Visitamos en Oslo al escritor noruego, quien regresa al liminal e hipnótico universo de Vaim con Hotel Vaim (Random House) para explorar con hondura todas las aristas de la condición humana. En 2023, el Nobel le cambió la vida: «Lucho por volver a ser el escritor que era» Leer
Visitamos en Oslo al escritor noruego, quien regresa al liminal e hipnótico universo de Vaim con Hotel Vaim (Random House) para explorar con hondura todas las aristas de la condición humana. En 2023, el Nobel le cambió la vida: «Lucho por volver a ser el escritor que era» Leer
«¿Qué tal va todo? ¿Tienes hambre? Yo voy a comer una Rekesmørbrød -una tostada de gambas típica de Noruega- y así voy picando mientras hablamos», anuncia un risueño Jon Fosse (Haugesund, 1959) en el lujoso Biblioteksbaren del Hotel Bristol de Oslo, un gran salón lleno de sofás de cuero en los que hundirse, alfombras pesadas y estanterías llenas de libros antiguos que desde hace más de un siglo es el lugar de encuentro predilecto de políticos, escritores, músicos y periodistas en la capital noruega.. Acudimos a nuestra cita con el Nobel de Literatura 2023 para charlar de Hotel Vaim (Random House), la segunda parte de su trilogía dedicada a este lugar imaginario, un trasunto de los pueblos y fiordos del oeste de Noruega donde se crió el autor, en la que explora el amor, la pérdida y la memoria, la soledad, el desasosiego y lo místico para revelar a través de una atmósfera fantasmal la profunda complejidad de las relaciones humanas y la espiritualidad existencial.. En Hotel Vaim el mundo se desplaza hacia un establecimiento donde las cosas parecen haber dejado de obedecer las leyes ordinarias. El Huésped, siempre sin nombre, permanece allí sin que sepamos muy bien por qué, los objetos aparecen y desaparecen, las relaciones se enredan y la frontera entre lo real y lo imaginado se vuelve cada vez más porosa. Hay algo de pesadilla, pero también una comicidad desconcertante en este hombre que parece incapaz de gobernar su propia vida. Fosse aclara, sin embargo, que no partió de ninguna tesis sobre la condición humana.. «Después de escribir Septología [su gran novela], que fue un trabajo muy exigente, quería hacer algo más tranquilo, algo que me gustara y no me obligara a aspirar a más. Empecé a escribir mientras esperaba a que mi hija saliera de sus clases de francés. Me sentaba allí con mis cuadernos y escribía a mano, con varios colores, para divertirme un poco. Y apareció este universo». Lo que nació como un ejercicio de libertad terminó convirtiéndose en otra forma de explorar sus obsesiones. «Me gustó mucho escribir estas novelas. No fue una carga. Para mí, eso no es una debilidad sino otra manera de plantear una historia».. El hotel es, en efecto, un lugar de paso en el que uno se instala sin llegar a pertenecer del todo. Fosse lo compara con un aeropuerto, ese espacio intermedio que nos coloca en una ciudad sin vivir realmente en ella, a la espera de un destino que puede demorarse indefinidamente: «Quizá todos los hoteles sean una especie de purgatorio. Estás allí, puedes dormir, pero no estás del todo en ninguna parte». La imagen se extiende a buena parte de su obra, poblada por personajes que parecen suspendidos entre la vida y la muerte, el pasado y el presente, lo que ocurrió y lo que podría haber ocurrido.. En Hotel Vaim, además, el Huésped se somete poco a poco a unas reglas que nadie le ha explicado. La libertad, en Fosse, nunca es una propiedad que uno pueda dar por descontada. Sus personajes no siempre saben qué desean, ni son capaces de oponerse a sus deseos cuando los reconocen. «Pasamos la mayor parte del tiempo obedeciendo reglas no escritas, simplemente para comportarnos de una manera más o menos decente. Podemos romperlas, por supuesto, pero tenemos que estar dispuestos a asumir las consecuencias. Y casi siempre actuamos de forma inconsciente», reflexiona.. La extrañeza de este universo no debe confundirse con un ejercicio de oscuridad solemne. Una de las sorpresas que guarda es su humor, que no aligera el desasosiego sino que lo hace todavía más extraño. Un aparejo de pesca que aparece y desaparece, un encuentro que no debería producirse, un personaje que parece estar siempre a punto de comprender algo, pero nunca termina de hacerlo: lo cómico surge sin que el escritor lo busque. «Cuando empecé a escribir, mis novelas eran absolutamente oscuras, destructivas, casi nihilistas. Después, algo cambió. Mi obra siguió siendo trágica, pero apareció también un lado cómico. Desde entonces, gran parte de lo que he escrito está en un punto intermedio: no es tragedia ni comedia, sino las dos cosas a la vez. Como la vida».. «El arte es lo contrario de la guerra. Mientras la política divide el mundo en dos bandos, la literatura, que es ambigüa, puede decir dos cosas opuestas». Fosse distingue cuidadosamente entre ser humorístico y ser cómico. El primero quiere hacer reír, pero en el segundo caso la risa sucede sin que nadie la haya convocado. «Cuando escribo, mi única preocupación es hacer lo que la obra necesita, no intento ser gracioso. Simplemente, a veces las cosas resultan cómicas. Y eso puede resultar tan serio como lo trágico». En esta zona fronteriza reaparecen dos de sus grandes maestros, Samuel Beckett y Franz Kafka, aunque es al segundo a quien concede una admiración mayor. «Kafka es, quizá, el escritor que más admiro. Cuando era joven, Beckett me interesaba muchísimo, y todavía me interesa, pero con los años he visto con más claridad la enorme influencia que Kafka tuvo sobre él. Solemos hablar de Joyce y Beckett, pero, si profundizas en ellos, encuentras siempre el eco de Kafka».. Jessica Gow. La afinidad se vuelve especialmente visible en Hotel Vaim. Fosse reconoce que su propia escritura no se parece demasiado a la de ninguno de los dos, pero sí encuentra en esta novela algo de la lógica desconcertante del autor de El proceso: «Kafka era un escritor muy cómico. Existe ese prejuicio de que no lo es, pero basta con leerlo con atención. Sus historias son trágicas y cómicas a la vez, como las de Beckett y, en muchos sentidos, como las mías». En esa lógica, un hombre puede ser arrestado una mañana sin haber cometido delito alguno y aceptar, pese a todo, que el mundo funciona así. La explicación no llega porque puede que no haya nada que explicar. «Lo absurdo no es una anomalía que el escritor deba corregir, sino una de las formas que adopta la experiencia humana», recalca, e insiste: «La paradoja es fundamental en mi escritura. Las cosas pueden ser una y otra al mismo tiempo, sin que una de las dos posibilidades anule a la otra».. Esa convicción enlaza su literatura con la fe, una relación que ha ido adquiriendo cada vez más centralidad en su obra. Fosse no se presenta como alguien que haya resuelto las preguntas religiosas, sino como alguien que ha aprendido a convivir con ellas. «Ser cristiano significa aceptar una paradoja. La Trinidad, por ejemplo, es una y tres a la vez. Desde un punto de vista científico eso parece imposible, pero la literatura y la religión pueden contener esas contradicciones. Tienes que aceptar el misterio. Si crees que puedes explicarlo todo no puedes creer de esa manera».. «El Nobel es una bendición pero tiene un reverso: te convierte en un objeto, en un icono nacional, te obliga a luchar por volver a tu vida de antes». Como ha relatado muchas veces, su camino hasta la fe no fue lineal. De joven intentó ser marxista y ateo, pero hubo algo en su propia experiencia de la escritura que no consiguió explicar desde una perspectiva materialista. «Cuando escribía me preguntaba de dónde venía aquello: las voces, los personajes, los escenarios… No podía comprenderlo», rememora. «Mi mente empezó a abrirse a lo invisible y, después, a la idea de Dios. Sentía algo muy cercano y, al mismo tiempo, muy lejano. Puedo decir que creo en Dios, pero no puedo decir qué es Dios. Sé que está ahí, cerca de mí, aunque no pueda explicar cómo». La fe de Fosse no se parece a una respuesta tajante, sino más bien a una forma de mantener una conversación abierta.. Por eso, recuerda, le sorprendió tanto la acogida que tuvo Septología, la extensa novela protagonizada por un pintor llamado Asle, católico y entregado a la reflexión sobre la existencia, la creación y la posibilidad de la gracia. En la sociedad noruega, recuerda, «la palabra Dios había sido durante mucho tiempo casi impronunciable en el ámbito literario. Estaba convencido de que a la gente no le gustaría esa dimensión religiosa, pensaba que el libro sufriría un gran rechazo pero ocurrió lo contrario, en Noruega y en muchos otros países. Me di cuenta de que había entendido mal algo importante: nuestra sociedad contemporánea necesita hacerse esas preguntas. Fue una experiencia muy extraña y también muy sorprendente».. Esa necesidad no implica para él, sin embargo, que la Iglesia deba recuperar el poder que tuvo en otros tiempos. Desde su perspectiva noruega, la institución ha perdido buena parte de su autoridad y, precisamente por eso, puede desempeñar otra función. Fosse mantiene una relación estrecha con los cuáqueros, cuya tradición espiritual prescinde de sacerdotes y sacramentos, y ve en la liturgia un posible contrapunto al ruido contemporáneo. «En el norte de Europa, a la gente la Iglesia apenas le importa. Antes era perfectamente razonable criticarla porque tenía demasiado poder, pero hoy no estoy seguro de que ese sea el problema. En Noruega una iglesia puede ser un lugar de silencio, un espacio que se opone a la exigencia de que todo esté sometido al dinero, al capitalismo y a los intereses comerciales».. Christoph HardtPanama Pictures. El silencio no es para él una ausencia sino una forma de atención. Está en el centro de su escritura teatral, en la que las palabras parecen dibujarse sobre un espacio blanco, y también en la experiencia de Asle, que busca en él la posibilidad de escuchar a Dios. «Vivimos en un mundo en el que todo es ruido. La gente quiere ruido y más ruido, quizá para tranquilizarse, para dejar de pensar. Creo que necesitamos, en la literatura y en general, dar más espacio al silencio. No se trata de retirarse de la realidad, sino de dejar de someterla a la obligación de pronunciarse a cada instante», reivindica.. No obstante, con tiento le pedimos que se pronuncie sobre la oleada de protestas que sacuden Europa. Fosse, sutil, vuelve a desconfiar de las etiquetas: «No soy un escritor político, no sé si eso existe, sólo soy un escritor. Puedes interpretar mi literatura desde la izquierda o desde la derecha, como quieras. Pero espero ser un buen escritor, porque entonces quizá pueda aportar algo valioso al mundo. Mi modo de apoyar las protestas de los jóvenes es mostrarles con mis libros que existe otro mundo posible». Fosse no entiende esa posición como una renuncia a la responsabilidad, sino como otra manera de ejercerla. «Un buen libro puede tener implicaciones políticas sin convertirse en un manifiesto ni ofrecer respuestas a los problemas del presente. Como decía Wittgenstein, ética y estética son lo mismo», cita.. «La literatura y el arte son lo contrario de la guerra», continúa. «En una guerra, un bando dice una cosa y el otro dice la contraria. En política sucede algo parecido. La literatura, en cambio, puede decir ambas cosas a la vez. No simplifica el mundo, sino que lo devuelve a la ambigüedad que realmente tiene». De nuevo la ambigüedad, una idea nuclear en la obra y la vida del Nobel. «La buena literatura no elimina la contradicción para que el lector se sienta seguro; la conserva, incluso cuando resulta incómoda». En tiempos en los que tantos dirigentes prometen restaurar certezas, el escritor reivindica precisamente lo contrario.. «Si quitas al escritor del texto deja de ser una experiencia viva. Escribir algo físico, como tocar un instrumento. Se escribe con las manos, no sólo con la cabeza». Recuerda el autor una observación del crítico estadounidense Harold Bloom: «Él decía que la buena literatura no nos enseña a vivir, sino a morir, y me parece una idea muy acertada. La literatura nos enseña algo sobre la incertidumbre, que es a la vez lo más seguro y lo más indeterminado de nuestra existencia. La muerte es inevitable, aunque no podamos comprenderla. La buena literatura mantiene esa ambigüedad, no intenta resolverla». Fosse no busca que sus novelas sean enigmáticas, sencillamente, no cree que la realidad pueda reducirse a una explicación única sin que algo esencial se pierda por el camino.. Esa incertidumbre alcanza también al lector. El noruego asegura que nunca piensa en sí mismo mientras escribe. «Si lo hiciera, tendría miedo y no podría escribir. Pensaría que lo que estoy haciendo va a publicarse y estará disponible para que cualquiera lo lea. Es una idea aterradora», reconoce entre risas. Sin embargo, su escritura no tiene nada de accidental: «Cuando escribes te diriges a algo. Yo lo comparo con una oración, no va destinada a una persona concreta, sino a Dios». Así, la obra nace de una experiencia singular, pero no queda encerrada en ella. «Un buen artista consigue transformar lo más idiosincrásico de sí mismo en algo universal. Mi pintor favorito desde hace años es Mark Rothko, su obra es completamente única y, al mismo tiempo, puede llegar a cualquiera».. El arte, por tanto, no se limita a representar una realidad previa, puede crear una que antes no existía. El mundo del Hotel Vaim quizá no sea real en sentido literal, pero para sus lectores adquiere una consistencia propia, es un lugar al que regresar y en el que reconocer algo de su propia experiencia. De esa creencia nace el escepticismo de Fosse ante la inteligencia artificial. Para él, una máquina puede producir textos correctos, incluso incorporar errores para simular una voz humana, pero nunca podrá sustituir el origen de una obra de arte. «Generar texto no es lo mismo que crear literatura. En la literatura la emoción es fundamental, y también la comprensión a través de las emociones. En el teatro, en la poesía, comprendemos de esa manera, no mediante un concepto, como en la filosofía. Una máquina puede producir emociones, pero si descubres que lo que te ha conmovido procede de ella puede que sientas que alguien te ha traicionado».. La cuestión no se reduce a la perfección formal ni a la capacidad de imitar un estilo. «El arte tiene que ver con lo más íntimo del ser humano y una máquina no posee ni tendrá jamás esa dimensión espiritual», recalca. «La creación fundamental debe proceder de una persona. Después puedes copiar una obra, reproducirla, pero eso no es lo mismo que crearla». Y añade algo que vuelve a llevar la conversación al silencio: «Escribir es también un placer, el placer de descubrir cosas mientras escribes. Si quitas al escritor del texto, al menos para mí, deja de ser una experiencia viva. Es algo físico, como tocar un instrumento. Se escribe con las manos, no sólo con la cabeza».. «La buena literatura no nos enseña a vivir, sino a morir. Nos muestra, a la vez, lo más seguro y lo más ambigüo de nuestra existencia». El Nobel ha convertido a Fosse en una figura pública de mucha mayor escala que aquel dramaturgo que durante años vio sus obras representadas por toda Europa y terminó apartándose del teatro para volver a la novela. Hoy recuerda la sorpresa de descubrir que de pronto había un centenar de producciones de sus obras en Alemania, o que su nombre circulaba por escenarios que nunca habría imaginado, como China y Japón. Sin embargo, reconoce que el premio de 2023 supuso una transformación a otra escala. «Para mí fue una bendición, por supuesto. Todo escritor sueña con publicar una obra que complete lo que ha hecho», asegura. «Pero algo así también tiene algo de maldición porque te impone luchar para que tu vida se parezca lo más posible a la que tenías antes. Necesitas seguir siendo la persona que eras para seguir siendo el escritor que eras y que esperas seguir siendo».. El reconocimiento puede convertirse en una identidad pública que poco tiene que ver con la creación. «Cuando eres un escritor marginal eres un sujeto, alguien que está fuera del sistema. Cuando recibes el Nobel te conviertes en un objeto, en un icono nacional. Esa exposición, esa fama es algo totalmente opuesto a mi identidad y mi modo de crear».. Hay algo de esa paradoja en la fama que ahora acompaña al propio Fosse. El escritor que busca el silencio y la soledad se ha convertido en una presencia pública imposible de ignorar. No obstante, como con casi todo, no parece especialmente preocupado por ofrecer una conclusión. «Hay personas que necesitan estar completamente seguras de algo y otras que no temen hacerse preguntas y vivir con la incertidumbre. La diferencia es importante, el dogmatismo y la búsqueda radical de respuestas son dañinos para la sociedad. Yo no creo en un Dios que pueda definirse sin fisuras y tampoco creo que la literatura deba decirnos qué pensar. La experiencia humana es tan compleja y maravillosa que es mucho mejor vivir en la duda», concluye.. Y en esa duda hecha de preguntas, germen de una de las literaturas más fértiles del presente, le dejamos hasta nuestra próxima cita, ya casi anual.
Literatura // elmundo
