A Marta García Aller la radio le viene de casa. Literalmente. En la suya siempre había una encendida. En la cocina, en el salón, por la mañana, por la noche. Su padre era de esos oyentes que pedían silencio cuando la tertulia se ponía interesante. Su madre incluso se dormía escuchándola, para desesperación de unas hijas que, pared mediante, se acostaban también con aquellas voces. «Para mí la radio siempre ha sido un miembro más de la familia», recuerda.
La periodista culmina 15 años de viaje en Onda Cero poniéndose al frente de ‘La Brújula’, el programa en el que empezó de la mano de Carlos Alsina. Desde allí reivindica una radio que huya de las trincheras, cuestione los discursos prefabricados de los políticos y vuelva a tratar al oyente «como alguien inteligente».
A Marta García Aller la radio le viene de casa. Literalmente. En la suya siempre había una encendida. En la cocina, en el salón, por la mañana, por la noche. Su padre era de esos oyentes que pedían silencio cuando la tertulia se ponía interesante. Su madre incluso se dormía escuchándola, para desesperación de unas hijas que, pared mediante, se acostaban también con aquellas voces. «Para mí la radio siempre ha sido un miembro más de la familia», recuerda.. Han pasado los años y la niña a la que mandaban callar para poder escucharla es ahora quien habla desde ella: «Ahora pienso: ya no me puedes mandar callar. Pueden apagarme si quieren, pero no me pueden mandar callar». Se ríe. Y enseguida añade algo que explica mejor que cualquier currículum lo que significa estar ahora al frente de La Brújula: «Me siento en el sitio en el que tengo que estar».. No es una frase hecha. Hace 15 años, Carlos Alsina la llamó para incorporarse a la tertulia económica del mismo programa que hoy dirige. García Aller trabajaba entonces en Actualidad Económica y aquella llamada sigue pareciéndole más difícil de explicar que haber terminado sentándose en la silla principal. «El salto más difícil fue el primero. Que Alsina pudiera conocer el trabajo que hacía entonces y pensara que yo tenía algo que aportar a La Brújula. Eso me parece mucho más increíble», cuenta.. Después llegaron muchas vidas periodísticas: prensa, radio, televisión, columnas, economía, tecnología, política. Con Alsina, con David del Cura, con Juan Ramón Lucas. Jornadas en las que trabajaba durante el día en EL MUNDO y acudía por la noche a Onda Cero. Madrugones a las 4.40 cuando regresó con Alsina a Más de uno. «Alsina es mi padre radiofónico y David del Cura, mi hermano mayor», resume. Hasta que aquellas piezas aparentemente dispersas terminaron encajando: «De repente miras atrás y ves que todo servía para algo».. El 31 de agosto se encendió el piloto rojo y ya no llegaba a una mesa preparada por otros. Ahora tenía que ponerla ella: decidir dónde colocar los cubiertos, quién se sentaba y, sobre todo, qué platos merecen estar sobre ella. «Te das cuenta de que han pasado los años por la cantidad de cosas que habías ido pensando: si esto lo hiciera yo, lo haría así», afirma.. ¿Vértigo? García Aller prefiere otra palabra: responsabilidad.. Porque dirigir un programa informativo de cuatro horas y media significa decidir cada tarde qué importa y qué no en un momento en el que, paradójicamente, nunca habíamos tenido tanta información y quizá nunca había sido tan difícil estar informados. «Tenemos mucha gente que vive con la sensación de saturación de información y creo que nos está pasando exactamente lo contrario: cada vez es más difícil estar bien informado», dice contundente.. La misión, añade, consiste en ordenar ese ruido. Seleccionar. Jerarquizar. Decirle al oyente: «Sé que tienes poco tiempo, sé que quieres saber lo que ha pasado y además saber qué va a pasar». Y ahí la radio nocturna tiene una ventaja: el día ya ha ocurrido. Ahora toca intentar entenderlo.. Pero para García Aller el verdadero desafío no está únicamente en elegir los asuntos. Está en elegir cómo se cuentan. Puede que todos los medios estén hablando de vivienda, inmigración o de la última crisis política. La cuestión es encontrar un ángulo que permita entender algo que todavía no se había entendido y que, «en una sociedad tan dividida y tan polarizada», consiga incluso que quien cree tener una opinión cerrada descubra argumentos que nunca había contemplado.. No quiere una radio que le diga al oyente lo que ya piensa. Quiere precisamente lo contrario: «Hay que tratar al oyente como alguien inteligente que quiere que le hagas preguntas, no sólo que le des las respuestas masticaditas». Porque si alguien se despierta cada mañana sabiendo ya qué piensa de absolutamente todo lo que va a suceder durante el día, algo falla. «Una realidad tan compleja como la que vivimos difícilmente se explica con el sota, caballo y rey de la ideología de cada uno», sentencia.. «Al periodismo venimos a hacernos preguntas, no a que nos den en un sobre lacrado las respuestas». Aquí García Aller abandona por un instante La Brújula y entra en uno de los grandes problemas del periodismo actual: «La polarización no es sólo un estado de ánimo. Es un negocio».. Lo dice sin rodeos: «Hay mucha gente haciendo negocio de enfadar al lector, de enfadar a los oyentes, de enfadar a los votantes y de enfadar a los que te ponen el like en las redes». El resultado, sostiene, no es sólo una sociedad más enfrentada, sino también intelectualmente más pobre. «La idea de que tienes que saber qué pensar de cada cosa porque es lo que le toca a tu equipo me parece que no es tratar a los oyentes como gente inteligente», afirma.. Frente a ese mecanismo del enfado permanente, cree que existe una oportunidad periodística: salirse del carril. Plantear preguntas incómodas. Permitir que alguien termine de escuchar pensando algo diferente a lo que pensaba al empezar.. Porque la polarización, además de tóxica, le parece profundamente aburrida: «Me aburriría trabajar en una trinchera en la que ya me dan las instrucciones de uso de la ideología que uno tiene que defender y procesar como si fuera una religión. Al periodismo hemos venido a hacernos preguntas, no a que nos den en un sobre lacrado las respuestas».. No exime a los medios de responsabilidad. Tampoco a los políticos ni a los ciudadanos. «Estamos todos», sostiene. Pero prefiere buscar salidas antes que repartir culpas: «¿Realmente crees que tienes una libreta con todas las respuestas y que, curiosamente, la solución a todos los problemas está en tu ideología y el otro no tiene ninguna razón en nada? Ya sería casualidad».. La política seguirá ocupando un espacio fundamental en La Brújula, pero García Aller quiere evitar que termine devorando todo. Y, sobre todo, escapar de sus automatismos. Cuando se le pregunta por las grandes entrevistas políticas, la respuesta no deja precisamente bien parados a sus protagonistas: «Desgraciadamente, cuanto más alto es el cargo, más prefabricadas tienen las respuestas».. Considera que Alsina creó escuela consiguiendo sacar a los dirigentes de ese carril -«por eso tanto le temían»-, pero cree que las entrevistas políticas son «cada vez menos interesantes» porque, cuando aparece un mensaje novedoso, demasiadas veces es porque el entrevistado había decidido de antemano colocarlo.. Y hay algo que le molesta todavía más: que gobiernos y partidos sustituyan las preguntas por vídeos grabados en un despacho. «Todavía me cuesta que como periodistas demos voz a los vídeos enlatados que nos hacen llegar los equipos de comunicación de los ministerios o los gobiernos autonómicos. Eso no es comunicación, es propaganda», denuncia. Que den entrevistas, reclama: «Cuantas más, mejor. Y ojalá las respuestas fueran honestas y no sólo eslóganes prefabricados».. Quizá por eso le interesa casi más sentar delante del micrófono a alguien que sabe mucho de algo que al político al que todos persiguen ese día. Economistas, sociólogos, científicos, corresponsales, escritores, filósofos. Gente capaz de provocar en quien escucha una reacción que para ella vale más que muchos titulares: «Esto no lo había pensado».. Ese es el espíritu que intenta extender por La Brújula: política, sí; economía -«sin que se note»-; pero también cultura, tecnología, arte, sociedad e historias del mundo. La economía entendida como el precio del pollo, llegar a fin de mes, la vivienda o qué hacemos con nuestro dinero. Corresponsales que no sólo cuenten el último bombardeo en Líbano, sino «cómo es la vuelta al colegio de los niños en Beirut». Expertos que puedan hablar sin lanzarse eslóganes a la cabeza. «La cultura no entendida sólo como entretenimiento, sino como una llave para entender mejor el mundo», dice.. También quiere encontrar voces nuevas. Tal vez porque recuerda demasiado bien lo que significó que Alsina encontrara la suya cuando prácticamente nadie la conocía. Y es que a García Aller le gustaría hacer «lo que hicieron conmigo: encontrar a gente que no conoce nadie y que pueda sacar grandes oportunidades de estos micrófonos».. Le preocupa que los medios terminen escuchándose demasiado a sí mismos. «Tendemos a retroalimentarnos, a que siempre sean las mismas caras y las mismas voces», se queja. Y una redacción donde todos se parecen demasiado, advierte, termina ofreciendo una mirada demasiado pequeña sobre un mundo que cambia demasiado deprisa.. «Que haya tan pocas mujeres ahora mismo al frente de programas en la radio dice más de la radio que de mí. Yo siempre he sido la misma». Es ahí donde aparece otra de las cuestiones que inevitablemente acompañan su llegada a La Brújula. García Aller es una de las pocas mujeres al frente de uno de los grandes programas informativos de la radio española y llega, además, a una franja, la nocturna, tradicionalmente dominada por hombres. No convierte el asunto en una medalla. Al contrario. Devuelve la pregunta: «Que haya tan pocas mujeres ahora mismo al frente de programas en la radio dice más de la radio que de mí. Yo siempre he sido la misma».. Las redacciones, recuerda, están llenas de mujeres. Y de talento. Entonces, «¿por qué luego al frente de los programas hay tan pocas? Es una pregunta que se tienen que hacer las emisoras».. Ella sabe, además, hasta qué punto una carrera no depende únicamente del talento y del esfuerzo. Hace 15 años alguien decidió darle una oportunidad cuando era una periodista desconocida. «Sin la oportunidad, todo lo anterior no sería suficiente», afirma. Quizá por eso insiste tanto en descubrir ahora a quienes todavía no ocupan las grandes mesas ni aparecen en las tertulias.. Cuando recibió el encargo de dirigir La Brújula, tampoco tuvo demasiado tiempo para entregarse al vértigo. Había dejado atrás los madrugones de Más de uno y decidió mudarse y reformar una casa en agosto. Cada vez que alguien le preguntaba si estaba nerviosa por el nuevo programa, ella pensaba en las obras: «Cualquiera que haya vivido una reforma, un cambio de casa contrarreloj y además en agosto con tres olas de calor consecutivas lo entiende».. Cuando por fin se sentó delante del micrófono, sintió que las piezas estaban ocupando su lugar. Llevaba semanas imaginando todas las Brújulas posibles y descubrió que hacer una era mucho menos agotador que imaginar cien.. Ahora dice que le faltan horas. Para prepararla y hasta para emitirla. Describe el estudio como un pequeño teatro por el que cada tarde entra y sale la actualidad. Colaboradores que se cruzan, conversaciones que continúan cuando se apaga el micrófono… «Pasan cosas que se ven y pasan cosas que no se ven. No sabría decir cuál es más trepidante», confirma.. Pero debajo de la política, los expertos, los corresponsales, los pódcas, los reels y las nuevas formas de escuchar permanece una idea mucho más antigua: la compañía. «Los que te ven en televisión te reconocen. Los que te escuchan todos los días te conocen», asegura.. Quien escucha durante años una voz sabe cuándo está cansada, cuándo está acatarrada, cuándo tiene un buen día e incluso cuándo quizá no lo tiene. La acompaña mientras conduce, cocina o intenta dormirse. «La radio se mete en las casas, en el oído», ha dicho muchas veces la periodistas. Y pocas relaciones entre un periodista y su público alcanzan semejante intimidad.. Por eso, cuando se le pregunta qué huella quiere dejar en un programa con tanta historia, García Aller no tiene todavía una respuesta cerrada. «Es pronto», nos dice. Espera que esta Brújula abra ventanas, genere preguntas, descubra voces y consiga que el oyente termine el día entendiendo algo que por la mañana no entendía. Y que le haga compañía.. Más de cuatro décadas después de aquellas noches familiares con la radio permanentemente encendida, la periodista que llegó hace 15 años como una desconocida a la tertulia económica de La Brújula ha terminado al otro lado del aparato, decidiendo hacia dónde apunta.. Y aquella niña que entraba en la cocina y tenía que guardar silencio porque su padre estaba escuchando la radio puede permitirse por fin una pequeña revancha: «Ya no me puedes mandar callar».. Ahora es su padre quien tendría que pedir silencio para escucharla.
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