Paco Rabal (Águilas, Murcia, 1926-Burdeos, Francia, 2001) podía llenar una pantalla con la voz y la presencia física. Fue uno de los grandes actores españoles del siglo XX, capaz de trabajar con algunos de los cineastas más importantes de su tiempo sin olvidar sus orígenes. Detrás de aquella figura rotunda había un hombre que entendía la interpretación como un oficio y mantuvo hasta el final la curiosidad de quien todavía tiene algo que aprender. Esa es la imagen que reconstruye 200 vidas. Paco Rabal, el documental dirigido por Vanesa Benítez (Osuna, Sevilla, 46 años), que llega a los cines este viernes, en el año del centenario de su nacimiento.
El documental ‘200 vidas. Paco Rabal’, de Vanesa Benítez, reconstruye la vida del actor a través de grabaciones, películas familiares y testimonios que confirman su compromiso y su vocación
Paco Rabal (Águilas, Murcia, 1926-Burdeos, Francia, 2001) podía llenar una pantalla con la voz y la presencia física. Fue uno de los grandes actores españoles del siglo XX, capaz de trabajar con algunos de los cineastas más importantes de su tiempo sin olvidar sus orígenes. Detrás de aquella figura rotunda había un hombre que entendía la interpretación como un oficio y mantuvo hasta el final la curiosidad de quien todavía tiene algo que aprender. Esa es la imagen que reconstruye 200 vidas. Paco Rabal, el documental dirigido por Vanesa Benítez (Osuna, Sevilla, 46 años), que llega a los cines este viernes, en el año del centenario de su nacimiento.
La película se aleja de la biografía convencional. La voz del propio Rabal guía el relato a través de grabaciones, escritos, películas domésticas en Super-8 y materiales de archivo, acompañados por testimonios de familiares, compañeros y cineastas. El resultado transita entre la memoria y el sueño para acercarse al hombre detrás de sus personajes.
“Los archivos son como una especie de materiales que me hablan”, explica Benítez, que pasó meses escuchando las grabaciones y revisando los documentos personales del actor. Su primera imagen de Rabal estaba marcada por el físico, la voz grave y la fuerza de sus interpretaciones. El contacto con sus recuerdos y su entorno transformó aquella impresión; la figura imponente se fue transformando hasta convertirse en alguien con quien la directora podía imaginarse tomando un café y hablando de la vida.

Ese acercamiento fue también una lección de cine. “No he aprendido más de cine que con Paco Rabal y con todo el legado que dejó”, afirma la directora. Su trayectoria atraviesa distintas épocas y cinematografías, desde sus comienzos humildes como ayudante de electricista en los Estudios Chamartín, hasta sus actuaciones con Luis Buñuel, Carlos Saura y Arturo Ripstein. La relación con Buñuel, que le abrió las puertas del cine internacional, ocupa un lugar central. Nazarín (1959) y Viridiana (1961) muestran cómo su trabajo artístico convivió con las tensiones políticas de una época en la que sus convicciones de izquierdas podían dificultarle el camino dentro de la industria franquista.
Rabal no siempre trabajó con cineastas cuyas ideas compartiera, pero mantuvo su compromiso con el oficio. Benítez reconoce en esa actitud una conciencia de clase que también siente propia. “Para la gente, los que somos pobres, nuestro tesoro es el trabajo”, dice. Su hijo, el guionista y escritor Benito Rabal (Madrid, 72 años), coincide en esa imagen de un hombre que nunca dejó de considerarse parte de la clase trabajadora. “Era una persona muy humilde, él se sentía lo que era, era un trabajador de la cultura y siempre se sentía así”, recuerda.

La vocación, insiste su hijo, era indispensable para dedicarse a la interpretación. Su padre aconsejaba a los aspirantes a actores que tuvieran “verdadera vocación, no solo ganas de alcanzar la fama o aparecer en las revistas”. Esa voluntad de aprender encuentra un reflejo en Aún aprendo, el dibujo de Goya que Benito Rabal vincula con la actitud vital de su padre.
El pintor resulta en parte fundamental de la película. La relación entre Francisco de Goya y Paco Rabal había comenzado décadas antes de Goya en Burdeos (1999), de Carlos Saura: en Llanto por un bandido (1964), el cineasta recrea la iconografía del cuadro Duelo a garrotazos, una de las Pinturas negras del artista aragonés. Años después, Rabal encarnó al pintor en la película de Saura, en un papel en el que, según Benítez, resultaba difícil separar al actor del personaje. La muerte de Rabal en 2001, mientras volaba sobre Burdeos, añade otra coincidencia a ese vínculo en donde la ciudad asociada a los últimos años de Goya quedó ligada también al final del actor.

La memoria familiar permite reivindicar a Asunción Balaguer (Manresa, Barcelona, 1925-Madrid, 2019), actriz por derecho propio y compañera de vida de Rabal. Benito rechaza la imagen de una mujer relegada a la sombra de su marido y recuerda que ambos se admiraban y respetaban como intérpretes. Para describir el carácter de su madre, evoca una frase del poeta cubano Pablo Armando Fernández, amigo de la actriz: “Las santas son muy aburridas, tu madre siempre fue diabólica”. La anécdota recuerda a una mujer con personalidad y trayectoria propias, cuya historia no puede reducirse a la de “la mujer de Paco”.
200 vidas. Paco Rabal muestra un collage entre voces, imágenes domésticas y escenas de sus películas donde emerge un hombre que atravesó épocas y cinematografías muy diversas sin desprenderse de sus raíces.
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