Los buitres de verdad son buena gente. Da gusto verlos volar por encima del desfiladero de La Yecla, situado junto a Santo Domingo de Silos, o posarse para observar el paisaje desde los cercanos riscos de las Peñas de Cervera. Con sus alas sin aleteo descubrimos la fuerza del viento y el flujo de las corrientes, el movimiento de lo inmóvil. Cuando se posan, conforman un majestuoso ejército limpiador de cadáveres de animales y de sus bacterias; son la funeraria del ecosistema. Y jamás nos atacarán si estamos vivos.
Los recursos no esperan pacientemente como verdaderos depredadores para que la naturaleza proceda, interfieren activamente con los organismos vivos
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Los fondos no esperan como las rapaces de verdad a que la naturaleza siga su curso, y actúan contra los seres vivos
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Los buitres de verdad son buena gente. Da gusto verlos volar por encima del desfiladero de La Yecla, situado junto a Santo Domingo de Silos, o posarse para observar el paisaje desde los cercanos riscos de las Peñas de Cervera. Con sus alas sin aleteo descubrimos la fuerza del viento y el flujo de las corrientes, el movimiento de lo inmóvil. Cuando se posan, conforman un majestuoso ejército limpiador de cadáveres de animales y de sus bacterias; son la funeraria del ecosistema. Y jamás nos atacarán si estamos vivos.
Cómo es posible que a partir de ahí hayamos llegado a una locución tan peyorativa como “fondos buitre”.
Cerca de La Yecla, en el mismo municipio de Silos (Burgos), se halla el cementerio de Sad Hill, la colina triste, con 5.000 tumbas que no habita nadie. Fue creado para rodar en él la última escena de El bueno, el feo y el malo, de Sergio Leone (1966), imágenes a las que acompañó la inolvidable banda sonora de Ennio Morricone. Hoy mismo, mañana, cualquier día, se puede visitar ese camposanto, merced a las tareas de reconstrucción y conservación a cargo de la Asociación Cultural Sad Hill. Una vez allí, podremos sentirnos dentro de una película del Oeste, en ese típico paisaje que conforman el cementerio y los buitres tantas veces mostrados por los largometrajes de pistoleros con funda y cartuchera, que nos han llevado a memorizar a las rapaces en su acecho a los vaqueros sedientos que caminan por el desierto. Su vuelo inquietante introduce en la trama tensión narrativa, y desencadena el temor de una muerte inmediata, predicha por la evolución circular de las aves.
No es de extrañar que una película de producción italoespañola se titulase Los buitres cavarán tu fosa (1972), con el legendario Fernando Sancho como inevitable actor de reparto en el papel de cazarrecompensas mexicano.
Los fondos buitre también nos sobrevuelan, esperando que se produzca el desahucio, o provocándolo. Y de ahí la analogía. La Academia consignó ya en su edición de 1983 que “buitre” se aplica a una persona “que se ceba en la desgracia de otro”. Y “fondo buitre” entró en las actualizaciones posteriores a 2014, con esta definición: “Fondo de inversión de carácter especulativo que compra deuda o activos de empresas o instituciones en graves dificultades económicas”.
Las tertulias que hablaron el pasado septiembre sobre el caso de Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años desahuciada en Madrid por una empresa a la que medios y políticos llamaron “fondo buitre”, comentaron varias veces que los buitres suelen tener la amabilidad de esperar a que su presa se muera, no la matan. En cambio, los fondos buitre, lejos de aguardar a que la naturaleza siga su curso, sí actúan contra los seres vivos, activan su desalojo y se despreocupan de su suerte.
Estas rapaces que viven a ras de suelo no recogen un cuerpo inerte que había llegado hasta ese lugar por sus propios medios y acabó su vida en la zona de oteo, sino que rastrean a las personas a kilómetros y sin moverse del sitio; y las atacan por garras interpuestas, dotadas también de uñas robustas, encorvadas y puntiagudas.
Así, el sustantivo “buitre” se ha desvirtuado al pasar a la función adjetiva, porque los fondos despiadados no guardan relación con la tarea eficaz de las rapaces ni con su coreografía en el aire, ni se desenvuelven en armonía con la naturaleza. De acuerdo, sí: nos influye esa relación propiciada por el cine y consagrada en el lenguaje, pero la representación mental que provocan hoy en día los buitres de los fondos no debería alterar la opinión general que hemos de tener acerca de los buitres de las alturas.
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