Óscar Puente al volante de un carrito de golf. Marc Giró de poli de tráfico. María Patiño, vestida de rojo pasión, de copiloto y con esa cara que sólo María Patiño sabe poner cuando no se sabe muy bien si está asistiendo a una revelación divina o al hundimiento del Titanic. No era un sueño, tampoco una pesadilla, ni mucho menos una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros. Era Cara al show. Y allí estaba el ministro de Transportes, tan sonriente, tan dispuesto, tan entregado al disparate y al dislate, que por momentos parecía haber olvidado que era ministro. Por momentos. Porque una cosa es subirse al carrito de Marc Giró y otra muy distinta conseguir bajarse del coche oficial.
El ministro de Transportes se entregó al universo surrealista de Cara al show, compartió un carrito de golf con María Patiño, repartió premios entre sus adversarios y habló de los problemas ferroviarios. Se divirtió, pero ni el disparate consiguió hacer desaparecer al político
Óscar Puente al volante de un carrito de golf. Marc Giró de poli de tráfico. María Patiño, vestida de rojo pasión, de copiloto y con esa cara que sólo María Patiño sabe poner cuando no se sabe muy bien si está asistiendo a una revelación divina o al hundimiento del Titanic. No era un sueño, tampoco una pesadilla, ni mucho menos una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros. Era Cara al show. Y allí estaba el ministro de Transportes, tan sonriente, tan dispuesto, tan entregado al disparate y al dislate, que por momentos parecía haber olvidado que era ministro. Por momentos. Porque una cosa es subirse al carrito de Marc Giró y otra muy distinta conseguir bajarse del coche oficial.
Anoche Óscar Puente hizo prácticamente de todo. Se subió al Ascenshow, participó en los juegos del presentador, repartió premios Oscar entre sus adversarios políticos, contó intimidades familiares, recordó su pasado como actor y hasta encontró en María Patiño un alma gemela en eso de no tener pelos en la lengua. Se rió, bromeó, se dejó llevar. Y, sin embargo, por encima de las carcajadas, de las ocurrencias y del universo delirante de Marc Giró, hubo una sensación que nunca terminó de desaparecer: aquí estoy yo, mirad qué natural soy, qué bien me lo paso, qué humano resulto. Y, de paso, no os olvidéis de votarnos.
Porque si algo quedó claro anoche es que en España los políticos todavía no han aprendido el noble arte de parecer naturales. Y mira que lo intentan.
La casualidad quiso que mientras Puente se entregaba al espectáculo de Cara al show, Susanna Griso dejara en El Hormiguero una reflexión que parecía escrita expresamente para lo que estaba sucediendo en laSexta. La periodista hablaba del beso entre Pedro Sánchez y su mujer del pasado fin de semana y de cómo los políticos españoles parecen incapaces de protagonizar un gesto espontáneo sin que medio país vea detrás la mano de un asesor de comunicación.
«Creo que vamos a ver cosas que no hemos visto nunca. Las campañas son cada vez más emocionales y menos racionales, tal vez a los indecisos les pueden mover estas cosas, otros lo pueden sentir muy postizo», reflexionó Griso. Y puso sobre la mesa la comparación con los Obama y su capacidad para desenvolverse en programas de entretenimiento estadounidenses sin que parezca que están protagonizando el anuncio de una campaña electoral.
Y ahí está la cuestión. Barack Obama se pone a bailar en televisión y parece Barack Obama bailando. Óscar Puente se sube a un carrito de golf y parece Óscar Puente intentando demostrar que también sabe divertirse. Que no digo que Obama no tuviera detrás a un ejército de asesores, ni que aquellos bailes no buscaran votos, ni tampoco que Puente no sepa divertirse. Por supuesto que sí. Pero los estadounidenses han conseguido que la estrategia parezca espontaneidad. Aquí, por mucho que lo intentemos, seguimos viendo las costuras.
Y eso que, si algún político español podía superar la prueba de Marc Giró, ese era Óscar Puente.
Porque Puente no es precisamente un político al que haya que sacarle las palabras con sacacorchos. Tiene desparpajo, tiene sentido del humor, tiene una rapidez verbal considerable y, sobre todo, posee una capacidad casi sobrenatural para meterse en todos los charcos que encuentra a su paso. Si no hay charco, lo fabrica. Si lo hay, se tira de cabeza. Y si alguien le pregunta por qué está empapado, probablemente le conteste con un insulto del Siglo de Oro.
Marc Giró, que sabe perfectamente cómo aprovechar semejante material televisivo, no tardó en sacar a pasear al Óscar Puente que todos conocemos. El ministro confesó que lo primero que hace cada mañana es coger el móvil -antes incluso que «ir a mear»- de la mesilla y abrir X. Antes de desayunar, antes de cualquier otra cosa. Publica entre 12 y 20 mensajes diarios, aunque aseguró que tiene «capacidad creativa para más». Menos mal que se contiene. No quiero ni imaginar lo que sería de este país si Óscar Puente decidiera dar rienda suelta a toda su creatividad.
Giró repasó algunos de sus grandes éxitos lingüísticos: «Tontolaba», «ameba suelta», «destripaterrones», «tolai», «imbécil», «mendrugo»… Un auténtico diccionario de la Real Academia de la Bronca. Y Puente, lejos de arrepentirse, reivindicó su manera de expresarse. Según explicó, procede de la tierra de Delibes, donde el castellano se utiliza con una riqueza extraordinaria. Y sostuvo que siempre actúa en defensa propia.
O sea, que Óscar Puente no insulta. Hace literatura defensiva. Cervantes, de haber tenido una cuenta en X, probablemente habría sido ministro de Transportes.
Giró acabó regalándole un diccionario de lenguaje soez, escrito por… Luis María Ansón. No se sabe si para ampliar su vocabulario o para que no tenga que repetir improperios antes de las elecciones. Lo que sí quedó claro es que el ministro no tiene ninguna intención de cambiar. Y que su actividad en las redes, más que una afición, se ha convertido en una parte inseparable de su personaje político.
Sin embargo, cuando Giró consiguió apartarlo de ese personaje, apareció un Puente bastante más interesante. El hombre que vivió con sus padres hasta los 32 años y que incluso pasó allí su primer año de matrimonio. El que contó que su madre lo había apuntado al PSOE, al esquí y al golf. El que reconoció que concilia «de pena» porque, aunque esté en casa con su familia, la cabeza continúa casi siempre en el trabajo.
Y el que recordó que antes de dedicarse profesionalmente a la política había sido actor. Nada menos que 11 años cotizando sobre los escenarios. Llegó a compartir reparto con Eva Hache en El avaro, de Molière. Él tenía mucho texto y ella interpretaba a una criada muda. «¿Te imaginas a Eva Hache muda?», preguntó el ministro.
Pues sí, cuesta imaginárselo. Aunque probablemente cueste todavía más imaginar a Óscar Puente viendo un comentario de un adversario político y resistiendo la tentación de responder.
Fueron esos momentos, los menos buscados, los que mejor funcionaron. Porque para parecer natural no hace falta hacer cosas extraordinarias. A veces basta con hablar de las ordinarias.
Después llegó el carrito de golf. Y con él, uno de esos momentos que explican por qué Cara al show es un programa que no se parece a casi nada. Marc Giró convirtió al ministro en conductor de un vehículo imaginario, con un decorado que simulaba el trayecto y una nueva pasajera que hacía todavía más delirante la escena: María Patiño.
La periodista, que se incorporaba al programa como colaboradora, apareció vestida de rojo y terminó compartiendo viaje con Giró y Puente. El ministro se agarró al volante, sonrió, siguió el juego y se prestó a las ocurrencias del presentador. Aquello no era un carrito de golf. Era un Consejo de Ministros diseñado por Salvador Dalí.
Y, contra todo pronóstico, Puente y Patiño descubrieron que tenían algo en común. No era la pasión por el golf, ni la política, ni siquiera Marc Giró. Era el barro. Patiño aseguró que se identificaba con la manera de expresarse del ministro porque ella también es «guerrera» y porque le gusta ese lenguaje «que no es tan institucional, sino de barro». Puente le devolvió el cumplido y reconoció que le caía genial.
Quién nos iba a decir que la conexión entre el Ministerio de Transportes y la prensa del corazón iba a encontrarse en el lenguaje de la bronca. Aunque, bien pensado, tampoco es tan sorprendente. María Patiño lleva media vida sobreviviendo a las guerras del corazón y Óscar Puente parece dispuesto a no perderse una sola batalla política. Dos mundos aparentemente opuestos que, al final, se entienden perfectamente.
El ministro estuvo cómodo. Se le vio disfrutar. No fue uno de esos políticos que se quedan petrificados cuando un presentador les saca del guion y les coloca en una situación absurda. Puente sabe improvisar, sabe responder y sabe reírse. Y eso, en un programa como el de Marc Giró, es media entrevista ganada.
Pero ni siquiera allí consiguió dejar de hacer política.
Cuando Giró le preguntó por quién podría suceder a Pedro Sánchez, el ministro señaló a Salvador Illa como uno de sus favoritos. Por supuesto, por no señalarse a sí mismo. ¡Ay, la falsa modestia! «A mí me gusta mucho Salvador Illa, me parece un hombre que para un país tan tensionado como el nuestro no vendría mal», aseguró. También aparecieron los nombres de Carlos Cuerpo, Nadia Calviño, Teresa Ribera y Pilar Alegría. Y Puente aprovechó para reivindicar la cantera socialista y recordar que, según sus cálculos, a Sánchez todavía le quedan cuatro años.
Es decir, que hasta en un carrito de golf imaginario había tiempo para hablar del futuro del PSOE.
Y todavía quedaban los Oscar de Óscar. Giró le propuso adjudicar películas a distintos dirigentes políticos y Puente entró encantado en el juego. Para Alberto Núñez Feijóo eligió Esperando a Godot. Para Isabel Díaz Ayuso, El diablo viste de Prada. Para Pedro Sánchez, El renacido, aunque también barajó Solo ante el peligro. A José María Aznar lo convirtió en Darth Vader y a Felipe González le reservó El padrino. Parte III. Cuando tuvo que elegir una película para sí mismo, se quedó con El club de la lucha.
Imposible encontrar una definición más precisa de Óscar Puente. Aunque, visto su historial en X, la primera regla de su club probablemente sea hablar de él a todas horas.
Sin embargo, hubo un momento en el que el disparate de Marc Giró dejó paso a una realidad bastante menos divertida. El presentador preguntó al ministro por el accidente ferroviario de Adamuz y por las incidencias que siguen sufriendo los viajeros.
Puente explicó que la investigación del siniestro continúa abierta, que está judicializada y que esclarecer lo ocurrido llevará tiempo. Sobre los problemas ferroviarios, habló de la antigüedad de algunos trenes, de la necesidad de renovar el material y de las obras que se están realizando.
«Necesitamos trenes nuevos y acabar las obras y, mientras tanto, vamos a sufrir un poco», afirmó. Y ahí, de repente, se acabó la fiesta.
Porque una cosa es que un ministro se suba al carrito de golf de Marc Giró, bromee con María Patiño y se entregue al espectáculo, y otra muy distinta que los pasajeros que sufren retrasos, averías e incidencias tengan que escuchar que van a sufrir «un poco». Puede que técnicamente tenga razón. Puede que renovar las infraestructuras implique molestias inevitables. Pero hay maneras y maneras de explicarlo.
Y más cuando el responsable de Transportes llega al programa precedido de la polémica por la broma ferroviaria de la promoción de Cara al show, que provocó la indignación de víctimas del accidente de Adamuz. El humor puede ser una herramienta maravillosa para humanizar a un político. También puede convertirse en un problema cuando se olvida que hay asuntos que no admiten la misma ligereza que un juego de televisión.
La naturalidad no consiste solamente en saber hacer una broma. También consiste en saber cuándo no hacerla.
Y ese es precisamente el riesgo de estas apariciones. Que el político entre en un programa de entretenimiento convencido de que debe resultar simpático, divertido y cercano, y termine confundiendo la cercanía con una ligereza que no siempre corresponde a su responsabilidad.
No fue, ni mucho menos, lo que ocurrió durante toda la entrevista. Puente supo cambiar de registro y ofreció explicaciones sobre su gestión. Pero el contraste entre el ministro que juega y el ministro que tiene que responder por los problemas de los ciudadanos fue demasiado evidente como para ignorarlo.
Marc Giró, mientras tanto, hizo lo que mejor sabe hacer. Construir un universo en el que las solemnidades saltan por los aires, los invitados se ven obligados a abandonar sus códigos habituales y cualquier conversación puede terminar en el lugar más inesperado. Cara al show no es una entrevista política convencional, ni pretende serlo. Su gracia consiste precisamente en colocar a sus invitados en situaciones que no controlarían ni con 10 asesores de comunicación.
Y ahí estuvo el mérito de Puente. No se quedó mirando el espectáculo desde fuera. Entró en él, participó y lo disfrutó. Tuvo ocurrencias, se rió de sí mismo y, en determinados momentos, consiguió que apareciera una persona detrás del cargo.
Pero hubo algo que no terminó de desaparecer. La sensación de que, entre carcajada y carcajada, estábamos asistiendo también a una operación de humanización política. Un ministro que enseña su faceta familiar, se presta a los juegos, cuenta anécdotas personales, se ríe de sus propios defectos y recuerda al espectador que, además de un político que se pelea en X, es un tipo con el que uno podría tomarse algo.
Por supuesto que los Obama hacían lo mismo. Sus apariciones televisivas también estaban pensadas para acercarse al electorado, generar simpatía y ganar votos. Nadie puede ser tan ingenuo como para pensar lo contrario. Pero ellos consiguieron que el artificio pareciera espontaneidad. Que la estrategia no se notara. Que la piscina pareciera suya. Aquí seguimos sin lograrlo.
Quizá Susanna Griso tuviera razón. Quizá a nuestros políticos les falte ese noble arte de parecer naturales. O quizá el problema sea que llevan tanto tiempo interpretando su papel que, cuando les ofrecen otro, no saben desprenderse del primero.
Anoche Óscar Puente fue actor, concursante, humorista, conductor, tertuliano y hasta compañero de aventuras de María Patiño. Se prestó a casi todo, pero nunca dejó de ser el ministro de Transportes. Nunca dejó de ser el dirigente socialista. Nunca dejó de hacer política.
Porque en España los políticos ya han aprendido a tirarse a la piscina de la televisión. Lo que todavía no han aprendido es a nadar sin que se les vea el traje.
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