carpintería. Más allá de la idea de construcción utópica que recorre la película, el cineasta introduce, como Spielberg, referencias infantiles universales, y eso incluye las del propio universo del director estadounidense, sobre todo de E. T.
Si en el drama de Spielberg el cuento de Pinocho y su búsqueda del Hada Azul conformaban un espejo narrativo, Kakeru se mira en El principito, de Saint-Exupéry —de ahí su título original, Sheep in a Box— para inspirar su fábula sobre máquinas y naturaleza. Aun así, y aunque no se nombre el cuento de Carlo Collodi, Pinocho asoma en un subtexto más conceptual. La profesión del padre, las conversaciones alrededor de la madera o la secuencia en la que un viejo carpintero le habla al niño robot de la vida de los árboles más allá de su muerte van dando pistas de cómo ese misterio oculto tras la madera despierta la conciencia de las máquinas.
Pero sobre todo, mientras Spielberg ponía sobre la mesa la cuestión moral de unos robots supeditados al amor, el capricho e incluso el odio de los humanos, Kore-eda busca otros caminos más optimistas. Aunque aquí es el padre el que no quiere aceptar al robot, el niño-máquina de Kore-eda no observa a la madre desde un amor idealizado, sino desde un lugar más pragmático. La posibilidad final que propone Kore-eda podría ser una idea emocionante, pero no transmite esa emoción al mimetizarse en exceso con su listo y cerebral autómata.
KAKERU (SHEEP IN A BOX)
Dirección: Hirokazu Kore-eda.
Intérpretes: Haruka Ayase, Rimu Kuwaki, Daigo.
Género: drama. Japón, 2026.
Duración: 126 minutos.
Estreno: 16 de octubre.
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