En Una casa en Brandemburgo (Anagrama), Jenny Erpenbeck construye una pieza de cámara en la que a través de diversas vidas narradas a lo largo de los años explora nuestra necesidad de permanencia y la provisionalidad del mundo Leer
En Una casa en Brandemburgo (Anagrama), Jenny Erpenbeck construye una pieza de cámara en la que a través de diversas vidas narradas a lo largo de los años explora nuestra necesidad de permanencia y la provisionalidad del mundo Leer
El tiempo humano se mide por lo que se teme perder -la infancia, un amor, la llave de la casa, el último tren o barco que augura la salvación-, aunque diga el poema de Bishop que perder no tiene por qué ser un desastre. El tiempo geológico, en cambio, trabaja sin testigos y se desentiende de las herencias: sigue su curso fiel a las leyes de la física. Antes de que alguien pudiera reclamar como suyo el terreno de Brandemburgo donde transcurre esta novela, el hielo había triturado árboles, desplazado rocas y excavado el lecho de un lago. Jenny Erpenbeck (Berlín Este, 1967) abre esta novela con la lenta violencia geológica que construye el paisaje de su ficción.. El título original, Heimsuchung, nombra una calamidad y, en la lengua religiosa, la visitación; en él resuenan además Heim, ‘hogar’, y suchen, ‘buscar’. Después vendrán las escrituras de los terrenos, el jardín, las guerras y las expropiaciones. Los personajes vienen y van, pues hay muchas maneras de perder el hogar. Sus vidas parecen breves destellos ante la impasibilidad del lago. Pero incluso este, se recuerda, «un día volverá a desaparecer»; también en el Sáhara hubo agua alguna vez. Sobre semejante desproporción entre nuestra necesidad de permanencia y la provisionalidad del mundo se levanta Una casa en Brandemburgo. Publicada en 2008 (trece años antes de Kairós) esta pieza de cámara contiene ya su singular manera de interrogar la historia desde la intimidad. Al fin y al cabo, viene a decirse, cada cual se ocupa de vivir; luego la Historia irrumpe, arrasa y sigue su camino.. El epicentro, como desvela ya el título en español, es una casa de veraneo junto a un lago cercano a Berlín: el Scharmützelsee, el «mar de Brandemburgo». Primero hubo un bosque destinado a Klara, hija de un terrateniente que gobierna afectos y tierras con idéntico puño de hierro. De la división de la herencia saldrán tres parcelas y otros tantos proyectos de vida. Un arquitecto construye allí una casa para su mujer; en el terreno adyacente, la familia judía de un fabricante de paños imagina sus próximos veranos. Pero luego llegarán las políticas racistas, la guerra y la invasión soviética. Ya con el Telón de Acero, la habitará una pareja de escritores comunistas regresados del exilio moscovita: tras esa figura se adivina a Hedda Zinner, abuela de la autora, que vivió en la casa que inspira el libro. Su nieta crecerá entre esas habitaciones sin conocer lo ocurrido en ellas.. Una anciana desplazada de Masuria, unos subarrendatarios navegantes y un amigo de la infancia amplían el paisaje humano; la narración avanza, retrocede y visita Ciudad del Cabo o Varsovia. Aparecen todos designados por su oficio, parentesco o relación con la propiedad. 11 capítulos de personajes se alternan con 11 intervenciones del jardinero, enigmático notario silencioso de la biografía del lugar. El lector recompone la cronología y descubre conexiones entre vidas que parecían ajenas. Una voz omnisciente, que conoce el origen y el futuro de cada vida, cuenta lo que los personajes aún no saben mientras hacen planes, confían en una compra o en un regreso. Solo el narrador sabe cuánto durará esa confianza. De la distancia entre el no-saber de los personajes y el saber del narrador-lector surge una inquietud que no se disipa ni en las escenas felices. El leitmotiv «regresan a casa», repetido en el capítulo sobre la familia judía, pierde poco a poco su inocencia.. Este procedimiento resulta decisivo al narrar el Holocausto. Erpenbeck muestra cómo se va estrechando una existencia: primero las prohibiciones y las cuentas bloqueadas, luego los visados que llegan tarde, los bienes malvendidos con urgencia. Porque la emigración forzada (desprenderse de la «tercera piel» que es la casa) exige desprenderse de todo lo que daba cuerpo a una vida. El relato alterna Alemania y Sudáfrica, y así acerca la intimidad de los exiliados a las restricciones que van cercando a quienes se quedaron. El asesinato se inmiscuye en la misma frase que las confiscaciones del patrimonio; la precisión de los nombres, los precios, el lugar de compra de cada objeto, descubre cuántas vidas corrientes se beneficiaron del vaciamiento de otras. Doris, la niña judía, recuerda el lago desde el gueto de Varsovia introduciendo otra medida de la destrucción. Su tierna memoria opone a lo inhumano las estampas de cuando nadaba allí, las clases de piano, los nombres de las montañas sumergidas. Son saberes pequeños, aún en germen, que el exterminio borrará uno a uno, hasta el nombre mismo: no quedará nadie que pueda atestiguar que existió, salvo la dedicatoria del libro -«Para Doris Kaplan»-, que nombra a la niña real. Al inventario de lo perdido responde esa memoria del universo personal, irrepetible, que ningún documento de propiedad podría recoger.. Mientras la familia judía desaparece o un estudiante planea la fuga a la Alemania Occidental, el jardinero permanece como un testigo mudo. Injerta, poda, riega, vacía las tuberías antes del invierno, planta lo que le encomienda cada nuevo propietario. Su trabajo es indispensable para la continuidad del jardín, que muta con cada habitante, pues cada uno proyecta en él sus gustos y aspiraciones: cuidar también puede contribuir a borrar. Es su quehacer lo que introduce el tiempo de las estaciones en el tiempo político. Y a diferencia del resto de personajes, apenas tenemos acceso a su intimidad, tan impenetrable como las profundidades del lago.. Traducción de Javier Salinas. Anagrama. 208 páginas. 19,90 € Ebook: 10,99 € Puede comprarlo aquí.. La prosa combina exactitud material y cadencia musical. Las enumeraciones y repeticiones convierten objetos y sensaciones en recuerdos que se superponen; una toalla o unos peldaños que crujen enlazan vidas. Es una composición por motivos de raíz operística -género en el que se formó la autora-, y las casas y los objetos como depósitos de memoria vuelven a ser una constante en esta obra. La composición convence, aunque algunas correspondencias resultan demasiado calculadas. En el episodio del soldado soviético -la misma noche contada dos veces, desde la mujer del arquitecto y desde él-, el afán de representar una guerra entera en un encuentro hace menos verosímiles algunas reacciones. También la perspectiva geológica puede dar a entender que las violencias históricas son inevitables, aunque el expolio documentado y la atención a Doris impiden esa simplificación. El mayor logro de Erpenbeck es hacer que cada nueva historia modifique nuestra lectura de las anteriores. Conservamos el afecto por la casa, pero comprendemos lo que sus habitantes ignoran o prefieren olvidar. La novela muestra cuánto queda fuera de una memoria familiar cuando solo se cuenta la felicidad de quienes pudieron quedarse.
Literatura // elmundo
