La victoria de la ultraderecha de Giorgia Meloni en Italia en 2022 significó la llegada al poder de un grupo político que siempre había estado alejado de él, incluso marginado en la vida pública. Por eso lo vivieron con euforia como la hora de una revancha histórica con un objetivo ambicioso: derribar la teórica hegemonía cultural de la izquierda e instaurar y reivindicar una propia. Comenzó entonces una guerra cultural en toda regla, en busca del patriotismo, la tradición y los valores conservadores, basada en la colonización de las instituciones con personas afines ideológicamente. Casi cuatro años después se puede constatar su fracaso, señalado incluso por autores respetados del mundo conservador. “Solo vagos anuncios, mucho humo, un poco de retórica de mitin y alguna hipocresía”, denunció el pasado mes de diciembre en un sonado artículo el filósofo conservador Marcello Veneziani, referencia cultural de la derecha.. Seguir leyendo
La victoria de la ultraderecha de Giorgia Meloni en Italia en 2022 significó la llegada al poder de un grupo político que siempre había estado alejado de él, incluso marginado en la vida pública. Por eso lo vivieron con euforia como la hora de una revancha histórica con un objetivo ambicioso: derribar la teórica hegemonía cultural de la izquierda e instaurar y reivindicar una propia. Comenzó entonces una guerra cultural en toda regla, en busca del patriotismo, la tradición y los valores conservadores, basada en la colonización de las instituciones con personas afines ideológicamente. Casi cuatro años después se puede constatar su fracaso, señalado incluso por autores respetados del mundo conservador. “Solo vagos anuncios, mucho humo, un poco de retórica de mitin y alguna hipocresía”, denunció el pasado mes de diciembre en un sonado artículo el filósofo conservador Marcello Veneziani, referencia cultural de la derecha. Seguir leyendo
La victoria de la ultraderecha de Giorgia Meloni en Italia en 2022 significó la llegada al poder de un grupo político que siempre había estado alejado de él, incluso marginado en la vida pública. Por eso lo vivieron con euforia como la hora de una revancha histórica con un objetivo ambicioso: derribar la teórica hegemonía cultural de la izquierda e instaurar y reivindicar una propia. Comenzó entonces una guerra cultural en toda regla, en busca del patriotismo, la tradición y los valores conservadores, basada en la colonización de las instituciones con personas afines ideológicamente. Casi cuatro años después se puede constatar su fracaso, señalado incluso por autores respetados del mundo conservador. “Solo vagos anuncios, mucho humo, un poco de retórica de mitin y alguna hipocresía”, denunció el pasado mes de diciembre en un sonado artículo el filósofo conservador Marcello Veneziani, referencia cultural de la derecha.. En las últimas semanas se han sucedido varios incidentes que rematan una crisis que viene de lejos. Uno, el cese de la nueva directora del teatro de la Fenice de Venecia, Beatrice Venezi, rechazada por toda la orquesta por considerar que no estaba a la altura del cargo y a quien acusaban de ser solo una influencer amiga de Meloni. En la misma ciudad, se ha gestado durante meses la polémica de la Bienal de Arte, por la participación de Rusia e Israel, que se ha saldado con la dimisión del jurado. Como colofón, este lunes el ministro de Cultura, Alessandro Giuli, ha desmantelado la cúpula del ministerio con el despido de Emanuele Merlino, responsable de la secretaría técnica, y Elena Proietti, secretaria particular del ministro.. El perfil de Merlino es un buen ejemplo de esta clase dirigente y sus ideas. Es hijo de un miembro de la organización neofascista Avanguardia Nazionale, de Stefano delle Chiaie, y que llegó a ser condenado, y luego absuelto, por la masacre terrorista de ultraderecha en Piazza Fontana, Milán, en 1969. Como responsable cultural de Hermanos de Italia, el partido de Meloni, Merlino plasmó sus teorías en 2021 en un artículo con un título muy significativo, Controegemonia: “¿Podemos seguir soportando pasivamente los insultos de los grandes intelectuales de izquierda? (…) Es necesario proponer una alternativa a la narrativa dominante, dando espacio y visibilidad a nuestros autores. Necesitamos organizar y, si estamos en el Gobierno, financiar festivales, ciclos de lectura, presentaciones y debates con nuestros autores. (…) Demos la vuelta a la situación y construyamos una alternativa. (…) ¿Podemos seguir sometiéndonos a una hegemonía que ya no tiene razón de ser y que, sobre todo, es anti-italiana?”. Así se entiende mucho mejor lo que se ha visto estos años.. El detonante del despido de Merlino ha sido una nueva polémica por la asignación de subvenciones a películas, una más de una larga serie de episodios en todos los ámbitos culturales, de la televisión pública RAI a la ópera. El mes pasado una comisión ministerial dejó sin financiación pública a directores y proyectos prestigiosos (un guion de Bertolucci, o filmes de Francesca Archibugi, Roberto Andò y Antonio Albanese) en detrimento de otros menores, como un documental sobre el rey de los fettucine. Pero sobre todo causó escándalo que se quedara fuera el documental Giulio Regeni. Tutto il male del mondo, de Simone Manetti, sobre un joven académico italiano torturado y asesinado en Egipto en 2016, un caso que ha sido muy seguido en Italia.. Presentaron su dimisión dos reputados miembros de las comisiones cinematográficas del ministerio que deciden las subvenciones: el crítico del Corriere della Sera, Paolo Mereghetti, de 76 años, y el profesor universitario Massimo Galimberti. Mereghetti reprochó “un cierto esnobismo populista”. “Te entra la duda de que detrás solo haya una idea, la de castigar un cierto tipo de intelectual”, explicó. Dijo no entender por qué se decidió no financiar el documental sobre Regeni, “porque viéndolo no era un producto de derecha o de izquierda (…), pero la memoria di Giulio Regeni es de todos modos un símbolo que la derecha considera de izquierda”. Al final, el propio ministro de Cultura, Alessandro Giuli, criticó la decisión.. Beatrice Venezi dirige una orquesta en Milán en 2021.Jacopo Raule (Getty Images). Esta polémica fue la guinda de un intenso conflicto con el mundo del cine, considerado de izquierda, al que se han impuesto fuertes recortes: se ha ido reduciendo y en 2027 será de 500 millones de euros, frente a los 750 de 2022. En marzo, más de 200 directores y profesionales, entre ellos Paolo Sorrentino, Giuseppe Tornatore y Marco Bellocchio, denunciaron que “el cine italiano se muere” por un recorte de 90 millones en el fondo para el cine, mientras subía 60 millones una ayuda para filmes extranjeros rodados en Italia.. En estos cuatro años, pocos ministerios han dado más problemas a Meloni que el de Cultura, empezando por la dimisión de su primer titular, Gennaro Sangiuliano, en septiembre de 2024 tras el vodevil de un romance con una asesora. Ya era conocido por sus gazapos y el primero reflejó bien las carencias y límites de la batalla cultural de la derecha: anunció que una de las primeras cosas que haría en RAI sería una serie sobre Oriana Fallaci, y los periodistas le hicieron notar que ya se había hecho. En su balance la proeza más memorable fue una gran exposición de El Señor de los Anillos, uno de los mitos culturales de la ultraderecha italiana. No han conseguido ir mucho más allá. En esta búsqueda de referentes, en las fiestas de las juventudes de Hermanos de Italia (que se llaman Atreju, como el protagonista de La historia interminable) siempre hay un auténtico panteón de autores supuestamente de ese bando donde se mete de todo, hasta Gramsci y Pasolini. Sangiulinano llegó a decir que Dante era de derechas.. A Sangiuliano le sustituyó el periodista Alessandro Giuli, enseguida objeto de memes por su modo de hablar arcano y afectado. Tenía credenciales de intelectual de extrema derecha, influido por el filósofo fascista Julius Evola y un curioso neopaganismo esotérico (aparecieron vídeos suyos tocando la flauta de Pan en un trigal mientras se aparecía una diosa arcaica romana). Con él siguieron los problemas.. El ministro de Cultura italiano, Alessandro Giuli, ante una escultura recuperada por los Carabinieri, en 2024.Remo Casilli (REUTERS). “En un país democrático cambiar la cultura no es una cosa que pueda hacer un ministerio, sino que debería incentivar y dar valor a lo que es bueno, que no lo decide el ministerio. Era una empresa imposible desde el principio y han fracasado, no ha salido a la luz nada ni en cine, literatura, teatro, música… El problema más bien es todo lo que no han hecho”, dice a EL PAÍS el escritor Nicola Lagioia, aclamado autor de La ciudad de los vivos, que dirigió el Salón del Libro de Turín y también fue seleccionador y jurado del festival de cine de Venecia.. Lagioia cree que el Gobierno no se ha tomado la cultura en serio, salvo como guerra ideológica, y a ello él suma un problema de simple incompetencia. Cita como un caso de manual el “fracaso” de Italia como país invitado en la feria del libro de Fráncfort en 2024, una de las más importantes del mundo. “Fue una pasarela, con un estandbien diseñado, pero a nivel de sustancia, cero. Cuando eres país invitado intentas con incentivos que tus libros aumenten la exportación, las traducciones, pero no hicieron nada”.. La ópera ha sido otro terreno de choque. El caso emblemático es el pulso por la directora de la Fenice, pero más en profundidad se impulsa un modelo patriótico que impone programaciones clásicas de Verdi, Puccini y Rossini, pensando en un público popular y turístico. El borrador del nuevo Código Único del Espectáculo, que se prevé que entre en vigor en enero, señala que los teatros se deben coordinar para “la valorización de las grandes óperas de la tradición italiana” e incluso se promueve “el descubrimiento de nuevas óperas de compositores de aquella extraordinaria epopeya”.. “Ni siquiera el fascismo impuso por ley las decisiones artísticas”, ha señalado el periodista y escritor Alberto Mattioli, experto en lírica. “Lo más grave es que aumenta el poder del Estado en las fundaciones líricas y sinfónicas, redoblando su presencia en los consejos de administración. Es algo profundamente equivocado, porque en Italia hay una fuerte relación entre una ciudad y su teatro, y su consejo es la expresión de las peculiaridades ciudadanas”, explica en conversación con EL PAÍS.. Para Mattioli, el problema es que “la clase dirigente de la derecha es desastrosa, de una mediocridad alarmante”. “Se debe a que no tiene ningún sistema de selección, premian exclusivamente la fidelidad. La mentalidad del partido es de clan, no de partido político moderno, por eso muchos nombramientos son insensatos. El asunto de la Fenice es paradigmático”, argumenta.. Lagioia añade que el Gobierno “no soporta el disenso”. “Algo verdaderamente nuevo en el mundo de la cultura es ver escritores que son atacados directamente o incluso querellados por ministros”, señala. El propio Lagioia fue denunciado por un tuit en el que se burlaba de los errores sintácticos del ministro de Educación. En este afán de hegemonizar la cultura percibe “un complejo de inferioridad, con reacciones violentas”. “Se han hecho un lío porque se sentían frágiles y han alzado la voz, en vez de trabajar con humildad. Han sido arrogantes”.. Estos años han puesto en evidencia no solo pobreza de ideas, sino de personas con una talla cultural a la altura, una crítica generalizada que no solo es de la oposición, sino de intelectuales respetados de la derecha. El medievalista Franco Cardini, el gran arqueólogo de Roma, viene de la extrema derecha y ha definido el nivel cultural del actual Gobierno como de “encefalograma plano”. “No tienen ni una revista cultural. Cuando tienen prontos hacen una muestra de D’Annunzio o de Tolkien, que conoce cualquiera, solo para demostrar que ellos también hacen cultura. Francamente es un poco ridículo”, acusó.. Marcello Veneziani ha sido tajante: “No sabría indicar algo relevante que diga al país: por aquí ha pasado la derecha, soberanista, nacional, social, patriótica, popular, conservadora o lo que se quiera (…) Todo sigue como antes, para bien o para mal, en la mediocridad general y particular”. Este filósofo resumió hace años la difícil relación de la derecha con el mundo cultural: “Al intelectual de derecha la izquierda no le perdona ser de derechas y los gobiernos de derechas no le perdonan que sea un intelectual”.
EL PAÍS
