La televisión puede intentar entretener cuando un país está roto por el dolor. Puede buscar las palabras adecuadas, guardar silencio, abrazar a quienes sufren o, simplemente, tratar de que durante unos minutos el espectador encuentre un pequeño refugio frente a la tragedia. Lo que no puede es fingir que no ha pasado nada. Y Pablo Motos no fingió. Anoche, en el regreso de El Hormiguero tras la tragedia ferroviaria de Toledo, el presentador hizo algo que pocas veces se ve en un programa de entretenimiento: comenzó hablando del dolor más íntimo, el de perder a quienes más quieres, y terminó lanzando una acusación demoledora sobre la gestión de la seguridad ferroviaria. Sin paños calientes. Sin medias tintas. Sin esconder su indignación. «Nos han engañado, nos están intentando engañar». Y después, el golpe definitivo: «¿Dónde está el dinero? Basta de mentiras».
El presentador abrió El Hormiguero con un emotivo recuerdo a las víctimas del accidente de Urda que terminó convirtiéndose en una durísima acusación contra el Ejecutivo
La televisión puede intentar entretener cuando un país está roto por el dolor. Puede buscar las palabras adecuadas, guardar silencio, abrazar a quienes sufren o, simplemente, tratar de que durante unos minutos el espectador encuentre un pequeño refugio frente a la tragedia. Lo que no puede es fingir que no ha pasado nada. Y Pablo Motos no fingió. Anoche, en el regreso de El Hormiguero tras la tragedia ferroviaria de Toledo, el presentador hizo algo que pocas veces se ve en un programa de entretenimiento: comenzó hablando del dolor más íntimo, el de perder a quienes más quieres, y terminó lanzando una acusación demoledora sobre la gestión de la seguridad ferroviaria. Sin paños calientes. Sin medias tintas. Sin esconder su indignación. «Nos han engañado, nos están intentando engañar». Y después, el golpe definitivo: «¿Dónde está el dinero? Basta de mentiras».. Fue un discurso de esos que obligan a prestar atención. No por el volumen de la voz, ni por la espectacularidad de la puesta en escena, sino porque Motos pasó de la emoción a la denuncia con una contundencia poco habitual incluso en los espacios de información política. No pronunció el nombre de Pedro Sánchez, tampoco el de Óscar Puente -sus nombres se quedaban para después, para la mesa de actualidad-, pero sus palabras apuntaban directamente a la responsabilidad de quienes gestionan las infraestructuras ferroviarias. Y lo hicieron en un momento en el que el país continúa intentando asimilar una catástrofe que ha dejado al menos 69 muertos.. El Hormiguero había suspendido su emisión el miércoles, como consecuencia de la tragedia. Anoche regresó con Melody como invitada, pero sin su tradicional baile de apertura. Antes de comenzar, Pablo Motos necesitaba hablar. No quería pasar por encima de lo ocurrido ni refugiarse en la normalidad de un programa de entretenimiento. Quería decir lo que llevaba dentro. Y comenzó por donde tenía que comenzar: las víctimas.. «Me imagino que igual que vosotros no puedo dejar de pensar en las víctimas y en sus familias». La frase podía parecer una más de las muchas que se han escuchado estos días. Pero enseguida dejó de serlo. Pablo Motos habló de esa llamada de teléfono que nadie quiere recibir, de ese instante en el que alguien te comunica que la persona a la que amas no va a volver nunca. Del shock que anestesia el dolor, de la culpa que a veces aparece porque uno siente que no está sufriendo lo suficiente. Y de lo que llega después, cuando desaparece la conmoción inicial y comienza la verdadera ausencia.. «Esa persona no llamará a la hora que llamaba siempre, no oirás cómo suena su llave en la cerradura, no se sentará en su parte del sofá», señaló el presentador.. Fue entonces cuando compartió algo de su propia vida. Recordó la muerte de sus padres y cómo imaginarles sonriendo le había ayudado a sobrellevar su ausencia. Cómo, con el tiempo, empezó a preguntarse si ellos querrían verle triste, sin fuerzas para seguir, o feliz y luchando por salir adelante.. Durante esos minutos no hubo nada del Pablo Motos que tantas veces ha protagonizado polémicas por sus opiniones políticas, ni del presentador que lleva días reclamando públicamente una entrevista con Pedro Sánchez. Hubo una persona hablando de algo que conoce y que nadie, por mucho que lo intente, puede explicar del todo: la pérdida. Y fue precisamente esa primera parte la que dio todavía más fuerza a lo que vino después.. Porque Motos no se quedó en las condolencias. Tampoco en los mensajes de esperanza. Primero quiso recordar lo mejor que había dejado una de las peores tragedias de los últimos años: la solidaridad de quienes acudieron a ayudar sin preguntar quién era quién. «Ayer no había gente de izquierdas ni de derechas, solo había seres humanos ayudando a otros seres humanos».. Qué frase tan sencilla y qué difícil parece que sea cierta en la España política de hoy. En medio de la crispación, de la campaña electoral, de los enfrentamientos constantes, la tragedia había conseguido algo que la política lleva demasiado tiempo siendo incapaz de lograr: que nadie mirara las siglas antes de tender una mano.. Pero quedaba la tercera parte. La más dura. La que convirtió el discurso en algo más que un homenaje a las víctimas. «Y en tercer lugar están las respuestas». Ahí cambió todo.. Pablo Motos dejó de hablar del dolor para hablar de la confianza. De esa confianza casi automática que depositamos en un sistema cuando compramos un billete de tren, cuando nos sentamos en un vagón, cuando cerramos los ojos convencidos de que llegaremos a nuestro destino. Nadie se sube a un AVE pensando que puede no salir vivo. Nadie debería hacerlo: «Cuando uno se sube a un tren está confiando en el sistema, está confiando en que es seguro y nos han engañado, nos están intentando engañar». No era una pregunta. Era una acusación.. Y continuó. Sostuvo que los sistemas de seguridad antiguos habían fallado y que los nuevos que deberían estar instalados no lo estaban. Vinculó el accidente con un fallo técnico previo y cuestionó que se pudiera reducir lo sucedido a un error humano.. Las investigaciones deberán establecer exactamente qué ocurrió y qué responsabilidades existen. Pero Pablo Motos no quiso esperar a que todo estuviera esclarecido para expresar su indignación. Y ahí está también el riesgo de un discurso semejante: la necesidad de exigir respuestas no convierte todas las sospechas en certezas. La responsabilidad de quien habla ante millones de espectadores incluye distinguir entre lo que se sabe y lo que todavía se investiga.. Ahora bien, sería un error quedarse únicamente en esa cautela y no ver lo verdaderamente significativo de su intervención: Motos estaba verbalizando una quiebra de confianza. La sensación de que algo que durante décadas había sido motivo de orgullo nacional podía haberse convertido en fuente de miedo.. «La alta velocidad era el orgullo de España, el orgullo de España en el mundo entero y hoy da miedo subirse a un tren», afirmó con contundencia.. La frase fue durísima. No tanto por lo que denunciaba como por lo que significaba. Porque la alta velocidad española no era solo una infraestructura. Era una de las grandes cartas de presentación del país, un símbolo de modernización, de progreso, de capacidad tecnológica. Y Motos estaba diciendo que ese orgullo había quedado herido.. Después llegó el dinero. «¿Dónde está el dinero que se debería haber usado para el mantenimiento de estas infraestructuras?». Recordó los 160.000 millones de euros de fondos europeos y volvió a preguntar: «¿Dónde está el dinero? Basta de mentiras».. La cifra utilizada por el presentador requiere una precisión importante: esos fondos europeos no estaban destinados íntegramente a modernizar o mantener la red ferroviaria. Pero su pregunta, más allá de esa simplificación, trasladaba al plató una exigencia perfectamente reconocible: saber qué se ha invertido, dónde, cómo y si las infraestructuras cuentan con los mecanismos de seguridad necesarios. Y, sobre todo, por qué ha ocurrido lo que nunca debería haber ocurrido.. Pablo Motos no utilizó el dolor de las víctimas para lanzar una simple consigna política. Construyó una intervención en la que la emoción desembocó en una exigencia de responsabilidades. Eso no hace indiscutibles sus afirmaciones, pero sí explica la enorme fuerza televisiva de sus palabras. No estaba debatiendo con un político ni buscando el aplauso de una tertulia. Estaba mirando a cámara y diciendo aquello que consideraba necesario decir.. «Lo tenía que decir porque si no soy incapaz de hacer el programa esta noche». Y lo dijo.. Mientras tanto, en Telecinco, Jorge Javier Vázquez también tuvo que enfrentarse a la difícil tarea de entretener en medio de una tragedia. Supervivientes All Stars modificó su arranque habitual. No hubo entrada triunfal del presentador, ni esa celebración casi ritual con la que comienza cada gala. Hubo un mensaje de condolencias.. «Nosotros, como vosotros, estamos destrozados por esta tragedia que ha vuelto a sufrir nuestro país», reconoció Jorge Javier. Después explicó que aquella noche intentarían hacer lo que hacen siempre: entretener, sin olvidar el dolor que estaba atravesando España.. Desde Honduras, María Lamela se sumó a sus palabras. En nombre del equipo, envió su pésame a las familias y un abrazo a quienes estaban sufriendo: «Estamos aquí para entretener. Es nuestro compromiso con vosotros y es lo que vamos a hacer».. Y esa fue la diferencia entre ambas propuestas. Jorge Javier optó por acompañar el dolor y después ofrecer entretenimiento. Pablo Motos decidió acompañar el dolor, recordar a las víctimas y exigir respuestas antes de regresar al espectáculo.. No se trata de establecer quién estuvo mejor o quién mostró mayor sensibilidad. Sería injusto y absurdo. Se trata de dos maneras de entender qué debe hacer la televisión cuando la realidad se impone con semejante brutalidad.. La noche terminó y El Hormiguero continuó. Como continuó Supervivientes All Stars. Porque la televisión también tiene la obligación de seguir adelante. De intentar aliviar durante un rato a quienes están al otro lado de la pantalla.. Pero hubo una frase de Pablo Motos que se quedó flotando por encima de cualquier entretenimiento: «Basta de mentiras». Y otra todavía más importante: «Las víctimas necesitan respuestas».. Las necesitan. Y las merecen. No respuestas precipitadas, no acusaciones sin pruebas, no explicaciones diseñadas para salvar políticamente a nadie. Respuestas verdaderas. De esas que no devuelven la vida a quienes la han perdido, pero que al menos permiten saber por qué nunca llegaron a su destino.. Porque el duelo pertenece a las familias. Pero esclarecer lo ocurrido y exigir responsabilidades nos corresponde a todos.
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