Raúl García, madrileño de 68 años, ha sido con frecuencia el primero en varios aspectos. Es el único individuo español involucrado en la animación de Who Framed Roger Rabbit? El equipo recibió un premio Oscar único por su trabajo, convirtiéndolos en los primeros españoles en formar parte del proceso creativo de Disney. Han contribuido a películas icónicas como Aladdin y El Rey León, además de aparecer en los créditos de Hércules, Fantasia 2000 y Tarzán. También fueron los primeros españoles en conocer a Hayao Miyazaki en el Studio Ghibli de Tokio. Recientemente, hicieron historia al convertirse en el primer cineasta español en ganar el premio a la mejor película en el festival de Annecy, que se considera el latido del cine de animación. Lograron esta hazaña con El violinista, una producción conjunta entre España y Singapur. El individuo se ríe y dice: «Se debe a mi edad». La exploración adicional continúa.
Raúl García, un experimentado animador con una larga estancia en Disney, muestra una película en Seminci, que fue producida conjuntamente con Singapur y está logrando una popularidad significativa en Asia.
Raúl García (Madrid, 68 años) ha sido muchas veces el primero en algo: el único español que trabajó en la animación de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (y por ello, aquel equipo recibió un premio Oscar especial); el primer español en la factoría Disney (suyos son, por ejemplo, el genio de Aladdin o las hienas de El rey león, además de aparecer en los créditos de Hércules, Fantasía 2000 o Tarzán, entre otras); el primer español que se fue a ver a Hayao Miyazaki al Studio Ghibli en Tokio; y ahora ha sido el primer cineasta español en ganar, el pasado mes de junio, el premio a mejor película en el festival de Annecy, la meca del cine de animación, con La violinista, que es, también, la primera coproducción entre España y Singapur. El aludido echa a reír: “Es por mi edad”.
Su currículo es aún mayor: como director ha hecho El lince perdido (2008), Goya a mejor largo de animación, y Cuentos extraordinarios (2013), basado en cinco relatos de Poe con las voces de Christopher Lee, Roger Corman, Guillermo del Toro, Julian Sands, Cornelia Funke y, desde el más allá, y gracias a una grabación de hace seis décadas, Bela Lugosi. Metido en mil batallas, en películas que algunas veces no llegan a buen puerto, en libros en los que esparce su sabiduría y en conferencias por todo el mundo, a García a veces la vida le agradece su bonhomía. “Uno de mis pupilos acabó dirigiendo la escuela de animación en Singapur, y me llamó para ser profesor, y estuve yendo y viniendo durante nueve años… bueno, alguno fue en remoto por la pandemia. Pero sí recuerdo que el primer día de clase conocí a Ervin Han, que tenía un pequeño estudio de animación con el que hacía cortos para el gobierno de Singapur recreando, por ejemplo, sitios que ya no existen, y descubrimos que éramos almas gemelas”.
En ese momento, Han acababa de terminar un corto sobre un violín, y allí estuvo la semilla de una película, La violinista, que este lunes se ha proyectado en el concurso de la Seminci de Valladolid y que llegará a las salas comerciales españolas el 13 de noviembre. “Me contó la idea inicial, y ya solo la imagen de una violinista producía una estética especial. Cómo cogen el violín, la forma en que tocan… Si piensas en animación, es una silueta preciosa”, recuerda García.

Por medio, han sufrido, han disfrutado, García trajo a la productora valenciana Paloma Mora, el proyecto ha estado a punto de encallar dos veces y ahora son estrellas en Asia. En Singapur, la ministra de Cultura va a las salas a presentar el filme. García viene directo desde Busan (Corea del Sur), en cuyo festival se ha proyectado La violinista, y enseña una selfi con 4.000 personas en el auditorio donde se realizó la sesión, junto a publicaciones en redes de adolescentes llorando orgullosos al final de las sesiones. “Supe que teníamos algo especial cuando se vio el primer día del festival de Annecy. No era, desde luego, la mejor sesión, y sin embargo, se creó una ola de halagos espectacular”. Se acabaron quedando en la ciudad francesa, y en la gala de clausura llegó el reconocimiento.

La violinista es un drama amoroso que atraviesa décadas, engarzado por un violín y una sonata. “No es una película histórica, sino una historia de amor que ocurre durante esa época”. Singapur es una ciudad-estado-isla de 5,6 millones de habitantes en una superficie un poco mayor que la ciudad de Madrid, y con un 25% robado al mar. Es multicultural, con cuatro idiomas oficiales, y multiétnica. Y todo ello se ve en La violinista, que arranca cuando un periodista español aparece en la casa de un violinista para entrevistar a su madre, una leyenda musical, y le enseña una foto, con un niño y una niña, Fei, tocando. El instrumento que porta ella es el único que ha usado Fei toda su carrera. A partir de ahí, la anciana narra lo que le ocurrió a esa pareja de críos, un huérfano y una niña de clase media-alta (ella misma), desde los años previos de la Segunda Guerra Mundial, dentro del dominio británico, y el sufrimiento padecido con la invasión japonesa, el corazón del filme, atravesando la década en que la ciudad formó parte de Malasia, hasta 2018.

Y con todo, para un occidental, no hace falta saber el trasfondo político. “Toda la película es una mezcla. Por ejemplo, el vestuario es muy fiel. Todo son atuendos típicos de la cultura peranakan, ya que el mestizaje entre chinos y malayos representa la etnia más importante de Singapur. Ese es un detalle para aquel público. Decidimos que en lo estético crearíamos desde un punto medio entre la visión española, mucho más ligada a la novela gráfica, y la de allí, en la que impera el anime y la cultura de animación japonesa”. Lo mismo ocurre con la técnica elegida. “Es una película tradicional en dos dimensiones, algo poco habitual actualmente, pero con movimientos de cámara dinámicos en tres dimensiones para los fondos, generados gracias a los ordenadores. Eso aporta épica a la narración. Queríamos conseguir que la gente se olvidara de que está viendo una película de animación y que se quedara con los personajes”.
Hay decenas de referentes para el espectador: el dolor que rebosa en El imperio del sol; el esquema confesional del clásico de la animación Millennium Actress;la emotividad que arrastra la herencia de un instrumento de El violín rojo; lo que significa la música en la guerra en El pianista, o ese final de Los paraguas de Cherburgo, que también fue la inspiración para La La Land. “La música, el tercer personaje, es fundamental. La Sonata del Atardecer la compuso Ricky Ho antes de animar la película para poder reproducir sus notas en las partituras que aparecen en pantalla. Después, la compositora Isabel Latorre aportó la parte más trepidante, de acción”.

Tras recordar los días vertiginosos vividos en Annecy, García —que está ya acabando su nuevo filme, Flamingo Flamenco— medita un momento sobre cuál es la mayor sorpresa vivida a lo largo de todo el tiempo de producción: “La realidad ha multiplicado la actualidad de la película. La violinista iba a ser, como mucho, un documento histórico sobre la memoria y sobre el poder curativo de la música en tiempos difíciles, junto con los otros temas que subyacen en la película. Pero lo que nunca podíamos imaginar es que en 2026 La violinista sonaría tan actual por todo lo que está pasando en el mundo”.
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