Periférica recupera uno de los libros que más justa fama dieron en Italia a Giovanni Verga. Relatos que desde el primero hasta el último asombran por su sencillez y al mismo tiempo por esa «lírica negra» del siglo XIX Leer
Periférica recupera uno de los libros que más justa fama dieron en Italia a Giovanni Verga. Relatos que desde el primero hasta el último asombran por su sencillez y al mismo tiempo por esa «lírica negra» del siglo XIX Leer
En todas las lenguas hay escritores restringidos al ámbito local, con poca o nula circulación fuera de su país pese a su excelencia. Las obras de Galdós, que cruzaron sin menoscabo el Atlántico hacia los países hispanoamericanos, no pudieron apenas traspasar los Pirineos, y aun hoy Galdós es un escritor desconocido en muchos países europeos. Podría decirse algo parecido del gran Giovanni Verga.La editorial Periférica acaba de publicar La vida en el campo, uno de los libros que más justa fama le dieron en Italia. Hugo Bachelli, su muy excelente traductor, nos recuerda que de este libro se hicieron antes dos o tres traducciones al español, hace más de 100 años, pero de no saberlo, pensaríamos que estos fascinantes relatos se hubieran escrito hoy y en cualquier idioma.El libro es de los llamados de faltriquera, o sea, que pueden llevarse en el bolsillo de la chaqueta, incluso de la camisa. Se leen en una tarde sin que el asombro decaiga en ninguno de ellos, con sus finales inesperados y misteriosos. Desde el primero hasta el último asombran por su sencillez y al mismo tiempo por algo que podríamos llamar «lírica negra». Porque así como hay una España negra, hubo y hay una Italia negra, y con más razón aún, una Sicilia negra y profunda.A Verga, que nació en Catania en 1840, se le considera el padre del verismo, que las preceptivas definen como «realismo crudo», a medio camino del naturalismo francés y del posterior «realismo sucio» americano. Lo cierto es que los veristas, huyendo del romanticismo, acabaron escribiendo, en general, unos dramones tremendos y no menos románticos (no hay más ver y oír las óperas de Puccini, Leoncavallo o Mascagni, con el que Verga pleiteó unos años a cuenta de los derechos de autor de Cavalleria rusticana, inspirada en una obra suya), protagonizados por los más humildes y golpeados, rústicos o suburbiales. La brevedad de estos relatos y el aire poético con que viste la mayor parte de ellos le permiten a Verga no cargar las tintas. Son de una sobriedad modernísima, borgiana (Borges, que prologó y tradujo algunos de sus relatos, fascinado por el oído del siciliano para reproducir el habla de la gente, lo admiraba de veras; no en vano le debe también su dominio en sugerir más que mostrar, abriendo los finales a la interpretación del lector). Como su propio título indica, son historias rurales. En el campo y en los pueblos se diría que las pasiones se manifiestan con un furor desconocido en la ciudad, al igual que los incendios, las riadas y las catástrofes humanas (los grandes crímenes rurales raramente tienen parangón en la ciudad). Como si en el campo las tragedias no sólo no pudieran evitarse, sino que se potenciaran. Así los asesinatos, venganzas y enormidades aquí narrados tan sobriamente.El propio Verga se lo señala a su amigo Salvatore Farina: «Te lo contaré tal como lo he recogido por ahí, por esos senderos que transitan sólo los campesinos. Y te lo contar?
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