El escritor cartaginés ha vuelto al mundo literario con ‘La hipótesis más peligrosa’ (Alfaguara), un libro emocionante que profundiza en la historia de la civilización humana.
El escritor cartaginés ha vuelto al mundo literario con ‘La hipótesis más peligrosa’ (Alfaguara), un libro emocionante que profundiza en la historia de la civilización humana.
Los lectores de las novelas de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) saben perfectamente qué van a encontrar en ellas tres veces cada dos años: emociones, peligros y sorpresas en contextos que permitirán también momentos de calma para reflexionar sobre «los grandes temas» o, con especial insistencia, sobre la inevitabilidad de la violencia, sobre cómo la Historia se repite una y otra vez, y nunca en forma de farsa, o por lo menos no de un modo divertido, como mucho aleccionador. Todo lo que sucede ya ha sucedido y volverá a suceder, y son siempre acontecimientos explicables por la avaricia, por la lujuria, por la ambición, por el afán de poseer o de dominar.
En su nueva novela, La hipótesis más peligrosa, es el impasible Lerrant el que, dada su supuesta inmortalidad, lleva 2.000 años observando la Historia y a la humanidad, y participando en momentos relevantes (incluida la expulsión de los judíos de Granada, la amputación del brazo de Cervantes en Lepanto o el fusilamiento de Torrijos y de sus hombres en las playas de Málaga…, por citar algunos de los casos españoles, pero hay más), y todo ello le ha conducido a esa indiferencia herida, esa resignación y esa falta de fe que tanto gusta el autor de atribuir a sus protagonistas. El contrapunto esta vez (el, digamos, Íñigo de Balboa que va a complementar y a poner a prueba al héroe veterano y escarmentado) es Cal Gadea, un buen chico de 16 años cuya afición a los videojuegos no es un caso de adicción sino más bien de vocación, y que anda buscando por donde puede información sobre su madre, muerta cuando él tenía muy pocos meses de edad y muy poco después de haber pasado una larga temporada de viajes con Lerrant.
Arturo Pérez-Reverte acierta en ese acercamiento a la juventud, pues, a pesar de la tristeza del chaval, con él se llena la novela de esperanza, de futuro. Son impulsos y reacciones suyas un tanto inverosímiles a veces las que, superada la mitad de la novela, complican la trama hacia el lado de las amenazas y la precipitación de los sucesos, pero hay luz en la psicología del chico, en su curiosidad, en su esfuerzo, y también acierto a la hora de reproducir el actual lenguaje juvenil (reproducido con mucho mejor oído que el que hemos tenido que aguantar en los diálogos entre jóvenes de ciertas novelas supuestamente más «literarias»). Eso sí, Pérez-Reverte se hace cargo también del desánimo general de esa generación, que pagan las consecuencias de errores ajenas y heredan, por tanto, un pesimismo que no les debería haber correspondido: «A sus 16 años, Cal Gadea podía definirse como una lealtad en busca de una gran causa».
Y después está el mar, obsesión recurrente y comprensible del autor. A las consideraciones generales sobre el tema del mar, su belleza, su indomabilidad, su lealtad, sus implicaciones… (sobre todo lo cual no había insistido tanto desde probablemente La carta esférica), encontramos aquí la especificidad del Mediterráneo, mar doméstico nuestro al que se lanza toda una declaración de amor, pero un amor documentado, digamos, un amor con luces y taquígrafos: «Este mar es la cuna de casi todo lo que importa».
Alfaguara. 392 páginas. 23,90 € Ebook: 12,99 € Puede comprarlo aquí
Lerrant, que es casi un mito griego en sí mismo, comparece como una encarnación transparente de esa historia de dos mil años, de las galeras a las pateras, memoria viva y eterna de la cultura y de las guerras, del arte sublime y de las matanzas (incluidas las de atunes)…, de modo que al cabo se puede entender La hipótesis más dolorosacomo una alegoría donde el pasado y el futuro son puestos a conversar (y a darse tortazos) en medio del mar. Y la novela, de verdad funciona.
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